martes, 27 de junio de 2017

Respuestas de la tierra-Ronald Campos


CASTILLA VISTA CON OJOS TROPICALES

*Esta reseña apareció en el sitio de pensamiento poético, Blog Verde Luna:

https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/06/16/castilla-vista-con-ojos-tropicales-respuestas-de-la-tierra-de-ronald-campos/

Cuando la poeta Montserrat Doucet le envió a un Miguel Delibes, ya enfermo y retirado de la literatura, su poemario Paisajes hacia lo hondo, el escritor vallisoletano le respondió con una carta en la que afirmaba, con una sentencia no exenta de nostalgia, pero también con algo de rabia: “Otro libro de Castilla. La arruinada Castilla madre de pueblos”.
            En efecto, una Castilla desolada, áspera y dura, tal y como habitualmente la han visto los poetas, desde Machado a Juan Ramón Jiménez, pasando por Unamuno y Claudio Rodríguez. Y Delibes no era ajeno a que en el poemario de Montserrat Doucet esta visión tensa, de una tierra incómoda y cuarteada, continuaba con la tradición.
            Ronald Campos, en su poemario Respuestas de la tierra, también se ha ubicado sobre las tierras castellanas para mostrarnos su mirada poética. En ese sentido, abraza toda la cosmovisión lírica anterior, pero, de repente, la Castilla que aparece tras el tamiz de sus versos es una región bien distinta a lo poetizado hasta ahora: porque Ronald Campos observa Castilla con ojos tropicales.
            La Castilla como región poética, amasada por Ronald Campos en Respuestas de la tierra, es una tierra repleta de sorpresas que se le revela como una extraña amalgama de piedra y naturaleza desbocada. La hibridación entre el trópico y la meseta queda establecida ya en uno de los primeros poemas del libro, Castilla y León, en donde se produce un primer e inmediato reconocimiento del poeta con el paisaje, gracias a una lengua común (aquí el llamado “yo poético” pertenece al del autor, dado que enfoca este poemario como un poemario de viajes y las vivencias desgajadas de los mismos). Un lenguaje similar, el que se habla allá y acá, lenguaje castellano que establece un puente de reconocimiento y, gracias a él, el poeta puede definirse: “Tu lengua con que me mantengo//reptil//con antaños presentimientos”. El poeta asume su cualidad tropical en la figura del reptil, identificado con alguna de las 255 especies de reptiles que habitan Costa Rica y que tienen su espejo en nuestras pizpiretas lagartijas que descansan sobre las paredes rurales, empachadas del sol inclemente.
            De esta forma, y tal y como argumenta Montserrat Doucet en su espléndido prólogo al poemario, se produce una invasión de animales tropicales que, invocados por la mirada poética, poblarán el espacio castellano. Así, el acueducto segoviano se metamorfosea en iguana de piedra: “Esta iguana de piedra//sacude sus escamas alborales//Empuja a lengüetazos//coches a mis umbrales” (en Spleen segoviano). Tal es la riqueza y originalidad de estas imágenes, que el poeta puede sentirse transido en ocelote por la contemplación de la catedral de Valladolid en el poema Catedral, sus huesos se inflan “como boas” en El otoño, salpicando las composiciones con lagartijas, cigüeñas, “panteras de viento”, un “jabalí de frío”, el “águila-tigre de claridades” o una “videollamada con búfalos en la garganta” (en De repente, Valladolid).
            Después, aparece el motivo de la piedra. De esa piedra reptiliana sobre la que se calienta la iguana, esa piedra que forma parte del paisaje castellano como el bosque lluvioso lo es de Costa Rica. Para Ronald Campos la piedra está viva, ya sea formando parte de los frontales y portones de las catedrales, ya sea en una conexión cósmica percibida en el desfiladero de la Yecla, en Burgos, o en las torres del horizonte de Monte El Viejo, en Palencia. La piedra transporta un código en su interior, un mensaje que es como una carga de ADN; la piedra, los sillares, emanan una sustancia en la que el poeta reconoce el paso del tiempo, la permanencia eterna e inmóvil en ese devenir, y se proyecta en ellas como un viajero atemporal, cuántico. Lo que ha sucedido delante de la piedra continúa ocurriendo, y ocurrirá siempre.
            Estas piedras castellanas conforman una vegetación viva y característica de la región, como en Costa Rica lo es la vegetación exuberante. Se produce una simbiosis entre la materia tropical del poeta y el ecosistema castellano. Así, el otoño es “un quetzal de cuero atrapado entre los árboles//¡Alpaca de lluvias trastabillando,//con náuseas de planicies//sobre los campos de Castilla!//El otoño…”. El ave trepadora, el camélido, colocados por ensalmo lírico en el corazón del otoño castellano.
            Es Respuestas de la tierra un poemario ambiental, un ejercicio de versificación que busca atrapar la luz, la quietud trágica y monumental de los espacios castellanos: “Bordear la catedral//es entregarle devotamente un rostro al mediodía”, afirma en Spleen segoviano, para comprender que la presencia de lo sagrado en las piedras causa un impacto en el alma que “es terminar por colocarle//a la tarde una silla,//y paralizarla ahí, con un clavo oliendo a escaleras”.
            El poemario, en su segunda parte, amplía el viaje al resto de España —Valencia, Granada, Barcelona, Madrid, Sevilla, Córdoba…—, para, en la tercera, expandirse con un recorrido por Europa —Berlín, Ámsterdam, París, Venecia, Atenas, Budapest, Praga…—, ciudades y experiencias poéticas siempre repletas de una espiritualidad que emana de la fuente de la Historia, una Historia cosida a golpes de sangre y pasiones.
            Ronald Campos busca en Respuestas de la tierra establecer un diálogo con el tiempo y con la Historia, con esos códigos que se ocultan en los materiales que conforman los monumentos y así, tal vez, poder desvelar algunos de los misterios que guarda el espacio y el tiempo, porque “todo —guirnaldas, gárgola, rosetón y agujas—//pretende —lo mismo que en la piedra en la literatura—//vaciar el vacío y el terrible misterio de las cosas”.
            Desvelar “el terrible misterio de las cosas”… ¿Acaso no es esa la primigenia labor de la poesía?
           

