miércoles, 12 de abril de 2017

Ventajas de viajar en tren-Antono Orejudo



Título: Ventajas de viajar en tren
Autor: Antonio Orejudo
Editorial: Círculo de lectores
Número de páginas: 140
Año: 2000
 *Reseña publicada originalmente en el sitio Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/4/5/el-libro-del-mes-ventajas-de-viajar-en-tren/
           
DELICIOSO EJERCICIO NARRATIVO

               Cuando el lector termina Ventajas de viajar en tren tiene una certeza: acaba de leer uno de los libros más divertidos que se hayan escrito en español en lo que va de siglo XXI. Pero no sólo se trata de un libro divertido. Esta novela es mucho más que eso. Es un recital narrativo, un ejercicio delicioso de escritura, salpicado de unas inesperadas notas de humor negro y escatológico, que hacen muy difícil evitar las carcajadas.
            La novela arranca con una imagen tan contundente como esperpéntica, que anuncia los derroteros por los que discurrirá toda la narración: la protagonista, Helga Pato, regresa a su casa y se encuentra a su marido completamente ido, ensimismado y jugando con sus excrementos. No le queda otra opción que ingresarlo en un psiquiátrico y, en el viaje en tren de vuelta desde la clínica, la mujer se topa con Ángel Sanagustín, uno de los médicos del sanatorio que le contará algunos pasajes de su vida. En este momento, la novela se convierte en una cascada de historias que se encierran unas en otras, en una vertiginosa espiral de sucesos, a cual más entretenido e hilarante.
            Toda la novela de Antonio Orejudo, además, permite una lectura en varios niveles, dado que es una crítica al mundo editorial y a cierto tipo de novelas —no en vano, Helga Pato es una agente literaria que quiere insertar publicidad en el interior de los libros—, también al psicoanálisis y la psiquiatría —locos y cuerdos desfilan por estas páginas en un sensacional revoltijo—, a ciertos métodos y tratamientos médicos y, obviamente, a la hipocresía de la sociedad actual, que tan a menudo se mueve por motivos bastardos y mentirosos. El propio viaje en tren es una metáfora del trayecto que un lector realiza a lo largo de un libro, como si fuera una larga travesía por el interior de un túnel, y que sólo verá la luz al acabarlo.
            Antonio Orejudo pone en pie lo que, aparentemente, nos puede parecer un disparate literario, cuajado de diálogos surrealistas, situaciones inesperadas y personajes esperpénticos, como esa confabulación de los basureros para controlar las mentes de la gente o una misteriosa logia de escritores anagramáticos (que esconden en sus poemas mensajes subliminales para convencer a los lectores de sus propósitos), pero que oculta entre sus historias una realidad cruel y amarga que mediante el humor todavía adquiere mayor relieve y se nos hace más injusta e insoportable.

            Así, las historias de violencia machista, esclavitud sexual y trata de personas, pederastia, abuso de poder, explotación de los inmigrantes, locura, enfermedad y muerte, se destilan bajo el prisma corrosivo de un ingenio disparatado que multiplica el impacto de su denuncia. Antonio Orejudo demuestra, con maestría, que se pueden abordar temas tan sensibles y cruciales sin, por ello, dejar de lado cierto tinte burlón que haga las delicias del lector, a la par que lo invita a formularse las más profundas reflexiones sin caer en ejercicios pretenciosos o grandilocuentes.

martes, 28 de marzo de 2017

La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada-Heberto de Sysmo



            Título: La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada.
            Autor: Heberto de Sysmo.
            Editorial: Lastura

        * Reseña publicada originalmente en el blog sobre creación y pensamiento poético, Verde Luna:
https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/03/24/de-lo-molecular-a-lo-cosmico-un-poemario-para-geometrizar-el-mundo/


