miércoles, 13 de julio de 2011

Vacas, cerdos, guerras y brujas -Marvin Harris-.





ABURRIDA CUADRATURA DEL CÍRCULO 

Dice Marvin Harris, en las primeras líneas de su libro, que “trata de las causas de estilos de vida aparentemente irracionales e inexplicables” y crea en el lector la falsa expectativa de que el autor será, verdaderamente, capaz de desvelar semejantes misterios. Bien pronto, se viene abajo el horizonte de expectativas creado, pues tras un enorme aparato teórico y práctico, en donde se levantan un sin fin de teorías avaladas por estudios y observaciones, resulta que el objetivo del libro, aclarar esos enigmas, queda disuelto en la parafernalia y el lector compone un gesto de decepción y escepticismo puesto que no termina de comprender lo que ha leído y, lo que es peor, para qué y el porqué lo ha leído.
Vayamos por partes: en primer lugar, el capítulo titulado La Madre Vaca, creo que es un claro ejemplo de esas falsas expectativas que provoca el libro en sus lectores. La verdad es que uno se relame ante el planteamiento inicial de que alguien, al fin, vaya a ser capaz de explicarle a uno los motivos por los cuales las vacas sean sagradas en la India, de que aunque sus habitantes se mueran de hambre no se las coman, y otros tópicos de ese estilo relacionados con el culto: es cierto, la ignorancia que hemos desarrollado como lectores ante ciertos aspectos de la vida se basa en la incomprensión de ciertos tópicos de otras culturas, como el hecho de que los occidentales o europeos no podamos entender cómo se puede comer perro o termitas, aunque este sea otro asunto, que por cierto insinúa varias veces el libro, pero que tampoco trata con la profundidad que sería deseable.
De entre las mayores decepciones del libro, el capítulo dedicado a la vaca en la India ha sido una de las mayores, dado que yo albergaba, junto al relacionado con el cerdo y por otros motivos particulares, un interés especial. Si partimos de la equiparación de la Vaca (con mayúsculas) a nuestra Virgen María, está claro que las expectativas en obtener una explicación lógica y plausible se han difuminado. Después, Harris, despliega toda una retórica que le lleva a dar vueltas en círculo sobre el culto a las vacas y cómo se refleja eso en el día a día de la gente –sin duda, interesante-, pero que no aclara el porqué de los motivos, lo que está esperando saber el lector –o al menos lo que estaba esperando conocer yo-. Porque no me vale con saber que la vaca “es el símbolo de todo lo que está vivo”, como una aclaración al problema. Luego, ya entramos en las libras, en la producción de mantequilla, en la función económica, en que hay pocos bueyes en relación a las vacas, en el “ecosistema”, en la importancia de los excrementos del ganado vacuno, en la agricultura mecanizada y en toda una serie de lugares comunes que, si bien pueden aportar una visión de conjunto, a mi no me terminan de aclarar el porqué, en la India, no se comen a las vacas.
Un par de referencias a Gandhi y su amor por las vacas y una conclusión peregrina, antisistema y antiglobalización, ecológica y fuera de lugar (“de hecho, el calor y humo inútiles provocados durante un solo día de embotellamientos de tráfico en Estados Unidos despilfarran mucha más energía que todas las vacas de la India durante un año”) por lo que tiene de redundante e incluso de hipócrita y oportunista (¿la vaca sagrada interpretada como el automóvil de hoy es acaso una conclusión de calado antropológico?), pone el desilusionante colofón a este capítulo del que, sin duda, esperaba mucho más.
Por semejantes líneas argumentales discurre el segundo apartado, Porcofilia y Porcofobia, del que también, y dada mi intensa convivencia con la comunidad judía durante años –sin yo pertenecer a ella, pero como un mero observador que muchas veces no acertaba a comprender lo que veía- despertaba en mi un gran interés. Por ello, la afirmación inicial de que tanto un extremo como otro (el odio o el amor desmesurado por el cerdo) interpretada como un supuesto de “hábito alimenticio irracional”, ya despierta en el lector español, país en donde se vive una auténtico culto al cerdo, ciertas reservas. Nuevamente, “el enigma del cerdo”, tal y como sucedió antes con la incógnita de la vaca, no será realmente despejado. Y además, para hablar de los fanáticos de los cerdos no era necesario recurrir a exóticas civilizaciones de Nueva Guinea, Melanesia y el Sur del Pacífico, tan sólo habría que fijarse en Guijuelo, por mencionar algún lugar de nuestra geografía patria.
