martes, 5 de diciembre de 2017

Angelus Novus-Bashkim Shehu


*Esta reseña critica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/angelus-novus-bashkim-shehu-diccionario-universal-la-infamia/


Diccionario universal de la infamia



El escritor albanés Bashkim Shehu firma en Angelus Novus (Siruela) uno de sus libros más personales y complejos. Es, por encima de todo, un trabajo de gran calado, quizás porque no se puede, o no se debe, afrontar a la ligera un material narrativo como el del sufrimiento humano. Es posible que este tipo de asuntos necesiten de la Gran Literatura, Shehu así lo ha entendido, y lo ha llevado a la práctica con un texto de profundidad filosófica y muchas virtudes literarias.

Durante más de 40 años, el tirano de Albania, Enver Hoxha, dominó el país con mano de hierro y lo sometió a la más profunda de las infamias: asesinatos, represión, crímenes…, que sumieron a la población en un estado de pavor dejando al país aislado de la comunidad internacional.

Fue el cuentista argentino Jorge Luis Borges quién publicó en 1935 un conjunto de relatos titulado Historia universal de la infamia (Alianza). En la Albania de Hoxha se dio tanta crueldad y vergüenza que se podría elaborar una historia particular —y albanesa— de la infamia. El libro de Bashkim Shehu es uno de esos tomos que deben, obligatoriamente, integrarse en esa gran enciclopedia que buscaría ilustrar el crimen llevado a cabo por los dirigentes del Partido del Trabajo de Albania y, por extensión, también de otros tiranos que han asolado la historia de Europa. Repasemos algunos aspectos del libro:

A de Albania: ¿Pero existe la literatura albanesa? A esta pregunta ya respondí en esta misma revista online, en el artículo Escritores de Albania: Literatura en el País de las Águilas. Puedes consultarlo aquí, donde, por cierto, ya dediqué unos párrafos a este Angelus Novus que ahora nos ocupa:


Así que, en efecto, la literatura albanesa existe, y es una literatura potente y jugosa, con algunos autores que se cuentan entre los mejores del continente: Ismaíl Kadaré, Fatos Kongoli…, sin obviar que uno de los grandes pilares de la producción literaria de Albania es la poesía. El país ha alumbrado a algunos poetas prodigiosos, como el recientemente fallecido Dritëro Agolli, o Fatos Arapi, Xevahir Spahiu, Agron Trufa y Mimoza Ahmeti, por sólo referirme a los contemporáneos, porque si echamos la mirada atrás nos encontramos con un excelso panorama lírico que ni las décadas de dictadura han podido anular: Esad Mekuli, Migjeni o Naim Frashëri, entre otros muchos.

 Albania es algo más que aquella frase escuchada en un capítulo de los Simpsons, en donde se afirmaba que su principal producto exportable era su pensamiento político. Y mucho más que un país plagadito de búnkeres abandonados de cuando la paranoia del tirano Enver Hoxha a una invasión de occidente lo llevó a sembrar el país de casamatas.

B de Bashkim Shehu: Y claro, el autor de Angelus Novus es mucho más que un mero novelista albanés, desde luego, y es muy importante poder trazar su camino vital para comprender un poco mejor esta novela. Bashkim es hijo de Mehmet Shehu, político que estaba destinado a suceder a Enver Hoxha, y que fue víctima de un crimen de Estado en diciembre de 1981. Su caída arrastró a toda su familia y Bashkim pasó una larga temporada en la cárcel. Después, encontró refugio literario e intelectual en Barcelona.

Sobre la caída en desgracia de Mehmet Shehu se ha escrito una novela excelente: El Sucesor (Alianza Editorial), cuyo autor es Ismaíl Kadaré. Puedes consultar una reseña crítica de esta obra en mi blog En la Kadaria, sitio online sobre obra y crítica dedicado al novelista Ismaíl Kadaré:


C de Condena: La novela de Bashkim Shehu es una autoficción biográfica en donde se trata de reconstruir, a golpe de recuerdos, la vida de Mark Gjoka, o Mark Shpendi, el preso de los dos nombres. Ambos cumplen condena en el penal albanés de Burrel, y los motivos que los han llevado allí son políticos. Shehu es el hijo del ministro caído en desgracia y paga, en parte, los crímenes del padre. Entre ellos, una retahíla de absurdas acusaciones, como la de que el Ministro era un poliagente al servicio de innumerables potencias extranjeras, cargos que ahora se prolongan en el castigo extensivo a la familia.

El castigo y la condena son dos resortes que articulan la vida en la Albania de Hoxha. Todo el mundo es culpable de algo. En el caso de Gjioka/Shpendi, su pecado fue un intento de huida del país: 20 años de condena. Después, ya en la cárcel, recibió una nueva pena, e incluso, se le aumentó con una tercera.

Este proceso, que estigmatizaba al preso catalogándolo como preso R, era una práctica habitual en el sistema carcelario comunista. Como ocurría en el exterior, donde casi cualquier comportamiento podría hacerte dar en la cárcel, en el interior se reproducía la arbitrariedad del castigo, aumentando las condenas de los prisioneros sin razón alguna. Testimonios de este funcionamiento los hay a miles, y cito a vuela pluma autores como Solzhenitsin o Varlam Shalamov, que lo reflejan en sus escritos.
Aparte de minar la resistencia del preso —que cuando más cerca se encuentra de su liberación retorna a la casilla de inicio en una especie de juego de la oca cruel—, esta ignominiosa aplicación del concepto de Justicia sublima el espíritu kafkiano de la culpa y la condena, exacerbando aquellas palabras que dan arranque a la novela El proceso (Alianza):

Alguien debió de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, una mañana fue detenido”.

Esta situación, claramente dirigida a socavar la voluntad de los prisioneros para hacerlos manejables, devengaba en lo que Shehu califica como:

la neurosis carcelaria, la crisis depresiva o la negra desesperación”.

Un estado de angustia que solía conducir a repetidos intentos de suicidio. De hecho, Gjioka/Shpendi intenta quitarse la vida, pero fracasa. Y desde ese acontecimiento, Bashkim Shehu revive el período pasado con él, las circunstancias de ambos, en una reflexión sobre el tiempo carcelario, las culpas y los castigos de un sistema pendenciero y cruel, y el intento de llevar a cabo una huida intelectual de entre los muros de la prisión.

En cierto modo, además, la novela es un ajuste de cuentas del autor con el Régimen, como si al recordar la historia de Gjioka/Shpendi llevase a cabo una cierta venganza. No en vano, la historia se pone en movimiento gracias a esta afirmación de Flaubert que el autor quiere cumplir:

Cuando escribas la biografía de un amigo, debes hacerlo como si te estuvieras vengando en su lugar”.

D de Doble: La complejidad, enorme, de esta novela, radica en buena parte en el juego de espejos propuesto por el autor. Desde el doble nombre de Gjioka/Shpendi, pasando por la proyección externa-interna de las vidas en libertad contrapuesta a las vidas en la cárcel, además de la presencia permanente de la figura del escritor Walter Benjamin, un referente que hace las veces de espejo sobre el que se reflejan los personajes del libro.

