sábado, 17 de junio de 2017

Paraíso imperfecto-Juan Laborda Barceló


Juan Laborda y su novela Paraíso imperfecto: el genoma de la violencia

*Esta reseña ha aparecido en Achtungmag,com
http://www.achtungmag.com/juan-laborda-novela-paraiso-imperfecto-genoma-la-violencia/

Es Paraíso imperfecto (editorial Alrevés), tercera novela de Juan Laborda Barceló, una narración coral que bebe de varias tradiciones literarias para mostrar la descomposición moral de la sociedad del momento. La corrupción, la venganza, el odio, los celos y la violencia, son algunos de los males que enferman al presunto Estado de bienestar. Ubicada en un posible pueblo de Levante, los comportamientos de la comunidad retratada en la novela hermanan el texto con novelistas realistas e, incluso, costumbristas, para llevar a cabo una terrible reflexión sobre las distopías. Y también sobre la utopía del buen gobierno.

En efecto, el texto de Juan Laborda presenta una novela que se alimenta de muchas y variadas fuentes. La acción podría ocurrir en cualquier pueblo de nuestra geografía, y el retrato colectivo que muestra las miserias que carcomen a la comunidad y, por extensión, al ser humano, es un recurso clásico en nuestra literatura. Así, en Paraíso imperfecto podemos hallar ecos de Los bravos, de Jesús Fernández Santos, también de El obispo leproso, de Gabriel Miró e, incluso —por aquello del costumbrismo realista y el protagonismo grupal— de algunas novelas de Galdós o de Cela. Si ampliamos el abanico de referencias con los que esta novela dialoga, también tiene unas gotas de Los Malavoglia, del italiano Giovanni Verga. Incluso la serie de televisión Twin Peaks, ese vodevil a la americana que al final no hace otra cosa que mostrar las vergüenzas de un pueblo en tono de esperpento, asoma por entre las costuras de esta novela.

Todos estos textos que he mencionado comparten las tribulaciones de sus habitantes, que viven inmersos en situaciones injustas o arbitrarias, generalmente derivadas del abuso del poder. La figura de un cacique, las circunstancias que presentan dilemas morales para sus protagonistas, y el intento de cambiar las cosas para alcanzar una sociedad más justa en la lucha por alejarse de las variadas formas mal —ya sean las malas artes de un alcalde borracho de poder o el asesino Bob lynchiano—, son denominador común en todas ellas y, por supuesto, en Paraíso imperfecto.

La violencia es el vehículo desencadenante del cambio de situación en la novela de Juan Laborda, como el crimen de Laura Palmer es el motor de la serie televisiva. Esa violencia puede ser física o sexual, pero en cualquier caso es la maquinaria que moverá a los protagonistas. No en vano, el texto arranca con un asesinato, y algunas muertes más ocurrirán a lo largo de sus páginas, con lo que el libro también entronca con las novelas de la literatura española de los años 70 y 80, donde el crimen servía para mostrar el comportamiento desorientado y asustado de los personajes. Son estas situaciones insoportables las que harán reaccionar, finalmente, a los protagonistas, movidos por una sensación de supervivencia que se impone a la necesidad de justicia. Y muchas veces, esa supervivencia se tornará en venganza.

Gracias e este planteamiento, muy bien buscado por el autor, el dibujo de los personajes aparece difuminado en lo relativo a su comportamiento. Las líneas que pueden concretarlos como buenos o malos no aparecen claras. Salvo el alcalde del pueblo, en su papel de villano, el resto de los personajes del coro se mueven incómodos en una indefinición que tratan de solucionar: a veces cometerán buenos actos, otras harán cosas moralmente reprobables. Será cuestión del lector, como un juez que mira por el ojo de una cerradura, dictaminar quienes se comportaron correctamente y quienes no, aunque la sensación final, tras la lectura, arroja un balance desolador: en esta confrontación literaria no hay ganadores. Pero sí un buen puñado de perdedores.

El autor quiere demostrarnos la tesis que plantea en el título de Paraíso imperfecto. La valoración de culpabilidad o de inocencia es relativa, y casi todos los actos pueden justificarse, en principio, por terribles que sean. Los personajes experimentan una evolución que los conduce de un extremo a otro, como le sucede al grupo de personas que desean revertir el mal gobierno del alcalde. Esta es la paradoja del Paraíso imperfecto, el intento de crear una sociedad más justa que, en su seno, continúa aquejada de los mismos males. Es la deriva de las buenas intenciones de este grupo, que una vez en el poder, y como mayor logro, pone en marcha un cine club, la que entronca con la temática de las distopías. Quizás sea porque en el mundo del cine todo parece perfecto, y el cine club representa eso, el estado ideal de las cosas gracias a un control que parece tan perfecto como irreal e imposible.

Bajo ese nuevo régimen, el pulso del pueblo sigue latiendo de la misma forma: la muerte, la violencia y el crimen, que iniciaban la novela durante la política del alcalde, aparecen también en el desenlace. Es el colapso de la utopía. Y esa quiebra del Estado ideal siempre ocurrirá, porque depende del espíritu humano que es voluble, caprichoso, ambicioso e infame. Aquí es donde quiere llegar Juan Laborda, después de un reguero de melancolía y de personajes amargos, firmando una novela descorazonadora en donde no cabe la posibilidad de redención si no es, acaso, mediante el sufrimiento.

La novela presenta un estudio casi entomológico, una cala en una comunidad durante un tiempo determinado. Y da la sensación de que, al término del libro, los mismos comportamientos de violencia e injusticias van a continuar produciéndose en el pueblecito levantino. Porque esas conductas están impresas en nuestro ADN. En ese ADN que, lamentablemente, nos hace humanos.





miércoles, 14 de junio de 2017

Windows on the World-Frédéric Beigbeder


Título: Windows on the World
Autor: Frédéric Beigbeder
Editorial: Anagrama
Número de páginas: 314
Año: 2003

UNA VENTANA ABIERTA AL PAVOR
         
*Esta reseña ha aparecido en Minuevaedad.com: 
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/5/3/el-libro-del-mes-windows-world/