Los motivos de la condena hebraica y coránica a los cerdos se entronca con motivos anteriores al Renacimiento, se intenta equiparar la supuesta suciedad de los cerdos con la de las vacas señalando que pese a ello, estas últimas son sagradas en la India (volviendo a no aclarar esos motivos por los cuales son sagradas y a los que se dedicó un fuego de salvas en el capítulo anterior), y termina amparándose en algunas de las teorías medicas de Maimónides. Es una lástima que Harris no especifique que Maimónides era cordobés, y por ende, durante un tiempo establecido en un país donde los cristianos tenían autentica pasión por el cerdo y donde el hecho diferenciador cultural sería eso, el rechazo musulmán al cerdo… pero bueno, esto es sólo una teoría mía. Discípulo de Averroes, esgrimió en su Guía de la Buena Salud diversas prácticas para favorecer la digestión; algunos preceptos de Maimónides (por otro lado una figura clave del pensamiento de la época con su Guía de Perplejos), nos indican que, sobre algunas cuestiones médicas, su conocimiento era extraordinariamente medieval y habría que pensarse el citarlo de forma ejemplar en ese campo, por muy médico que fuera en la corte de Saladino.
El ántrax, la posibilidad de que el cerdo trasmita la tuberculosis –olvidándonos de la triquinosis- el nomadismo hebreo, los chascarrillos acerca de expresiones como “sudar como un cerdo” que bien poco aportan a la solución del enigma, contribuyen, una vez más, a sacar la cabeza caliente y los pies fríos, sin solución posible al misterio y con la impresión de que Harris está elaborando una especie de encaje de bolillos argumental sustentado en nada.
En este sentido, particularmente irritante resulta el capítulo titulado La Guerra Primitiva, una reflexión sobre la irracionalidad del conflicto edulcorada con unas indigestas fórmulas de Rappaport y unas cuantas referencias a los maring y los yanomamo. Sin necesidad de recurrir a esto, Todorov y Sebald obtienen unas conclusiones mucho más relevantes y sustanciosas en sus ensayos, privados de tanto academicismo.
Para mí, el capítulo más interesante del libro es El Potlach, una buena reflexión sobre “el impulso de prestigio” de los aborígenes de la isla de Vancouver, toda una exposición de los motivos humanos del orgullo, el agradecimiento, el desagradecimiento, el estatus y la envidia, sazonados con algunas anécdotas francamente ilustrativas como la del buey, y una leccioncita sobre la “reciprocidad” de enorme interés.
No querría acabar esta reflexión sobre el libro sin hacer referencia a los capítulos dedicados a las brujas, ubicados al final. Si bien resultan quizás de lo más entretenido (y por cierto me sorprendió encontrar entre las citas y en la bibliografía final a un historiador como Hugh Trevor-Roper, que yo exclusivamente conocía por sus estudios sobre el nazismo), en muchas ocasiones caen en lo anecdótico y en lo más sórdido de la persecución a la que fueron sometidas. Si bien eso también ocurre en el clásico de Caro Baroja sobre las brujas (por cierto citado por Harris entre la bibliografía final), creo que en el libro del español hayamos mucha mayor información y reflexión acerca de cómo se persiguió, y porqué, a las brujas. Aunque ni siquiera sé si era este semejante objetivo de Harris.
En conclusión, Marvin Harris se propone darnos unas explicaciones a una serie de enigmas (desde los alimenticios, pasando por los religiosos, para alcanzar los culturales) que ni de lejos alcanza a explicar. Amparado, o más bien debería decir parapetado, en un estilo alambicado y aburrido (cuya parte de mérito no niego a su traductor Juan Oliver Sánchez Fernandez), Harris nos convence de que va a ser capaz de demostrar la cuadratura del círculo antropológico y, lamentablemente, al final de la lectura, sólo él parece creerse el haberlo conseguido. Y tampoco es que lo haga con mucha fe si nos atenemos a ese exordio final, a modo de epílogo, con el que nos penaliza.

El libro, que pretende pasar por serio y riguroso, es un tostón la mayoría de las veces, pero no tan dañino como el de Barley, aunque no explique ni aclare absolutamente nada de lo que promete en su personal cuadratura del círculo pedante y aburrida.

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