Los deseos de huida de los presos son los mismos anhelos que los de Benjamin intentando escapar de la Europa nazificada; los intentos de suicidio encuentran réplica en el suicidio consumado que llevó a cabo en Port Bou; el pensamiento filosófico es una réplica del ideario de Benjamin en relación a la Historia y a sus circunstancias; la cárcel comunista reproduce la cárcel de la Europa nazi. El juego no acaba aquí, los espejos se multiplican, se reproducen unos en otros, aportando una riqueza y una complejidad que dotan de relieve a la novela.

E de Enver Hoxha: Para bien, o para mal, la presencia del tirano fue un deus ex machina en la vida de los Shehu. Primero, tomando a su padre Mehmet como su sucesor, y llevándolo hasta la cumbre de la vida política albanesa. Después, cubriéndolo de acusaciones infundadas y asesinándolo en un crimen que el Estado se esforzó en disimular con los ropajes de un suicidio más que dudoso y, además, barriendo toda presencia de su familia. Aquello sumió a Albania en una de las peores crisis, desencadenó el pavor, las purgas, activó los resortes punitivos, y amontonó a las víctimas, los acusados y los procesados.

F de Fronteras: En un régimen totalitario como el de Albania, la compartimentación del pensamiento, de las personas, de los lugares, era un recurso obligado a la hora de poder controlar a la población. Por eso, esta novela trata de la batalla de los hombres libres contra las fronteras, tanto geográficas como intelectuales. Walter Benjamin tropezó con una de las últimas fronteras que lo separaban de la libertad. Acosado en una fonda de Port Bou, temeroso de que las autoridades españolas lo devolvieran a las autoridades alemanas, olvidó su anhelo de alcanzar los Estados Unidos, para sentirse libre, e inmortal, a través del suicidio.

La frontera que detuvo a Gjioka/Shpendi en su fuga de Albania, o los muros del penal, reproducen un laberinto fractal de compartimentos que buscan encerrar al hombre en la nuez del sistema represivo. Angelus Novus no es tanto un libro de fronteras, sino de cómo evitarlas incluso sin moverse del sitio: con el mero pensamiento. El pensamiento como resistencia al Régimen. Al final, el pensamiento es la frontera que divide la vida de la muerte.

G de GULAG: El aparato represivo de Hoxha puso en pie una serie de penales que eran como islotes en donde vivían aislados los prisioneros durante décadas. En eso, se asemejaba al Archipiélago GULAG que inmortalizó Solzhenitsin al referirse al entramado de campos concentracionarios estalinistas. Solo que aquí, se trata de un islote GULAG. Shehu establece una correspondencia entre la Dirección de los Destacamentos de Reeducación y Prisiones albanesa y la Glavnoe Upravlenie Lagery soviética.

H de Huida: La huida de Walter Benjamin de una Europa asolada es el paradigma de la huida universal. Una huida que lo deja todo atrás, incluso la identidad. Una huida que, al final, pretende ser un escape de sí mismo y que no puede sino culminarse con el suicidio, acto supremo de evasión.

I de Ismaíl Kadaré: El más grande autor albanés, y uno de los más importantes de la narrativa europea actual, está siempre presente, de una u otra forma, en el libro de Shehu. Primero, en los paratextos, dado que una cita suya elegida por la editorial aparece en la contraportada. En ella defiende la “rara originalidad” del libro de Shehu, y se felicita por que haya encontrado una nueva forma literaria para denunciar las atrocidades de la época comunista.

Además, el recuerdo y la presencia de Kadaré en el texto es persistente: nadie como él para hablar de intentos de huida (ya sea exterior o interior) de la tiranía. Ninguno como él a la hora de poner negro sobre blanco las perversiones de Hoxha y de los suyos. Un camino abierto que luego han sabido seguir, de forma espléndida, autores como Fatos Kongoli o el propio Shehu.

J de Jaque: Una de las formas más habituales de domeñar el tiempo carcelario es jugando al ajedrez, un juego que, además, permite una serie de reflexiones sobre el totalitarismo. Una tradición que utilizó Benjamin en una alegoría para ilustrar la lucha de clases, y Stefan Zweig para denunciar el control mental, y brutal, del nazismo en Historia de Ajedrez (El Acantilado). Para Shehu, además, detrás del juego se encuentra un atisbo mortal, porque el ajedrez siempre convoca a la muerte en cuanto desafío al tiempo y al espacio.

K de Klee: Será un dibujo del pintor suizo, el denominado Angelus Novus, el que sirva a Benjamin para formular su alegoría sobre el Ángel de la Historia. Y ese mismo dibujo cumple su función de ligazón para la novela. El Ángel de la Historia activa el juego de espejos entre los presos albaneses y Walter Benjamin, moviliza el libro en una dirección: la reflexión sobre las paradojas del Estado, sobre el miedo a sus enemigos, sobre cómo actúa la Historia de forma arbitraria y cruel, dejando ruinas y desolación a su paso. Es la Historia entendida como una cadena de catástrofes.

L de Leibniz: Concretamente la mónadas de Leibniz. Un ejemplo del carácter filosófico de la novela:

El penal de Burrel, con sus celdas separadas como una serie de mundos paralelos, no menos aisladas y lejos unas de otras que el propio penal del resto del universo, él lo imaginaba como un imago mundi, comparándolo unas veces con la multiplicidad de mundos según Demócrito y otras con las mónadas de Leibniz, universo encerrado en sí mismo, pero en el que cada una, en su parte oscura, o inconsciente en sentido leibnziano, como en un espejo invisible, reflejaba todas las demás mónadas”.

Un concepto recursivo y fractal que ilustra la proyección interna-externa del libro, que abarca desde lo más profundo del pensamiento de los presos hasta el aislamiento global del propio país. En un equilibrio cuántico (si tal equilibrio fuera posible), Shehu coloca en una puesta en abismo al individuo en el centro del sistema penal, y lo expande repetidas veces hasta la enormidad de la isla GULAG albanesa.

M de Mehmet Shehu: El padre de Bashkim Shehu, como ya he comentado, es el culpable de que esta novela exista. Su liquidación fue motivo de una gran conmoción en Albania. Pero que fuera víctima de una purga, de un crimen de Estado, no puede hacernos obviar que Shehu, como Primer Ministro del país y mano derecha de Hoxha, era partidario de la línea dura, que ya había practicado durante su posición como Ministro del Interior. Desde su cargo, contralaba a la Sigurimi, la temible policía sereta del régimen. Esto significa que, para ostentar semejante poder, y postularse como sucesor del Líder, su política represiva y violenta era acorde con los delirios criminales de Hoxha.