            

sábado, 17 de junio de 2017

Paraíso imperfecto-Juan Laborda Barceló


Juan Laborda y su novela Paraíso imperfecto: el genoma de la violencia

*Esta reseña ha aparecido en Achtungmag,com
http://www.achtungmag.com/juan-laborda-novela-paraiso-imperfecto-genoma-la-violencia/

Es Paraíso imperfecto (editorial Alrevés), tercera novela de Juan Laborda Barceló, una narración coral que bebe de varias tradiciones literarias para mostrar la descomposición moral de la sociedad del momento. La corrupción, la venganza, el odio, los celos y la violencia, son algunos de los males que enferman al presunto Estado de bienestar. Ubicada en un posible pueblo de Levante, los comportamientos de la comunidad retratada en la novela hermanan el texto con novelistas realistas e, incluso, costumbristas, para llevar a cabo una terrible reflexión sobre las distopías. Y también sobre la utopía del buen gobierno.

En efecto, el texto de Juan Laborda presenta una novela que se alimenta de muchas y variadas fuentes. La acción podría ocurrir en cualquier pueblo de nuestra geografía, y el retrato colectivo que muestra las miserias que carcomen a la comunidad y, por extensión, al ser humano, es un recurso clásico en nuestra literatura. Así, en Paraíso imperfecto podemos hallar ecos de Los bravos, de Jesús Fernández Santos, también de El obispo leproso, de Gabriel Miró e, incluso —por aquello del costumbrismo realista y el protagonismo grupal— de algunas novelas de Galdós o de Cela. Si ampliamos el abanico de referencias con los que esta novela dialoga, también tiene unas gotas de Los Malavoglia, del italiano Giovanni Verga. Incluso la serie de televisión Twin Peaks, ese vodevil a la americana que al final no hace otra cosa que mostrar las vergüenzas de un pueblo en tono de esperpento, asoma por entre las costuras de esta novela.