            Desde que sucedieron los ataques a las Torres Gemelas, un puño de angustia se me ha quedado atravesado en la garganta. Siempre he necesitado saber más, tratar de comprender algunos aspectos del horror para que, con ese conocimiento, pudiera hacérseme, quizás, algo más asequible. Sin embargo, nada de lo que leía o veía, podía desanudarme ese dolor. Nada… hasta que me topé con esta novela del autor francés Frédéric Beigbeder, al que ya conocía por la divertida, algo polémica y todo un éxito editorial, 13,99 euros. Sin embargo, otro tono muy distinto es el de Windows on the World.
            El 11 de septiembre de 2001, a las 8.46 de la mañana, el primer avión se estrella contra la torre Norte del World Trade Center y se desencadena el infierno. Unos momentos antes, Carthew Yorston y sus dos niños, estaban tomando un desayuno en el Windows on the World, un famoso restaurante ubicado en la planta 107. Desde este instante, arranca una carrera por la supervivencia que viene marcada por una batalla contra el reloj y que se refleja en la novela con una estructura dramática muy original: cada capítulo dura un minuto (la narración ha comenzado un poco antes, a las 8.30 en punto, y termina a las fatídicas 10.29 horas). La historia de Yorston y sus hijos es la historia de la hora y cuarenta y cinco minutos que transcurrieron entre el impacto del avión y el colapso de la torre Norte. Pero, por supuesto, la novela es mucho más que esa narración tremenda, dura, con un final estremecedor.
            La novela de Beigbeder, con insertos de la vida del propio escritor en donde reflexiona sobre lo ocurrido mientras se documenta para la redacción de la obra —y que termina enfermo de horror y violencia— es, además, un compendio del mal, el reflejo de esa lucha eterna que enfrenta a la luz con la oscuridad, al genocidio con los inocentes. La peripecia del padre y sus dos niños, su relación con otras personas que buscan sobrevivir al espanto, los camareros, unos clientes y otros trabajadores de la torre, son los gritos contenidos de Beigbeder en su empeño por que no se los olvide jamás; para que debajo de las toneladas de escombros, de hierros calcinados y vidrios derretidos, podamos colocar las caras y los nombres de quienes fueron sepultados por la locura asesina del siglo XXI.
            Recuerdo que, mientras estaba en una biblioteca pública corrigiendo las pruebas de imprenta de la que entonces sería mi tercera novela, el rumor de lo sucedido ese dia de 2001 empezó a brotar entre los estudiantes que preparaban sus exámenes. Quizás, lo que más contribuyó a atenazar ese pavor y esa desesperanza en mi garganta, fueron las inmensas sonrisas y los gestos de felicidad de una juventud alimentada de odio y fracaso, que celebraba un ataque en pleno corazón de los Estados Unidos como un triunfo personal y miserable. Es esta obra, Windows on the World, una forma de que recuperemos el resuello, aunque no seamos capaces de volver a la calma a tenor de los acontecimientos actuales. Pero lo que sí espero —lo deseo de corazón— es que si alguno de aquellos muchachos de la ira y la inhumanidad, ahora ya no tan muchachos, llegan a leerla algún día, puedan borrar las sonrisas de sus rostros y entender la verdadera magnitud de la tragedia.

            Eso busca Beigbeder en su novela. Y eso se merecen las 2801 víctimas que convirtieron sus vidas en un martirio.

lunes, 5 de junio de 2017

Los Cinco y yo-Antonio Orejudo

Título: Los Cinco y yo
Autor: Antonio Orejudo
Editorial: Tusquets
Número de páginas: 251
Año: 2017

UN ANTONIO OREJUDO BAJO EN CALORÍAS

*Esta reseña ha sido publicada en el sitio Achtungmag.com:  
http://www.achtungmag.com/antonio-orejudo-calorias/
        
                Antonio Orejudo parece haber renunciado en gran parte a lo que ha sido una de las señales más reconocibles de su literatura: el humor. No era un humor de gruesos brochazos, sino un humor inteligente y sibilino, un humor disolvente y con una pizca de mala leche que recorría gozosamente sus novelas. Sin embargo, poco queda ya de ese rasgo en Los Cinco y yo, su última y esperadísima novela publicada por Tusquets, que se muestra como un texto desnaturalizado, bajo en calorías literarias cuando el autor nos tenía acostumbrados a jugosas cucharadas de caviar narrativo.
            Indudablemente, este cambio en el enfoque de su trabajo resiente la obra hasta unirla a lo menos brillante de la producción del escritor madrileño, tal vez junto a la irregular Un momento de descanso que, no obstante, sí mantenía las señas identitarias del autor. Los Cinco y yo no es la mejor obra de Orejudo, algo que en cualquier otro escritor sería sinónimo de fiasco. Afortunadamente, en Orejudo la más floja de sus obras puede ser tomada como un trabajo de calidad al que muchos escritores actuales no se acercarán, ni de lejos, en toda su vida. El problema con creadores de talento, al estilo del músico irlandés Van Morrison, por ejemplo, es que siempre se les exige lo mejor y nos decepcionamos cuando sólo nos ofrecen un desmayado notable.
Me resultaría sencillo hacer una crítica afirmando que Los Cinco y yo es una novela excelente —comparada con la mayoría de lo que se publica actualmente es bastante posible que eso sea así—, pero hace tiempo que prefiero juzgar el trabajo de Orejudo en comparación con el resto de su producción, dado que juega en otra liga, tal es el talento del escritor que nos ocupa. Y en esa comparación, esta novela no alcanza a situarse entre las mejores.
            En efecto, Los Cinco y yo decepciona un tanto. Entristece el intuir todo lo que esta novela podía albergar y no ha conseguido desarrollar, y es una pena que la narrativa de Orejudo tome un camino que, obligatoriamente y como condición de evolución, necesite traicionar la originalísima y peculiar voz de su autor. Orejudo hace un trabajo de metaficción en esta obra. No duda en sumergirse a sí mismo como personaje, junto al escritor Rafael Reig, en las profundidades del texto, componiendo un collage de autoficción que, sin embargo, se empacha de modernidad y retórica literaria con un resultado mate.
            La obra arranca muy bien, con uno de esos principios de Orejudo en los que el lector se siente hipnotizado por sus palabras y las páginas van cayendo en una lectura prodigiosa. Sin embargo, hay un momento en que el asunto deja de funcionar. Y es cuando se fragua esa mezcla de la ficción de los personajes de Los Cinco, los muchachos creados por la escritora Enyd Blyton, que comienzan a desfilar por la novela en comandita con el devenir del propio Orejudo. Así, los mundos literarios de Los Cinco toman un relieve de realidad al contarse lo que fue de sus vidas más allá de sus libros, perdidos en coqueteos con las drogas o el sexo, incluso con una intervención en una guerra, o sus peripecias enmarañadas en el mundo de los negocios.
            Los personajes de Blyton salen de la infancia y se hacen adultos en las páginas de Orejudo, pero todo resulta algo forzado, incluso desganado. En muchas ocasiones da la impresión de que Orejudo escribe con el piloto automático puesto, como por compromiso o por la necesidad de llenar un determinado número de páginas. En esta obra su narrativa ha perdido nervio. Y si bien la idea de mezclar las vidas de la pandilla de Los Cinco con las evoluciones del Orejudo personaje es un recurso que podría funcionar muy bien, al final el texto le resulta al lector algo que jamás pensaría encontrarse en una obra de este autor: aburrido. Y quizás este sea el mayor pecado de un escritor que ha firmado Ventajas de viajar en tren y Fabulosas narraciones por historias, tal vez dos de las más divertidas y jocosas novelas de la literatura española.
            En otra ocasión, con motivo de su novela Reconstrucción, Antonio Orejudo montó un artefacto literario serio y atravesado de metaliteratura, con guiños intelectuales y referenciales, alumbrando una obra maestra rotunda y contundente: una de las mejores novelas que se han escrito en este país en décadas. Sin embargo, su segunda aproximación a este tipo de texto se desvanece a medida que transcurren sus páginas, que son poco alimenticias, me atrevería a calificarlas como light, ofreciéndole al lector un sucedáneo de Orejudo. Los Cinco y yo es de lo más decente que se ha publicado este año, pero no es una de las mejores novelas de su autor.
            Lo que ocurre es que Antonio Orejudo es tan bueno que, incluso su copia más desnaturalizada, ofrece un sabor literario que brilla por encima de todo lo demás. Pero a quienes hemos degustado la pata negra, nos joroba.