            DE LO MOLECULAR A LO CÓSMICO: UN POEMARIO PARA GEOMETRIZAR EL MUNDO

         Desde que ya hace un tiempo acuñé el término de “poesía cuántica”, han sido pocos los poemarios que me he encontrado con una vocación cuántica tan manifiesta como este La flor de la vida, de Heberto de Sysmo. Y no sólo se trata de su intención, la estructura, la forma, el vocabulario, y el tema central que trata, ese “Elogio de la geometría sagrada” —tal y cómo subtitula el libro—. Todo, en Heberto de Sysmo, es cuántico.
            El libro se divide en siete partes o cantos, cada uno de ellos, a su vez, conformado por siete poemas, en una estructura de fractales en donde las partes más pequeñas (los poemas, las estrofas y los versos) intentan remitir a la estructura contenedora (el poemario). Es la estructura de fractales uno de los elementos fundamentales de la poesía cuántica, pero no el único: en La flor de la vida nos topamos, también, con una dinámica de lo infinito, una transición de aspectos laberínticos hacia formas circulares, con un poemario cíclico que reincide en la tautología o efecto-espejo por el cual la geometría cósmica tiene su réplica anatómica en lo más microscópico del hombre, en la llamada micro-cuántica. Este intento de poetizar desde la macro-cuántica hasta la micro-cuántica, junto a la obsesión de plasmar el universo mediante un universo poético, hacen del libro de Heberto de Sysmo uno de los mayores y más deslumbrantes poemarios cuánticos que haya encontrado.      
            Todo en este poemario es excesivo. Excesivo, en efecto, porque excede los límites físicos del libro, porque se expande, como ese universo en big bang al que se refiere el autor, más allá de su continente, para escurrirse por los lados y empaparnos de geométrica trascendencia. Excesivo, porque busca transmitir un conocimiento complejo a través de un conjunto de poemas tan exigentes como deslumbrantes. Como deslumbrantes son los apuntes teóricos y explicativos que acompañan a cada composición, repletos de referencias a otros poetas, a leyes físicas, a teoremas y teorías, que ayudan a facilitar la comprensión de algunas de las más que complejas tesis que el autor busca plasmar en su teoría. Una estructura esta, la del binomio poema-explicación, que en algunos casos me ha recordado al Dante de la Vita Nuova (¿acaso existe un poeta con mayor ambición cuántica que Dante?).
            De esta forma, y tras el jugosísimo prólogo por mano del propio autor —“Ensayo de un entrópico desorden. El axioma del sofisma”—, en donde concluye que su atracción por esta poesía de fractales es producto de la casuística al encontrar en sus propias huellas dactilares la espiral que reproduce las espirales de las constelaciones (la serendipia como motor de lo cuántico y la espiral como “Flor de la vida”), el poemario se abre con la primera parte, ese “Cuerpos geométricos” conformado por una tanda de poemas filosóficos. Si la poesía es un trabajo que se realiza sobre la abstracción del mundo que rodea al poeta, este libro es, pues, abstracción sobre abstracción, como si de un monumental juego de espejos cósmicos se tratase. Los siete cantos de los “Cuerpos geométricos” reproducen el origen y la expansión del cosmos: el primer poema, “Manantial”, es el punto de concentración de luz que dio origen al estallido del cosmos; el big bang del universo es aquí el big bang del poemario. Después, “La esfera”, elogio a la geometría de los cuerpos celestes, a los astros y los planetas, a la propia Tierra. En tercer lugar, una poesía dedicada al triángulo, siendo esta forma el ser humano mismo, para, a continuación, poetizar sobre el cilindro como concepto de eternidad, del universo en expansión. El cuadrado, —como reflejo de las etapas del hombre—, la elipse —como el destino—, y el cuerpo femenino —como última geometría o “huevo cósmico”—, cierran esta parte que obliga al lector a realizar una reflexión sobre lo que Ernesto Sabato denominaría como “Uno y el universo”.
            Algo aturdidos ante la densidad de lo planteado, pero hipnotizados por la estética del planteamiento, el poemario se adentra en “Las llaves de la vida”, siete cánticos basados en las siete vías de autoconocimiento propuestas por la teósofa Helena Blavatsky. Una reflexión sobre el conocimiento y los caminos para alcanzarlo, o sobre la inutilidad e imposibilidad de lograrlo, así como un enfrentamiento entre la carnalidad y el alma que concluye con una victoria de la última, dado que toda la materia forma parte, finalmente, de una misma alma.
            Son los “Versos áureos”, la siguiente estación del poemario. Siguiendo la secuencia de Fibonacci el autor busca reflexionar sobre la creación del universo, con un Dios más relojero que arquitecto (creo que, en este caso, la propuesta de Heberto de Sysmo se complementaría perfectamente con la poesía de Domingo Díaz, un poeta-arquitecto en su libro Listo ya para la hoguera, mientras que Heberto de Sysmo es más un poeta-relojero). La espiral es la protagonista, como máxima expresión de lo fractal ya que, a fin de cuentas, el hombre está albergado en un sistema fractal, llámese universo, que reproduce, incansablemente, las espirales —desde las constelaciones hasta las huellas dactilares y, desde ellas, a las cadenas de ADN—. Es esta geometría de la simetría, que alcanza una escala imperceptible o microscópica, la que el autor entiende como “sagrada”, dado que en ella se alberga esa “flor de la vida” que da título al poemario, espirales vitales con el amor como último motor.
            Pero la voluntad cuántica del autor todavía alcanza más allá en “Humanas reflexiones”, cuarta parte del libro, quizás la central, y que ofrece veintisiete haikus metafísicos y geométricos que se sustentan en la Teoría de las Cuerdas, lo que vendría a ser una especie de poesía vibracional de las partículas atómicas. A los haikus les sigue “Sinergia del amor cuántico”, con poemas que reflexionan sobre el amor y el amor cósmico, con referencias a la mecánica cuántica: todo está conectado, interconectado, no somos polvo de estrellas por casualidad sino por causalidad. Los “Sonetos atlantes”, que vienen a continuación, ponen en danza poética siete elementos de la vida (fuego, tierra, agua, aire, éter, carne y alma), siempre en conexión cósmica y cuántica unos con otros.
            El poemario se cierra con el bloque titulado “Las siete leyes de la creación & Tradición Hermético-Alquímica”. Es un cierre circular que retroalimenta el poemario, con composiciones dedicadas a los principios de la física cuántica que han resultado ser el motor de los versos anteriores. Como un final redundante, la obra termina con el poema referido a la “Ley de fractalidad”, de forma que el poemario pudiera contenerse en esta última composición, juego de espejos y reflejos cuánticos que demuestran que una parte se contiene en la totalidad y que la totalidad se compone de esa misma parte.
            Es el trabajo de Heberto de Sysmo (pseudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor, que ya tocaba decirlo, sin olvidar las ilustraciones de Vanesa Torres en una cuidadísima edición a cargo de la editorial Lastura) un poemario inteligente que sacrifica, por voluntad propia, los elementos más líricos en función de una poesía que es emanación del pensamiento, producto de las ideas más que de los corazones, pero que, finalmente, no puede evitar remitirse al amor como una fuerza universal. Si nos fijamos en algunas de las isotopías que mueven, como engranajes, el poemario, nos encontramos con referencias continuas a términos de la física teórica, de la cosmología, de las matemáticas y la geometría… ¿Se puede poetizar sobre estos elementos, con semejantes mimbres? Por supuesto que se puede; siempre he pensado que cualquier asunto es poetizable, que da igual el término o el elemento que introduzcamos en un poema. Cualquier material es bueno para hacer poesía (desde Bukowski a Unamuno, pasando por Rubén Darío o Peter Handke, Walt Whitman o Gloria Fuertes), y Heberto de Sysmo lo demuestra en esta abrumadora composición para concluir que “la fractalidad del amor hace sostenible la vida,// una geometría en lucha constante// contra la simetría de los hombres”.
            Porque si el ser humano es un reflejo del universo, la poesía será, entonces, y según este principio de fractalismo cuántico, el reflejo del hombre.

