miércoles, 24 de agosto de 2011

Mazurca para dos muertos -Camilo José Cela-.





POLIFONÍA

Si he llegado a una conclusión tras mi curso en El Escorial, Lecturas de Delibes, es que ser lector de Delibes es poco menos que un apostolado y, a veces, tiene un punto de fanatismo literario. Merecen una reflexión un par de aspectos del curso que van unidos: por un lado la cata o corte del perfil del público asistente y, por otro, la polarización amor-Delibes/odio-Cela.
Entre el público asistente, un gran número de profesores de secundaria, enamorados hasta el tuétano de Miguel Delibes, curiosamente muchos de ellos profesores de secundaria en colegios de provincias, cercanos a la cincuentena y, muchas personas, digamos, algo maduras… Como si la literatura de Miguel Delibes calara con mayor profundidad en el prototipo de lector: maestro de escuela veterano, nada urbanita, que se ha visto y se ve reflejado en la prosa típica de El camino o Las ratas, por ejemplo. Gente sin complicaciones literarias, que gusta de la calidez y la cercanía de un texto (además de que casi todos, en uno u otro momento, declararon haber visto pasear a Delibes por el Campo Grande). Y este es un punto clave para hilvanarlo con la inquina que se respiraba en contra de Camilo José Cela (y siempre hablo desde la perspectiva del público, que no de los ponentes ni de los directores del curso, aunque algún ponente sí que lanzó su puyita contra el de Padrón). Porque resulta que la prosa de Cela no es nada cálida, es más bien fría, para qué vamos a engañarnos, desagradable, y esa aspereza se asimila a su carácter altanero y soberbio tras obtener el Nobel, premio que los fundamentalistas delibescos, y yo mismo también, creemos que estaba en la pluma del vallisoletano, pero, ¡ojo!, no sólo en la suya.
Si ponemos en paralelo ambas trayectorias literarias nos encontramos con algunos datos interesantes. Vaya por delante que he sido tan fanático de Cela como de Delibes, que he leído casi por completo la producción literaria de ambos y que yo también retiré discretamente mi apoyo y seguimiento a Cela tras su mal ganar aquel Nobel porque, después de los primeros momentos de alegría, muy pronto me di cuenta que le hacia un flaco favor, empezó a destruir al autor, devorado por sí mismo, por el histrión que se fabricó. Y por supuesto, lo poco que escribió después fue deleznable.
Por partes: ambos autores presentan una colección de obras maestras incuestionable. El Pascual Duarte, La colmena, la Mazurca para dos muertos (sobre la que volveré brevemente más adelante), Cristo versus Arizona, El viaje a la Alcarria, El primer viaje andaluz y Del Miño al Bidasoa, en el caso de Cela; Las ratas, Las guerras de nuestros antepasados, Madera de héroe, El camino, Diario de un emigrante y Diario de un cazador. Ambos autores pasarán al canon con, al menos, una obra. En el caso de Cela será la Mazurca y aunque en Delibes eso sea más discutible y no resulte tan claro, aunque para mí su legado se encuentre en Madera de héroe, puede que lo haga con El camino, por ejemplo, o con el Diario de un cazador –aunque la gran obra de la trilogía de los Diarios de Lorenzo sea el Diario de un emigrante-.
Obviamente, ambos escritores poseen fiascos completos como por otra parte es lógico en producciones que abarcan tantísimos años, décadas. Así como la primera novela de Cela, el Pascual, ya es una obra maestra, no está tan tocado por los hados Delibes, y patina con sus dos primeros intentos: La sombra del ciprés es alargada (terrible) y Aún es de día (simplemente fallida). En eso, Cela no le va a la zaga, porque se marca un pastiche pedante y de un barroquismo insoportable (en una coctelera mezcla lo peor del Tiempo perdido de Proust y lo más pernicioso de La montaña mágica de Mann) en sus dos siguientes obras: Pabellón de reposo y en Mrs. Caldwell habla con su hijo y, visto el resultado, creo que Mrs. Caldwell mejor podría haberse callado o, al menos, hablar más bajito. Luego, hay volúmenes verdaderamente deleznables en ambos autores: ese ejercicio delirante y por encargo que es La catira en Cela (sin olvidar el Oficio de Tinieblas 5 y el San Camilo) o en Delibes el Diario de un jubilado (con Sazatornil hemos topado). Y los finales de sus trayectorias literarias: el ridículo de Cela con su autoplagio en Madera de boj y con la verdadera acusación de plagio, lo que es infinitamente peor, en La cruz de San Andrés. Y en Delibes, quienes ya hayan leído mi blog lo saben, y si no pueden consultar más abajo, ese desastre completo que es El hereje.