            

jueves, 1 de junio de 2017

Gilda en los Andes-Fernando Marañón



Título: Gilda en los Andes
Autor: Fernando Marañón
Editorial: Berenice
Número de páginas: 410
Año: 2017

ESTO ES ENTRETENIMIENTO

*Esta reseña ha aparecido en Minuevaedad.com: 
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/5/31/el-libro-del-mes-gilda-en-los-andes/

Lo primero que sorprende en esta Gilda en los Andes de Fernando Marañón, un experto cinéfilo con una solvente y dilatada carrera como crítico, es la elección de una estructura clásica de novela de género para llevar a cabo su particular homenaje al cine, repleto de guiños, requiebros y misterios. En efecto, misterios, porque el cine entraña en sí mismo un misterio, ese asombro que se pone en marcha cuando las luces de la sala se apagan.
 Y qué mayor enigma que aquello que permanece oculto en el interior de una lata de película, o tal vez al final de la misma, cuando ya han desfilado todos los títulos de crédito y esperamos que aparezca el sargento Nick Furia, parche en el ojo y empachado de cuero, para reclutar al Capitán América… Entonces, si leemos a Fernando Marañón, descubrimos que al final del metraje de una extraña película de culto pueden albergarse unos fotogramas secretos capaces de acabar con la estabilidad de un Estado nórdico, de comprometer a una monarquía o de poner en danza a espías que vinieron del frío con el gatillo fácil.
            Espías, en efecto, Fernando Marañón opta por el género negro (¿existe, junto con el western, otro género que cuadre mejor con el lenguaje del celuloide?) para vestir con ese traje a su novela y retratar, así, a un grupo de cínicos y desengañados, movidos por un motivo tan cinematográfico como es el intento de tomar “el último tren”, ya que estos personajes suelen encontrar en las últimas oportunidades, siempre, su fracaso, así como los motivos para hallar una nueva esperanza.
El género negro le exige al autor un rígido respeto por una serie de códigos que mantiene a la perfección: los malos son malísimos y los buenos algo inocentes, todos fuman y beben muchísimo, las mujeres son fatales y se codean con asesinos sin escrúpulos, los personajes secundarios poseen una presencia contundente en la historia, y la acción se desliza como por un embudo hasta reventar con un desenlace sorprendente. Fernando Marañón entiende esta novela como lo que debe ser una película: puro entretenimiento. Entretenimiento por encima de otras consideraciones.
La lectura de Gilda en los Andes es una aventura virada en sepia, una inmersión en esa noche americana del ártico en donde se desarrolla gran parte de la trama, una oscuridad con destellos de gran cine y de buena literatura que, cuando finalmente se han encendido las luces de la sala, nos ha dejado metidos en nuestra propia película. Una película en donde ya no hay ni buenos ni malos, ni espías ni asesinos; nos queda, y eso es lo mejor, el agradable regusto de una sólida narración.

            

jueves, 25 de mayo de 2017

Varios Autores-Revista Crátera de crítica y poesía contemporánea.


PRESENTACIÓN DE LA REVISTA DE CRÍTICA Y POESÍA CONTEMPORÁNEA CRÁTERA: POESÍA PARA TIEMPOS DESHUMANIZADOS
            
                     *Esta reseña ha aparecido en el blog de pensamiento poético Verde Luna en: 
           
     https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/05/25/presentacion-de-la-revista-de-critica-y-poesia-contemporanea-cratera-poesia-para-tiempos-deshumanizados/

             El pasado 21 de abril, envuelto en las celebraciones del día del libro, se celebró en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares algo que podría calificarse como un acto doblemente heroico: la presentación de Crátera, una nueva revista de poesía, y del libro de haikus La soledad encendida. Doblemente heroico, en efecto, porque en los tiempos que corren para las humanidades, la literatura, y no digamos ya para la poesía, demuestra un arrojo rayano con la inconciencia plantearse la publicación de una “Revista de crítica y poesía contemporánea”, tal y como se define la publicación. Y no digamos ya, además, hacerlo coincidir con un libro de coleccionista, una extraña joya artesanal y preñada de haikus, editada por Ultramarina Cartonera, un extraordinario trabajo al que dedicaremos una reseña, en esta misma bitácora, más adelante.