            Y así, hasta e infinito. Y así, hasta lo infinitesimal. 

lunes, 6 de marzo de 2017

El curioso incidente del perro a medianoche-Mark Haddon






Título: El curioso incidente del perro a medianoche

Autor: Mark Haddon

Editorial: Salamandra

Número de páginas: 268

Año: 2003

 

            **Reseña publicada originalmente en el site Mi Nueva Edad.

 https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/3/1/el-libro-del-mes-el-curioso-incidente-del-perro-medianoche/

 

UNA INVESTIGACIÓN PSICOLÓGICA

            Christopher Boone es un muchacho de quince años con un síndrome que puede asociarse al autismo o al Asperger, aunque en la novela el trastorno nunca se llegue a mencionar como tal. Christopher está lleno de manías y de TOCs: no soporta ciertos colores, necesita unas rutinas férreamente desarrolladas, tiene una gran incapacidad para comunicarse y demostrar sus sentimientos, puede reaccionar de una forma violenta y vive en un mundo propio y aislado que entra en conflicto cuando intenta relacionarse con los adultos. Sin embargo, posee una inteligencia asombrosa: recuerda una interminable serie de números primos (hasta el 7.507), se sabe al dedillo todas las capitales del mundo y posee una prodigiosa memoria fotográfica.

            Si añadimos que Christopher aborrece la mentira por encima de todo, circunstancia que le cuesta demasiados disgustos y malentendidos, y que su mascota es una rata, nos encontramos ante un poderoso personaje surgido de la pluma del británico Mark Haddon, un autor especialista en literatura infantil que debutó con esta obra en el género adulto. Por eso, la novela está narrada en primera persona, en la voz del muchacho, dictada desde su mente, una mente que trabaja con pensamientos complejos y extrae unas conclusiones rocambolescas (pero no exentas de razón) que plasmará en un diario que escribe por recomendación de su terapeuta. Ese es otro de los aciertos del libro, que inserta dibujos, esquemas y diagramas realizados por el muchacho, salpicado de figuritas y anotaciones que lo hacen muy ameno y divertido.