Mehmet Shehu fue víctima de un juego criminal llevado a cabo entre criminales. Puede que fuera porque presumió de su nueva casa frente al Líder, algo que yo no me termino de creer, o porque su hijo mayor fuera a contraer un matrimonio con una mujer de familia poco afín con el régimen, y no autorizado por Hoxha, o tal vez por otros oscuros motivos, pero todo el peso del sistema gansteril que representaba el Ministro se revolvió contra él y lo pagó con la vida.

La venganza prolongada sobre la familia inocente es una costumbre que viene de lejos: ya en el Imperio romano se liquidaba a la prole del César depuesto, y los nazis limpiaban la descendencia y ascendencia del traidor a la patria basándose en que era una sangre contaminada que era necesario purificar.

Shehu cumplió las órdenes de Hoxha e impuso una represión muy intensa sobre la disidencia, en particular con todo lo que venía desde Yugoslavia (país del que luego, paradójicamente, fue acusado de ser un espía).

N de Nombres: Es la necesidad de nombrar, para que nunca se olvide la infamia, uno de los recursos fundamentales para activar el recuerdo. Los nombres desencadenan un proceso de recuperación de la memoria. De ahí la importancia de repetir, casi como en un mantra, Gjioka/Shpendi o Walter Benjamin. Shehu sucumbe así a la imperiosa necesidad de dar testimonio y de pronunciar algunos de aquellos nombres para que permanezcan recordados, esa forma de no olvidar la barbarie. Y qué mejor solución que la de grabarlos a fuego en el interior de su literatura porque, de allí, jamás podrán ser ya borrados. En sus páginas, los ha resucitado.

El objetivo regenerador de la literatura se ha cumplido, porque manteniéndose la literatura viva se mantienen vivos a los demás. De esta forma, en la novela de Shehu, mediante esa resurrección literaria, se aúnan los términos catarsis y conjura, lo que nos lleva a esa eterna función depuradora de la literatura.

Al desempeñar su papel social y espiritual, el escritor está revelando a los ojos de los lectores cómo ha sido el mal y, con ello, en cierto modo, reparándolo retroactivamente. Es necesario saber lo que ha ocurrido, y hay que interpelarse acerca de quienes lo permitieron o de quienes lo llevaron a cabo. Estas preguntas tienen un efecto catártico en los lectores, tal y como admite el escritor Julio Cortázar que le ocurre cuando lee los poemas de Juan Gelman, y así lo manifiesta en su célebre prólogo —titulado Contra las telarañas de la costumbre—porque:

Hay poemas que son solamente preguntas (...) Cuando Juan pregunta se diría que nos está incitando a volvernos más lúcidamente hacia el pasado para después ser más lúcidos hacia el futuro”.

Esto es exactamente lo que nos ocurre con el libro de Shehu, que además podemos encadenar con ese movimiento de cuello del Ángel de la Historia: se produce, así, toda una revelación y los poemas, las novelas, la escritura, la literatura, se ha convertido, ahora, en una cuestión de responsabilidad colectiva. Ya no se puede mirar a otro lado, ya basta de eso: el escritor es responsable, él no desvía la mirada y hace que nosotros, sus lectores, tampoco lo hagamos. Esa responsabilidad colectiva literaria convierte al hombre en objetivo y preocupación del hombre, y posibilita la elaboración de novelas en tiempos de resistencia como las que llevan a cabo Ismaíl Kadaré o Bashkim Shehu.

La función de nombrar a los muertos, a los prisioneros, a los represaliados para, así, repararlos, es muy similar a la que cumple el personaje de Joshepine en la obra de teatro Litoral (KRK ediciones) de Wadji Mouamad: en ella, la mujer arrastra la carga de enormes listines telefónicos con los nombres de familias enteras que han desaparecido por la guerra, masacradas, y que si ella no los memoriza nadie los recordaría jamás (y una vez memorizados consigue deshacerse de los listines arrojándolos al fondo de un mar extraordinariamente metafórico en el contexto de la obra). De aquí, la importancia que tiene para Shehu repetir el doble nombre de Gjioka/Shpendi o el de Walter Benjamin. Mentarlos ya es un cierto tipo de salvación.

Ñ contenida en España: Ha sido en España en donde Bashkim Shehu ha encontrado, finalmente, refugio. Después de una condena de ocho años, fue liberado en 1991 y tras unos años entre Budapest y un intento de regreso a Tirana, finalmente se exilió en Barcelona, donde fue acogido por el Parlamento Internacional de Escritores dentro de su programa de Ciudades Refugio. Shehu obtuvo la nacionalidad española y desde entonces, aparte de su tarea como novelsita, se ha dedicado a la traducción al albanés de autores catalanes y castellanos.

O de Onírico: Dentro de un recinto tan limitado, de libertades constreñidas, los sueños serán una de las válvulas primordiales de escape para los condenados. De esa forma, la novela Angelus Novus aparece repleta de ensoñaciones y retazos de sueños, circunstancia especialmente acicateada por el carácter onírico de muchas de las leyendas y tradiciones albanesas, que coquetean habitualmente con la delicada línea que separa el terreno de la vigilia y del sueño, y de las que Bashkim Shehu no puede evitar hacerse eco para instalarse en esa tradición.

P de Penal de Burrel: El penal de Burrel es uno de los escenarios principales en donde transcurre la acción (o quizás debería decir la inacción) de la novela. Concebido como prisión ya en 1937, durante el reinado del rey Zog, no se llevó a término hasta 1939. Entendido como un lugar de reclusión de máxima seguridad, durante el mandato de Hoxha se destinó, fundamentalmente, a la reclusión de prisioneros políticos, que fueron torturados y maltratados sistemáticamente. Los más altos mandatarios caídos en desgracia solían dar con sus huesos en esta cárcel, así como intelectuales. El escritor Fatos Lubonja, por ejemplo, fue uno de los internos. Tras un tiempo de cierre, el penal volvió a ser reabierto, estando en funcionamiento en la actualidad.

Q de Quántico: En efecto, con la letra Q, tal y como el crítico y estudioso Manuel García Viñó denominaba a este tipo de novela en sus trabajos sobre Literatura Quántica. Ya he ido ilustrando a lo largo de este artículo algunos de los aspectos que hacen de Angelus Novus una novela quántica, tales como el marcado elemento de la recursividad, de la fractalidad, de las puestas en abismo, del juego de espejos, de la estructura laberíntica, del tratamiento del espacio y del tiempo en un cronotopo ciertamente quántico, con mundos paralelos y posibles, todos conviviendo a la vez, y líneas temporales coincidentes, así como saltos (abundancia de prolepsis y analepsis) y un tratamiento particular del tiempo carcelario mezclado con el tiempo mental.

Todo ello convierte a esta novela en un libro quántico, porque quizás no existe otra forma para enfrentarse a la historia que Bashkim Shehu pretende contar, o tal vez porque el mismo Ángel de la Historia, en su escorzo que abarca diferentes tiempos a la par, ya sea quántico de por sí.