            Los autores del proyecto Crátera son tres poetas de largo recorrido: Heberto de Sysmo, sinónimo de José Antonio Olmedo López-Amor, Gregorio Muelas y Jorge Ortiz Robla. Estos poetas, radicados en Valencia, quieren prestarle atención, con una periodicidad trimestral, a los vericuetos de la poesía que se realiza actualmente, y no sólo en su Comunidad Autónoma, sino en cualquier lugar del mundo. Con esa vocación universalista nace la revista, y lo demuestra bien pronto: en este primer número se incluye un apartado de traducción que nos trae la voz de un poeta ruso, Robert Rozhdestvensky, en la traslación de Natalia Litvinova; de uno rumano, Mircea Petean, a cargo Elisabeta Botan; del premio Nobel italiano, Eugenio Montale, en un trabajo de Carlos Vitale, y de la alemana Hilde Domin, adaptada por Gema Estudillo.
            Una crátera es una vasija que, preferentemente, se utilizaba para almacenar una mezcla de agua y vino que se servía en las comidas de la antigüedad clásica. Con semejante naturaleza, no es de extrañar que esta revista-damajuana guarde en su interior una combinación poética de alta graduación en cuanto a la calidad de lo ofertado. En primer lugar, una pléyade de poetas nacionales de la talla de Siles, Guinda, Veyrat, Azaústre… que además se agrupan bajo un delicioso epígrafe: Inéditos, lo que hace aún más atractiva, si cabe, esta selección. Después, La mirada de Basho, un apartado que continúa la pasión de los directores de la revista por la forma del haiku y en el que Susana Benet, Ricardo Virtanen y Gorka Arellano exhiben buen hacer y músculo poético. Además, un llamativo apartado dedicado a la poesía experimental, con los artefactos visuales de Atilano Sevillano y Rafael Marín.

            Como la revista se define “de crítica”, no permanece ajena a la hora de realizar una serie de lecturas de poemarios en el apartado de Reseñas, que se complementan con otras valoraciones algo más breves en el apartado Leído por, y que todas en conjunto forman un corpus crítico que se culmina en la sección de Investigación con un trabajo de Justo Serna sobre los aforismos de Juan Ramón Jiménez. Después de este despliegue poético y crítico, la revista Crátera todavía ofrece más, en la forma de una entrevista a Marcus Versus, escritor y director de una editorial independiente de poesía. Sin olvidarnos del magnífico dibujo de la cubierta de la revista, una ilustración que el poeta y grabador Juan Carlos Mestre ha cedido especialmente para la ocasión.
            De igual manera, en la presentación de la revista también se nos ofreció más: intervino la traductora Elisabeta Botan, que hizo las veces de maestra de ceremonias, y se nos regaló un interludio musical que culminó este esfuerzo heroico de un grupo de poetas que pretende hablar y escribir sobre poesía, sobre humanidades en tiempos deshumanizados.

            Solo resta ya, servir el vino albergado en el corazón de esta crátera poética y que el aedo comience con el recital de sus páginas.

lunes, 15 de mayo de 2017

Mar de Chira-Montserrat Doucet




TRAVESÍA POR LOS MUNDOS POÉTICOS PARALELOS DE MONTSERRAT DOUCET

En el otoño de 2014 descubrí el poemario de Montserrat Doucet, Mar de Chira (Madrid, 2014), cuando recibí la generosa invitación por parte de su autora para presentar[1] el libro. Su lectura me abrió de inmediato un “horizonte poético cuántico” que se contiene en los poemas, y pude determinar que me encontraba ante un ejemplo de “poesía cuántica”.
En el Mar de Chira de Montserrat Doucet, donde el tratamiento del espacio y del tiempo obedece a los materiales de una narración implícita en los poemas, existe toda una historia bajo los versos que se abre en un abanico de diferentes planos temporales. A poco de empezar el libro, aparece uno de los poemas de mayor intención y voluntad cuántica, Saltando meridianos (Doucet, 2014: 24), que aglutina diferentes características de este tipo de estética y es toda una declaración de intenciones de los significados del texto. Ya en su título, se nos pone en relación directa con el salto temporal o salto cuántico mediante la metáfora de los meridianos, lo que inevitablemente llevará al yo poético a un desdoblamiento en sus diferentes existencias. Así lo reconoce en los versos iniciales del poema: “A VECES me gustaría vivir//mi cuerpo como lo que es: el celebrado instante y su ceniza”. Al referirse a esta existencia como “ceniza”, nos invita a pensar que en una de las líneas temporales puede estar muerta; es decir, que en un plano temporal el yo poético está vivo, mientras en otro no. Inmediatamente, cualquiera que esté mínimamente familiarizado con la física cuántica, recordará una de las paradojas más célebres de esta mecánica, la del gato de Schrödinger[2]. Todo ello hace concluir al poema con la certeza cuántica: “la temida, terrible certidumbre://no soy mi cuerpo”.
            Todo comienza con un deseo de Chira, un anhelo de Chira por parte de la voz que voy a denominar como “protagonista” del poemario. Evidentemente, ese anhelo, esa llamada inconsciente que llevará a la voz poética hasta el mar de Chira en busca de alguien, obedece a la memoria de otro tiempo y de otra vida, de otra cadena temporal, de una línea de existencia que, si bien pertenece al pasado, continua sucediendo; son los many worlds cuánticos que acontecen a la vez.
            De manera que la travesía hasta Chira[3], y su mar, el mar, que ejerce de catalizador, acerca los recuerdos de la otra u otras vidas hasta el plano actual de existencia. La llegada de la viajera bien podría ser a esa playa de la Ceyba, que da título al primer poema del libro[4] y que presenta un mar que se mueve entre dos instantes temporales: desde su origen primigenio tras los versos “Estaba el mar respirando en el comienzo de los días”, hasta el instante actual en donde la poeta es consciente de la función que el Pacífico tendrá en el poemario, la de resucitar a los muertos: “El mar siempre vomita//a sus ahogados”. De esa forma se va conformando el recuerdo de otro tiempo, y los actantes que lo protagonizan: la poeta, el muchacho, y su amor en ese otro tiempo[5], en una civilización precolombina. El muchacho fue ritualmente sacrificado y ella, la poeta, asesinada. El viaje se ha transformado, así, en una conversación entre dos orillas, entre el pasado y la actualidad, entre el amor del joven y el amor sustentado en la voz de la poeta que establece una correspondencia entre la vida y de la muerte, y que se empieza a concretar en el poema Tarde lluviosa en las ruinas de Copán (28), con el que se cierra la primera parte del poemario.

