miércoles, 17 de agosto de 2011

Guía para viajeros inocentes -Mark Twain-.




IRRITANTE HUMORADA

Inocencia es un curioso concepto para adornar el título de este libro de viajes. Precisamente de eso, de inocencia, es de lo que adolece su autor, Mark Twain, permanente anclado en la crítica mordaz, en el detalle sarcástico, en la visión paródica, con una mirada que puede ser calificada de muchas formas, pero en absoluto, de inocente.
Como libro de viajes, construido a partir de notas tomadas en el sitio y reelaboradas posteriormente, proporciona una cumplida información al lector de los lugares que se visitan, aunque pasadas por el tamiz del exacerbado espíritu crítico de su autor. De esa manera, se pone en pie toda una retórica desmitificadora del viaje en donde la mayoría de los lugares visitados no brillan por lo que son, o por lo que en el imaginario colectivo deberían ser, sino por lo que dejan de ser. Asistimos a demoledoras perspectivas de París, de Venecia, de Grecia, pero donde este high burlesque se ensaña, se muestra más enconado, es en los relatos que interesan al recorrido por Tierra Santa. El discurso, la mayoría de las veces en primera persona, ayuda a aproximar el proceso destructivo de los tópicos, uno por uno: desde los perros de Estambul hasta la Vía Dolorosa, pasando por el Puente de los Suspiros o el Partenón. Todo es machacado, triturado, reducido a unas cenizas críticas por un Mark Twain puntilloso, metódico y hasta maniático en su tarea destructora de lugares comunes mediante procelosas ékfrasis.
Twain no es un viajero cómodo, que se conforme con cualquier cosa, y desea hacer uso de su derecho a la réplica, a no contentarse, como un borrego más, ante lo que está viendo. Twain se revela, y por ello, es en Tierra Santa en donde debe afrontar los mayores y más disparatados tópicos. ¿Cuántos clavos de Cristo, pedazos de la verdadera Cruz, reliquias incorruptas, debe aceptar como auténticas antes de colmarse su paciencia? Arremete contra la inocencia del viajero, que todo lo interpreta desde su mercantilismo, desde su espíritu recolector de souvenirs, contra los guías aprovechados, contra los países que alimentan sus propios tópicos como una forma de retroalimentar su historia y su turismo…
El problema radica en que ese tono paródico, muchas veces insertado en una especie de relatos periodísticos, se acaba haciendo cansado. El libro, como libro de viajes, cumple a la perfección con lo que se puede esperar del mismo: una visión del otro continua (pero desmesurada e intolerante), una comparación de lo extranjero con lo propio (algo chauvinista y patriotera) y unas veleidades de crítica literaria sobre otros libros de viajes y otros viajeros que, la verdad, se atojan a veces tan excesivas como inoportunas.
Twain critica desde el humor y la ácida parodia el viaje turístico organizado como artefacto mercantil del que todos (viajeros y visitados) obtienen beneficio (recuerdos o propinas). Sin embargo, elegir semejante tono para un trayecto tan largo, de más de 600 páginas, a veces cansa y otras, cuando el autor hace gala de una brillantez algo impostada, acaba hartando.

La verdad, he terminado hasta las narices de gracietas, de dobles sentidos, de jueguecitos de palabras, de dardos envenenados, de espíritu crítico y sorna hasta la náusea. Cansino y, a ratos, lo peor que le puede suceder a Twain: aburrido.

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