R de Reincidente: No sólo se califica de reincidentes a los prisioneros a los que se les incrementa la condena de forma arbitraria. Esa reincidencia también se alberga en una frustrante repetición de la Historia, de la personal e infinitesimal, y de la enorme, política y continental. La historia de los países, en este caso del país, Albania, se repite con la misma crueldad que resulta insoportable para los presos. No parece existir una explicación satisfactoria que pueda hacernos comprender la deriva del sufrimiento humano, que se perpetúa una y otra vez en el tiempo.

S de Siruela: En su momento, fue Alianza Editorial la casa que, mediante la creación de una biblioteca Kadaré, enarboló la publicación de la literatura albanesa en español. Kadaré fue puesto al día, después de que una parte de sus obras ya habían sido publicadas gracias a la valentía de un editor, Mario Muchnik, que había sabido contar con un prodigioso traductor, Ramón Sánchez Lizarralde.

Ahora, transcurrido un tiempo, y con el empeño de publicar obras de Kadaré por parte de Alianza completamente desvaído, ha sido la editorial Siruela la que ha recogido el relevo de la edición de la literatura albanesa vertida al español. Así, además de dar luz a un par de ensayos minoritarios y lúcidos del propio Kadaré, se ha convertido en la casa de Fatos Kongoli (con seis novelas publicadas), y ha sacado este Angelus Novus de Bashkim Shehu. Es deseable que el intento no se detenga aquí, que tal vez podamos ver algunas de las obras todavía inéditas de este autor, así como de las que, publicadas en su momento en español son ahora prácticamente imposibles de encontrar. Y ya puestos a pedir, que se retome el catalogo pendiente de Kadaré, así como el de otros interesantes escritores albaneses. Creo que Siruela sería un lugar magnífico para todos ellos.

T de Traductora: El fallecimiento de Ramón Sánchez Lizarralde en 2011 fue un duro golpe para todos los albanistas. Yo, por entonces, me encontraba terminando mi tesis doctoral sobre Ismaíl Kadaré, y quedé completamente conmocionado por la noticia. Afortunadamente, tras un lapso de tiempo, María Roces González, su compañera y heredera de sus derechos de autor, ha empezado a comandar las nuevas traducciones de Kadaré y, también, de este Angelus Novus de Bashkim Shehu.

U de Universo: Todo un universo de sufrimiento se alberga entre las tapas del libro. Un universo sujeto a las leyes de la física cuántica, en donde Albania encierra el dolor en sus cárceles con celdas que son como ataúdes en donde sufren los prisioneros que concentran su padecimiento en el interior de sus cerebros. Este concepto total de Universo encerrado sobre sí mismo, desde las celdas al GULAG y viceversa, como la parte pequeña de un todo mayor, dota de sentido al texto, que se nos aparece, desde ese punto de vista, como una emanación solidificada de todo el mal que padecieron aquellos hombres del Penal de Burrell.

V de Vacía: Confesión frente a una tumba vacía (Península) era sido el único libro, hasta la fecha, que pude leer de Bashkim Shehu, y eso sólo después de conseguirlo tras mucho batallar en listados de librerías de lance y aguardar con paciencia una oportunidad. El libro nos habla de la peripecia de Shehu por encontrar la tumba de su padre Mehmet, y los infructuosos intentos que lleva a cabo. Podría entenderse como una parte de un díptico que se completase con este Angelus Novus, en donde las acciones del hijo siempre vienen prefiguradas por esos comportamientos del padre en el pasado, que se han proyectado en el futuro.

W de Walter Benjamin: El escritor, filósofo, intelectual y uno de los pensadores más importantes de la primera mitad del siglo XX, es el verdadero protagonista del texto. O al menos, lo es al estilo de Virgilio en la Divina Comedia de Dante. Shehu escoge el devenir de Benjamin para ilustrarnos su descenso a los Infiernos albaneses, como Dante se deja guiar hasta el Purgatorio por el poeta. Si Virgilio es un padre para Dante, Benjamin es un camarada hermanado en el sufrimiento para el albanés, que alumbra todo el libro con su luz de faro fundamentada en su concepto de Historia como una creación alegórica. Ahí radica el porqué de la aparición de Walter Benjamin en este complejo texto y su multiplicidad de significados.

X de Xheladin Bey: El otoño de Xheladin Bey (Editorial del Oriente y del Mediterráneo) es una novela del autor albanés Mitrush Kuteli, seudónimo tras el que se ocultaba Dhimitër Pasko, uno de los grandes represaliados del régimen de Hoxha. Se trata de un compendio de relatos fuertemente asentado en la oralidad, una pequeña Mil y una noches albanesas, si se me permite llamarlo así, en donde la figura del Bey, un hombre caprichoso y lascivo, representa y encarna lo terrible del régimen comunista. El componente oral de estos cuentos establece un puente directo con el discurso de Bashkim Shehu en Angelus Novus, dado que el principal objetivo de la novela es dar testimonio, como ya he comentado más arriba, convirtiendo toda esta literatura en un ejercicio de memoria. Y qué mejor asentamiento para la memoria que la oralidad.

Y de Ymeri: El último viaje de Ago Ymeri (Meteora) es la otra novela de Bashkim Shehu publicada en español y que he sido incapaz de encontrar. Se trata de una novela sobre los mitos albaneses, el misterio de sus leyendas y la forma en que estas pueden oponerse a la tiranía. El texto trabaja la leyenda del retorno del muerto, una presencia muy habitual en la escatología albanesa. Y es curioso, porque este tipo de muertos en vida, o de muertos que regresan de la tumba, se asemeja perfectamente con el estado de los prisioneros políticos de la Albania de Hoxha, con los desterrados, con todo el pueblo condenado al aislamiento y a una especie de enterramiento ideológico en vida.

Z de Zombi: Abundando en el planteamiento anterior, el final de Gjioka/Shpendi en la novela, ciertamente desmemoriado, extraviado en una habitación, ido, sí que recuerda a un zombi, a un muerto en vida, a un cadáver que haya transitado por el vudú de la Albania de Enver Hoxha, al igual que el Walter Benjamin de la novela es, desde el principio, otro integrante de esa legión de condenados, que acabara topándose con el destino de su muerte en Port Bou, haga lo que haga, y dejándonos un velo de preguntas y de angustias al alcanzar el término de esta sobrecogedora e incómoda, tanto como necesaria, Angelus Novus.

viernes, 24 de noviembre de 2017

El nadador en el mar secreto-William Kotzwinkle


*Esta crítica apareció en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/william-kotzwinkle-nadador-mar-secreto-libro-los-le-gustaban-kafka/


William Kotzwinkle: El nadador en el mar secreto. Un libro de los que le gustaban a Kafka.

Con El nadador en el mar secreto, la editorial Navona se ha marcado una de las ediciones del año. Sin duda. La breve, pero descomunal obra de William Kotzwinkle, es una de las narraciones más extraordinarias que podemos encontrarnos actualmente, la estrella en todas las mesas de novedades. ¿Por qué? Porque se trata de un texto vorazmente triste, demoledor y desnudo. Y se eleva impresionante con esas cualidades.