Por último, en este paralelismo, cabe señalar a ambos como enormes cuentistas, hacedores de relatos magníficos, maestros del género, pero también pesadísimos en sus tics: uno con su cruzada por el vocabulario soez, el tremendismo localista y el histrionismo; el otro, denso y recurrente hasta la náusea con la caza y la pesca. Luces y sombras en ambos que no justifican, en absoluto, un odio o un amor acérrimo por ninguno de ellos, o al menos me dificultan mucho entender la polaridad amor-odio en contra de Cela y a favor de Delibes que pude, no ya palpar, sino incluso saborear en cada comida posterior a las ponencias. Como si el lector de Delibes, por aquello de cierto estigma de perdedor y de resultar menos mediático, fuera un degustador de otro tipo de literatura, y que Cela fuera, fundamentalmente, para borricos, independientemente de que esta legión de profesores de secundaria delibesianos tenga que enseñar, supongo que a regañadientes, algún libro del gallego en el programa de la ESO, como me consta.
Por eso, voy a dedicar unas líneas a una obra maestra absoluta de Cela, a quien, con el amargor de su indigesto y tóxico show de los últimos años, había perdido cariño y no defendí como debería en algún momento: Mazurca para dos muertos. Esta novela tiene un primer germen en la escasamente brillante San Camilo 1936, que sería una especie de búsqueda o ensayo general de la voz reiterativa que encuentra Cela en la Mazurca y que prolonga con maestría en otro de sus grandes trabajos: el Cristo versus Arizona. Esa originalidad, y ese registro pleno y colorista, de una verborrea léxica deslumbrante en la Mazurca, agoniza ya lamentablemente en Madera de boj. Ese es el recorrido que hace su voz, desde un primer inicio titubeante y flojo en San Camilo hasta su fin en Madera de boj, pero que deja una innovación estilística, un estilo propio e inigualable en la Mazurca y el Cristo.
Si decían los entendidos en literatura y música, o en musicología, y lo siguen diciendo, que en algunas obras de Carpentier –El siglo de las luces, Concierto barroco y La consagración de la Primavera- se pueden escuchar cuartetos de cuerda de fondo, o que en las sombras de Thomas Bernhard se esconde una construcción paralela o similar a la fuga y emplea técnicas sinfónicas de repetición al estilo del leitmotiv, se puede asegurar que, en la Mazurca, el ritmo de las frases, sus cadencias, desde el principio, parecen ajustarse a ese tipo de pieza musical, obviamente: una dimensión que lleva un poco más allá, todavía, la novela de Cela, inmersa toda ella en una polifonía de matices y cromatismo que más se asemeja a una composición musical que a una literaria. Es una de las aportaciones más notorias de Cela, que lo ubican, o ubicarán, en la historia literaria como un autor monumental.

Novela con aires de mazurca chopiniana, con un ritmo peculiar de saudade que ya aparece desde las primeras líneas. Una novela que entra por el oído, como si fuera fabricada de retales de una tradición oral riquísima y toda una aventura para el lector será sumergirse en sus aguas densas y mareantes de borrasca u orballo, independientemente de las mamarrachadas del autor, de que fuera mejor o peor persona (¿debe anularse la obra meritoria de un autor por ser mala persona?; aún no he dado con esa respuesta).


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