lunes, 15 de mayo de 2017

Mar de Chira-Montserrat Doucet




TRAVESÍA POR LOS MUNDOS POÉTICOS PARALELOS DE MONTSERRAT DOUCET

En el otoño de 2014 descubrí el poemario de Montserrat Doucet, Mar de Chira (Madrid, 2014), cuando recibí la generosa invitación por parte de su autora para presentar[1] el libro. Su lectura me abrió de inmediato un “horizonte poético cuántico” que se contiene en los poemas, y pude determinar que me encontraba ante un ejemplo de “poesía cuántica”.
En el Mar de Chira de Montserrat Doucet, donde el tratamiento del espacio y del tiempo obedece a los materiales de una narración implícita en los poemas, existe toda una historia bajo los versos que se abre en un abanico de diferentes planos temporales. A poco de empezar el libro, aparece uno de los poemas de mayor intención y voluntad cuántica, Saltando meridianos (Doucet, 2014: 24), que aglutina diferentes características de este tipo de estética y es toda una declaración de intenciones de los significados del texto. Ya en su título, se nos pone en relación directa con el salto temporal o salto cuántico mediante la metáfora de los meridianos, lo que inevitablemente llevará al yo poético a un desdoblamiento en sus diferentes existencias. Así lo reconoce en los versos iniciales del poema: “A VECES me gustaría vivir//mi cuerpo como lo que es: el celebrado instante y su ceniza”. Al referirse a esta existencia como “ceniza”, nos invita a pensar que en una de las líneas temporales puede estar muerta; es decir, que en un plano temporal el yo poético está vivo, mientras en otro no. Inmediatamente, cualquiera que esté mínimamente familiarizado con la física cuántica, recordará una de las paradojas más célebres de esta mecánica, la del gato de Schrödinger[2]. Todo ello hace concluir al poema con la certeza cuántica: “la temida, terrible certidumbre://no soy mi cuerpo”.
            Todo comienza con un deseo de Chira, un anhelo de Chira por parte de la voz que voy a denominar como “protagonista” del poemario. Evidentemente, ese anhelo, esa llamada inconsciente que llevará a la voz poética hasta el mar de Chira en busca de alguien, obedece a la memoria de otro tiempo y de otra vida, de otra cadena temporal, de una línea de existencia que, si bien pertenece al pasado, continua sucediendo; son los many worlds cuánticos que acontecen a la vez.
            De manera que la travesía hasta Chira[3], y su mar, el mar, que ejerce de catalizador, acerca los recuerdos de la otra u otras vidas hasta el plano actual de existencia. La llegada de la viajera bien podría ser a esa playa de la Ceyba, que da título al primer poema del libro[4] y que presenta un mar que se mueve entre dos instantes temporales: desde su origen primigenio tras los versos “Estaba el mar respirando en el comienzo de los días”, hasta el instante actual en donde la poeta es consciente de la función que el Pacífico tendrá en el poemario, la de resucitar a los muertos: “El mar siempre vomita//a sus ahogados”. De esa forma se va conformando el recuerdo de otro tiempo, y los actantes que lo protagonizan: la poeta, el muchacho, y su amor en ese otro tiempo[5], en una civilización precolombina. El muchacho fue ritualmente sacrificado y ella, la poeta, asesinada. El viaje se ha transformado, así, en una conversación entre dos orillas, entre el pasado y la actualidad, entre el amor del joven y el amor sustentado en la voz de la poeta que establece una correspondencia entre la vida y de la muerte, y que se empieza a concretar en el poema Tarde lluviosa en las ruinas de Copán (28), con el que se cierra la primera parte del poemario.

            La llegada de la poeta a Chira junto a la impresión del Pacífico[6], con el calor y la pesadez agobiante de su atmósfera,[7] despiertan la anterior vida en común con el muchacho. Al poetizar, la mujer está nombrado, y al nombrar, la poeta se convierte en hacedora de universos, en diosa; crea el mundo mediante un proceso de poiesis que se plasma en el poema Mar de Chira: “Chira, tu vienes de ese lugar//donde sólo se sale, se nace//si unos labios desnudos te nombran” (39). En el poema El silencioso (57) la voz poética se plantea las formas en las que puede convocar al muchacho: “PUEDO elegir pensarte (…) puedo elegir leerte (…) puedo elegir amarte//como lo que fuiste, lo que eres,//enorme letanía silenciosa//entre mi sangre”. Pensar, leer, amar… son formas de poiesis, de creación, mediante la pronunciación del nombre se trae hasta esta realidad al ser convocado.
            Así, invoca al muchacho, y lo recrea. La tercera parte del poemario, Lo que vi en el agua (43), transcurre en la isla, donde la poeta lleva a cabo esa alquimia cuántica. Para ello, utiliza materiales atávicos como el viento, la piedra y el agua, también la fruta[8], con los que moldea un vórtice generador de vida capaz de comunicar una línea temporal, una conexión de un mundo, con el otro, la unión de pasado y presente, creando la conjunción de tiempos cuántica. Es lo que Montserrat Doucet titula en uno de sus poemas como Rostro sin tiempo (2014: 38), otra forma de definir esta atemporalidad que aglutina toda la temporalidad.
El problema que se presenta en el poemario de Montserrat Doucet, en este Mar de Chira cuántico, radica en cómo unir las líneas temporales, cómo conectar en un mismo espacio dos cuerpos para que se amen cuando uno de ellos habita en el pasado, tal y como concluye el poema Cálidos guijarros: “Desea un cuerpo que no existe” (27). Pero, obviamente, en un poemario cuántico, el cuerpo, como el gato de Schrödinger, está vivo y no-vivo a la par.
            Así que, convocado el muchacho, el agua será el elemento aglutinador, el agujero de gusano que ponga en conexión ambas líneas temporales. En el poema Lo que vi en el agua (48) se completa esta equiparación de la superficie del mar a un espejo, clave para traer al momento temporal poético y presente de Chira al muchacho. Este poema se complementa con el siguiente, Espejo (49): EN el espejo,//los ojos y los labios//de los amantes”. De esta manera, el agua del mar puede recuperar al muchacho de otro tiempo porque el espejo es una conexión entre dos mundos pero, también, mediante la invocación poética, una conexión entre los amantes.
La corporización del amante, al producirse mediante el mar, experimenta una metamorfosis con la propia isla de Chira, con la que se identifica su anatomía en el poema Las máscaras no mienten: “Así se muestra//la perfilada geografía de tu piel de isla:// beso de niebla//que refulge en el océano al amanecer” (50). El muchacho no solo ocupa ahora la misma línea temporal de la poeta sino que por un momento se apodera de su espacio geográfico asimilándose a la isla en una materialización completa del espacio-tiempo con tintes que alcanzan mucho más allá de lo cuántico, llegando a lo místico, me atrevería a decir que a lo galáctico, si se me permite ese adjetivo, dado que la aparición del muchacho a través de los mares tiene mucho de ese Big Bang inicial que generó nuestro universo según algunas teorías, dado que lo ha ocupado todo con su presencia expansiva, ocupando con su anatomía, incluso, la geografía del propio espacio de la isla. El muchacho ha atravesado por un agujero de gusano, desde un plano temporal a otro, de una línea temporal a otra, y aparece en ese otro mundo con una explosión invasiva que recuerda a un Big Bang cósmico.
            Abierto, así, el espejo de la correspondencia por la poesía, se ha producido la conexión en el mismo plano de ambas vidas, y empieza la cuarta parte del poemario, de significativo título, Deshielo (53). ¿Hielo en el trópico? Es el hielo que cubre las cumbres de los volcanes: hielo y fuego, lava y nieve. Deshielo, porque al fin, ambos amantes han abandonado lo pétreo de sus líneas temporales por donde deambulaban, como si fueran como aquel mamut atrapado en el frío de siglos, encontrado en un bloque de hielo y traído de vuelta a la actualidad.
            Juntos, así, lograrán pasar una noche de amor[9]: la cuarta parte del libro se inicia con el poema Muchacho de piel de piedra (55), una clave poética para entender lo que significa vivir un amor anclado a una vida pasada, pero que se ha corporizado en esa explosión geográfica a la que la poeta ya puede amar; un poema que despliega todos los motivos temáticos y simbólicos que articulan el poemario. De esa forma, el muchacho presenta algunas características geológicas: “Amplio es su cuerpo//como un río pleno en su deshielo//y huele a río//y posee la humedad redonda//de los cantos rodados”. Sin embargo, la voz poética no puede olvidar que ambos murieron en la otra línea temporal, de forma trágica, y que esta noche de amor también pasará, encontrando el sabor de las tumbas en el fondo de los besos dados a esas piedras que caracterizan al muchacho de la civilización precolombina, caracterizado por ese elemento fundamental que eran sus pirámides escalonadas de piedra: “pero besar la piedra es a veces//justificar tu propia lápida”.
            La poeta sabe que el agujero de gusano cuántico se volverá a cerrar en breve, y que el muchacho de piel de piedra deberá retornar a su existencia temporal. A la explosión o Big Bang generativo le seguirá una implosión omega, ese Big Crunch o gran colapso sideral que algunos expertos en cosmología aseguran que acabará por producirse en algún momento en nuestro propio universo. En el universo poético de Mar de Chira, tras la noche de amor, el muchacho se retira, con su particular Big Crunch, y cierra el agujero de gusano, replegando así el universo poético que se había generado para, después, regresar a las tumbas. Ese retorno en la poeta, a una especie de muerte en vida, se explicita con el abandono de la isla[10], que no es sino un regreso al momento presente, pero vestido de un fuerte anhelo de reencarnación.