            La llegada de la poeta a Chira junto a la impresión del Pacífico[6], con el calor y la pesadez agobiante de su atmósfera,[7] despiertan la anterior vida en común con el muchacho. Al poetizar, la mujer está nombrado, y al nombrar, la poeta se convierte en hacedora de universos, en diosa; crea el mundo mediante un proceso de poiesis que se plasma en el poema Mar de Chira: “Chira, tu vienes de ese lugar//donde sólo se sale, se nace//si unos labios desnudos te nombran” (39). En el poema El silencioso (57) la voz poética se plantea las formas en las que puede convocar al muchacho: “PUEDO elegir pensarte (…) puedo elegir leerte (…) puedo elegir amarte//como lo que fuiste, lo que eres,//enorme letanía silenciosa//entre mi sangre”. Pensar, leer, amar… son formas de poiesis, de creación, mediante la pronunciación del nombre se trae hasta esta realidad al ser convocado.
            Así, invoca al muchacho, y lo recrea. La tercera parte del poemario, Lo que vi en el agua (43), transcurre en la isla, donde la poeta lleva a cabo esa alquimia cuántica. Para ello, utiliza materiales atávicos como el viento, la piedra y el agua, también la fruta[8], con los que moldea un vórtice generador de vida capaz de comunicar una línea temporal, una conexión de un mundo, con el otro, la unión de pasado y presente, creando la conjunción de tiempos cuántica. Es lo que Montserrat Doucet titula en uno de sus poemas como Rostro sin tiempo (2014: 38), otra forma de definir esta atemporalidad que aglutina toda la temporalidad.
El problema que se presenta en el poemario de Montserrat Doucet, en este Mar de Chira cuántico, radica en cómo unir las líneas temporales, cómo conectar en un mismo espacio dos cuerpos para que se amen cuando uno de ellos habita en el pasado, tal y como concluye el poema Cálidos guijarros: “Desea un cuerpo que no existe” (27). Pero, obviamente, en un poemario cuántico, el cuerpo, como el gato de Schrödinger, está vivo y no-vivo a la par.
            Así que, convocado el muchacho, el agua será el elemento aglutinador, el agujero de gusano que ponga en conexión ambas líneas temporales. En el poema Lo que vi en el agua (48) se completa esta equiparación de la superficie del mar a un espejo, clave para traer al momento temporal poético y presente de Chira al muchacho. Este poema se complementa con el siguiente, Espejo (49): EN el espejo,//los ojos y los labios//de los amantes”. De esta manera, el agua del mar puede recuperar al muchacho de otro tiempo porque el espejo es una conexión entre dos mundos pero, también, mediante la invocación poética, una conexión entre los amantes.
La corporización del amante, al producirse mediante el mar, experimenta una metamorfosis con la propia isla de Chira, con la que se identifica su anatomía en el poema Las máscaras no mienten: “Así se muestra//la perfilada geografía de tu piel de isla:// beso de niebla//que refulge en el océano al amanecer” (50). El muchacho no solo ocupa ahora la misma línea temporal de la poeta sino que por un momento se apodera de su espacio geográfico asimilándose a la isla en una materialización completa del espacio-tiempo con tintes que alcanzan mucho más allá de lo cuántico, llegando a lo místico, me atrevería a decir que a lo galáctico, si se me permite ese adjetivo, dado que la aparición del muchacho a través de los mares tiene mucho de ese Big Bang inicial que generó nuestro universo según algunas teorías, dado que lo ha ocupado todo con su presencia expansiva, ocupando con su anatomía, incluso, la geografía del propio espacio de la isla. El muchacho ha atravesado por un agujero de gusano, desde un plano temporal a otro, de una línea temporal a otra, y aparece en ese otro mundo con una explosión invasiva que recuerda a un Big Bang cósmico.
            Abierto, así, el espejo de la correspondencia por la poesía, se ha producido la conexión en el mismo plano de ambas vidas, y empieza la cuarta parte del poemario, de significativo título, Deshielo (53). ¿Hielo en el trópico? Es el hielo que cubre las cumbres de los volcanes: hielo y fuego, lava y nieve. Deshielo, porque al fin, ambos amantes han abandonado lo pétreo de sus líneas temporales por donde deambulaban, como si fueran como aquel mamut atrapado en el frío de siglos, encontrado en un bloque de hielo y traído de vuelta a la actualidad.
            Juntos, así, lograrán pasar una noche de amor[9]: la cuarta parte del libro se inicia con el poema Muchacho de piel de piedra (55), una clave poética para entender lo que significa vivir un amor anclado a una vida pasada, pero que se ha corporizado en esa explosión geográfica a la que la poeta ya puede amar; un poema que despliega todos los motivos temáticos y simbólicos que articulan el poemario. De esa forma, el muchacho presenta algunas características geológicas: “Amplio es su cuerpo//como un río pleno en su deshielo//y huele a río//y posee la humedad redonda//de los cantos rodados”. Sin embargo, la voz poética no puede olvidar que ambos murieron en la otra línea temporal, de forma trágica, y que esta noche de amor también pasará, encontrando el sabor de las tumbas en el fondo de los besos dados a esas piedras que caracterizan al muchacho de la civilización precolombina, caracterizado por ese elemento fundamental que eran sus pirámides escalonadas de piedra: “pero besar la piedra es a veces//justificar tu propia lápida”.
            La poeta sabe que el agujero de gusano cuántico se volverá a cerrar en breve, y que el muchacho de piel de piedra deberá retornar a su existencia temporal. A la explosión o Big Bang generativo le seguirá una implosión omega, ese Big Crunch o gran colapso sideral que algunos expertos en cosmología aseguran que acabará por producirse en algún momento en nuestro propio universo. En el universo poético de Mar de Chira, tras la noche de amor, el muchacho se retira, con su particular Big Crunch, y cierra el agujero de gusano, replegando así el universo poético que se había generado para, después, regresar a las tumbas. Ese retorno en la poeta, a una especie de muerte en vida, se explicita con el abandono de la isla[10], que no es sino un regreso al momento presente, pero vestido de un fuerte anhelo de reencarnación.

