sábado, 9 de julio de 2011

El antropólogo inocente -Nigel Barley-.




LA ANTROPOLOGÍA NO SE MERECÍA ESTO


Mal libro este para aproximarse por vez primera a la antropología. Y un flaco favor que le hace el prólogo de Alberto Cardín, del cual podemos inferir que nos encontramos ante una obra magna que aúna investigación y diversión, ciencia y sentido del humor puesto que, nos dice, “pocas veces se habrán visto reunidos, en un libro de antropología, un cúmulo tal de situaciones divertidas, referidas con inimitable humor y gracia, y una competencia etnográfica tan afinada”. Pues bien, maldita la gracia.
Si las situaciones antropológicamente divertidas que se narran, que tan descacharrantes le parecen al prologuista –y lo mismo deben resultarle al autor- son un compendio de lugares comunes relacionados con el sexo, las funciones corporales, los asuntos más escatológicos posibles, y salpicadas con alguna reflexión al más puro estilo inglés, bien puede uno entonces creer, tras la lectura de El Antropólogo Inocente, que en un episodio de la periclitada serie del cómico británico Benny Hill se encuentra, al menos, la misma cantidad de antropología que en dicho libro.
Porque el problema no radica en este pésimo mal gusto, sino en que cuando el autor pasa a referirnos el leit motiv del libro, esto es el comportamiento y algunos ritos, la vida de la comunidad dowaya, la lectura resulta plana, tediosa y embarullada, consiguiendo Nigel Barrey que no entendamos ni una palabra del ritual de las calaveras o que acabemos absolutamente hasta la coronilla de la circuncisión, sin llegar a entender nada, porque nada aclara, de ese comportamiento que parece ser clave para los dowayos. Como texto antropológico tiene muy poco recorrido, y mayor calado y rastro encontramos en algunos poemas de Bruno Galindo publicados en su libro África para Sociedades Secretas o en los textos que Ryszard Kapuscinsky –este sí que era un maestro a la hora de entender lo africano- vertió en obras como Ébano. Verdaderamente, comparar a Barley con Durrell, decir que uno hace para con la antropología lo que el otro hizo con la divulgación de la zoología, es hacerle un flaco favor a Gerald, o no haberlo leído nunca.
Tras reponerse a la lectura morosa, a ratos inaguantable, del texto de Barry, el lector se preguntará en dónde se encuentra el mal, el crimen primigenio que hace de este texto un texto execrable. La solución a la pregunta se presenta en las primeras páginas, cuando el protagonista –que no cejará de plantar el foco en sus chanzas, en su devenir que presupone interesantísimo y que aturde con su simpleza y poca originalidad al lector- confiesa que acude a África porque no tiene nada mejor que hacer que iniciar una investigación de campo… y de esa idea desganada nace el tedio, que se extiende como un manto, y que abrazará por completo la obra.
Consciente del aburrimiento, el autor no duda en apoyarse en sucesos y anécdotas que considera desternillantes –y no solo él, también Alberto Cardín- para hacer más llevadera la narración de su temporada pasada en compañía de los dowayos. Anécdotas con su coche, con la construcción de su casa, con alguna cabra, con los insectos, con sus relaciones al hablar con los dowayos y los malos entendidos y los dobles sentidos, las dobleces del lenguaje, que no son sino la sal gorda de una experiencia que, tras leer el libro, alcanzo a entender interesante –y lamento que lo interesante que haya podido ser se le ha extraviado al autor en algún lugar entre su egocentrismo y la humorada fácil-.
El libro destila una autocomplacencia insoportable, una superioridad del protagonista, un estar encantado de haberse conocido que hace difícilmente soportable su lectura. Se presenta así mismo con una falsa modestia muy peligrosa, que le lleva a encarnarse en una especie de súper antropólogo capaz de burlar todos los problemas, ya sean médicos, climatológicos o burocráticos. Y cuando la situación –es decir la narración- parece meterse en un callejón sin salida, siempre puede tirar por los vericuetos de la chocarrería como auxilio. Por mucho que niegue la mayor, Nigel Barrey no puede sacudirse le piel de hombre blanco, con sus prejuicios y su complejo de superioridad, con su larga tradición imperialista de urbanita de la metrópoli, aunque invoque, para erradicar a esos espíritus, las enseñanzas de Malinowski o del sursum corda.
Un buen libro es un hacha que quiebra el mar helado que llevamos dentro, dijo Kafka, o es el que silencia el ruido interior –dijo un editor-; no hace falta ir tan lejos: un buen libro es el que hace que algo cambie entre el antes y el después de su lectura y, con El Antropólogo Inocente, eso no me ha ocurrido. El texto, permanentemente asentado en la anécdota, con cierto tono de hipérbole que lo hace poco creíble, no me aportó nada positivo. Bien es cierto que su prólogo, enalteciendo sus cualidades divertidas, sin duda me predispuso a encontrarme con algo que no aparece ni por asomo, multiplicando así mi decepción.
Mal libro este para iniciarse en la antropología, salpimentado de unas dosis de humor muy sui generis, de unas dosis de cientificismo muy peculiar, adobado de anécdotas que no lo son y de referencias etnográficas apresuradas y embarulladas que se diluyen entre sus capítulos –la mayoría excesivamente largos-. Una pena, porque a la vista de lo leído me pregunto que tal será acercarse a Malinowski, quizás menos dotado para la gracia; quizás sea mejor, pero eso es algo que de momento no sabré, al menos hasta que me recupere del desastre, del hastío antropológico al que me ha sometido Barley tras su sobiteo de la ciencia. Como lector inocente que se aproximaba con ojos curiosos a la antropología no me merecía este libro. Y los dowayos tampoco.

Graciosete hasta lo idiota del texto que imbeciliza a los lectores; un texto dañino y pleno de ínfulas, porque he visto tratados antropológicos de mayor calado en las solapas de las cajas de cereales. Además, el autor se lanzó a redactar una segunda parte de semejante espanto. Por todo ello (y por mucho que me callo), un enorme y antropológico cero.

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