            En el otro plano temporal, a la par, se produce el derrumbe de la cultura precolombina a la que pertenecía el muchacho[11] en el poema Llamada de un dios sin pies. Que esta hecatombe cultural y milenaria se produzca inmediatamente después de que en el plano presente la mujer haya conseguido estar con el muchacho de la piedra hace pensar en el elemento corrompedor de la civilización moderna sobre las culturas tradicionales precolombinas. El contacto de la protagonista ha sido determinante y venenoso para que, en el otro plano cuántico, a modo de efecto mariposa, una civilización completa se desmorone. Se cierra así esta “historia de amor cuántica”, o quizás “meta-cuántica”. Ebria de mar y poesía[12], sola de nuevo, entonces, la protagonista se metamorfosea en la propia voz de la autora, ensaya cierta poesía de la autoficción, y puede ya escribir su texto sobre Chira ensayada como un juego metaliterario, otra característica más de la literatura cuántica, dirigiéndose hacia una nueva reencarnación[13] que no sabemos si será un nuevo poemario…buscando un lugar en el mundo actual sin el muchacho de piedra,[14] tal vez obedeciendo a un impulso que es, como puede leerse en el poema Príncipe extraviado (34): “inexplicable como el tiempo”.
            El poemario ha puesto en pie lo que se define en el penúltimo poema, Chira (77), como un “círculo de verdad inexplicable”, una espiral, una forma geométrica cósmica que entronca con esas complejas realidades de la cuántica, con esos tratamientos del espacio y del tiempo en donde se puede existir en varios planos a la vez, incluso se puede vivir y morir a la vez, sin que podamos comprender la extraña certeza que esconde esta realidad. Y es este “círculo de verdad inexplicable” algo relacionado con la muerte y con la esperanza en la reencarnación, con el vivir muchas vidas a la vez y con un poemario que no es sino el recuerdo de todas esas vidas pasadas y del mar, y que en su último poema[15], a modo de corolario, sentencia: “Chira, te dibujo el vacío,//sólo tú puedes entenderme//Sola tú estás//donde duerme la noche”.
                 