            En el otro plano temporal, a la par, se produce el derrumbe de la cultura precolombina a la que pertenecía el muchacho[11] en el poema Llamada de un dios sin pies. Que esta hecatombe cultural y milenaria se produzca inmediatamente después de que en el plano presente la mujer haya conseguido estar con el muchacho de la piedra hace pensar en el elemento corrompedor de la civilización moderna sobre las culturas tradicionales precolombinas. El contacto de la protagonista ha sido determinante y venenoso para que, en el otro plano cuántico, a modo de efecto mariposa, una civilización completa se desmorone. Se cierra así esta “historia de amor cuántica”, o quizás “meta-cuántica”. Ebria de mar y poesía[12], sola de nuevo, entonces, la protagonista se metamorfosea en la propia voz de la autora, ensaya cierta poesía de la autoficción, y puede ya escribir su texto sobre Chira ensayada como un juego metaliterario, otra característica más de la literatura cuántica, dirigiéndose hacia una nueva reencarnación[13] que no sabemos si será un nuevo poemario…buscando un lugar en el mundo actual sin el muchacho de piedra,[14] tal vez obedeciendo a un impulso que es, como puede leerse en el poema Príncipe extraviado (34): “inexplicable como el tiempo”.
            El poemario ha puesto en pie lo que se define en el penúltimo poema, Chira (77), como un “círculo de verdad inexplicable”, una espiral, una forma geométrica cósmica que entronca con esas complejas realidades de la cuántica, con esos tratamientos del espacio y del tiempo en donde se puede existir en varios planos a la vez, incluso se puede vivir y morir a la vez, sin que podamos comprender la extraña certeza que esconde esta realidad. Y es este “círculo de verdad inexplicable” algo relacionado con la muerte y con la esperanza en la reencarnación, con el vivir muchas vidas a la vez y con un poemario que no es sino el recuerdo de todas esas vidas pasadas y del mar, y que en su último poema[15], a modo de corolario, sentencia: “Chira, te dibujo el vacío,//sólo tú puedes entenderme//Sola tú estás//donde duerme la noche”.
                 





[1] Presentación llevada a cabo el 12 de noviembre de 2014, en la biblioteca del Centro Cultural Isabel de Farnesio, en Aranjuez.
[2] Este gato, quebradero de cabeza para muchos estudiosos de la física cuántica, plantea una de las paradojas más controvertidas: la mecánica cuántica permite que, en determinadas condiciones, en un mismo instante, el gato –encerrado en una caja con un veneno radiactivo– permanezca vivo y muerto a un tiempo. La propuesta fue formulada en 1935 por el físico Erwin Schrödinger. En el poemario de Doucet, Mar de Chira, la arquitectura –un recurso tradicional en su poética, véase el título, por ejemplo, de su poemario Arquitectura entre los campos y otros poemas (San José, 2008)–, los espacios, están doblemente ocupados por los vivos y por los muertos como afirma, por ejemplo, en el verso inicial de “Alas abiertas”: “Estas casas que habitaron los muertos”(26). Sobre este plano temporal de los vivos, los muertos continúan desarrollando su línea existencial, ocupando el mismo espacio. Esta forma de ocupar dos mundos a la par, por ejemplo, se explicita, en la forma en que se imbrica la infancia rural de la voz poética con su otra infancia precolombina, simbolizada en una infancia de piedras, que puede leerse en el poema Verano, isla sitiada (36). Manzanas siempre verdes.
[3] No en vano, la primera parte del poemario se titula Travesía (19) y contiene un poema del mismo nombre en la página 22.
[4] Playa de la Ceyba, (21).
[5] De la estirpe de los ángeles (25).
[6] En Océano Pacífico (33).
[7] “EL cuerpo del aire vive aquí”, para definir esa bofetada climatológica que recibe el viajero, un golpe sofocante y denso cuando pisa las playas, por ejemplo, de la Costa Rica en su zona del Pacífico, o más concretamente del cantón de Puntarenas, por ceñirnos al contexto geográfico del poemario.
[8] Tradicionalmente, en el imaginario de la poeta, la fruta ha venido significando la muerte. Con el mismo valor simbólico se desvela en Mar de Chira; al haber sido trágicamente sacrificado el muchacho, y asesinada la voz protagonista, en el otro tiempo, en la pócima simbólica y lirica que construye la resurrección del muchacho y conecta las dos líneas temporales, no puede faltar, junto al viento, la arena, el agua del mar y la piedra, el elemento fúnebre que recuerda la verdadera naturaleza y origen de ambos amantes, significados en la fruta por su valor en la poesía de Doucet. En este poemario, las referencias a la fruta aparecen en algunos títulos de poemas, Fruto prohibido (23), La fruta del corazón (41), y también en imágenes que se asemejan, generalmente, con el corazón, como una fruta que se arrancó del pecho del muchacho cuando fue sacrificado, o que en su color, rojizo como el de las cerezas, recuerdan a “la sangrienta cosecha”  (46) de uno de esos holocaustos llevados a cabo por los pueblos precolombinos  –poema Sin verme–. El sacrificio del muchacho mediante el descorazonamiento es poetizado en Corazón de piedra verde (60): “La piedra generalmente guarda un corazón,//un sustraído corazón.//Un corazón de piedra verde”. La autora entabla así un diálogo metaliterario con una obra narrativa, colocando en una lanzadera comparativa externa su poemario junto a la novela de Salvador de Madariaga de mismo título, El corazón de piedra verde (Buenos Aires, 1943), en donde la narración se detiene extensamente en desarrollar la historia secundaria de un joven que será elegido para ser sacrificado, siendo tratado y agasajado como un rey o un dios, durante todo el periodo de tiempo que transcurre antes del sacrificio, que la propia víctima considera como un gran honor. Para la poeta, el hueco que ocupaba el corazón, una vez extraído, muestra su ausencia de una forma cósmica en el poema Mármol imposible (Doucet, 2014: 61): “ES una enorme cavidad de fuego//donde otrora cegaba el corazón”. Siguiendo el eje temático, la piedra ha dado paso al mármol, y el corazón ha dejado un agujero de fuego al estilo de la explosión de una supernova o la irradiación de un sol, en consonancia con ese Big Bang al que me referiré más abajo. Metaliteratura como elemento cuántico, Sobrescritura de palimpsesto, estructura fractálica que remite a textos mayores.
[9] Esa noche de amor culmina en el poema del libro cuyo título coincide con el de la cuarta parte: Deshielo (Doucet, 2014: 62). La poeta elige aquí, además, un recurso consistente en asociar palabras referentes al campo semántico del frío y del hielo, de la congelación, para poner en pie una relación amorosa tropical y tórrida que debería ser asaz calurosa. Evidentemente, ese frío que el amor desatado consigue deshelar, como la última palabra del poema concluye, es el frío de la muerte del que no pueden desprenderse ambos personajes, que están juntos por encima del tiempo y de sus propias y trágicas muertes pasadas, de un amor que entonces no pudieron disfrutar, y del que ahora gozan siempre con la presencia de ese escalofrío de fondo que les recuerda la tragedia. En este sentido, la protagonista de Mar de Chira, la voz poética o yo poético, y el muchacho, me recuerdan, en lo que tiene de amor fantasmal, doloroso e imposible, a la historia de Francesca y Paolo que aparece en el Canto V del Infierno de la Comedia de Dante (versos 73-142).
[10] El poema del abandono de la isla, Chira sin mi (Doucet, 2014: 63), con los versos que muestran el alejamiento de la isla: “EL catamarán, cremallera//que va abriendo y cerrando//posibilidades sobre tus aguas”, sutura, cose así el agujero que se había abierto sobre la superficie de las aguas por las que había accedido el muchacho. Se cicatriza el acceso al otro mundo cuántico, bloqueándose la conexión.
[11] Probablemente perteneciente al grupo indígena de los huetares.
[12] No en vano, la quinta y última parte del poemario se titula La ebria de mar (67).
[13] En Solo el instante (71), donde “el instante” es “sólo la vida”. Toda una vida es un instante, en una reflexión “meta-cuántica”.
[14] Un lugar en el mundo que se define en el poema Desdibujada orilla (75): “antes de encontrar la desdibujada//orilla que me acoja”.
[15] Donde duerme la noche (77).