Todos estos textos que he mencionado comparten las tribulaciones de sus habitantes, que viven inmersos en situaciones injustas o arbitrarias, generalmente derivadas del abuso del poder. La figura de un cacique, las circunstancias que presentan dilemas morales para sus protagonistas, y el intento de cambiar las cosas para alcanzar una sociedad más justa en la lucha por alejarse de las variadas formas mal —ya sean las malas artes de un alcalde borracho de poder o el asesino Bob lynchiano—, son denominador común en todas ellas y, por supuesto, en Paraíso imperfecto.

La violencia es el vehículo desencadenante del cambio de situación en la novela de Juan Laborda, como el crimen de Laura Palmer es el motor de la serie televisiva. Esa violencia puede ser física o sexual, pero en cualquier caso es la maquinaria que moverá a los protagonistas. No en vano, el texto arranca con un asesinato, y algunas muertes más ocurrirán a lo largo de sus páginas, con lo que el libro también entronca con las novelas de la literatura española de los años 70 y 80, donde el crimen servía para mostrar el comportamiento desorientado y asustado de los personajes. Son estas situaciones insoportables las que harán reaccionar, finalmente, a los protagonistas, movidos por una sensación de supervivencia que se impone a la necesidad de justicia. Y muchas veces, esa supervivencia se tornará en venganza.

Gracias e este planteamiento, muy bien buscado por el autor, el dibujo de los personajes aparece difuminado en lo relativo a su comportamiento. Las líneas que pueden concretarlos como buenos o malos no aparecen claras. Salvo el alcalde del pueblo, en su papel de villano, el resto de los personajes del coro se mueven incómodos en una indefinición que tratan de solucionar: a veces cometerán buenos actos, otras harán cosas moralmente reprobables. Será cuestión del lector, como un juez que mira por el ojo de una cerradura, dictaminar quienes se comportaron correctamente y quienes no, aunque la sensación final, tras la lectura, arroja un balance desolador: en esta confrontación literaria no hay ganadores. Pero sí un buen puñado de perdedores.

El autor quiere demostrarnos la tesis que plantea en el título de Paraíso imperfecto. La valoración de culpabilidad o de inocencia es relativa, y casi todos los actos pueden justificarse, en principio, por terribles que sean. Los personajes experimentan una evolución que los conduce de un extremo a otro, como le sucede al grupo de personas que desean revertir el mal gobierno del alcalde. Esta es la paradoja del Paraíso imperfecto, el intento de crear una sociedad más justa que, en su seno, continúa aquejada de los mismos males. Es la deriva de las buenas intenciones de este grupo, que una vez en el poder, y como mayor logro, pone en marcha un cine club, la que entronca con la temática de las distopías. Quizás sea porque en el mundo del cine todo parece perfecto, y el cine club representa eso, el estado ideal de las cosas gracias a un control que parece tan perfecto como irreal e imposible.

Bajo ese nuevo régimen, el pulso del pueblo sigue latiendo de la misma forma: la muerte, la violencia y el crimen, que iniciaban la novela durante la política del alcalde, aparecen también en el desenlace. Es el colapso de la utopía. Y esa quiebra del Estado ideal siempre ocurrirá, porque depende del espíritu humano que es voluble, caprichoso, ambicioso e infame. Aquí es donde quiere llegar Juan Laborda, después de un reguero de melancolía y de personajes amargos, firmando una novela descorazonadora en donde no cabe la posibilidad de redención si no es, acaso, mediante el sufrimiento.