            El título hace referencia a un cuento de Sherlock Holmes, concretamente al relato Estrella de plata, un detective que Christopher admira. Por ello, el muchacho no duda en iniciar una pequeña investigación para averiguar quién ha matado al perro de una vecina. Nos encontramos con una novela de misterio, o eso parece, pero las andanzas detectivescas del protagonista no son más que una excusa para que se desencadene la acción, donde lo verdaderamente importante es asistir a cómo el mundo de Christopher, repleto de normas y rutinas, se ve puesto patas arriba hasta culminar en un delirante viaje del muchacho en el transporte público de Londres.

            La colisión entre la percepción de Christopher y el mundo real, junto a la sencilla y rápida forma de escribir de Mark Haddon, ponen en pie una novela veloz, repleta de un humor ácido que no deja lugar al aburrimiento. Su estructura fácil, acompañada de la personalidad brillante e hilarante de su protagonista, convierten al libro en la odisea apasionante de un chico que lucha por superar sus propias trabas en pos de encontrar respuestas y, finalmente, hallar su propia identidad.

domingo, 12 de febrero de 2017

La pesca del salmón en Yemen-Paul Torday



Título: La pesca del salmón en Yemen
Autor: Paul Torday
Editorial: Salamandra
Número de páginas: 315
Año: 2007

**Reseña publicada originalmente en el site Mi Nueva Edad.

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/2/1/la-pesca-del-salmon-en-yemen/

LA AMARGURA DE LA UTOPÍA

 
Con su primera novela, La pesca del salmón en Yemen, el escritor británico Paul Torday obtuvo un gran éxito literario. Contaba, entonces, con 59 años, y llevaba toda la vida realizando grandes obras de ingeniería marina continuando la senda de la tradición familiar. Quizás, por la gran distancia del autor con el mundo de la literatura, el libro está impregnado de un carácter especial, con una mirada cercana al lector que, de inmediato, se identifica con los sentimientos de algunos de los personajes.
 
La pesca del salmón en Yemen es la epopeya de un soñador, el doctor Alfred Jones. Es la historia de un hombre gris que, por un instante, llegará a creer posible la realización de un proyecto disparatado: el intento de introducir salmones en el Yemen. La idea, auspiciada por el poderío económico del encantador jeque Mohamed ben Zaidi, pondrá en marcha toda una maquinaria que deberá superar numerosos obstáculos. En primer lugar, se encontrará la propia naturaleza, el Yemen no parece el lugar más indicado para que haya salmones, pero pronto se sumarán otras adversidades que amenazarán con hacer fracasar el proyecto. La intromisión de los intereses políticos del gobierno británico, que ve en la tarea una forma de propaganda que mejoraría su imagen en Oriente Medio, será el principal inconveniente al que deberán enfrentarse Jones y Zaidi.
 
Irónica y divertida, la novela indaga en lo complejo de las relaciones personales, en lo frágil que pueden resultar algunas convicciones y anhelos, sobre todo cuando intervienen otros intereses superiores, y que retrata los comportamientos más desaprensivos e interesados de aquellos que poseen el poder y viven inmersos en el culto a la imagen.
 
Las situaciones derivadas del disparatado proyecto de llevar los peces a un lugar como el Yemen sirven para mostrarnos un interesantísimo tapiz humano en donde las relaciones entre unos y otros se cruzan vertiginosamente, dando lugar a momentos repletos de ternura. Sin embargo, la novela tiene un cierto regusto amargo, que además resulta muy cercano gracias a la forma en que Torday ha decidido escribirla: una recopilación de documentos como correos electrónicos, informes, circulares, cartas, anotaciones en diarios, e incluso noticias de prensa, que convierten a la narración en algo muy cotidiano para el lector ya que presencia de una forma directa, sin intervención de ningún narrador, todo aquello que les sucede a los protagonistas del relato. Aquí radica el gran acierto de Torday, su maestría a la hora de mostrarnos lo que angustia al doctor Jones, las ilusiones del jeque, o las componendas en las altas esferas del poder, servidas en las páginas de una forma directa y sin rodeos, consiguiendo emocionarnos con su lectura.
 
Como todo éxito literario, la novela posee una versión cinematográfica; la película, protagonizada por Ewan McGregor y Emily Blunt, realiza cambios sustanciales en la historia y la alejan por completo de un texto rabiosamente entretenido y humano.

viernes, 27 de enero de 2017

Pálpitos del tren que no vuelve-Maximiano Revilla



DON QUIJOTE EN LA AUTOPISTA
 

Título: Pálpitos del tren que no vuelve

Autor: Maximiano Revilla

Editorial: Vitruvio.