[1] Presentación llevada a cabo el 12 de noviembre de 2014, en la biblioteca del Centro Cultural Isabel de Farnesio, en Aranjuez.
[2] Este gato, quebradero de cabeza para muchos estudiosos de la física cuántica, plantea una de las paradojas más controvertidas: la mecánica cuántica permite que, en determinadas condiciones, en un mismo instante, el gato –encerrado en una caja con un veneno radiactivo– permanezca vivo y muerto a un tiempo. La propuesta fue formulada en 1935 por el físico Erwin Schrödinger. En el poemario de Doucet, Mar de Chira, la arquitectura –un recurso tradicional en su poética, véase el título, por ejemplo, de su poemario Arquitectura entre los campos y otros poemas (San José, 2008)–, los espacios, están doblemente ocupados por los vivos y por los muertos como afirma, por ejemplo, en el verso inicial de “Alas abiertas”: “Estas casas que habitaron los muertos”(26). Sobre este plano temporal de los vivos, los muertos continúan desarrollando su línea existencial, ocupando el mismo espacio. Esta forma de ocupar dos mundos a la par, por ejemplo, se explicita, en la forma en que se imbrica la infancia rural de la voz poética con su otra infancia precolombina, simbolizada en una infancia de piedras, que puede leerse en el poema Verano, isla sitiada (36). Manzanas siempre verdes.
[3] No en vano, la primera parte del poemario se titula Travesía (19) y contiene un poema del mismo nombre en la página 22.
[4] Playa de la Ceyba, (21).
[5] De la estirpe de los ángeles (25).
[6] En Océano Pacífico (33).
[7] “EL cuerpo del aire vive aquí”, para definir esa bofetada climatológica que recibe el viajero, un golpe sofocante y denso cuando pisa las playas, por ejemplo, de la Costa Rica en su zona del Pacífico, o más concretamente del cantón de Puntarenas, por ceñirnos al contexto geográfico del poemario.
[8] Tradicionalmente, en el imaginario de la poeta, la fruta ha venido significando la muerte. Con el mismo valor simbólico se desvela en Mar de Chira; al haber sido trágicamente sacrificado el muchacho, y asesinada la voz protagonista, en el otro tiempo, en la pócima simbólica y lirica que construye la resurrección del muchacho y conecta las dos líneas temporales, no puede faltar, junto al viento, la arena, el agua del mar y la piedra, el elemento fúnebre que recuerda la verdadera naturaleza y origen de ambos amantes, significados en la fruta por su valor en la poesía de Doucet. En este poemario, las referencias a la fruta aparecen en algunos títulos de poemas, Fruto prohibido (23), La fruta del corazón (41), y también en imágenes que se asemejan, generalmente, con el corazón, como una fruta que se arrancó del pecho del muchacho cuando fue sacrificado, o que en su color, rojizo como el de las cerezas, recuerdan a “la sangrienta cosecha”  (46) de uno de esos holocaustos llevados a cabo por los pueblos precolombinos  –poema Sin verme–. El sacrificio del muchacho mediante el descorazonamiento es poetizado en Corazón de piedra verde (60): “La piedra generalmente guarda un corazón,//un sustraído corazón.//Un corazón de piedra verde”. La autora entabla así un diálogo metaliterario con una obra narrativa, colocando en una lanzadera comparativa externa su poemario junto a la novela de Salvador de Madariaga de mismo título, El corazón de piedra verde (Buenos Aires, 1943), en donde la narración se detiene extensamente en desarrollar la historia secundaria de un joven que será elegido para ser sacrificado, siendo tratado y agasajado como un rey o un dios, durante todo el periodo de tiempo que transcurre antes del sacrificio, que la propia víctima considera como un gran honor. Para la poeta, el hueco que ocupaba el corazón, una vez extraído, muestra su ausencia de una forma cósmica en el poema Mármol imposible (Doucet, 2014: 61): “ES una enorme cavidad de fuego//donde otrora cegaba el corazón”. Siguiendo el eje temático, la piedra ha dado paso al mármol, y el corazón ha dejado un agujero de fuego al estilo de la explosión de una supernova o la irradiación de un sol, en consonancia con ese Big Bang al que me referiré más abajo. Metaliteratura como elemento cuántico, Sobrescritura de palimpsesto, estructura fractálica que remite a textos mayores.
[9] Esa noche de amor culmina en el poema del libro cuyo título coincide con el de la cuarta parte: Deshielo (Doucet, 2014: 62). La poeta elige aquí, además, un recurso consistente en asociar palabras referentes al campo semántico del frío y del hielo, de la congelación, para poner en pie una relación amorosa tropical y tórrida que debería ser asaz calurosa. Evidentemente, ese frío que el amor desatado consigue deshelar, como la última palabra del poema concluye, es el frío de la muerte del que no pueden desprenderse ambos personajes, que están juntos por encima del tiempo y de sus propias y trágicas muertes pasadas, de un amor que entonces no pudieron disfrutar, y del que ahora gozan siempre con la presencia de ese escalofrío de fondo que les recuerda la tragedia. En este sentido, la protagonista de Mar de Chira, la voz poética o yo poético, y el muchacho, me recuerdan, en lo que tiene de amor fantasmal, doloroso e imposible, a la historia de Francesca y Paolo que aparece en el Canto V del Infierno de la Comedia de Dante (versos 73-142).
[10] El poema del abandono de la isla, Chira sin mi (Doucet, 2014: 63), con los versos que muestran el alejamiento de la isla: “EL catamarán, cremallera//que va abriendo y cerrando//posibilidades sobre tus aguas”, sutura, cose así el agujero que se había abierto sobre la superficie de las aguas por las que había accedido el muchacho. Se cicatriza el acceso al otro mundo cuántico, bloqueándose la conexión.
[11] Probablemente perteneciente al grupo indígena de los huetares.
[12] No en vano, la quinta y última parte del poemario se titula La ebria de mar (67).
[13] En Solo el instante (71), donde “el instante” es “sólo la vida”. Toda una vida es un instante, en una reflexión “meta-cuántica”.
[14] Un lugar en el mundo que se define en el poema Desdibujada orilla (75): “antes de encontrar la desdibujada//orilla que me acoja”.
[15] Donde duerme la noche (77).

miércoles, 12 de abril de 2017

Ventajas de viajar en tren-Antono Orejudo



Título: Ventajas de viajar en tren
Autor: Antonio Orejudo
Editorial: Círculo de lectores
Número de páginas: 140
Año: 2000
 *Reseña publicada originalmente en el sitio Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/4/5/el-libro-del-mes-ventajas-de-viajar-en-tren/
           
DELICIOSO EJERCICIO NARRATIVO

               Cuando el lector termina Ventajas de viajar en tren tiene una certeza: acaba de leer uno de los libros más divertidos que se hayan escrito en español en lo que va de siglo XXI. Pero no sólo se trata de un libro divertido. Esta novela es mucho más que eso. Es un recital narrativo, un ejercicio delicioso de escritura, salpicado de unas inesperadas notas de humor negro y escatológico, que hacen muy difícil evitar las carcajadas.
            La novela arranca con una imagen tan contundente como esperpéntica, que anuncia los derroteros por los que discurrirá toda la narración: la protagonista, Helga Pato, regresa a su casa y se encuentra a su marido completamente ido, ensimismado y jugando con sus excrementos. No le queda otra opción que ingresarlo en un psiquiátrico y, en el viaje en tren de vuelta desde la clínica, la mujer se topa con Ángel Sanagustín, uno de los médicos del sanatorio que le contará algunos pasajes de su vida. En este momento, la novela se convierte en una cascada de historias que se encierran unas en otras, en una vertiginosa espiral de sucesos, a cual más entretenido e hilarante.
            Toda la novela de Antonio Orejudo, además, permite una lectura en varios niveles, dado que es una crítica al mundo editorial y a cierto tipo de novelas —no en vano, Helga Pato es una agente literaria que quiere insertar publicidad en el interior de los libros—, también al psicoanálisis y la psiquiatría —locos y cuerdos desfilan por estas páginas en un sensacional revoltijo—, a ciertos métodos y tratamientos médicos y, obviamente, a la hipocresía de la sociedad actual, que tan a menudo se mueve por motivos bastardos y mentirosos. El propio viaje en tren es una metáfora del trayecto que un lector realiza a lo largo de un libro, como si fuera una larga travesía por el interior de un túnel, y que sólo verá la luz al acabarlo.
            Antonio Orejudo pone en pie lo que, aparentemente, nos puede parecer un disparate literario, cuajado de diálogos surrealistas, situaciones inesperadas y personajes esperpénticos, como esa confabulación de los basureros para controlar las mentes de la gente o una misteriosa logia de escritores anagramáticos (que esconden en sus poemas mensajes subliminales para convencer a los lectores de sus propósitos), pero que oculta entre sus historias una realidad cruel y amarga que mediante el humor todavía adquiere mayor relieve y se nos hace más injusta e insoportable.

