lunes, 27 de junio de 2011

La transformación -Franz Kafka-.




BATALLA CAMPAL


Unos críticos opinan que la historia del siglo XX empezó con la Primera Guerra Mundial; otros, sitúan el inicio del siglo XX en la visita que rindió, allá por 1910, el cometa Halley, que desencadenó una conciencia colectiva de avance y modernidad y, algunos, asocian el arranque del siglo a la llegada del cinematógrafo a sus vidas. Pues bien, Kafka, aunque se vio rodeado e influido por los tres sucesos, podría incluirse fundamentalmente entre los últimos, entre quienes interpretaron la llegada del cine como una señal incuestionable del nuevo cambio mundial que estaba listo para producirse. Tanto, que, si estamos de acuerdo con el pensador búlgaro Tzvetan Todorov -y yo, al menos, lo estoy-, el siglo XX muy bien podría ser el siglo de Kafka, un siglo que se inicia con la llegada del cine a la vida del escritor y que, atento al suceso extraordinario, anotaba así en su diario de 1910: “Los espectadores se ponen rígidos cuando pasa el tren”. Un par de años antes, ya intuía, en una carta remitida a su amigo Max Brod el 22 de Agosto de 1908, de las dimensiones y las posibilidades, casi monstruosas, que representaría el cine: “Todavía tendremos que ir juntos durante mucho tiempo al cine antes de comprender lo que significará este asunto no solamente para nosotros sino también para el mundo”.
El cine como un invento producto de la modernidad que se verá reflejada en una reinterpretación de los códigos literarios; la llegada del Halley que desencadenó una oleada de fanatismo por el género actualmente denominado de Ciencia Ficción y la masacre desencadenada con el nuevo siglo y que culminó con la Primera Guerra Mundial, afectaron tanto a Kafka que introdujo a la novela en los Tiempos Modernos con la realización de un relato hasta la fecha impensable en la forma en que lo pergeñó y que fue producto de su época: La Transformación.
La suerte que poseen los estudiosos de Franz Kafka es que se trata de un escritor que dejó, ya fuera gracias a sus minuciosos diarios o a su extensa correspondencia, una clara constancia de donde se encontraba casi en cada momento, por lo que se puede seguir prácticamente en su día a día. Esto resulta fundamental a la hora de conocer el ámbito y los sucesos que le rodeaban cuando escribía una u otra obra. En el caso que nos atañe, La Transformación, debemos tener en cuenta las siguientes fechas y cuestiones:
Se considera que La Transformación fue escrita entre noviembre y diciembre de 1912, aunque no se publicó hasta noviembre de 1915. Según el investigador Reiner Stach, Kafka tuvo la idea de la narración un 17 de noviembre de 1912, domingo, mientras permanecía tirado en la cama de su cuarto, aguardando una crucial carta de su prometida, Felice Bauer, y parece que escribió la obra en una serie de noches que se iniciaron ese mismo día y que se prolongaron 26 días más según el propio Stach, o hasta el 7 de diciembre según otros autores. Hacia finales de noviembre de 1912, Kafka le habló a su prometida, Felice, en una de sus cartas, de un pequeño relato que sería La Transformación. Nos consta que en la mañana del domingo 24 de noviembre de 1912, Kafka leyó la primera parte de La Transformación a sus amigos Oskar Baum y Max Brod. Su editor, Kurt Wolff, le pidió a Kafka el manuscrito de La Transformación en 1913 y Kafka le dijo que con mucho se lo entregaría, “una vez que lo haya pasado a limpio”, y tardó más de un trimestre en hacerlo. No fue sino a finales de enero de 1914 cuando apareció una copia mecanografiada en el escritorio de su amigo Franz Blei que la envió de inmediato al escritor Robert Musil, aunque esa no era la versión definitiva que apareció publicada por vez primera en otoño de 1915 en la revista mensual Die Weissen Blätter -año 2, cuaderno 10-, para después aparecer en 1916 publicada en la editorial Kurt Wolff como volumen doble de la serie Der Jüngste Tag, editada en Leipzig.