Hay libros helados y libros que te hielan. Kafka ya lo dijo en una de sus más célebres citas:

Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? (…) Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”.
Las cualidades, todas y una a una, que Kafka enumera en esta cita, se cumplen en El nadador en el mar secreto. Kotzwinkle nos muerde con una historia insoportablemente dolorosa, y nos pincha con una percepción matizada de la realidad, filtrada a través de la presencia de la muerte.

El drama que vive la pareja protagonista del libro nos despierta como si nos atizaran un golpetazo en la cara; más que despertarnos, nos espabila con una ducha de realidad. El dolor del mundo se esconde tras cada árbol, en las esquinas de las calles, se esparce sobre las laderas cubiertas de nieve, se cristaliza en los hospitales y se corporiza en las salas de maternidad.

Este libro es un destierro, es un instante de lucidez para el lector, una epifanía en la que descubre el verdadero sentido de la vida, que radica en toparse con la muerte, y el relieve afilado y amargo de la realidad: todo es dolor. Puede soportarse de una forma más o menos atenuada, pero el dolor es inherente al ser humano, haga lo que haga. Y si busca la felicidad, entonces tiene más posibilidades de sufrir una angustia insoportable.

A simple vista, todo parece bien sencillo, con esa simpleza que se deriva de narrar ordenadamente una serie de hechos: el primer hijo del escritor de novelas de género William Kotzwinkle murió al nacer. William había asistido a la desgracia durante el parto, consoló a la mujer durante los siguientes días, recogió el cadáver después de la autopsia, le construyó un ataúd y lo enterró en el bosque. Entonces, escribió de un tirón El nadador en el mar secreto.

El relato apareció en 1975 en una revista literaria norteamericana. Después, un pesado silencio aterrizó sobre él. Fue el novelista inglés Ian McEwan quien revitalizó esta obra maestra, citándolo en una de sus novelas en el año 2012. Entonces, se desató el tsunami. Y el libro se convirtió en un fenómeno de masas.


El nadador en el mar secreto no se había publicado jamás en el mercado español. La editorial Navona, que desde que empezó viene realizando una labor excelente, tanto en la atención a la recuperación de textos importantes, como en la publicación con una forma cuidada que siempre ofrece un valor añadido, sintió la responsabilidad de traernos este libro. Y menuda responsabilidad. En 2014 lo publicó por primera vez, dentro de su sello Ineludibles, y ahora lo ha reeditado dentro de su colección Impactos.

Sin duda, el valor añadido se encuentra en la traducción de Enrique de Hériz, cuyo aspecto de novelista tiene mucho que ver en la forma de sostener esta especie de asepsia, de contención aterradora, que posee la prosa de Kotzwinkle. Es un libro escrito como un ejercicio de duelo, con todo lo que de desgarrador posee un texto de semejantes características.

Confesaré algo: el libro alcanza las 114 páginas; breve y perfecto para leerlo de un tirón. Pues eso resulta prácticamente imposible, tal es la dimensión de la tarea de demolición interior a la que nos somete. A medida que avanzaba necesitaba ir deteniéndome, como para recuperar algo de fuerzas, o de ánimo, hasta que me vi obligado a dejarlo para el día siguiente después de uno de los momentos más estremecedores que he leído en mucho tiempo.

Es una especie de capítulo bisagra, un paréntesis lirico que destroza el alma, cuando tras haberse superado la parte del nacimiento y de la muerte del bebe, el protagonista encaja la verdadera dimensión de lo ocurrido mientras conduce en solitario por una carretera secundaria en mitad de la naturaleza.

Lo que se enmarca entre las páginas que van de la 63 a la 65 sólo es posible en una obra maestra de las dimensiones de este libro. Es un instante de luz, pero de una luz pura y verdadera, cegadora, en donde el protagonista, Laski, siente como el hijo recién nacido y recién muerto todavía forma parte de él, que su espíritu aún no le ha abandonado, pero está cercano a despedirse. Y decide marcharse de su lado cuando el sol brilla más entre los árboles, y el viento frío le arrebata, para siempre, todas las posibilidades de lo que podría haber sido la vida con su hijo. Aquí tuve que interrumpir la lectura.

Hasta el final, la historia discurre sumergida en esa oscura belleza que puede derivarse de un suceso como la muerte, plena de momentos delicados, sin caer en sentimentalismos ni tropezar en burdas reflexiones. El nadador en el mar secreto era el niño en su líquido amniótico, cierto, pero también es el protagonista, ahogado en el mar de su dolor.

Y aunque siempre he odiado identificar narradores y tramas con sucesos biográficos del propio autor, en este caso es obligatorio hacerlo. En primer lugar, y si atendemos a sus declaraciones, en donde Kotzwinkle deja muy claro que escribe sobre su propia experiencia vital durante el terrible suceso. En segundo lugar, si comprendemos que, por encima de la maldición del biografismo, nos encontramos ante un texto que no es autoficción ni autobiografía porque, sencillamente, el autor no podía incluirse en él con nombre y apellidos. Por eso elige a Laski, para tomar la distancia necesaria que necesitaba a la hora de contener la respiración y reflejar el horror.

He entregado el corazón en esta lectura. En efecto, es uno de los libros de Kafka, porque como un hachazo ha hecho saltar en añicos ese mar congelado que llevamos en nuestro interior, elevando la temperatura del agua hasta hacerla bullir y necesitamos creer que nuestras lágrimas son un mero efecto físico producto de la condensación.


Pero nos engañamos. Debemos tener el valor de aceptar que Kotzwinkle ha sabido destrozarnos y obligarnos a engullir literatura de la buena: la del puñetazo en la cara, la de la desgracia dolorosa. La que le gustaba a Kafka.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Escribir. Leer. Vivir. Goethe. Tolstói. Mann. Zweig y Kafka-Toni Montesinos



Esta crítica apareció en achtungmag.com:

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Escribir. Leer. Vivir. Toni Montesinos, cartógrafo literario de los cerezos en flor

No cabe duda de que el siglo XX, con todos sus conflictos bélicos es, en cuanto a masacres, genocidios y crímenes de masas, uno de los peores, si no el peor, de la historia de la humanidad. El escritor húngaro Imre Kertész, en su Kaddish por el Hijo no Nacido (El Acantilado) lo definió como un “pelotón de fusilamiento en servicio permanente”. Sin embargo, a pesar de tanta brutalidad y horror, siempre han existido reductos en donde podemos hacernos fuertes, en donde asterixzarnos para que todo sea más llevadero. Y la lectura ha demostrado ser un refugio mucho más poderoso que el búnker antibombas. Y los autores que hacen posible esa lectura, con sus obras, infinitamente más potentes que las armas de destrucción masiva.

