miércoles, 10 de abril de 2013

Vida del ahorcado - Pablo Palacio


 DESDE LA LOCURA A LA REDENCIÓN (O NO)

Posee el texto de Palacio un sentido del humor irónico, cínico, ácido y destructivo que ensambla la novela que, en principio, aparece como una construcción poliédrica repleta de aristas punzantes: son estos ángulos descarnados, en donde la sonrisa se hiela, los que se alternan con piezas suaves y curvadas que encajan unas con otras para que al final, el lector, un personaje más, logre confeccionar el tapiz narrativo.

Nada es en este texto lo que parece, nada se puede leer como está escrito. Valga el ejemplo del capítulo titulado “Odio” que, precisamente, atravesado de un extraño humor negro, habla del amor más extremo. Será dentro de ese código irónico (ironía paródica y sumada a fragmentación: curiosamente, una de las señas de identidad de la novela más actual de la post-posmodernidad) por donde deambule el personaje protagonista, a quien todo le sucede en clave de tragicomedia, que todo lo interpreta desde una visión extraordinariamente afilada, con unos alfilerazos de humor crítico, asfixiante: la visión periférica y desangelada de un ahorcado.

Esta visión de ahorcado se despliega en diferentes planos que corresponden a distintas narraciones lineales que Palacio luego ha fragmentado de forma inmisericorde, añadiéndole, así, una burla más al texto en su construcción, presuntamente, caótica. Si nos fijamos con detenimiento, podemos seguir el rastro de esa linealidad: Andrés Farinago  se despierta un día y descubre que es un ser asocial, alienado, y que no encaja (burla al estilo de vida urbano). Decidido a formar parte de la sociedad, asume un rol comprometido y combativo (burla a los sindicalistas, a los obreros, a las Grandes Ideologías que nada consiguen cambiar), pero no encontrará aceptación sino casándose e integrándose en una inofensiva unidad familiar (con dosis de humor, casi de sainete, conoce a Ana, se casa con ella, le proporciona una prole, y la vida familiar lo asfixia). Tiene un hijo, y entonces siente el mayor de los fracasos, entiende que no hay futuro, que el hombre no escapará jamás de su alienación y extrañamiento (pintados en el texto con toques de humor expresionistas y surrealistas, con fases del absurdo que recuerdan a Ibsen) y decide matar al niño. Después, es detenido, pasa un tiempo en la cárcel recordando algunos aspectos de la vida y la sociedad tan amargos como cargados de sátira, es juzgado en un disparate de juicio, condenado y ahorcado en un bosque… desde el cual recuerda partes de la historia, repletas de amargura y de cinismo.

Valga esta reconstrucción de la linealidad ocultada para culminar la novela con la gran broma que se le hace al lector: aparentemente, todo vuelve a empezar… entonces, descubrimos en las últimas palabras la burla definitiva: quizás todo el texto no fue sino el discurso de descargo del condenado frente al tribunal, un tribunal del cual el lector forma parte. Si elegimos la absolución de Farinago la novela acabará aquí. Pero si condenamos al ahorcado… volveremos a situarnos en la primera línea de la novela porque con nuestro veredicto de culpabilidad nos colocamos entre la masa, formamos parte de la plebe, somos borricos que se mueven en la noria circular, condenados a repetir la alienación una y otra vez, una y otra vez…

¿Es Farinago un loco? O, acaso, no será el loco quién se tome la realidad con las mayores dosis de humor…

Esperpéntico, disolvente, caústico, fractalizado, algo kafkiano (por qué no)... Al fin, lúcido y deslumbrante como la locura.

 

 





2 comentarios:

  1. Acabamos de editarlo en la Argentina, ya habíamos sacado Débora y Un hombre muerto... va link http://www.joseahenrique.blogspot.com.ar/2013/12/vida-del-ahorcado-novela-subjetiva-y.html

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  2. Veo el link de inmediato, visito el blog, y te agradezco el comentario, y me alegro de que allá en Argentina se edite la obra de tan magnífico escritor, y en concreto de esta novela que es su obra maestra, gracias por leer y comentar José Henrique, y un afectuso saludo.

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