sábado, 13 de abril de 2013

El pozo-Juan Carlos Onetti



DE PROFUNDIS


La novela de Onetti es un texto opresivo y claustrofóbico sobre la desesperación, la incomprensión y la soledad, que aparece comprimido entre sus párrafos iniciales y finales como si estuviera embutido entre paréntesis, ceñido por un corsé tremendamente efectivo y funcional. El comienzo y el final poseen una función primordial en el desarrollo de la trama: el primero crea un ambiente agobiante e introduce en la narración, predispone al lector, mientras el segundo, el final, deja discurrir el texto hacia una profundidad desolada, oscura e insondable como la boca de un pozo.

El inicio con el protagonista enclaustrado en su cuarto, soportando un calor agobiante, genera una imagen inmediata de angustia existencial que recuerda a ese otro extranjero de sí mismo, Mersault, fumando cigarrillos en su tórrido cuarto de Argel. El primer párrafo de El pozo despierta de golpe al lector, introducido violentamente en un mundo en el que siente, incluso, el peso del aire caliente y lo costoso que puede resultar el respirar. En esas primera líneas, el protagonista descubre, de repente, que por vez primera ve cómo es su cuarto, es decir, tiene una toma de conciencia de la realidad, empieza a percibir las cosas con otros ojos, desengañados y amargados, provocando que su mirada sea, desde ese momento, semejante a la mirada del lector. Medio desnudo, “oliéndose alternativamente las axilas”, propone un juego de novelística sensorial que rápidamente cuaja en la lectura, pudiéndose olfatear el ambiente, el sudor, la opresión.

En esa línea de las imágenes poderosas, a continuación, se nos muestra una evocación de Linacero, la del hombro enrojecido de una prostituta: las ronchas, la piel herida y los clientes desaseados y con la barba descuidada, son asociaciones que pronto acuden a nuestra mente, espoleadas por la figura de un niño mugriento en el patio. De esta manera, el texto ha generado ya un malestar y una estética de lo feo, de lo desagradable, que ya no desaparecerá del horizonte de expectativas del lector, ganado por completo. Entonces, las repeticiones maquinales y con cierto tinte sociópata de “no tengo tabaco, no tengo tabaco”, terminan por introducir al lector en la trama del libro, en la ficción que arranca en ese instante con la declaración del protagonista de que aquello que estamos leyendo es una confesión, son sus memorias. Onetti nos ha burlado el suelo sobre el cual podríamos sustentarnos y, ahora, sólo podemos movernos en su cuerda floja narrativa hasta que en las últimas páginas, en el final, vuelva a colocarnos el desolador piso sobre el que asentarnos en un desenlace demoledor.

Linacero admite que está cansado de haber pasado la noche escribiendo, y el lector desemboca en las últimas páginas agotado, atravesado por la interiorización lírica que, a continuación, acabará explotando. Onetti sume a su personaje en la oscuridad de la noche y en la inmovilidad y, así, al acecho, junto al protagonista, escuchamos el silencio y el ruido de la ciudad, de nuevo apoyados en la ambientalidad que se consigue con lo sensorial: ladridos de los perros, cantos de gallos, pisadas de vigilantes, todo ello en la lejanía, dejando como varado en la noche detenida al protagonista, a solas con su desesperación y convirtiendo al lector en un vecino, en un mirón de ventana indiscreta que se emborracha de la figura que compone Linacero: recortado en las sombras de su habitación, con la banda sonora de fondo de la ciudad cruel, asimilando la certeza de que ya nada vale la pena, de que su alma es como el alma de la ciudad: un pozo oscuro y profundo en el que es terrible ahondar. El paréntesis de la angustia, así, queda cerrado.

La angustia entre paréntesis, y entre las tapas del libro: una obra maestra.

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