Así que entre finales de 1912 y agosto de 1914 –fechas en las que retomó la escritura cuando afrontó las primeras líneas de El Proceso- se cree que Franz se sumió en un oscuro periodo de recesión creativa, en el cual no produjo una sola página. No obstante, no existe una constancia firme de ello. Es más, dos entradas de sus diarios nos demuestran, bien a las claras, que a finales de 1913 continuaba dándole vueltas a la narración de La Transformación. De todas maneras, aún nos resta un tiempo más que suficiente, hasta finales de 1915, para que los acontecimientos bélicos aporten su granito de arena a la gestación final en las correcciones de La Transformación. Aunque podamos creer que Kafka no produjera nada nuevo en ese tiempo, en ningún caso esto nos demuestra que no corrigiera y trabajara sobre lo ya escrito –es más, de lo anteriormente dicho se desprende que lo hizo-. De ser así, por las fechas, la influencia de la Primera Guerra Mundial sobre la obra se limitaría –lo que no es poco- a la turbulenta situación política inicial y las primeras batallas (no por el hecho de ser las primeras fueron menos sangrientas e, indudablemente, ya inundaron de un nuevo espíritu de reacción humanista a los intelectuales que tomaron posiciones frente a la magnitud de la masacre), extendiendo esa primera fase de la Gran Guerra su deletérea influencia sobre La Transformación justo cuando se encontraba en su momento más delicado, durante su periodo de corrección, ya que la obra, como se dijo más arriba, no apareció impresa hasta noviembre de 1915.
Entre agosto de 1914 y noviembre de 1915, o unos pocos meses antes si se desea, por tener en cuenta la entrega de la obra a su editor, en la Gran Guerra sucedieron muchas cosas que contribuyeron a desanimar a Franz y acentuar ese espíritu de indefensión, soledad e incomunicación que se desprende de la narración. De hecho, Franz ya consigna en su diario una entrada en donde se refiere a las primeras derrotas austrohúngaras, pero no sólo estos sucesos bélicos pudieron afectarle mientras corregía la obra. Los primeros combates que se dan hasta noviembre de 1915 son: la ocupación de Bélgica, con el ataque alemán a la fortaleza de Lieja; la invasión austriaca de Serbia repleta de ejecuciones sumarísimas contra la población civil; bombardeos de un zepelín alemán del puerto de Amberes; la toma de Lovaina, Namur y Bruselas; las batallas de Tannenberg, Mons, Ypres, Dardanelos (con los desembarcos en Gallipolli) y Marne –serio revés para los germanos- y, entre estas primeras derrotas de la Entente estaban la batalla de Jadar –saldada con fracaso austriaco- y la de Neue Chapelle –con descalabro alemán. Y no sólo eso: tal era la turbulencia del siglo recién iniciado que es difícil creer que Kafka escapara a la impresión e influencia de sangrientos sucesos como la guerra de los Bóer -el conflicto bélico entre Gran Bretaña y los aliados afrikáners del Transvaal y el Estado Libre de Orange comenzó en 1899 y se prolongó hasta 1902-, la guerra ruso-japonesa de 1904 que trajo la crisis del sistema zarista con los sucesos del llamado “domingo sangriento” de San Petersburgo, el terremoto de San Francisco de 1906, la guerra ítalo-turca de 1911-12, la revolución mexicana y las guerras balcánicas… y un largo etcétera de sucesos pavorosos cuyo rastro se deja ver en La Transformación.