            Así, las historias de violencia machista, esclavitud sexual y trata de personas, pederastia, abuso de poder, explotación de los inmigrantes, locura, enfermedad y muerte, se destilan bajo el prisma corrosivo de un ingenio disparatado que multiplica el impacto de su denuncia. Antonio Orejudo demuestra, con maestría, que se pueden abordar temas tan sensibles y cruciales sin, por ello, dejar de lado cierto tinte burlón que haga las delicias del lector, a la par que lo invita a formularse las más profundas reflexiones sin caer en ejercicios pretenciosos o grandilocuentes.

martes, 28 de marzo de 2017

La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada-Heberto de Sysmo



            Título: La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada.
            Autor: Heberto de Sysmo.
            Editorial: Lastura

        * Reseña publicada originalmente en el blog sobre creación y pensamiento poético, Verde Luna:
https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/03/24/de-lo-molecular-a-lo-cosmico-un-poemario-para-geometrizar-el-mundo/


            DE LO MOLECULAR A LO CÓSMICO: UN POEMARIO PARA GEOMETRIZAR EL MUNDO

         Desde que ya hace un tiempo acuñé el término de “poesía cuántica”, han sido pocos los poemarios que me he encontrado con una vocación cuántica tan manifiesta como este La flor de la vida, de Heberto de Sysmo. Y no sólo se trata de su intención, la estructura, la forma, el vocabulario, y el tema central que trata, ese “Elogio de la geometría sagrada” —tal y cómo subtitula el libro—. Todo, en Heberto de Sysmo, es cuántico.
            El libro se divide en siete partes o cantos, cada uno de ellos, a su vez, conformado por siete poemas, en una estructura de fractales en donde las partes más pequeñas (los poemas, las estrofas y los versos) intentan remitir a la estructura contenedora (el poemario). Es la estructura de fractales uno de los elementos fundamentales de la poesía cuántica, pero no el único: en La flor de la vida nos topamos, también, con una dinámica de lo infinito, una transición de aspectos laberínticos hacia formas circulares, con un poemario cíclico que reincide en la tautología o efecto-espejo por el cual la geometría cósmica tiene su réplica anatómica en lo más microscópico del hombre, en la llamada micro-cuántica. Este intento de poetizar desde la macro-cuántica hasta la micro-cuántica, junto a la obsesión de plasmar el universo mediante un universo poético, hacen del libro de Heberto de Sysmo uno de los mayores y más deslumbrantes poemarios cuánticos que haya encontrado.      
            Todo en este poemario es excesivo. Excesivo, en efecto, porque excede los límites físicos del libro, porque se expande, como ese universo en big bang al que se refiere el autor, más allá de su continente, para escurrirse por los lados y empaparnos de geométrica trascendencia. Excesivo, porque busca transmitir un conocimiento complejo a través de un conjunto de poemas tan exigentes como deslumbrantes. Como deslumbrantes son los apuntes teóricos y explicativos que acompañan a cada composición, repletos de referencias a otros poetas, a leyes físicas, a teoremas y teorías, que ayudan a facilitar la comprensión de algunas de las más que complejas tesis que el autor busca plasmar en su teoría. Una estructura esta, la del binomio poema-explicación, que en algunos casos me ha recordado al Dante de la Vita Nuova (¿acaso existe un poeta con mayor ambición cuántica que Dante?).
            De esta forma, y tras el jugosísimo prólogo por mano del propio autor —“Ensayo de un entrópico desorden. El axioma del sofisma”—, en donde concluye que su atracción por esta poesía de fractales es producto de la casuística al encontrar en sus propias huellas dactilares la espiral que reproduce las espirales de las constelaciones (la serendipia como motor de lo cuántico y la espiral como “Flor de la vida”), el poemario se abre con la primera parte, ese “Cuerpos geométricos” conformado por una tanda de poemas filosóficos. Si la poesía es un trabajo que se realiza sobre la abstracción del mundo que rodea al poeta, este libro es, pues, abstracción sobre abstracción, como si de un monumental juego de espejos cósmicos se tratase. Los siete cantos de los “Cuerpos geométricos” reproducen el origen y la expansión del cosmos: el primer poema, “Manantial”, es el punto de concentración de luz que dio origen al estallido del cosmos; el big bang del universo es aquí el big bang del poemario. Después, “La esfera”, elogio a la geometría de los cuerpos celestes, a los astros y los planetas, a la propia Tierra. En tercer lugar, una poesía dedicada al triángulo, siendo esta forma el ser humano mismo, para, a continuación, poetizar sobre el cilindro como concepto de eternidad, del universo en expansión. El cuadrado, —como reflejo de las etapas del hombre—, la elipse —como el destino—, y el cuerpo femenino —como última geometría o “huevo cósmico”—, cierran esta parte que obliga al lector a realizar una reflexión sobre lo que Ernesto Sabato denominaría como “Uno y el universo”.
            Algo aturdidos ante la densidad de lo planteado, pero hipnotizados por la estética del planteamiento, el poemario se adentra en “Las llaves de la vida”, siete cánticos basados en las siete vías de autoconocimiento propuestas por la teósofa Helena Blavatsky. Una reflexión sobre el conocimiento y los caminos para alcanzarlo, o sobre la inutilidad e imposibilidad de lograrlo, así como un enfrentamiento entre la carnalidad y el alma que concluye con una victoria de la última, dado que toda la materia forma parte, finalmente, de una misma alma.
            Son los “Versos áureos”, la siguiente estación del poemario. Siguiendo la secuencia de Fibonacci el autor busca reflexionar sobre la creación del universo, con un Dios más relojero que arquitecto (creo que, en este caso, la propuesta de Heberto de Sysmo se complementaría perfectamente con la poesía de Domingo Díaz, un poeta-arquitecto en su libro Listo ya para la hoguera, mientras que Heberto de Sysmo es más un poeta-relojero). La espiral es la protagonista, como máxima expresión de lo fractal ya que, a fin de cuentas, el hombre está albergado en un sistema fractal, llámese universo, que reproduce, incansablemente, las espirales —desde las constelaciones hasta las huellas dactilares y, desde ellas, a las cadenas de ADN—. Es esta geometría de la simetría, que alcanza una escala imperceptible o microscópica, la que el autor entiende como “sagrada”, dado que en ella se alberga esa “flor de la vida” que da título al poemario, espirales vitales con el amor como último motor.
            Pero la voluntad cuántica del autor todavía alcanza más allá en “Humanas reflexiones”, cuarta parte del libro, quizás la central, y que ofrece veintisiete haikus metafísicos y geométricos que se sustentan en la Teoría de las Cuerdas, lo que vendría a ser una especie de poesía vibracional de las partículas atómicas. A los haikus les sigue “Sinergia del amor cuántico”, con poemas que reflexionan sobre el amor y el amor cósmico, con referencias a la mecánica cuántica: todo está conectado, interconectado, no somos polvo de estrellas por casualidad sino por causalidad. Los “Sonetos atlantes”, que vienen a continuación, ponen en danza poética siete elementos de la vida (fuego, tierra, agua, aire, éter, carne y alma), siempre en conexión cósmica y cuántica unos con otros.
            El poemario se cierra con el bloque titulado “Las siete leyes de la creación & Tradición Hermético-Alquímica”. Es un cierre circular que retroalimenta el poemario, con composiciones dedicadas a los principios de la física cuántica que han resultado ser el motor de los versos anteriores. Como un final redundante, la obra termina con el poema referido a la “Ley de fractalidad”, de forma que el poemario pudiera contenerse en esta última composición, juego de espejos y reflejos cuánticos que demuestran que una parte se contiene en la totalidad y que la totalidad se compone de esa misma parte.
            Es el trabajo de Heberto de Sysmo (pseudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor, que ya tocaba decirlo, sin olvidar las ilustraciones de Vanesa Torres en una cuidadísima edición a cargo de la editorial Lastura) un poemario inteligente que sacrifica, por voluntad propia, los elementos más líricos en función de una poesía que es emanación del pensamiento, producto de las ideas más que de los corazones, pero que, finalmente, no puede evitar remitirse al amor como una fuerza universal. Si nos fijamos en algunas de las isotopías que mueven, como engranajes, el poemario, nos encontramos con referencias continuas a términos de la física teórica, de la cosmología, de las matemáticas y la geometría… ¿Se puede poetizar sobre estos elementos, con semejantes mimbres? Por supuesto que se puede; siempre he pensado que cualquier asunto es poetizable, que da igual el término o el elemento que introduzcamos en un poema. Cualquier material es bueno para hacer poesía (desde Bukowski a Unamuno, pasando por Rubén Darío o Peter Handke, Walt Whitman o Gloria Fuertes), y Heberto de Sysmo lo demuestra en esta abrumadora composición para concluir que “la fractalidad del amor hace sostenible la vida,// una geometría en lucha constante// contra la simetría de los hombres”.
            Porque si el ser humano es un reflejo del universo, la poesía será, entonces, y según este principio de fractalismo cuántico, el reflejo del hombre.