La novela presenta un estudio casi entomológico, una cala en una comunidad durante un tiempo determinado. Y da la sensación de que, al término del libro, los mismos comportamientos de violencia e injusticias van a continuar produciéndose en el pueblecito levantino. Porque esas conductas están impresas en nuestro ADN. En ese ADN que, lamentablemente, nos hace humanos.





miércoles, 14 de junio de 2017

Windows on the World-Frédéric Beigbeder


Título: Windows on the World
Autor: Frédéric Beigbeder
Editorial: Anagrama
Número de páginas: 314
Año: 2003

UNA VENTANA ABIERTA AL PAVOR
         
*Esta reseña ha aparecido en Minuevaedad.com: 
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/5/3/el-libro-del-mes-windows-world/

            Desde que sucedieron los ataques a las Torres Gemelas, un puño de angustia se me ha quedado atravesado en la garganta. Siempre he necesitado saber más, tratar de comprender algunos aspectos del horror para que, con ese conocimiento, pudiera hacérseme, quizás, algo más asequible. Sin embargo, nada de lo que leía o veía, podía desanudarme ese dolor. Nada… hasta que me topé con esta novela del autor francés Frédéric Beigbeder, al que ya conocía por la divertida, algo polémica y todo un éxito editorial, 13,99 euros. Sin embargo, otro tono muy distinto es el de Windows on the World.
            El 11 de septiembre de 2001, a las 8.46 de la mañana, el primer avión se estrella contra la torre Norte del World Trade Center y se desencadena el infierno. Unos momentos antes, Carthew Yorston y sus dos niños, estaban tomando un desayuno en el Windows on the World, un famoso restaurante ubicado en la planta 107. Desde este instante, arranca una carrera por la supervivencia que viene marcada por una batalla contra el reloj y que se refleja en la novela con una estructura dramática muy original: cada capítulo dura un minuto (la narración ha comenzado un poco antes, a las 8.30 en punto, y termina a las fatídicas 10.29 horas). La historia de Yorston y sus hijos es la historia de la hora y cuarenta y cinco minutos que transcurrieron entre el impacto del avión y el colapso de la torre Norte. Pero, por supuesto, la novela es mucho más que esa narración tremenda, dura, con un final estremecedor.
            La novela de Beigbeder, con insertos de la vida del propio escritor en donde reflexiona sobre lo ocurrido mientras se documenta para la redacción de la obra —y que termina enfermo de horror y violencia— es, además, un compendio del mal, el reflejo de esa lucha eterna que enfrenta a la luz con la oscuridad, al genocidio con los inocentes. La peripecia del padre y sus dos niños, su relación con otras personas que buscan sobrevivir al espanto, los camareros, unos clientes y otros trabajadores de la torre, son los gritos contenidos de Beigbeder en su empeño por que no se los olvide jamás; para que debajo de las toneladas de escombros, de hierros calcinados y vidrios derretidos, podamos colocar las caras y los nombres de quienes fueron sepultados por la locura asesina del siglo XXI.
            Recuerdo que, mientras estaba en una biblioteca pública corrigiendo las pruebas de imprenta de la que entonces sería mi tercera novela, el rumor de lo sucedido ese dia de 2001 empezó a brotar entre los estudiantes que preparaban sus exámenes. Quizás, lo que más contribuyó a atenazar ese pavor y esa desesperanza en mi garganta, fueron las inmensas sonrisas y los gestos de felicidad de una juventud alimentada de odio y fracaso, que celebraba un ataque en pleno corazón de los Estados Unidos como un triunfo personal y miserable. Es esta obra, Windows on the World, una forma de que recuperemos el resuello, aunque no seamos capaces de volver a la calma a tenor de los acontecimientos actuales. Pero lo que sí espero —lo deseo de corazón— es que si alguno de aquellos muchachos de la ira y la inhumanidad, ahora ya no tan muchachos, llegan a leerla algún día, puedan borrar las sonrisas de sus rostros y entender la verdadera magnitud de la tragedia.