** Reseña publicada originalmente en el blog sobre creación y pensamiento poético, Verde Luna:
https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/01/20/palpitos-del-tren-que-no-vuelve/

            Tiene la poesía de Maximiano Revilla algo de quijotesco, un empeño en mostrar las miserias humanas y de la sociedad que nos rodea desde un discurso reflexivo, elaborado con una voz poética que se busca a sí misma, y que señala todos los sinsentidos con los que la modernidad nos atenaza. Por ello recuerda, a veces, al Don Quijote de los discursos de las Armas y las Letras o de la Edad de Oro. Es este poeta quijotesco un loco-cuerdo que todo lo contempla desde su atalaya de observador cotidiano, que convierte sus reflexiones en poemas, y cuyas demoledoras conclusiones han cristalizado en el volumen Pálpitos del tren que no vuelve.

            Un poemario extraño en su hibridismo, repleto de prosa poética, condimentado con aforismos (a los 40 poemas hay que sumar un texto largo y un grupo de 42 aforismos), que obligan al lector a pensar los motivos por los que se le ha congelado la sonrisa con cierto amargor en la boca cuando ha finalizado la lectura: Maximiano ha realizado una radiografía de la sociedad y de la actualidad repleta de una belleza hiriente, recurriendo a poetizar, de una forma demoledora, los sucesos y actos cotidianos de cada día. Así, el verso que aparece ya en el primer poema del libro, “hay también hipotecas que lo complican todo”, nos acerca esa realidad habitual como materia lírica y que el autor maleará desde su original punto de vista.

            Un rápido vistazo a las isotopías que modulan el texto nos arroja una serie de palabras que no sólo definen esta denuncia de la ultra modernidad como materia poética, sino que imbrican el discurso en un ámbito urbano: “la hipoteca”, “trabajar y pagar”, “la familia, el perro y el gato”, “la anorexia”, “despertarse justo a las siete”, “el barrendero”, “el transporte público”, “las paradas de autobús”, “las oficinas”, “el sex-shop”, “los hospitales”, “el supermercado”…

            Maximiano, como Don Quijote, se ha convertido en un poeta de lo social y de lo cotidiano que pasa por el peculiarísimo tamiz de su escritura la realidad que contempla. El resultado es una crítica ácida y desengañada que necesita de una reacción en el lector. “Puedo sentir/ tu respiración cuando lees”, se atreve a manifestar, seguro de que con sus versos no sólo mueve a la belleza, sino que ahonda más allá, consiguiendo epatar al espectador con sus contundentes construcciones líricas. El compendio de reflexiones que son estos poemas es una cosecha de interpretaciones cazadas a vuela pluma en lugares tan prosaicos como un atasco en la autopista, la cola del supermercado, una parada de autobús o la ducha.

            Este casi inabarcable trabajo de lirismo confesional constituye un todo poético como una especie de teoría de la vida, al estilo de un George Perec actualizado, que culmina, sin duda, en la colección de aforismos al final del libro y en donde queda muy claro que a pesar de la amargura que gotea entre las ideas y los textos, “la esperanza en el viento es el viaje de casi todas las soluciones”. Maximiano dylaniano y cercano a las greguerías, como cuando afirma que “la seda del gusano es un mundo con bermudas”.

            Es Pálpitos del tren que no vuelve un ejercicio de originalidad desbocada, repleto de sorprendentes hallazgos que conforman una serie de poemas urbanitas aptos para cualquier momento. Como asegura Maximiano Revilla, “todo poema que se lea en la sala de un dentista, es un buen poema”, y semejante función parece ser la de este poemario: la de ser trasladado en un bolsillo de la chaqueta y vagabundeado por la ciudad que lo inspira, un libro al que podemos recurrir cuando los sinsentidos de la realidad nos dejen perplejos, pero cuidado, porque otra de las singularidades de este poemario se encuentra en este verso: “busca en el verso:/ las preguntas a las respuestas”.

            Somos nosotros quienes, con nuestra propia respiración poética, debemos descubrir qué enigmas nos está desvelando Maximiano Revilla, ocultos bajo un colorido festival lírico de formas asombrosas.


sábado, 21 de enero de 2017

Qué bien, qué bonito-Ivica Prtenjaca




Relatos desde la ciudad enferma: Zagreb o la alienación.

–Reseña publicada en Cuadernos del Ateneo de La Laguna. nº 33-
http://www.ateneodelalaguna.es/content/view/861/13/
 

Ivica Prtenjača
Qué bien, qué bonito (título original: Dobro je, lijepo je).
Baile del Sol Ediciones, colección DELESTE nº9, Tenerife 2012, 137 páginas.
Traducción del croata, prólogo y notas de Francisco Javier Juez Gálvez.


