viernes, 1 de julio de 2011

Bucólicas -Virgilio-.




ÉGLOGAS PARA LA ETERNIDAD


Son las Bucólicas piedra angular de un género elefancíaco que conocerá multitud de seguidores, de imitadores y de obras: el género pastoril. Desde los diez poemas reunidos en las Bucólicas se catapulta toda una tradición que se nutrirá de ellos y que influirá en obras tan ilustres como La Arcadia, El Decamerón, La Jerusalén Liberada, El Cancionero, El Quijote, El Persiles… firmadas por Sannazaro, Boccaccio, Tasso, Petrarca, Cervantes, pero también por Dante, Garcilaso, Juan del Encinza, Lope de Vega, Jorge de Montemayor, Gaspar Gil Polo, Fray Luis de León, Spenser, Milton, y un largo etcétera que reconocieron en sus obras y en sus versos la decisiva presencia de Virgilio.
Las Bucólicas son, en cuanto a poesía pastoril, un grupo de composiciones, de églogas, que describen la estancia de sus personajes en un mundo ideal, mundo ideal relacionado con el campo, protagonizadas por pastores que disponen del tiempo suficiente para componer versos, cantar, tañer, embromarse, discutir en rimas y dirimir enconados torneos de ingenio. Son poemas de gran carga narrativa y dramática, tanto que en numerosas ocasiones se pudieron poner en escena. Y por decirlo todo, como nada hay nuevo bajo el sol, ya Virgilio tenía a su maestro en este género: su antecedente es Teócrito de Siracusa, iniciador de la materia pastoril con su colección de poemas titulada Idilios. En estas poesías se encuentran ya los elementos que Virgilio recreará y potenciará en lo que se le considera, habitualmente, como una obra de juventud.
Cabe destacar la moderna función metaliteraria que se encuentra en el interior de los poemas de las Bucólicas. Función metaliteraria ya que la composición, égloga virgiliana, tiende a ser poesía que versa sobre poesía, poemas en cuyo interior se cuecen otros poemas, composiciones en donde los protagonistas componen en concursos, ejecutan sus propios versos.
Resulta curioso que en unas composiciones poéticas de antes de Cristo –compuestas entre el 42 y el 37-, se traten ya temas políticos con una clara intención de poner el dedo en la llaga. Sorprende, en primer lugar porque no parece que una composición meramente poética y consagrada a la belleza como la égloga virgiliana pueda servir de vehículo de denuncias y, en segundo lugar, porque nos consta que Virgilio era un protegido que tenía mucho más que callar que denunciar. Me estoy refiriendo, obviamente, a la circunstancia de las expropiaciones de las tierras: muchos de los pastores fueron obligados al destierro porque sus tierras eran concedidas como recompensa a los soldados. Sin embargo, Virgilio, que denuncia semejante atropello en su primera Bucólica de Melibeo y Títiro, podía estar bien tranquilo porque se sabía a salvo de tales desmanes protegido como estaba por Octavio, el Emperador, que respetó sus tierras mantuanas en reconocimiento a su gran prestigio como poeta.
Sea como fuere, el tema sorprende de entrada en un égloga pastoril en donde se reúnen todos lo tópicos del género: un pastor recostado a la sombra de un árbol a la par que toca la flauta o canta, el paisaje silvestre, el amor de los pastores, las continuadas referencias mitológicas, los atardeceres, los riachuelos, la miel de las abejas… y en mitad de todo ello irrumpe la figura del pastor Melibeo, que debe abandonar sus terrenos, y entorna un canto que no es de amor precisamente, sino de destierro.
Dejando a un lado este motivo anecdótico –o quizás no tan anecdótico puesto que el tema de las expropiaciones se vuelve a repetir en la égloga novena, de Lícidas y Meris-, también me gustaría destacar la égloga cuarta. Es una égloga puesta toda ella en boca del poeta, sin injerencias de otros personajes, y que le otorgó a Virgilio no sólo gran parte de la fama sino la aceptación de su poesía en el ámbito cristiano –estoy convencido que esta égloga es la principal culpable de que el poeta acompañe a Dante en la Divina Comedia- al considerarla como una premonición o un poema mesiánico anunciador de la venida de Cristo. Quizás Virgilio en esta Bucólica no pretendiera referirse más que al advenimiento, al comienzo de una nueva Edad de Oro, que asocia al misterioso nacimiento de un niño –Jesucristo según una interpretación mesiánica, o el propio Octavio Augusto, en otra más mundana-. En cualquier caso, esta profecía es tan misteriosa como la de Dante y su lebrel en la Divina Comedia, y no les han faltado interpretaciones a ambas.
Del resto de las composiciones, la tercera, en donde Menalcas y Dametas entablan una florida competición arbitrada por Palemón, que incapaz de decidirse, como incapaz es Virgilio de elegir el mejor de entre sus poemas, decreta, llevado más allá en esa referida función metaliteraria que antes comenté, unas correctas tablas. Este motivo de las justas poéticas se volverá a repetir en la égloga séptima, entre Coridón y Tirsis, en donde demuestran su saber en epigramas –y esta vez si hay un vencedor: a juicio de Melibeo el triunfo es para Coridón. En la sexta, dos muchachos atan y obligan a cantar a Sileno, cuyo canto es un espectacular resumen de temas fabulosos y mitológicos.
Por último, la Bucólica décima, dedicada por Virgilio a su amigo Cornelio Galo, poeta pionero del género elegíaco que se vio en la obligación de suicidarse al haber caído en desgracia. Aparece en la composición un Galo enfermo de amores que muy bien podría ser la extensión de la desesperación de todos nosotros, los lectores, ante unos u otros aspectos de la vida. Pues bien, en la égloga se nos da la solución: “Todo lo vence el Amor y al Amor nos rindamos nosotros”.

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