            Eso busca Beigbeder en su novela. Y eso se merecen las 2801 víctimas que convirtieron sus vidas en un martirio.

lunes, 5 de junio de 2017

Los Cinco y yo-Antonio Orejudo

Título: Los Cinco y yo
Autor: Antonio Orejudo
Editorial: Tusquets
Número de páginas: 251
Año: 2017

UN ANTONIO OREJUDO BAJO EN CALORÍAS

*Esta reseña ha sido publicada en el sitio Achtungmag.com:  
http://www.achtungmag.com/antonio-orejudo-calorias/
        
                Antonio Orejudo parece haber renunciado en gran parte a lo que ha sido una de las señales más reconocibles de su literatura: el humor. No era un humor de gruesos brochazos, sino un humor inteligente y sibilino, un humor disolvente y con una pizca de mala leche que recorría gozosamente sus novelas. Sin embargo, poco queda ya de ese rasgo en Los Cinco y yo, su última y esperadísima novela publicada por Tusquets, que se muestra como un texto desnaturalizado, bajo en calorías literarias cuando el autor nos tenía acostumbrados a jugosas cucharadas de caviar narrativo.
            Indudablemente, este cambio en el enfoque de su trabajo resiente la obra hasta unirla a lo menos brillante de la producción del escritor madrileño, tal vez junto a la irregular Un momento de descanso que, no obstante, sí mantenía las señas identitarias del autor. Los Cinco y yo no es la mejor obra de Orejudo, algo que en cualquier otro escritor sería sinónimo de fiasco. Afortunadamente, en Orejudo la más floja de sus obras puede ser tomada como un trabajo de calidad al que muchos escritores actuales no se acercarán, ni de lejos, en toda su vida. El problema con creadores de talento, al estilo del músico irlandés Van Morrison, por ejemplo, es que siempre se les exige lo mejor y nos decepcionamos cuando sólo nos ofrecen un desmayado notable.
Me resultaría sencillo hacer una crítica afirmando que Los Cinco y yo es una novela excelente —comparada con la mayoría de lo que se publica actualmente es bastante posible que eso sea así—, pero hace tiempo que prefiero juzgar el trabajo de Orejudo en comparación con el resto de su producción, dado que juega en otra liga, tal es el talento del escritor que nos ocupa. Y en esa comparación, esta novela no alcanza a situarse entre las mejores.
            En efecto, Los Cinco y yo decepciona un tanto. Entristece el intuir todo lo que esta novela podía albergar y no ha conseguido desarrollar, y es una pena que la narrativa de Orejudo tome un camino que, obligatoriamente y como condición de evolución, necesite traicionar la originalísima y peculiar voz de su autor. Orejudo hace un trabajo de metaficción en esta obra. No duda en sumergirse a sí mismo como personaje, junto al escritor Rafael Reig, en las profundidades del texto, componiendo un collage de autoficción que, sin embargo, se empacha de modernidad y retórica literaria con un resultado mate.
            La obra arranca muy bien, con uno de esos principios de Orejudo en los que el lector se siente hipnotizado por sus palabras y las páginas van cayendo en una lectura prodigiosa. Sin embargo, hay un momento en que el asunto deja de funcionar. Y es cuando se fragua esa mezcla de la ficción de los personajes de Los Cinco, los muchachos creados por la escritora Enyd Blyton, que comienzan a desfilar por la novela en comandita con el devenir del propio Orejudo. Así, los mundos literarios de Los Cinco toman un relieve de realidad al contarse lo que fue de sus vidas más allá de sus libros, perdidos en coqueteos con las drogas o el sexo, incluso con una intervención en una guerra, o sus peripecias enmarañadas en el mundo de los negocios.
            Los personajes de Blyton salen de la infancia y se hacen adultos en las páginas de Orejudo, pero todo resulta algo forzado, incluso desganado. En muchas ocasiones da la impresión de que Orejudo escribe con el piloto automático puesto, como por compromiso o por la necesidad de llenar un determinado número de páginas. En esta obra su narrativa ha perdido nervio. Y si bien la idea de mezclar las vidas de la pandilla de Los Cinco con las evoluciones del Orejudo personaje es un recurso que podría funcionar muy bien, al final el texto le resulta al lector algo que jamás pensaría encontrarse en una obra de este autor: aburrido. Y quizás este sea el mayor pecado de un escritor que ha firmado Ventajas de viajar en tren y Fabulosas narraciones por historias, tal vez dos de las más divertidas y jocosas novelas de la literatura española.
            En otra ocasión, con motivo de su novela Reconstrucción, Antonio Orejudo montó un artefacto literario serio y atravesado de metaliteratura, con guiños intelectuales y referenciales, alumbrando una obra maestra rotunda y contundente: una de las mejores novelas que se han escrito en este país en décadas. Sin embargo, su segunda aproximación a este tipo de texto se desvanece a medida que transcurren sus páginas, que son poco alimenticias, me atrevería a calificarlas como light, ofreciéndole al lector un sucedáneo de Orejudo. Los Cinco y yo es de lo más decente que se ha publicado este año, pero no es una de las mejores novelas de su autor.
            Lo que ocurre es que Antonio Orejudo es tan bueno que, incluso su copia más desnaturalizada, ofrece un sabor literario que brilla por encima de todo lo demás. Pero a quienes hemos degustado la pata negra, nos joroba.