Si entendemos el género de la autoficción como el aglutinamiento de datos reales, biográficos e históricos, mezclados con situaciones ficticias difícilmente identificables de las reales y donde, por la vía abierta del suceso real, se cuela la literatura, la novela Qué bien, qué bonito (Zagreb, 2006) del escritor croata Ivica Prtenjača (Rijeka, 1969), presenta una autoficción a la balcánica salpicada con algunos elementos muy notables que la diferencian de otras novelas de su generación: cierto optimismo irónico arrastrado en la narración y una toma de distancia con respecto a los “grandes temas” relacionados con la caída del sistema comunista, la terrible herencia bélica y la complejísima mutación para alcanzar la democracia.

Autoficción minimalista

El autor define así las intenciones de su novela:

“Mi novela será una introspección solitaria con un mínimo de acontecimientos. En este mundo, donde todo cambia rápidamente y donde el acontecimiento es la única realidad relevante, yo me tengo que refugiar en algún sitio”.[1]

 

Esta voluntad de refugio en el texto es lo que lleva a Prtenjača a alejarse del modelo de otros narradores croatas del momento, dado que, adelgazando la anécdota, reduciendo al mínimo los sucesos narrados, el autor despega de la trama los sempiternos asuntos relacionados con la quiebra comunista o el amargor bélico, a los que apenas dedica unas breves referencias o unas escasas reflexiones. Quizás sea esta una manera de asentarse en la post-posmodernidad, heredando de otras literaturas la forma autoficcional (según el modelo de Sebald en Austerlitz –Múnich, 2001–, por ejemplo), y la jibarización de la trama (al estilo de aquella novela experimental española de los sesenta y setenta), una intención de llevar más allá la producción novelística, en donde ya no basta con referirse a los grandes temas, ahora toca dirigir la mirada hacia el interior, hacia uno mismo.[2]

Será esta mirada del autor al interior del personaje protagonista, la que tizne de elementos presuntamente autobiográficos a la obra, que reproduce el mundo de Prtenjača como si lo volcara en un espejo. Las coincidencias se suceden: ambos se llaman Ivica, ambos son poetas[3], ambos han tenido diferentes trabajos[4], ambos deben mudarse de Rijeka a Zagreb para encontrar una ocupación fija… un sinfín de detalles que se van filtrando desde la realidad del autor a la ficción de la obra con el objeto de crear un retrato urbano del desarraigo, la apatía y la indiferencia.

La vida en la gran ciudad de Zagreb presenta los aspectos de la alienación, sus gentes se dejan mecer en una ola de apatía y superficialidad. Para mostrar ese desfile de ciudadanos banales, nada mejor que realizar una cala en los clientes de la librería en donde acaba de empezar a trabajar el protagonista. Por el local pasaran, desde famosos de la vida cultural croata, hasta consumidores de libros de autoayuda, en un maridaje que viene a demostrar lo utilitario de la cultura de masas donde la burbuja de irrealidad del egoísmo de las rutinas –del trabajo a casa, de casa al trabajo– desemboca en la incomunicación. Estas personas, en su continuo tránsito por la librería:

“callan porque creen que han echado la vida a perder. Y que el buen nivel de vida que tienen no es más que un mal sucedáneo de algo no vivido, pero deseado”.[5]

 


En este sentido, nada más arrancar la novela aparece un elemento simbólico cargado de gran significado: el doguillo, un animal que es el reflejo de la vida moderna urbana. El perro, “criatura estúpida”, se limita a “devolver, eructar, y cuando está dormido hasta ronca[6]. Es una representación de la descomposición de la vida hedonista de los ciudadanos de Zagreb, una muestra corpórea de una sociedad más atenta a sus propios placeres físicos que a relacionarse con el resto de los individuos. Al término de la obra, ahora en Rijeka, donde el protagonista se ha desplazado a pasar un fin de semana, vuelve a aparecer el doguillo, con un comportamiento ciertamente estúpido[7] que sin embargo encandila a la gente: lo fútil e intrascendente de la vida capitalina hipnotiza a los habitantes de provincias, que ven en el doguillo algo divertido e, incluso, admirable. Con el animal se produce un cierre circular o redundante de la obra donde el antihéroe Ivica constata que la descomposición social se ha extendido por todo el país.

Dentro de ese ámbito, pocas cosas suceden en la novela, que es una especie de ver pasar la vida ajena (Ivica, en ese sentido, es un mirón que todo lo fiscaliza con su sentido ácido y alucinado de la realidad). Fundamentalmente, el libro presenta una historia de amor entre el protagonista y su vecina, Emilia, una mujer que desarrolla ciertas características de Donna della Salute, un estilo de Beatriz salvadora que rescata a Ivica del pavor urbano en el que se ha sumergido.

