martes, 9 de agosto de 2011

El hereje -Miguel Delibes-.




CIERRE EN FALSO DE UNA TRAYECTORIA LITERARIA DESCOMUNAL

He tenido la suerte de asistir, la semana pasada, al curso de la Universidad de Verano de El Escorial, Lecturas de Delibes, magníficamente elaborado y dirigido por José Ignacio Díez. El nivel de los ponentes, de los invitados, fue muy superior al que uno suele encontrarse, a veces, en este tipo de cursos, y resultó muy gratificante. Sin embargo, al hilo del curso, y de la propia figura de Miguel Delibes que se trató hasta la extenuación, me he visto en la obligación de matizar algunos aspectos, hilvanándolos con mi crítica a su novela El hereje.
Toda trayectoria dilatada, en Delibes son cincuenta años de escrituras, nunca está exenta de pinchazos, de novelas fallidas que, como puntos negros quedan clavados, alfilerazos en el corazón del escritor. Vaya por delante que Delibes me parece un narrador excepcional, un escritor extraordinario de una solidez y solvencia indiscutible, pero no por ello resulta menos llamativo que el inicio de su carrera y, tristemente, su final, se produzca con sendas obras en falso: en falso, en efecto, porque La sombra del ciprés es alargada y El hereje abren y cierran una sensacional carrera literaria ensombrecida, y hasta qué punto, en los dos extremos. El caso del Ciprés resulta, más que nada, llamativo y sorprendente. Es posible que en aquellos tiempos una novela así, una construcción así, pudiera ser galardonada con un premio que por entonces se mantenía limpio y prestigioso: porque el Ciprés es una obra enormemente desequilibrada, con una primera parte atravesada de un tremendismo mayúsculo al estilo del Pascual Duarte de Cela –y aún así muy salvable a ratos-, que se convierte en ridículo con su segunda parte, la historia del marino mercante, la mujer liberada sexualmente y el desatino del accidente final. Hoy en día, gracias a las políticas editoriales y a la vergüenza sistemática a la que someten a la literatura las editoriales, sería imposible publicar este tipo de libro y, atendiendo a la declaración del propio autor, que reconocía que lo que era se lo debía a esa primera novela premiada, nos quedaríamos sin un futuro Delibes y, seguramente, nos habremos quedado ya sin muchos... Aunque Delibes renegó en cierto modo del Ciprés, aún se mostró mucho más crítico con su segunda obra, Aún es de día, a la que odiaba abiertamente. Ahora, con nuevos ojos, la someteré a una nueva lectura, pero a mí nunca me pareció tan pésima como su antecesora o como el Diario de un jubilado, enorme borrón de la producción de Delibes que, afortunadamente pasa más o menos desapercibido al encontrarse entre el resto de otras novelas brillantes; por cierto, de los Diarios de Lorenzo, con mucho, el mejor es el segundo: Diario de un emigrante, donde el brillante ejercicio de estilo de Delibes que ya se iniciaba en el Diario de un cazador, alcanza una cota deslumbrante y unas hechuras de escritor de los buenos que se verán cristalizadas en su obra maestra, 377A Madera de héroe, novela ignorada en la producción del autor y su verdadero legado literario.
El hereje: a esta novela le he concedido la oportunidad de dos lecturas, algo que a muchos, nunca, se nos ha otorgado (ni siquiera se nos otorga una primera lectura de nuestras obrillas o el beneficio de la duda), acuciado por el sentimiento de incredulidad y dolor de que un narrador como Delibes culmine su carrera de una forma tan desastrosa. Y como es tan bueno, lo que en él es desastre siempre guarda un rescoldo de prosa salvable, aunque en El hereje hay que leer con ojos de muy buena voluntad para ello. Si el tremendismo desaforado cruza las primeras novelas de Delibes como su principal defecto, El hereje está atravesado de algo peor: de infantilismo, un infantilismo ridículo y como de cartón piedra que retrata a un autor exhausto y que, por vez primera, ha perdido el gusto, la gana (¡y hablamos de Delibes!) por narrar. Porque de eso se trata el libro: de una narración de compromiso, forzada, enciclopédica, aburrida y harta, con marchamo de superventas.