miércoles, 12 de abril de 2017

Ventajas de viajar en tren-Antono Orejudo



Título: Ventajas de viajar en tren
Autor: Antonio Orejudo
Editorial: Círculo de lectores
Número de páginas: 140
Año: 2000
 *Reseña publicada originalmente en el sitio Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/4/5/el-libro-del-mes-ventajas-de-viajar-en-tren/
           
DELICIOSO EJERCICIO NARRATIVO

               Cuando el lector termina Ventajas de viajar en tren tiene una certeza: acaba de leer uno de los libros más divertidos que se hayan escrito en español en lo que va de siglo XXI. Pero no sólo se trata de un libro divertido. Esta novela es mucho más que eso. Es un recital narrativo, un ejercicio delicioso de escritura, salpicado de unas inesperadas notas de humor negro y escatológico, que hacen muy difícil evitar las carcajadas.
            La novela arranca con una imagen tan contundente como esperpéntica, que anuncia los derroteros por los que discurrirá toda la narración: la protagonista, Helga Pato, regresa a su casa y se encuentra a su marido completamente ido, ensimismado y jugando con sus excrementos. No le queda otra opción que ingresarlo en un psiquiátrico y, en el viaje en tren de vuelta desde la clínica, la mujer se topa con Ángel Sanagustín, uno de los médicos del sanatorio que le contará algunos pasajes de su vida. En este momento, la novela se convierte en una cascada de historias que se encierran unas en otras, en una vertiginosa espiral de sucesos, a cual más entretenido e hilarante.
            Toda la novela de Antonio Orejudo, además, permite una lectura en varios niveles, dado que es una crítica al mundo editorial y a cierto tipo de novelas —no en vano, Helga Pato es una agente literaria que quiere insertar publicidad en el interior de los libros—, también al psicoanálisis y la psiquiatría —locos y cuerdos desfilan por estas páginas en un sensacional revoltijo—, a ciertos métodos y tratamientos médicos y, obviamente, a la hipocresía de la sociedad actual, que tan a menudo se mueve por motivos bastardos y mentirosos. El propio viaje en tren es una metáfora del trayecto que un lector realiza a lo largo de un libro, como si fuera una larga travesía por el interior de un túnel, y que sólo verá la luz al acabarlo.
            Antonio Orejudo pone en pie lo que, aparentemente, nos puede parecer un disparate literario, cuajado de diálogos surrealistas, situaciones inesperadas y personajes esperpénticos, como esa confabulación de los basureros para controlar las mentes de la gente o una misteriosa logia de escritores anagramáticos (que esconden en sus poemas mensajes subliminales para convencer a los lectores de sus propósitos), pero que oculta entre sus historias una realidad cruel y amarga que mediante el humor todavía adquiere mayor relieve y se nos hace más injusta e insoportable.

            Así, las historias de violencia machista, esclavitud sexual y trata de personas, pederastia, abuso de poder, explotación de los inmigrantes, locura, enfermedad y muerte, se destilan bajo el prisma corrosivo de un ingenio disparatado que multiplica el impacto de su denuncia. Antonio Orejudo demuestra, con maestría, que se pueden abordar temas tan sensibles y cruciales sin, por ello, dejar de lado cierto tinte burlón que haga las delicias del lector, a la par que lo invita a formularse las más profundas reflexiones sin caer en ejercicios pretenciosos o grandilocuentes.

martes, 28 de marzo de 2017

La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada-Heberto de Sysmo



            Título: La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada.
            Autor: Heberto de Sysmo.
            Editorial: Lastura

        * Reseña publicada originalmente en el blog sobre creación y pensamiento poético, Verde Luna:
https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/03/24/de-lo-molecular-a-lo-cosmico-un-poemario-para-geometrizar-el-mundo/