“Es mi primer día en Zagreb y mi primer día en el nuevo trabajo. Tengo treinta y cuatro años, por fin tengo trabajo. Venderé libros en una librería que acaba de abrir, pero siempre me he considerado, por supuesto, escritor”.[8]

 

Así se presenta el futuro narrativo de Ivica, arrojado a la deriva de la gran ciudad que lo enferma como si se tratase de un escritor modernista aquejado del llamado mal de siecle. En ese sentido, hay un paralelismo con el deambular de Ivica por Zagreb[9] y la desesperación frente a los escaparates del gemelo literario de José Asunción Silva, el José Fernández protagonista de la novela De Sobremesa (Bogotá, 1925) y que vaga angustiado por París y Londres buscando la redención en la idealizada imagen de una mujer retratada en un cuadro. Ambos, Ivica y Fernández, están heridos de ciudad, de modernidad, y necesitan de esa figura femenina sanadora, que elevan a los altares, como forma de superar el espanto del cambio de siglo. Ya sea del XIX al XX, o del XX al XXI, el resultado es el mismo: son Dantes rescatados por sus Beatrices, y a Ivica la relación con Emilia termina por hacerle superar el pavor. La mujer,

“había hecho de mí un hombre que ya no tiene miedo al piso de la Calle de Sida Koŝutić, número 6, tercer piso, ella con su serenidad me ayudó a mirar sin inquietud ni miedo (…) A mí, que acababa de cumplir treinta y cinco años, me salvó una alumna de bachillerato”.[10]

 

Identidad y desarraigo

Es Qué bien, qué bonito la historia de una búsqueda, la de la identidad, y la crónica de un intento: el de arraigar en un ambiente hostil en donde el individuo se encuentra permanentemente desplazado. Resulta significativo que Ivica elija para colocar en una plaquita en la puerta de su domicilio, ante la insistencia del vendedor, el nombre de Angelina Jolie. En el largo camino de la búsqueda de identidad, y de echar raíces en la ciudad, el protagonista se encuentra muy alejado de sentirse poseedor de un lugar en donde cobijarse y le incomoda hasta su propio nombre[11]. La elección de la actriz no es una cuestión baladí que, no exenta de ironía, remarca la necesidad que esta sociedad tiene de identificarse con los personajes del papel couché, del cine, o con aquellos que protagonizan el masaje mediático.

Este principio del personaje, completamente anulado, recuerda al Jacques Austerlitz de Sebald, y en su incapacidad de comunicarse establece un hilo directo con el ex portero de fútbol Bloch de El miedo del portero al penalti (Frankfurt, 1970), la novela de Peter Handke en donde la incapacidad de expiación de las culpas arrastra al personaje a una completa incomunicación. Ivica, siguiendo esta tradicional alienación del hombre moderno, confiesa que

“Yo no hablo, todo se ha desarrollado demasiado deprisa para mí, ralentizado por la cerveza Ožujsko. Tenía la cabeza llena de cosas, ahora se me ha quedado sólo el deseo interrumpido repentinamente y esa sensación, la sensación de beatitud y calidez se ha ido de las articulaciones directamente a la cabeza, convirtiéndose en sólo unos segundos en incomodidad y desencanto. Me fui sin saber qué hacer con las manos, qué hacer conmigo mismo”.[12]


Ese malestar, que ya no encuentra paliativo ni en la borrachera, convierte a Ivica en un extranjero de sí mismo al estilo del Mersault de Camus, quien acaba matando a un hombre en la playa quizás porque hacía mucho calor… o en el propio ex portero de Hanke, que tampoco sabía muy bien lo que hacer con las manos y terminó por emplearlas para estrangular a la cajera de un cine. La situación exige una nueva reinterpretación de la agresiva realidad, y lo que en Handke es una mirada bajo el prisma de la Nueva Subjetividad, o en Camus una reflexión en clave existencial, en Prtenjača se convierte en introspección, en el diálogo del personaje consigo mismo y con sus reflexiones, único interlocutor válido a lo largo de la novela: “No sé qué hacer conmigo”[13], concluye.