Así se ha escrito la historia de un siglo XX en el que, evidentemente, el binomio comunismo/nazismo fue el protagonista. Como dice Todorov en un libro de urgente reedición (Memoria del mal, tentación del bienPenínsula—):

La historia del siglo XX, en Europa, es indisociable de la del totalitarismo. El estado totalitario inaugural, la Rusia soviética, nació durante la Primera Guerra Mundial y muestra su huella; la Alemania nazi siguió poco después. La Segunda Guerra Mundial se inició cuando los dos Estados totalitarios se habían aliado y prosiguió con una lucha sin cuartel entre ambos. La segunda mitad del siglo se desarrolló a la sombra de la guerra fría, que opuso Occidente al bando comunista. Los cien años que acaban de transcurrir estuvieron dominados por el combate del totalitarismo con la democracia o por el de ambas ramas totalitarias entre sí”.
Entonces, ¿qué puede hacer el individuo que se ve inmerso en esta batalla ideológica? Siguiendo con Todorov, podemos encontrar algunas claves:

¿Cómo será recordado, algún día, este siglo? ¿Se llamará el siglo de Stalin y Hitler? Eso sería conceder a los tiranos un honor que no merecen? (...) Por mi parte, preferiría que se recordaran, de este siglo sombrío, las luminosas figuras de los pocos individuos de dramático destino y lucidez implacable que siguieron creyendo, a pesar de todo, que el hombre merece seguir siendo el objetivo del hombre”.
A tal efecto, para recordar a esas figuras que lucieron como pocas en el transcurso de la oscuridad del siglo, y que hicieron de su escritura no sólo ya un acto de resistencia, sino toda una forma de vida, Toni Montesinos elige a tres escritores que se enfrentaron de variadas maneras a la barbarie, aunque siempre tuvieron muy claro que el hombre merecía seguir siendo objetivo del hombre: Thomas Mann, Stefan Zweig y Franz Kafka que, cada uno a su modo, dieron testimonio del mundo en llamas. Un mundo enfebrecido y furioso que, casi siempre, terminó por reproducir las propias llamaradas internas; los mismos fuegos que estos genios trataron de sofocar con su escritura.

Y a ellos tres se añaden, como unos patriarcas previos a una escuela humanística de pensamiento, las figuras de Goethe y Tolstói; en cierto modo, principio y fin mismo de toda escritura (con el permiso de Cervantes, claro).

De esta forma, se conforma el volumen Escribir. Leer. Vivir. Goethe. Tolstói. Mann. Zweig y Kafka (Ediciones del Subsuelo), en donde el autor realiza un análisis de los escritores enmarcándolos, precisamente, en esos parámetros: escritura, lectura y vida. Para todos ellos la escritura fue un cierto tipo de suplicio, y la lectura que realizamos de sus trabajos se convierte así en una carretera de dos vías —desde sus obras hasta nosotros, los lectores, y desde nosotros los lectores hasta los autores, para mediante el conocimiento de sus obras poder conformar las personalidades de los genios—. Es la vida compleja, tortuosa, que siempre acaba abriéndose camino por las complejidades de la página en blanco de la existencia.

Y su existencia fue tan descomunal, que podemos significar los siglos en los que vivieron como el siglo de Goethe, o el siglo de Tolstói, o el de Mann, Zweig o Kafka. Ahora bien, cuando Toni Montesinos hurga en el interior de los personajes, aparece un yo apocalíptico erizado de una tensión horrible e insostenible, siempre próxima a quebrarse.

1-Escribir: Goethe y Tolstói, padres fundadores del estudio de la conciencia humana

Primer acierto de Montesinos, retratar a Goethe mediante el reflejo proyectado en uno de sus mejores amigos intelectuales, porque sólo algo intelectual y profundamente complejo parece que podría ser del interés de Goethe: el, fundamentalmente dramaturgo, Friedrich Schiller.

Goethe, un ogro literario capaz de devorarlo todo, ya fuera narrativa, poesía, filosofía, o ciencias naturales. Capaz de escribir una novela con proyección de siglos, el Werther (Cátedra), una extraña obra teatral con vocación de arquetipo eterno, el Fausto (Cátedra), o un poema tan universal como hermoso, La elegía de Marienbad. Y entre medias, el pálpito de lo científico, que no era sino la forma de alimentar a su espíritu famélico de saber: un tratado de botánica o una teoría, ni más ni menos, que de los colores.

¿Cómo aproximarse a este titán del conocimiento? Mediante esa sombra luminosa que proyectó sobre Schiller, todo ello apoyado, en el segundo acierto de Montesinos, por el conocimiento de una profunda bibliografía sobre los tiempos y las vidas de estos autores, entre la que destacan los volúmenes de Rüdiger Safranski, titulado Goethe y Schiller, Historia de una amistad (Tusquets) y Goethe. La vida como obra de arte (Tusquets).

Bibliografía, y referencias, muchas referencias en cascada a otros escritores que, como el racimo de cerezas, aparecen en el libro de Montesinos, porque al tirar de un nombre aparece otro, y ese arrastra a otro más… ¿Estamos ante un ensayo para bibliófilos? Desde luego que sí, si tenemos ganas de profundizar en la complejidad que nos ofrece su autor. Pero, fundamentalmente, nos encontramos ante un trabajo sobre la escritura de la vida y de la vida como escritura. Y eso nos importa a todos porque, como ya he dicho tantas veces, la literatura, la única forma de literatura que puede existir, es la que estudia lo más profundo del ser humano. Por eso, Toni Montesinos, con este ensayo, hace literatura. La cocina con minuciosidad y una erudición deslumbrante, y nos la sirve en un platillo apetecible, jugoso, que excita nuestros sentidos y, gracias a la serenidad con la que nos lo presenta, nos aplaca el corazón.

Se trata de un manjar, evidentemente es un manjar exquisito, que alberga unas gotas de amargura. Porque si de Goethe nos llega la imagen de que sus 82 años fueron del todo insuficientes para que alimentara su genio —y La elegía de Marienbad es un claro ejemplo de ello, una de la cumbres de su belleza compuesta apenas nueve años antes de que el infarto lo hiciera inmortal—, de Tolstói se nos muestra un catálogo de tormentos mentales producto de una vida de batallas libradas entre lo que era y lo que quería ser, entre lo que había hecho y lo que debería haber realizado, entre el pánico a lo ultraterreno y el deseo de santidad.

Quizás aquello que dijo Stalin de que “el escritor es un ingeniero del alma humana”, despojando, obviamente, a la afirmación de todo el contenido de la basura del realismo socialista, puede que fuera la única frase con sentido que pronunciara en su vida, o al menos la menos manchada de sangre. Y si se trata de ingenieros del alma humana, como Tolstói ninguno.  Pero tenía un terrible problema: era ingeniero del alma humana de los demás, pero un peón chapucero con la suya.

Del retrato que Toni Montesinos hace del escritor se desprende un hombre en constante fisura, casi un bipolar de la existencia, un esquizofrénico de los sentimientos, un yonki de las pulsiones. Con resultados deslumbrantes, por supuesto, como La muerte de Iván Ilich (Alianza Editorial), producto de un más que cerval miedo a la muerte, o La sonata a Kreutzer (El Acantilado), junto a otros momentos completamente oscuros, producto de las tinieblas de su genio.

