martes, 5 de julio de 2011

Payaso de agosto -Günter Grass-.




NO HAY SOPA DE PESCADO SIN PASADO

Fue en el verano de 2006 cuando Günter Grass recibió los más furibundos ataques contra su persona, vertidos en la prensa de medio mundo, a causa de una confesión realizada en su autobiografía Pelando la Cebolla. Confesó haber pertenecido, durante un brevísimo periodo de tiempo y ya casi al final de la contienda, a las Waffen SS hitlerianas, cuando contaba con apenas dieciocho años recién cumplidos. Con semejante declaración, el premio Nobel de literatura azuzaba a sus más enconados enemigos que, dado su militarismo perenne en la literatura de la denuncia y la resistencia, eran muchos, y algunos amigos, repletos de intolerancia e incomprensión, decidieron darle la espalda. El resultado fue una inmensa soledad y un enorme sentimiento de injusticia e impotencia que desembocó en una aguda depresión.
Como refugio a su depresión, Grass buscó auxilio en la poesía, un género en absoluto ajeno para él y por el que ya había transitado con comodidad en varias ocasiones. El resultado fue Payaso de Agosto, poemario que funciona como un autorretrato melancólico, una crónica en verso de una de las experiencias vitales e intelectuales más duras vividas por el escritor, ya en su vejez, que podría tener cierta similitud con La balada de la cárcel de Reading, de Oscar Wilde, en cuanto a una concepción similar, con esa intención de resistencia.
En el libro, el autor va narrando en poemas todo el proceso, desde cuándo y cómo se produce y cómo desemboca en el juicio público al que le someten los medios (Como Anunció la Radio, En la Picota), “sometido al juicio sumario/de los justos”, hasta la forma en que el secreto infamante –el haber pertenecido a las Waffen SS- acongojaba su memoria (Lo que Susurra en el Follaje). Y empieza toda esa labor con una certeza: “Pronto –es de suponer- /sólo charlaré conmigo,/yo que soy tan charlatán”. La muerte, que presiente tan cercana ya, inminente, será su única y comprensiva confidente porque, en esta vida, no tiene donde esconderse de quienes se ceban en su culpa (¿Adonde Huir?) y que son tan culpables como él, pero que se han limitado a mirar para otro lado, a esconderse de sus culpas y se han negado a reconocer similares pecados.
Como si el dolor pudiera aliviarse sumergiéndose en una fuente terapéutica, los poemas traen recuerdos y referencias de Heine (Alegría Terrenal) y una continua obsesión, ya conocida y exacerbada en novelas como El Rodaballo, por la función poética de la comida (Remolacha, Abadejo Directamente del Barco, En Caso Necesario, Garbanzos) que son una de las originales marcas de su imaginario. Tanto, que llega a afirmar, en una declaración de principios y en una llamada al reconocimiento del pasado nacional de la cuestión alemana: “No hay sopa de pescado sin pasado”.

Aunque Grass es reconocido como poeta, le ocurre como a Sebald, en eso los dos son muy cervantinos: la poesía es un don que el cielo no ha querido darles, me parece.

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