A tal respecto, la percepción de la realidad de Ivica me recuerda mucho a la del portero Bloch. Ambos, Ivica y Bloch, son personajes desarraigados, víctimas de una crisis existencial, ubicados en una situación transitoria y que deambulan por el texto como autómatas, como sonámbulos de aquí para allá, expiando así esa culpa cuyo origen se determina en el pecado original del tiempo que les ha tocado protagonizar: los siglos XX y XXI, siglos del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial, siglos del comunismo y de los totalitarismos que, tras su paso, sume a esos personajes en el desarraigo. Los personajes deambulan por las calles de las ciudades, vagan  por el campo y el extrarradio con absoluta abulia pero, a la vez, angustiados, como si no fuera posible actuar de otra manera. El retrato de Peter Handke sobre los estados de angustia del ex portero de fútbol Bloch, las vivencias del protagonista de la novela, son sucesos que ocurren, que van desfilando delante de sus ojos atónitos y embobados, como en diferentes planos: viajes, recuerdos de su vida deportiva, reyertas, los crímenes, esa huida desganada y como congelada, como colgada de sus espaldas; ante estos sucesos, la actitud de Bloch, al igual que la de Ivica, es la de un distanciamiento, como si fuera un mero espectador ante lo que le ocurre y, lo que le ocurre, no pueda evitarse bajo ningún concepto. Gracias a la Neue Subjektivität de Handke el sujeto literario tomará conciencia de su yo interior y lo verbalizará en una reinterpretación agorafóbica de la realidad en la que todo asusta, donde los planos son angulosos y esos ángulos, que hieren, provocan el comportamiento de sonámbulo. La realidad, la información que Bloch obtiene de esa realidad, aparece como algo extraño, y este es el proceso vivido por Ivica y que nos presenta Prtenjača en su obra.

Pero si en Camus y en Handke el asesinato es la consecuencia de la extrañeza hostil, o en Sebald el resultado se traduce en un continuo vagar desarraigado de Jacques Austerlitz como un remedo del judío errante, en Prtenjača, y en eso se diferencia de sus compañeros de generación[14], se atisba una salida; y la salida se llama Emilia que, al igual que la mujer del cuadro en De sobremesa, como la Beatriz dantiana o la Laura petrarquista, tomaran de la mano al antihéroe y lo arrojaran a la luz completamente rehabilitado.




[1] Prtenjača, citado en “Geografía del escritor y la ciudad (Notas de lectura sobre Qué bien, qué bonito)”, Francisco Javier Juez Gálvez, en  Qué bien, qué bonito, Baile del Sol, Tenerife, 2012, p.7.
[2] Muy distinta es, por ejemplo, la novela Casa del Partido (Sofía, 2006) del búlgaro Georgi Ténev, compañero generacional del croata, y aunque comparte algunos elementos comunes con  Prtenjača en su enfoque que mira al interior personal del drama vivido por el protagonista, no puede dejar de enmarcar la obra en uno de los asuntos terribles de la historia del país: el comunismo y sus desmanes (con Chernobil como uno de los grandes crímenes) y la quiebra que representa. La novela también ha sido publicada por Baile del Sol en su colección DELESTE, nº 5, y con traducción de Francisco Javier Juez Gálvez.
[3] De hecho, como uno más de los recursos que no deben faltar en la autoficción, el autor aparece inmerso en la propia obra como autor de libros de poesía,  recurso metalitario tan característico de este tipo de metaficción.
[4] El autor ha trabajado como lector de contadores de agua, cobrador del gas, heladero, obrero de la construcción…y el protagonista de la novela, entre otras ocupaciones, ha sido montador en una cadena de juguetería.
[5] Qué bien, qué bonito, página 105.
[6] Qué bien, qué bonito, páginas 14-15.
[7] El animal se enzarza en un baile idiota con una puerta automática de un café, ante la hilaridad de los presentes. Qué bien, qué bonito, páginas 136-137.
[8] Qué bien, qué bonito, página 13.
[9]Me apresuré al trabajo, hundí las manos más profundamente en los bolsillos, torcí la cabeza a un lado, desde el escaparate me observan muñecas de plástico vestidas con abrigos de piel, se levanta algo de aire y vuela la basura por la plaza por la que paso” (página 18).
[10] Qué bien, qué bonito, páginas 135-136.
[11] Qué bien, qué bonito, página 28.
[12] Qué bien, qué bonito, página 34.
[13] Qué bien, qué bonito, página 53.
[14] Tal y como nos advierte el traductor, Francisco Javier Juez Gálvez, en su prólogo al texto: “Una característica distintiva de la primera, y por el momento, única novela de Ivica Prtenjača, es discernible ya desde el propio título: Qué bien, qué bonito. Éste es un rasgo que lo distingue de otros, quizá la mayoría, de los narradores contemporáneos croatas: el optimismo de su aproximación a la novela, frente al sombrío pesimismo de sus colegas”, (página 8). En un momento determinado, el protagonista se sincera consigo mismo mentando lo que podría ser el leitmotiv de la obra: “La mejor manera de no llorar es reír, hace tiempo que me lo he explicado” (página 73).