Los aciertos de Montesinos se suceden, y como aquellas cerezas a las que me refería, tirando del genio maniaco de Tolstói, nos quedamos con un glorioso racimo de frutos en la mano: aparecen Pushkin y Gógol, y después Dostoievski, claro, y como no, Chéjov y Gorki. ¿Se puede pedir más?
Las vertiginosas páginas de Montesinos atraviesan por el absurdo duelo que le costó la vida a Pushkin, por la quema de la continuación de Las almas muertas (Nórdica) por parte de Gógol poco antes de su fallecimiento de puro hartazgo de sí mismo, por el subterráneo, enfermizo, doliente e incontrolado Dostoievski, por el empático Chéjov y, al fin, por el tamiz de la amistad que sostuvieron, de una forma u otra, algunos de ellos con Gorki.

En estos enlaces encontrarás más información sobre el suicidio de Pushkin o la quema de esa posible segunda parte de Las almas muertas, temas de los que ya hemos tratado en Achtung!:



2. Leer: Thomas Mann y el síndrome de Petrarca

Toni Montesinos lo deja muy claro en el título que elige para el capítulo dedicado al escritor alemán: La fachada agrietada de Mann. Algo no parece, a la vista de esta sentencia, del todo claro en la figura del premio Nobel. El texto nos muestra a un Mann obsesionado con su figura, con su propio genio, tratando de controlar todo lo relacionado con su persona, convertido no en un ser humano que escribe, sino en un escritor que, para su desgracia, a ratos debe mostrarse humano; con sus contradicciones, faltas y recovecos. Y eso manchaba la figura imponente que Mann buscaba edificar de sí mismo. Un síndrome de Petrarca en toda regla.

Ya me he referido en otras ocasiones a este síndrome que he bautizado como de Petrarca y que consiste en convertir la propia vida en una obra de arte, en una especie de novela más de las que el autor ha escrito, siendo el hombre un personaje plegado entre sus propios papeles de ficción. Es la manía de convertirse en objeto literario, en literatura, en un libro que deberá pasar a la posteridad, difuminando al hombre bajo toneladas, generalmente, de artificio biográfico, poses, egolatría y mucho mal genio tomado como Genio con mayúsculas, en un error habitual de aquellos mortales que soportan la convivencia con el petrarquista.

Puedes saber más de este síndrome aquí:


Montesinos prosigue acertando con la bibliografía escogida para poner en pie sus pensamientos literarios (y sí, aunque sea pesado lo seguiré afirmando, para hablar de libros y escritores hay que proveerse de lecturas; punto fortísimo de este ensayo). La luz que se irá eclipsando sobre la figura de Mann proviene del libro de Hermann Kurzke, Thomas Mann. La vida como obra de arte. Una biografía (Galaxia Gutenberg) y de Thomas Mann y los suyos (Tusquets) de Marcel Reich-Ranicki. De estos libros se desprende la imagen de que Thomas Mann se tomaba muy en serio, quizás demasiado, y que si se trata de conformar tu propia vida como una obra de arte (literaria) ya tenemos a Oscar Wilde como modelo de un síndrome de Petrarca algo más amable.

Mann, como nos advierte Montesinos en el texto, y tomado de al parecer las propias palabras del autor, “no quería vivir sin representar”, “su ser entero aspiraba a la fama” y llevaba a cabo lo que denominaría como una “autoescenificación”.  La afirmación de Toni Montesinos es definitoria:
Thomas Mann se proyectó en un personaje que nunca bajaba de la tarima”.

Sólo un escritor afirmó con justicia pertenecer a ese estado de nirvana que Thomas Mann ansiaba. Y ese fue Kafka, cuando aseguro que todo él “estaba hecho de literatura”. Y tenía razón.

Y no es que el grandísimo autor de La montaña mágica salga mal parado de esta semblanza montesiniana. Pero al terminar de leer su capítulo tenemos la sensación de que estamos ante uno de esos autores que casi es mejor no conocer en su faceta privada, alejándolo del misterio hipnótico de sus obras, no sea que el viento lunar que esparce sobre ellas nos las afeen un tanto.

Y ya que me he referido a La montaña mágica, agradezco a Toni Montesinos que se detenga durante unas líneas para reconocer la excelsa traducción que Isabel García Adánez realizo para la edición de Edhasa en el año 2005. Isabel, además de competente traductora, fue mi profesora en una de las asignaturas más gloriosas que alguna vez se me hayan impartido, y que resumiré, despojándola de su farragoso nombre, como Literatura de Praga; a dúo con Alejandro Hermida de Blas, a cargo de la parte checa del asunto.

De nuevo aparecen esas cerezas, ahora con apellidos alemanes, que siguen en gloriosa procesión a Thomas Mann. El capítulo se enriquece con la presencia de Hugo Ball y Hermann Hesse, gran destructor de mujeres a causa de su carácter, que inculcó una máxima en sus amantes que ya nos suena del propio Mann y es que, en referencia al proceso intelectual de Hesse:

los problemas físicos y psíquicos son los que dan impulso a su creatividad, que su sufrimiento engendra su literatura”.
Pero basta ya. Ahora hablemos de Stefan Zweig.

3-Vivir: Stefan Zweig o la huida imposible

A Stefan Zweig los horrores del nazismo, la brutalidad de Alemania, lo dejaron sin patria. Como dice otro escritor alemán, W. G. Sebald en Camposanto (Anagrama), y reflexionando acerca del concepto de patria:

 “Destruir la patria es lo mismo que destruir a la persona (…). Y no hay una nueva patria (…) La patria es el país de la infancia y la juventud. Quién la ha perdido sigue estando perdido, aunque haya aprendido a no tambalearse en el extranjero como si estuviera borracho”.


Ese fue el mal de Zweig, su castigo, la carga de la que intentó huir y que nunca pudo superar. Y siguiendo con W. G. Sebald, pero ahora en el notabilísimo ensayo Pútrida Patria (Anagrama):

El concepto de patria es relativamente nuevo. Se acuñó precisamente en el momento en que la patria dejó de ser un sitio donde permanecer y en el que individuos y grupos sociales enteros se vieron obligados a darle la espalda y emigrar. Por ello, ese concepto, como no es raro que ocurra, está en relación mutua con aquello a lo que se refiere. Cuanto más se habla de la patria, menos existe ésta (…). La experiencia de la pérdida de la patria no puede repararse nunca”.

Exactamente eso le sucedió a Zweig, se vio obligado a darle la espalda y a enfermar, definitivamente, de patria. Porque Zweig abandonó su Austria, su Viena, su Salzburgo, ciudades no destruidas por un terremoto como la Lisboa de 1700, ni por un incendio como Londres, ni por una erupción volcánica al estilo de Pompeya y Herculano, ni tan siquiera por un bombardeo o raid devastador aliado, al estilo de lo que le ocurrió a Dresde; no, simplemente extravió su Viena, su Austria entera, porque le era imposible, ya, vivir en ellas.