            Y así, hasta e infinito. Y así, hasta lo infinitesimal. 

lunes, 6 de marzo de 2017

El curioso incidente del perro a medianoche-Mark Haddon






Título: El curioso incidente del perro a medianoche

Autor: Mark Haddon

Editorial: Salamandra

Número de páginas: 268

Año: 2003

 

            **Reseña publicada originalmente en el site Mi Nueva Edad.

 https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/3/1/el-libro-del-mes-el-curioso-incidente-del-perro-medianoche/

 

UNA INVESTIGACIÓN PSICOLÓGICA

            Christopher Boone es un muchacho de quince años con un síndrome que puede asociarse al autismo o al Asperger, aunque en la novela el trastorno nunca se llegue a mencionar como tal. Christopher está lleno de manías y de TOCs: no soporta ciertos colores, necesita unas rutinas férreamente desarrolladas, tiene una gran incapacidad para comunicarse y demostrar sus sentimientos, puede reaccionar de una forma violenta y vive en un mundo propio y aislado que entra en conflicto cuando intenta relacionarse con los adultos. Sin embargo, posee una inteligencia asombrosa: recuerda una interminable serie de números primos (hasta el 7.507), se sabe al dedillo todas las capitales del mundo y posee una prodigiosa memoria fotográfica.

            Si añadimos que Christopher aborrece la mentira por encima de todo, circunstancia que le cuesta demasiados disgustos y malentendidos, y que su mascota es una rata, nos encontramos ante un poderoso personaje surgido de la pluma del británico Mark Haddon, un autor especialista en literatura infantil que debutó con esta obra en el género adulto. Por eso, la novela está narrada en primera persona, en la voz del muchacho, dictada desde su mente, una mente que trabaja con pensamientos complejos y extrae unas conclusiones rocambolescas (pero no exentas de razón) que plasmará en un diario que escribe por recomendación de su terapeuta. Ese es otro de los aciertos del libro, que inserta dibujos, esquemas y diagramas realizados por el muchacho, salpicado de figuritas y anotaciones que lo hacen muy ameno y divertido.

            El título hace referencia a un cuento de Sherlock Holmes, concretamente al relato Estrella de plata, un detective que Christopher admira. Por ello, el muchacho no duda en iniciar una pequeña investigación para averiguar quién ha matado al perro de una vecina. Nos encontramos con una novela de misterio, o eso parece, pero las andanzas detectivescas del protagonista no son más que una excusa para que se desencadene la acción, donde lo verdaderamente importante es asistir a cómo el mundo de Christopher, repleto de normas y rutinas, se ve puesto patas arriba hasta culminar en un delirante viaje del muchacho en el transporte público de Londres.

            La colisión entre la percepción de Christopher y el mundo real, junto a la sencilla y rápida forma de escribir de Mark Haddon, ponen en pie una novela veloz, repleta de un humor ácido que no deja lugar al aburrimiento. Su estructura fácil, acompañada de la personalidad brillante e hilarante de su protagonista, convierten al libro en la odisea apasionante de un chico que lucha por superar sus propias trabas en pos de encontrar respuestas y, finalmente, hallar su propia identidad.

domingo, 12 de febrero de 2017

La pesca del salmón en Yemen-Paul Torday



Título: La pesca del salmón en Yemen
Autor: Paul Torday
Editorial: Salamandra
Número de páginas: 315
Año: 2007

**Reseña publicada originalmente en el site Mi Nueva Edad.

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/2/1/la-pesca-del-salmon-en-yemen/

LA AMARGURA DE LA UTOPÍA

 
Con su primera novela, La pesca del salmón en Yemen, el escritor británico Paul Torday obtuvo un gran éxito literario. Contaba, entonces, con 59 años, y llevaba toda la vida realizando grandes obras de ingeniería marina continuando la senda de la tradición familiar. Quizás, por la gran distancia del autor con el mundo de la literatura, el libro está impregnado de un carácter especial, con una mirada cercana al lector que, de inmediato, se identifica con los sentimientos de algunos de los personajes.
 
La pesca del salmón en Yemen es la epopeya de un soñador, el doctor Alfred Jones. Es la historia de un hombre gris que, por un instante, llegará a creer posible la realización de un proyecto disparatado: el intento de introducir salmones en el Yemen. La idea, auspiciada por el poderío económico del encantador jeque Mohamed ben Zaidi, pondrá en marcha toda una maquinaria que deberá superar numerosos obstáculos. En primer lugar, se encontrará la propia naturaleza, el Yemen no parece el lugar más indicado para que haya salmones, pero pronto se sumarán otras adversidades que amenazarán con hacer fracasar el proyecto. La intromisión de los intereses políticos del gobierno británico, que ve en la tarea una forma de propaganda que mejoraría su imagen en Oriente Medio, será el principal inconveniente al que deberán enfrentarse Jones y Zaidi.
 
