lunes, 1 de julio de 2013

Las hortensias-Felisberto Hernández



 
PARAFILIAS DE PLÁSTICO

Que nos encontramos, en el personaje de Horacio, ante un mirón, un voyeur incorregible, es algo que deja pocas dudas: experimenta gran placer contemplando las escenas que otros han compuesto para él con sus muñecas, le gusta leer las soluciones a las historias que imagina, e incluso apunta en un cuaderno las bromas que le gasta su esposa en un afán de espiarse a sí mismo, de contemplar su vida, y todo lo que discurre a su alrededor, como desde afuera. Transita por la novela contemplándolo todo de reojo: es un espectador de la ficción narrativa. También, es un hombre repleto de parafilias y de fobias, de manías: no soporta verse en los espejos, convive con una muñeca, forma parte de un trío en el que incluye a la propia muñeca y a su mujer, escucha unos ruidos de maquinaria en su cabeza, reparte órdenes disparatadas y, finalmente, su obsesión radica en conseguir una muñeca que, pareciéndose a una mujer lo máximo posible –incluso colocándole un sexo artificial- continúe siendo muñeca. Necesita que la ficción se parezca a la realidad, pero que nunca sea como la realidad, quizás para poder manejarla aunque, al final, la muñeca y su amor por ella, la esclavitud sexual en la que cae, se apoderan de sus actos por completo.

En las desviaciones de Horacio, que evidentemente deben comportar un placer sexual, y en la presunta carnalidad de las hortensias, Felisberto Hernández construye un entramado de juegos eróticos enfermizos y una historia de amor de un hombre por los sucedáneos: en este caso por los sucedáneos de las mujeres hasta el punto de que, pudiendo disfrutar de una verdadera, siempre elige la copia. Sin embargo, cuando la verdadera mujer se hace pasar por la muñeca, Horacio sufre un choque tan fuerte que inicia un rápido proceso de muñequización.

Se puede amar a la muñeca, y ella no pide nada a cambio, tan sólo mantener a la temperatura adecuada el agua que calienta su cuerpo artificial. A la muñeca se la puede llevar de picnic al río, acostarla en una cama, sacarla a pasear o desayunar con ella sin que se enfade. La muñeca resulta ser la amante perfecta de Horacio porque, además, es un ser creado para la  observación en su inanimación y, no lo olvidemos, Horacio es un voyeur –circunstancia esta, la de contemplador erótico, exacerbada con los sucesos del hotel y todo el trabajo que la mirada posee en esas escenas-. En este sentido, Las hortensias se amparan en un erotismo sensorial, un festival de los sentidos –sobre todo vista y tacto- que conducen al placer. La importancia de lo que se ve, y de lo que se imagina cuando se ve, viene a demostrar que el órgano sexual más potente es el cerebro, las maquinaciones que intuye e inventa: en el escaparate en donde se exhiben las muñecas, tan sólo algunas son Hortensias, pero el público pasea de un lado a otro contemplándolas como de soslayo, intentando averiguar cuáles poseen sexo y cuáles no. Es este juego de lo oculto, el misterio que se oculta en las cosas, un misterio que se percibe por la vista, por el tacto, el juego erótico y sexual que propone Felisberto Hernández.

Horacio reúne en su persona un compendio de parafilias sexuales, como fetichismo –por los brazos y las piernas, por ejemplo-, voyeurismo, una fascinación por la violación, o la necrofilia. Es un personaje complejo e inestable que habita un universo propio desquiciado, exacerbado en la parafilia literaria heredera de la tradición clásica: el androidismo, Pigmalión enamorado de la estatua que había creado, su Galatea. Es inevitable pensar en un Horacio que ejerce las veces de Pigmalión, al fin y al cabo la idea de las mejoras sexuales de la muñeca son suyas, pero se añade, irónicamente, una parafilia nueva al personaje: la mecafilia, o atracción por las máquinas. Completamente desquiciado, Horacio corre en dirección al ruido de las máquinas, que desde ahora serán su nueva atracción. 

Una nouvelle que presenta un esquema narrativo dinámico y atractivo, un tema sorprendente y algo inquietante, un texto con cabeza muñequil y brazos de maniquí, un texto plasticoso y con todo ese pavor que despiertan las figuras de cera.

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