            

jueves, 1 de junio de 2017

Gilda en los Andes-Fernando Marañón



Título: Gilda en los Andes
Autor: Fernando Marañón
Editorial: Berenice
Número de páginas: 410
Año: 2017

ESTO ES ENTRETENIMIENTO

*Esta reseña ha aparecido en Minuevaedad.com: 
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/5/31/el-libro-del-mes-gilda-en-los-andes/

Lo primero que sorprende en esta Gilda en los Andes de Fernando Marañón, un experto cinéfilo con una solvente y dilatada carrera como crítico, es la elección de una estructura clásica de novela de género para llevar a cabo su particular homenaje al cine, repleto de guiños, requiebros y misterios. En efecto, misterios, porque el cine entraña en sí mismo un misterio, ese asombro que se pone en marcha cuando las luces de la sala se apagan.
 Y qué mayor enigma que aquello que permanece oculto en el interior de una lata de película, o tal vez al final de la misma, cuando ya han desfilado todos los títulos de crédito y esperamos que aparezca el sargento Nick Furia, parche en el ojo y empachado de cuero, para reclutar al Capitán América… Entonces, si leemos a Fernando Marañón, descubrimos que al final del metraje de una extraña película de culto pueden albergarse unos fotogramas secretos capaces de acabar con la estabilidad de un Estado nórdico, de comprometer a una monarquía o de poner en danza a espías que vinieron del frío con el gatillo fácil.
            Espías, en efecto, Fernando Marañón opta por el género negro (¿existe, junto con el western, otro género que cuadre mejor con el lenguaje del celuloide?) para vestir con ese traje a su novela y retratar, así, a un grupo de cínicos y desengañados, movidos por un motivo tan cinematográfico como es el intento de tomar “el último tren”, ya que estos personajes suelen encontrar en las últimas oportunidades, siempre, su fracaso, así como los motivos para hallar una nueva esperanza.
El género negro le exige al autor un rígido respeto por una serie de códigos que mantiene a la perfección: los malos son malísimos y los buenos algo inocentes, todos fuman y beben muchísimo, las mujeres son fatales y se codean con asesinos sin escrúpulos, los personajes secundarios poseen una presencia contundente en la historia, y la acción se desliza como por un embudo hasta reventar con un desenlace sorprendente. Fernando Marañón entiende esta novela como lo que debe ser una película: puro entretenimiento. Entretenimiento por encima de otras consideraciones.
La lectura de Gilda en los Andes es una aventura virada en sepia, una inmersión en esa noche americana del ártico en donde se desarrolla gran parte de la trama, una oscuridad con destellos de gran cine y de buena literatura que, cuando finalmente se han encendido las luces de la sala, nos ha dejado metidos en nuestra propia película. Una película en donde ya no hay ni buenos ni malos, ni espías ni asesinos; nos queda, y eso es lo mejor, el agradable regusto de una sólida narración.