Irónica y divertida, la novela indaga en lo complejo de las relaciones personales, en lo frágil que pueden resultar algunas convicciones y anhelos, sobre todo cuando intervienen otros intereses superiores, y que retrata los comportamientos más desaprensivos e interesados de aquellos que poseen el poder y viven inmersos en el culto a la imagen.
 
Las situaciones derivadas del disparatado proyecto de llevar los peces a un lugar como el Yemen sirven para mostrarnos un interesantísimo tapiz humano en donde las relaciones entre unos y otros se cruzan vertiginosamente, dando lugar a momentos repletos de ternura. Sin embargo, la novela tiene un cierto regusto amargo, que además resulta muy cercano gracias a la forma en que Torday ha decidido escribirla: una recopilación de documentos como correos electrónicos, informes, circulares, cartas, anotaciones en diarios, e incluso noticias de prensa, que convierten a la narración en algo muy cotidiano para el lector ya que presencia de una forma directa, sin intervención de ningún narrador, todo aquello que les sucede a los protagonistas del relato. Aquí radica el gran acierto de Torday, su maestría a la hora de mostrarnos lo que angustia al doctor Jones, las ilusiones del jeque, o las componendas en las altas esferas del poder, servidas en las páginas de una forma directa y sin rodeos, consiguiendo emocionarnos con su lectura.
 
Como todo éxito literario, la novela posee una versión cinematográfica; la película, protagonizada por Ewan McGregor y Emily Blunt, realiza cambios sustanciales en la historia y la alejan por completo de un texto rabiosamente entretenido y humano.

viernes, 27 de enero de 2017

Pálpitos del tren que no vuelve-Maximiano Revilla



DON QUIJOTE EN LA AUTOPISTA
 

Título: Pálpitos del tren que no vuelve

Autor: Maximiano Revilla

Editorial: Vitruvio.

** Reseña publicada originalmente en el blog sobre creación y pensamiento poético, Verde Luna:
https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/01/20/palpitos-del-tren-que-no-vuelve/

            Tiene la poesía de Maximiano Revilla algo de quijotesco, un empeño en mostrar las miserias humanas y de la sociedad que nos rodea desde un discurso reflexivo, elaborado con una voz poética que se busca a sí misma, y que señala todos los sinsentidos con los que la modernidad nos atenaza. Por ello recuerda, a veces, al Don Quijote de los discursos de las Armas y las Letras o de la Edad de Oro. Es este poeta quijotesco un loco-cuerdo que todo lo contempla desde su atalaya de observador cotidiano, que convierte sus reflexiones en poemas, y cuyas demoledoras conclusiones han cristalizado en el volumen Pálpitos del tren que no vuelve.

            Un poemario extraño en su hibridismo, repleto de prosa poética, condimentado con aforismos (a los 40 poemas hay que sumar un texto largo y un grupo de 42 aforismos), que obligan al lector a pensar los motivos por los que se le ha congelado la sonrisa con cierto amargor en la boca cuando ha finalizado la lectura: Maximiano ha realizado una radiografía de la sociedad y de la actualidad repleta de una belleza hiriente, recurriendo a poetizar, de una forma demoledora, los sucesos y actos cotidianos de cada día. Así, el verso que aparece ya en el primer poema del libro, “hay también hipotecas que lo complican todo”, nos acerca esa realidad habitual como materia lírica y que el autor maleará desde su original punto de vista.

            Un rápido vistazo a las isotopías que modulan el texto nos arroja una serie de palabras que no sólo definen esta denuncia de la ultra modernidad como materia poética, sino que imbrican el discurso en un ámbito urbano: “la hipoteca”, “trabajar y pagar”, “la familia, el perro y el gato”, “la anorexia”, “despertarse justo a las siete”, “el barrendero”, “el transporte público”, “las paradas de autobús”, “las oficinas”, “el sex-shop”, “los hospitales”, “el supermercado”…

            Maximiano, como Don Quijote, se ha convertido en un poeta de lo social y de lo cotidiano que pasa por el peculiarísimo tamiz de su escritura la realidad que contempla. El resultado es una crítica ácida y desengañada que necesita de una reacción en el lector. “Puedo sentir/ tu respiración cuando lees”, se atreve a manifestar, seguro de que con sus versos no sólo mueve a la belleza, sino que ahonda más allá, consiguiendo epatar al espectador con sus contundentes construcciones líricas. El compendio de reflexiones que son estos poemas es una cosecha de interpretaciones cazadas a vuela pluma en lugares tan prosaicos como un atasco en la autopista, la cola del supermercado, una parada de autobús o la ducha.

            Este casi inabarcable trabajo de lirismo confesional constituye un todo poético como una especie de teoría de la vida, al estilo de un George Perec actualizado, que culmina, sin duda, en la colección de aforismos al final del libro y en donde queda muy claro que a pesar de la amargura que gotea entre las ideas y los textos, “la esperanza en el viento es el viaje de casi todas las soluciones”. Maximiano dylaniano y cercano a las greguerías, como cuando afirma que “la seda del gusano es un mundo con bermudas”.

            Es Pálpitos del tren que no vuelve un ejercicio de originalidad desbocada, repleto de sorprendentes hallazgos que conforman una serie de poemas urbanitas aptos para cualquier momento. Como asegura Maximiano Revilla, “todo poema que se lea en la sala de un dentista, es un buen poema”, y semejante función parece ser la de este poemario: la de ser trasladado en un bolsillo de la chaqueta y vagabundeado por la ciudad que lo inspira, un libro al que podemos recurrir cuando los sinsentidos de la realidad nos dejen perplejos, pero cuidado, porque otra de las singularidades de este poemario se encuentra en este verso: “busca en el verso:/ las preguntas a las respuestas”.

            Somos nosotros quienes, con nuestra propia respiración poética, debemos descubrir qué enigmas nos está desvelando Maximiano Revilla, ocultos bajo un colorido festival lírico de formas asombrosas.


sábado, 21 de enero de 2017

Qué bien, qué bonito-Ivica Prtenjaca




Relatos desde la ciudad enferma: Zagreb o la alienación.

–Reseña publicada en Cuadernos del Ateneo de La Laguna. nº 33-
http://www.ateneodelalaguna.es/content/view/861/13/
 

Ivica Prtenjača
Qué bien, qué bonito (título original: Dobro je, lijepo je).
Baile del Sol Ediciones, colección DELESTE nº9, Tenerife 2012, 137 páginas.
Traducción del croata, prólogo y notas de Francisco Javier Juez Gálvez.