Doble pérdida de identidad si tenemos en cuenta que, además de vienés, Zweig era judío, un judío con identidad nacional y condenado —como desde entonces tantos millones de judíos— a ser un judío sin identidad y sin destino. Estos dos problemas, la ausencia de una identidad y una patria usurpada de donde fue arrancado a la fuerza, lo condujeron al suicidio. Porque en un principio el escritor planteó su lucha ante las adversidades con un exilio dolorosísimo pero esperanzado que, al final, exiliado sin patria, y creyendo firmemente en la victoria del nazismo, se convirtió en un suicidio como una forma particular de resistencia.

Era tal el dolor de ver y constatar las atrocidades de su pueblo que fue incapaz de soportarlo; convivir con ellas en el futuro —en especial si como él creía Hitler ganaba y se perpetuaba tras la guerra— era un esfuerzo que colmaba más allá de sus fuerzas vitales. Era impensable que pudiera seguir adelante, en palabras de Sebald en Camposanto, con
la obscenidad de una sociedad psíquica y socialmente deformada y el escándalo de que la historia, como si no hubiera pasado nada, pudiera proseguir luego prácticamente imperturbada”.

Motivos, todos, que Carlos Soldevilla resume, en su estudio crítico a modo de introducción a la ya vetusta edición de las Obras Completas de Zweig en la Editorial Juventud, de la siguiente manera:

Y se comprende que un sensitivo como Zweig, personalmente a salvo, no tuviese fuerzas para soportar el tremendo impacto que produjo en su espíritu, no solamente la tragedia de su gente, sino el derrumbe de una concepción idealista del mundo y, especialmente, de esa Europa que tanto amó y de la que, en cierto modo, pudo considerarse como hijo mimado”.
No en vano, sus memorias, que hablan y no paran de la pérdida de ese estatus, de ese orden otrora ejemplar anterior a la guerra, se titulan El Mundo de Ayer, con el clarificador subtítulo de cómo se sentía, aún sin patria: Memorias de un Europeo (El Acantilado).

Y Toni Montesinos apunta que Zweig lo sabía. En efecto lo sabía, y utiliza una frase de Jean-Jacques Lafaye tan tremebunda como devastadora:

El humanismo no tiene recursos ante el mal”.

¿Qué se puede argumentar ante eso? El ser humano, para Zweig, era capaz de lo mejor y de lo peor. De hecho, que eligiera retratar a personajes en biografías como las de Erasmo y Fouché no es coincidencia. Ambos personajes supieron atravesar grandes tormentas —la Europa del siglo XVI con sus guerras de religión y la de finales del XVIII con la sacudida napoleónica— sin perder el rumbo y con mano firme, ejemplo de lo que deberían ser los dirigentes y pensadores de la época de Zweig, ya que tanto en uno como en el otro, en Fouché como en Erasmo, se nos ofrece el cuadro de inseguridad y de angustia de unos tiempos que prefiguraban los momentos que le estaban tocando vivir a Zweig.

Acertadamente, con una finísima intuición, Montesinos sublima estas intenciones de Zweig en su ensayo paradigmático de cómo poder oponerse a la barbarie y al criminal de su propio tiempo, Hitler, sin mencionarlo siquiera; se trata del ensayo Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia (El Acantilado).

Y por qué no, un augurio del propio final de Zweig lo encontramos en su retrato biográfico de Von Kleist, escritor que también se suicidó, derrotado en esa “lucha contra el demonio”. Aún tuvo tiempo de denunciar toda la brutalidad del nazismo en su Novela de Ajedrez (El Acantilado), pero lo que podría haber sido un fértil valladar intelectual contra la barbarie se detuvo ahí. Se quitó la vida en Petrópolis, junto a su esposa. En palabras de Carlos Soldevilla:

Al perder la fe en sus ideales humanísticos había perdido la voluntad de vivir. El aliento embriagador del trópico no había logrado curarle de la fina añoranza de su Salzburgo mozartiano”.
He querido utilizar las palabras de otros estudios diferentes al de Toni Montesinos sobre Zweig para ratificar, así, todas y cada una de las palabras, acertadísimas, que dedica a su análisis del escritor austriaco. Soy comparatista. Los que me siguen ya lo saben y me soportan.

Cerezas: todo lo que sigue a continuación en el ensayo de Montesinos sobre Zweig es delicioso. Aparecen algunos de los más grandes autores centroeuropeos, esos que cargados de austriahungrismo pasearon su tristeza por la Europa del fuego. Aparecen Joseph Roth, Ernst Toller —la noticia de su suicidio aceleró la muerte de Roth, que al enterarse se desplomó víctima de un colapso en el café en donde se encontraba—, Ernst Weiss, Soma Morgenstern y, como no, Sándor Márai, con el que Toni Montesinos establece un paralelismo muy oportuno con el propio Zweig.

4. Epílogo kafkiano

Kafka es una paradoja kafkiana en sí mismo. Parece que poco se puede decir ya de quién tanto se ha dicho, y por eso mismo, queda tantísimo por decir de él. Aquellos que me conocen, esos mismos que me soportan como comparatista, también saben de mi kafkismo militante, solo comparable a mi kadarismo de trincheras. Por eso, es de agradecer el esfuerzo del autor del ensayo al incluir un estudio sobre Kafka.

Quizás sólo la figura de Kafka puede evitar ser devorada al aparecer al final de un libro en el cual han abierto sus fauces semejantes bestias literarias como todas las que he mencionado en este largo artículo sobre la obra de arte ensayístico de Montesinos —largo y gozoso artículo, al menos para mí, y espero que aquellos estimados lectores acostumbrados a reseñas de solapilla y titular fácil sepan perdonarme, pero la independencia crítica y periodística, incluso literaria, tiene a veces estos tesoros—. Por eso, Kafka es el colofón perfecto. Porque de ir por delante de ellos, tal vez podría habérselos comido a todos. Enésimo acierto montesiniano.

Además, si coincidimos en que Kafka, como ya afirmé más arriba, está conformado de literatura, o tal y como se afirma en las páginas del ensayo fue “alguien que emigró de la vida a la literatura, sin retorno”, no podemos imaginar mejor remate para el texto. Eso, junto a las cerezas más jugosas de todo el libro, y que acompañan a los esfuerzos de Kafka por conciliar su mundo con la literatura: Jaroslav Haŝek, Hans Herbert Grimm y Rainer Maria Rilke.

Kafka es el mejor autor posible para poner el término a un ensayo que en su título aúna las palabras escribir, leer y vivir. Enfermo de escritura, buscó un paliativo en la lectura; al morir prematuramente consiguió vivir para siempre. Los aciertos del cartógrafo literario Toni Montesinos, abrazados a las magníficas referencias bibliográficas, configuran un mapa intelectual por el que cualquier lector necesita pasearse.

Por el que debe pasearse sin falta. Disfrutando del paisaje, admirando el panorama, degustando el aroma de esos cerezos en flor que brota con el paso de cada página.