            DE LO MOLECULAR A LO CÓSMICO: UN POEMARIO PARA GEOMETRIZAR EL MUNDO

         Desde que ya hace un tiempo acuñé el término de “poesía cuántica”, han sido pocos los poemarios que me he encontrado con una vocación cuántica tan manifiesta como este La flor de la vida, de Heberto de Sysmo. Y no sólo se trata de su intención, la estructura, la forma, el vocabulario, y el tema central que trata, ese “Elogio de la geometría sagrada” —tal y cómo subtitula el libro—. Todo, en Heberto de Sysmo, es cuántico.
            El libro se divide en siete partes o cantos, cada uno de ellos, a su vez, conformado por siete poemas, en una estructura de fractales en donde las partes más pequeñas (los poemas, las estrofas y los versos) intentan remitir a la estructura contenedora (el poemario). Es la estructura de fractales uno de los elementos fundamentales de la poesía cuántica, pero no el único: en La flor de la vida nos topamos, también, con una dinámica de lo infinito, una transición de aspectos laberínticos hacia formas circulares, con un poemario cíclico que reincide en la tautología o efecto-espejo por el cual la geometría cósmica tiene su réplica anatómica en lo más microscópico del hombre, en la llamada micro-cuántica. Este intento de poetizar desde la macro-cuántica hasta la micro-cuántica, junto a la obsesión de plasmar el universo mediante un universo poético, hacen del libro de Heberto de Sysmo uno de los mayores y más deslumbrantes poemarios cuánticos que haya encontrado.      
            Todo en este poemario es excesivo. Excesivo, en efecto, porque excede los límites físicos del libro, porque se expande, como ese universo en big bang al que se refiere el autor, más allá de su continente, para escurrirse por los lados y empaparnos de geométrica trascendencia. Excesivo, porque busca transmitir un conocimiento complejo a través de un conjunto de poemas tan exigentes como deslumbrantes. Como deslumbrantes son los apuntes teóricos y explicativos que acompañan a cada composición, repletos de referencias a otros poetas, a leyes físicas, a teoremas y teorías, que ayudan a facilitar la comprensión de algunas de las más que complejas tesis que el autor busca plasmar en su teoría. Una estructura esta, la del binomio poema-explicación, que en algunos casos me ha recordado al Dante de la Vita Nuova (¿acaso existe un poeta con mayor ambición cuántica que Dante?).
            De esta forma, y tras el jugosísimo prólogo por mano del propio autor —“Ensayo de un entrópico desorden. El axioma del sofisma”—, en donde concluye que su atracción por esta poesía de fractales es producto de la casuística al encontrar en sus propias huellas dactilares la espiral que reproduce las espirales de las constelaciones (la serendipia como motor de lo cuántico y la espiral como “Flor de la vida”), el poemario se abre con la primera parte, ese “Cuerpos geométricos” conformado por una tanda de poemas filosóficos. Si la poesía es un trabajo que se realiza sobre la abstracción del mundo que rodea al poeta, este libro es, pues, abstracción sobre abstracción, como si de un monumental juego de espejos cósmicos se tratase. Los siete cantos de los “Cuerpos geométricos” reproducen el origen y la expansión del cosmos: el primer poema, “Manantial”, es el punto de concentración de luz que dio origen al estallido del cosmos; el big bang del universo es aquí el big bang del poemario. Después, “La esfera”, elogio a la geometría de los cuerpos celestes, a los astros y los planetas, a la propia Tierra. En tercer lugar, una poesía dedicada al triángulo, siendo esta forma el ser humano mismo, para, a continuación, poetizar sobre el cilindro como concepto de eternidad, del universo en expansión. El cuadrado, —como reflejo de las etapas del hombre—, la elipse —como el destino—, y el cuerpo femenino —como última geometría o “huevo cósmico”—, cierran esta parte que obliga al lector a realizar una reflexión sobre lo que Ernesto Sabato denominaría como “Uno y el universo”.
            Algo aturdidos ante la densidad de lo planteado, pero hipnotizados por la estética del planteamiento, el poemario se adentra en “Las llaves de la vida”, siete cánticos basados en las siete vías de autoconocimiento propuestas por la teósofa Helena Blavatsky. Una reflexión sobre el conocimiento y los caminos para alcanzarlo, o sobre la inutilidad e imposibilidad de lograrlo, así como un enfrentamiento entre la carnalidad y el alma que concluye con una victoria de la última, dado que toda la materia forma parte, finalmente, de una misma alma.
            Son los “Versos áureos”, la siguiente estación del poemario. Siguiendo la secuencia de Fibonacci el autor busca reflexionar sobre la creación del universo, con un Dios más relojero que arquitecto (creo que, en este caso, la propuesta de Heberto de Sysmo se complementaría perfectamente con la poesía de Domingo Díaz, un poeta-arquitecto en su libro Listo ya para la hoguera, mientras que Heberto de Sysmo es más un poeta-relojero). La espiral es la protagonista, como máxima expresión de lo fractal ya que, a fin de cuentas, el hombre está albergado en un sistema fractal, llámese universo, que reproduce, incansablemente, las espirales —desde las constelaciones hasta las huellas dactilares y, desde ellas, a las cadenas de ADN—. Es esta geometría de la simetría, que alcanza una escala imperceptible o microscópica, la que el autor entiende como “sagrada”, dado que en ella se alberga esa “flor de la vida” que da título al poemario, espirales vitales con el amor como último motor.
            Pero la voluntad cuántica del autor todavía alcanza más allá en “Humanas reflexiones”, cuarta parte del libro, quizás la central, y que ofrece veintisiete haikus metafísicos y geométricos que se sustentan en la Teoría de las Cuerdas, lo que vendría a ser una especie de poesía vibracional de las partículas atómicas. A los haikus les sigue “Sinergia del amor cuántico”, con poemas que reflexionan sobre el amor y el amor cósmico, con referencias a la mecánica cuántica: todo está conectado, interconectado, no somos polvo de estrellas por casualidad sino por causalidad. Los “Sonetos atlantes”, que vienen a continuación, ponen en danza poética siete elementos de la vida (fuego, tierra, agua, aire, éter, carne y alma), siempre en conexión cósmica y cuántica unos con otros.
            El poemario se cierra con el bloque titulado “Las siete leyes de la creación & Tradición Hermético-Alquímica”. Es un cierre circular que retroalimenta el poemario, con composiciones dedicadas a los principios de la física cuántica que han resultado ser el motor de los versos anteriores. Como un final redundante, la obra termina con el poema referido a la “Ley de fractalidad”, de forma que el poemario pudiera contenerse en esta última composición, juego de espejos y reflejos cuánticos que demuestran que una parte se contiene en la totalidad y que la totalidad se compone de esa misma parte.
            Es el trabajo de Heberto de Sysmo (pseudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor, que ya tocaba decirlo, sin olvidar las ilustraciones de Vanesa Torres en una cuidadísima edición a cargo de la editorial Lastura) un poemario inteligente que sacrifica, por voluntad propia, los elementos más líricos en función de una poesía que es emanación del pensamiento, producto de las ideas más que de los corazones, pero que, finalmente, no puede evitar remitirse al amor como una fuerza universal. Si nos fijamos en algunas de las isotopías que mueven, como engranajes, el poemario, nos encontramos con referencias continuas a términos de la física teórica, de la cosmología, de las matemáticas y la geometría… ¿Se puede poetizar sobre estos elementos, con semejantes mimbres? Por supuesto que se puede; siempre he pensado que cualquier asunto es poetizable, que da igual el término o el elemento que introduzcamos en un poema. Cualquier material es bueno para hacer poesía (desde Bukowski a Unamuno, pasando por Rubén Darío o Peter Handke, Walt Whitman o Gloria Fuertes), y Heberto de Sysmo lo demuestra en esta abrumadora composición para concluir que “la fractalidad del amor hace sostenible la vida,// una geometría en lucha constante// contra la simetría de los hombres”.
            Porque si el ser humano es un reflejo del universo, la poesía será, entonces, y según este principio de fractalismo cuántico, el reflejo del hombre.

            Y así, hasta e infinito. Y así, hasta lo infinitesimal.