Si entendemos el género de la autoficción como el aglutinamiento de datos reales, biográficos e históricos, mezclados con situaciones ficticias difícilmente identificables de las reales y donde, por la vía abierta del suceso real, se cuela la literatura, la novela Qué bien, qué bonito (Zagreb, 2006) del escritor croata Ivica Prtenjača (Rijeka, 1969), presenta una autoficción a la balcánica salpicada con algunos elementos muy notables que la diferencian de otras novelas de su generación: cierto optimismo irónico arrastrado en la narración y una toma de distancia con respecto a los “grandes temas” relacionados con la caída del sistema comunista, la terrible herencia bélica y la complejísima mutación para alcanzar la democracia.

Autoficción minimalista

El autor define así las intenciones de su novela:

“Mi novela será una introspección solitaria con un mínimo de acontecimientos. En este mundo, donde todo cambia rápidamente y donde el acontecimiento es la única realidad relevante, yo me tengo que refugiar en algún sitio”.[1]

 

Esta voluntad de refugio en el texto es lo que lleva a Prtenjača a alejarse del modelo de otros narradores croatas del momento, dado que, adelgazando la anécdota, reduciendo al mínimo los sucesos narrados, el autor despega de la trama los sempiternos asuntos relacionados con la quiebra comunista o el amargor bélico, a los que apenas dedica unas breves referencias o unas escasas reflexiones. Quizás sea esta una manera de asentarse en la post-posmodernidad, heredando de otras literaturas la forma autoficcional (según el modelo de Sebald en Austerlitz –Múnich, 2001–, por ejemplo), y la jibarización de la trama (al estilo de aquella novela experimental española de los sesenta y setenta), una intención de llevar más allá la producción novelística, en donde ya no basta con referirse a los grandes temas, ahora toca dirigir la mirada hacia el interior, hacia uno mismo.[2]

Será esta mirada del autor al interior del personaje protagonista, la que tizne de elementos presuntamente autobiográficos a la obra, que reproduce el mundo de Prtenjača como si lo volcara en un espejo. Las coincidencias se suceden: ambos se llaman Ivica, ambos son poetas[3], ambos han tenido diferentes trabajos[4], ambos deben mudarse de Rijeka a Zagreb para encontrar una ocupación fija… un sinfín de detalles que se van filtrando desde la realidad del autor a la ficción de la obra con el objeto de crear un retrato urbano del desarraigo, la apatía y la indiferencia.

La vida en la gran ciudad de Zagreb presenta los aspectos de la alienación, sus gentes se dejan mecer en una ola de apatía y superficialidad. Para mostrar ese desfile de ciudadanos banales, nada mejor que realizar una cala en los clientes de la librería en donde acaba de empezar a trabajar el protagonista. Por el local pasaran, desde famosos de la vida cultural croata, hasta consumidores de libros de autoayuda, en un maridaje que viene a demostrar lo utilitario de la cultura de masas donde la burbuja de irrealidad del egoísmo de las rutinas –del trabajo a casa, de casa al trabajo– desemboca en la incomunicación. Estas personas, en su continuo tránsito por la librería:

“callan porque creen que han echado la vida a perder. Y que el buen nivel de vida que tienen no es más que un mal sucedáneo de algo no vivido, pero deseado”.[5]

 


En este sentido, nada más arrancar la novela aparece un elemento simbólico cargado de gran significado: el doguillo, un animal que es el reflejo de la vida moderna urbana. El perro, “criatura estúpida”, se limita a “devolver, eructar, y cuando está dormido hasta ronca[6]. Es una representación de la descomposición de la vida hedonista de los ciudadanos de Zagreb, una muestra corpórea de una sociedad más atenta a sus propios placeres físicos que a relacionarse con el resto de los individuos. Al término de la obra, ahora en Rijeka, donde el protagonista se ha desplazado a pasar un fin de semana, vuelve a aparecer el doguillo, con un comportamiento ciertamente estúpido[7] que sin embargo encandila a la gente: lo fútil e intrascendente de la vida capitalina hipnotiza a los habitantes de provincias, que ven en el doguillo algo divertido e, incluso, admirable. Con el animal se produce un cierre circular o redundante de la obra donde el antihéroe Ivica constata que la descomposición social se ha extendido por todo el país.

Dentro de ese ámbito, pocas cosas suceden en la novela, que es una especie de ver pasar la vida ajena (Ivica, en ese sentido, es un mirón que todo lo fiscaliza con su sentido ácido y alucinado de la realidad). Fundamentalmente, el libro presenta una historia de amor entre el protagonista y su vecina, Emilia, una mujer que desarrolla ciertas características de Donna della Salute, un estilo de Beatriz salvadora que rescata a Ivica del pavor urbano en el que se ha sumergido.

“Es mi primer día en Zagreb y mi primer día en el nuevo trabajo. Tengo treinta y cuatro años, por fin tengo trabajo. Venderé libros en una librería que acaba de abrir, pero siempre me he considerado, por supuesto, escritor”.[8]

 

Así se presenta el futuro narrativo de Ivica, arrojado a la deriva de la gran ciudad que lo enferma como si se tratase de un escritor modernista aquejado del llamado mal de siecle. En ese sentido, hay un paralelismo con el deambular de Ivica por Zagreb[9] y la desesperación frente a los escaparates del gemelo literario de José Asunción Silva, el José Fernández protagonista de la novela De Sobremesa (Bogotá, 1925) y que vaga angustiado por París y Londres buscando la redención en la idealizada imagen de una mujer retratada en un cuadro. Ambos, Ivica y Fernández, están heridos de ciudad, de modernidad, y necesitan de esa figura femenina sanadora, que elevan a los altares, como forma de superar el espanto del cambio de siglo. Ya sea del XIX al XX, o del XX al XXI, el resultado es el mismo: son Dantes rescatados por sus Beatrices, y a Ivica la relación con Emilia termina por hacerle superar el pavor. La mujer,

“había hecho de mí un hombre que ya no tiene miedo al piso de la Calle de Sida Koŝutić, número 6, tercer piso, ella con su serenidad me ayudó a mirar sin inquietud ni miedo (…) A mí, que acababa de cumplir treinta y cinco años, me salvó una alumna de bachillerato”.[10]

 

Identidad y desarraigo

Es Qué bien, qué bonito la historia de una búsqueda, la de la identidad, y la crónica de un intento: el de arraigar en un ambiente hostil en donde el individuo se encuentra permanentemente desplazado. Resulta significativo que Ivica elija para colocar en una plaquita en la puerta de su domicilio, ante la insistencia del vendedor, el nombre de Angelina Jolie. En el largo camino de la búsqueda de identidad, y de echar raíces en la ciudad, el protagonista se encuentra muy alejado de sentirse poseedor de un lugar en donde cobijarse y le incomoda hasta su propio nombre[11]. La elección de la actriz no es una cuestión baladí que, no exenta de ironía, remarca la necesidad que esta sociedad tiene de identificarse con los personajes del papel couché, del cine, o con aquellos que protagonizan el masaje mediático.