Todo en ella revela hastío, desde su lamentable inicio, caótico, aburrido y enrevesado, con esa increíble charla sobre los protestantes en un diálogo tan forzado como estéril, hasta su final de cartón piedra, de fuegos artificiales que desfiguran a los personajes. Y ese es otro pecado del libro. El creador de Lorenzo, de Pacífico Pérez, del señor Cayo (aunque no sea de mi agrado este personaje reconozco su mérito), del Azarías, de tantos otros, se desmarca de su tradición de enorme caracterizador con un Cipriano Salcedo de opereta, de carnaval, desvaído y plano, zarandeado por la trama, trama más importante para una historia que circula en piloto automático que el retrato de personajes, porque eso es algo que, evidentemente, puede llegar a aburrir al lectorzuelo de consumo rápido y hay que evitar. Es un Delibes desconocido, quizás enfermo, confuso, mal aconsejado… En ese sentido, Cipriano me recuerda a otro personaje desfigurado de un sobrevalorado superventas de los últimos años: a la Urania Cabral de la fiesta del Chivo, un personaje devorado por la monumentalidad faraónica de la novela emprendida por Vargas Llosa, y que encuentra su atolondrado gemelo en el personaje del Miguel Delibes del Hereje.
Otra nota del hastío al que está sometido el autor se ve claramente en las descripciones, desde esa inicial y estremecedora de la ciudad de Valladolid asentada entre los ríos Pisuerga y Esgueva, en un estilo burocrático-descriptivo de enciclopedia Larousse o Espasa ya que -en ello coincidiremos seguramente- Delibes no tenía acceso, por entonces, a la Wikipedia. Él, que maravillaba con sus recreaciones de los paisajes en Las ratas o en El camino, ahora se lanza a paisajista geográfico poco menos que al remedo del Sánchez Ferlosio del Jarama que, elogiado acerca de su descripción de la naturaleza, sierra y cuenca del río, manifestó sin rubor que esas páginas tan celebradas, quizás las más celebradas de su novela, estaban sacadas de una enciclopedia… Este tono que me atrevería a definir (imposibilitado como estoy para ejecutar definiciones más de teórico literario como Tomashevsky, Bloom o Eco, ellos lo harían de forma más exacta) como de faraónico-hollywoodiense a lo Cecil B. DeMille -por lo del cartón piedra-, impregna un libro desastroso de principio a fin que propongo, desde aquí, no sea tenido en cuenta como parte de la producción de su autor.
Lamentablemente, una cosa es la crítica literaria y otra el mercado: por eso El hereje se considera como una novela total por algunas personas y significa un éxito rotundo de su autor. Una novela total.. una novela totalmente desacertada, más aún si la ponemos en paralelo, que nunca en confrontación ni comparación directa, porque son obras distintas, con Reconstrucción de Antonio Orejudo: no es una obra maestra, pero aquí se tratan temas y motivos similares a los de la novela de El hereje, pero bajo otra mirada, otro prisma de modernidad, sin grandilocuencia ni infantilismo, sin nada de ese alcanfor ni esos ademanes de chiringuito o de barraca de pueblo. Yo me acerco a la obra de Miguel Delibes con ojos de autor –autor fracasado, es más que probable, ¿pero quién hoy en día no lo es?-, por ejemplo, además de con los de teórico, y me doy cuenta de un montón de cosas que no sólo no funcionan, sino que están a medio escribir, producto de las prisas y del hastío. Así eligió su cierre literario, y no es el único autor que no ha podido evitar un cierre en falso. Me viene a la cabeza otro de mis favoritos, Updike, que legó a su biografía el título Terrorista como última novela en vida, muy por debajo de la calidad y el nivel de sus producciones anteriores. Sin embargo, en el caso del norteamericano, pero lamentablemente esto no parece que vaya a suceder así con Delibes, se han publicado un par de obras póstumas muy notables que reclaman la calidad de su autor.
Dos datos significativos para terminar: no se crean que no se lleva al cine por problemas de presupuesto, no se vierte en la pantalla porque los que saben, es decir los que deben poner el dinero, no ven más que un pastiche disparatado que bordea los límites del ridículo con un resultado de Cine Exin equiparable, por ejemplo, a la disparatada Ágora o esa insufrible y mesiánica El reino de los cielos, pura cacharrería. Ese sería el resultado de un Hereje llevado al cine con dinero y respeto… como mucho y con muy buena suerte. No es de extrañar, este es el segundo dato demoledor, que su autor, es decir, Delibes, optara por entrar en un silencio de diez significativos años, hasta su muerte, visto el resultado literario de su Hereje (por encima del crematístico, de lo exitoso, incluso de los halagos de cierto sector crítico). El la había escrito, era el autor, el la firmaba y, al fin y al cabo, era consciente de la barbaridad que acaba de cometer si la comparaba con el monumento a la literatura forjado con tanto esfuerzo durante los cincuenta años anteriores.

Es Delibes y prefiero mil Delibes malos a un solo autor de los presuntamente buenos de ahora; entristece que sea así la despedida de su autor, el legado literario final en una obra global que, con el tiempo, no hará sino engrandecerse hasta el infinito y el mito.

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