Este principio del personaje, completamente anulado, recuerda al Jacques Austerlitz de Sebald, y en su incapacidad de comunicarse establece un hilo directo con el ex portero de fútbol Bloch de El miedo del portero al penalti (Frankfurt, 1970), la novela de Peter Handke en donde la incapacidad de expiación de las culpas arrastra al personaje a una completa incomunicación. Ivica, siguiendo esta tradicional alienación del hombre moderno, confiesa que

“Yo no hablo, todo se ha desarrollado demasiado deprisa para mí, ralentizado por la cerveza Ožujsko. Tenía la cabeza llena de cosas, ahora se me ha quedado sólo el deseo interrumpido repentinamente y esa sensación, la sensación de beatitud y calidez se ha ido de las articulaciones directamente a la cabeza, convirtiéndose en sólo unos segundos en incomodidad y desencanto. Me fui sin saber qué hacer con las manos, qué hacer conmigo mismo”.[12]


Ese malestar, que ya no encuentra paliativo ni en la borrachera, convierte a Ivica en un extranjero de sí mismo al estilo del Mersault de Camus, quien acaba matando a un hombre en la playa quizás porque hacía mucho calor… o en el propio ex portero de Hanke, que tampoco sabía muy bien lo que hacer con las manos y terminó por emplearlas para estrangular a la cajera de un cine. La situación exige una nueva reinterpretación de la agresiva realidad, y lo que en Handke es una mirada bajo el prisma de la Nueva Subjetividad, o en Camus una reflexión en clave existencial, en Prtenjača se convierte en introspección, en el diálogo del personaje consigo mismo y con sus reflexiones, único interlocutor válido a lo largo de la novela: “No sé qué hacer conmigo”[13], concluye.

A tal respecto, la percepción de la realidad de Ivica me recuerda mucho a la del portero Bloch. Ambos, Ivica y Bloch, son personajes desarraigados, víctimas de una crisis existencial, ubicados en una situación transitoria y que deambulan por el texto como autómatas, como sonámbulos de aquí para allá, expiando así esa culpa cuyo origen se determina en el pecado original del tiempo que les ha tocado protagonizar: los siglos XX y XXI, siglos del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial, siglos del comunismo y de los totalitarismos que, tras su paso, sume a esos personajes en el desarraigo. Los personajes deambulan por las calles de las ciudades, vagan  por el campo y el extrarradio con absoluta abulia pero, a la vez, angustiados, como si no fuera posible actuar de otra manera. El retrato de Peter Handke sobre los estados de angustia del ex portero de fútbol Bloch, las vivencias del protagonista de la novela, son sucesos que ocurren, que van desfilando delante de sus ojos atónitos y embobados, como en diferentes planos: viajes, recuerdos de su vida deportiva, reyertas, los crímenes, esa huida desganada y como congelada, como colgada de sus espaldas; ante estos sucesos, la actitud de Bloch, al igual que la de Ivica, es la de un distanciamiento, como si fuera un mero espectador ante lo que le ocurre y, lo que le ocurre, no pueda evitarse bajo ningún concepto. Gracias a la Neue Subjektivität de Handke el sujeto literario tomará conciencia de su yo interior y lo verbalizará en una reinterpretación agorafóbica de la realidad en la que todo asusta, donde los planos son angulosos y esos ángulos, que hieren, provocan el comportamiento de sonámbulo. La realidad, la información que Bloch obtiene de esa realidad, aparece como algo extraño, y este es el proceso vivido por Ivica y que nos presenta Prtenjača en su obra.

Pero si en Camus y en Handke el asesinato es la consecuencia de la extrañeza hostil, o en Sebald el resultado se traduce en un continuo vagar desarraigado de Jacques Austerlitz como un remedo del judío errante, en Prtenjača, y en eso se diferencia de sus compañeros de generación[14], se atisba una salida; y la salida se llama Emilia que, al igual que la mujer del cuadro en De sobremesa, como la Beatriz dantiana o la Laura petrarquista, tomaran de la mano al antihéroe y lo arrojaran a la luz completamente rehabilitado.




[1] Prtenjača, citado en “Geografía del escritor y la ciudad (Notas de lectura sobre Qué bien, qué bonito)”, Francisco Javier Juez Gálvez, en  Qué bien, qué bonito, Baile del Sol, Tenerife, 2012, p.7.
[2] Muy distinta es, por ejemplo, la novela Casa del Partido (Sofía, 2006) del búlgaro Georgi Ténev, compañero generacional del croata, y aunque comparte algunos elementos comunes con  Prtenjača en su enfoque que mira al interior personal del drama vivido por el protagonista, no puede dejar de enmarcar la obra en uno de los asuntos terribles de la historia del país: el comunismo y sus desmanes (con Chernobil como uno de los grandes crímenes) y la quiebra que representa. La novela también ha sido publicada por Baile del Sol en su colección DELESTE, nº 5, y con traducción de Francisco Javier Juez Gálvez.
[3] De hecho, como uno más de los recursos que no deben faltar en la autoficción, el autor aparece inmerso en la propia obra como autor de libros de poesía,  recurso metalitario tan característico de este tipo de metaficción.
[4] El autor ha trabajado como lector de contadores de agua, cobrador del gas, heladero, obrero de la construcción…y el protagonista de la novela, entre otras ocupaciones, ha sido montador en una cadena de juguetería.
[5] Qué bien, qué bonito, página 105.
[6] Qué bien, qué bonito, páginas 14-15.
[7] El animal se enzarza en un baile idiota con una puerta automática de un café, ante la hilaridad de los presentes. Qué bien, qué bonito, páginas 136-137.
[8] Qué bien, qué bonito, página 13.
[9]Me apresuré al trabajo, hundí las manos más profundamente en los bolsillos, torcí la cabeza a un lado, desde el escaparate me observan muñecas de plástico vestidas con abrigos de piel, se levanta algo de aire y vuela la basura por la plaza por la que paso” (página 18).
[10] Qué bien, qué bonito, páginas 135-136.
[11] Qué bien, qué bonito, página 28.
[12] Qué bien, qué bonito, página 34.
[13] Qué bien, qué bonito, página 53.
[14] Tal y como nos advierte el traductor, Francisco Javier Juez Gálvez, en su prólogo al texto: “Una característica distintiva de la primera, y por el momento, única novela de Ivica Prtenjača, es discernible ya desde el propio título: Qué bien, qué bonito. Éste es un rasgo que lo distingue de otros, quizá la mayoría, de los narradores contemporáneos croatas: el optimismo de su aproximación a la novela, frente al sombrío pesimismo de sus colegas”, (página 8). En un momento determinado, el protagonista se sincera consigo mismo mentando lo que podría ser el leitmotiv de la obra: “La mejor manera de no llorar es reír, hace tiempo que me lo he explicado” (página 73).