La Transformación como una Batalla Campal
La habitación de Gregorio Samsa se presenta como una trinchera de las muchas que Kafka pudo ver en multitud de reproducciones de la época –recogidas también tímidamente por ese cine en un blanco y negro virado en sepia- y es una de las más claras aportaciones de los conflictos bélicos a La Transformación. Ante ella se va a librar la primera escaramuza en cuanto el protagonista se despierte más tarde de lo habitual. Una ventana en la habitación se asemeja a ese trozo de cielo que se contemplaba desde las trincheras en el Frente y se ve, como durante muchos días en la Gran Guerra, un cielo nublado repleto de melancolía mientras repiquetean las gotas de lluvia. También, como en los prolegómenos a una gran batalla, Samsa presenta los mismos males que los soldados hacinados en las trincheras tras varias semanas de combate: Gregorio sentía un hambre particularmente fuerte e, incluso achacando su pereza a la enfermedad, reflexiona que tal vez podría visitarlo un médico y aquí Kafka realiza una confesión harto significativa para establecer la influencia de los tiempos bélicos que corrían en la narración: El dictamen del galeno, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Es una declaración significativa porque aúna dos conceptos muy de moda en esos momentos: los soldados que se fingían enfermos en el Frente –ante la insistencia de los médicos, reacios a darles de baja, y los hombres que padecían, de verdad, la por entonces mal entendida Neurosis de Guerra.
Una primera llamada a la puerta de la habitación de la que Samsa tarda en salir marca el inicio de las hostilidades de la primera batalla. Es la madre, que le pregunta que le ocurre y con su llamar quedo se asemeja a las primeras andanadas sobre la trinchera. Después, llegó el padre, golpeando ligeramente, lanzando la segunda andanada; la hermana, con sus dulces lamentos, interpreta la tercera y la cuarta oleada del ataque mientras Samsa se parapeta en su trinchera encerrado en su cuarto. Ante la insistencia de sus familiares, el protagonista, que no es consciente todavía de haberse convertido en insecto, comienza una maniobra que recuerda mucho a los soldados asomando prudentemente la cabeza por encima del talud de la trinchera con gran miedo de recibir un balazo: sacó primero la parte superior, y volvió cuidadosamente la cabeza (…) era preciso un verdadero milagro para sacar intacta la cabeza.
En su angustia, Gregorio busca ver más allá de la habitación y contempla ante sus ojos, por la ventana, un paisaje desolado como el que existía en la tierra de nadie, ubicado en la distancia que se abría entre dos trincheras enemigas: la vista de la niebla que aquella mañana ocultaba por completo el lado opuesto de la calle, poca esperanza y escasos ánimos debía de infundirle. Exactamente igual que les sucedía a los soldados cuando miraban más allá de sus propias alambradas. En esto, llamaron a la puerta del piso, eran los refuerzos que necesitaban para el combate los padres y la hermana: la intimidadora presencia del Principal del trabajo que acudía a ver porqué su empleado no se había presentado. El Principal avanza hacia la puerta del cuarto como un brutal y poderoso ejército en formación haciendo crujir sus botas y el padre aprovecha para lanzar un nuevo ataque que, aunado con las preguntas del propio Principal, se convertirá en un autentico fuego pesado sobre la posición que Gregorio Samsa ocupa atrincherado en su habitación. La madre, para demostrar la bondad del hijo a ojos del enviado de la oficina le confiesa al Principal que Gregorio es un hombre abnegado y que su única distracción consiste en trabajos de carpintería; en dos o tres veladas ha tallado un marquito, remedo de cómo llenaban las horas de tedio los soldados durante su vida en el Frente, modelando pequeñas figuritas y embebidos en ligeras manualidades. A la par, el padre autoritario y deseoso de vencer la resistencia del hijo, celebra la llegada de los refuerzos que representa el Principal, ya que nosotros solos nunca hubiéramos podido(…) abrir la puerta. Crecido con la ayuda, el padre reinicia su ataque al que se añade el propio Principal con un fuego graneado insostenible en el que viaja la gran amenaza del despido del empleo si no entra en razón y no abre la puerta. Incluso le acusa a Gregorio, directamente, de haberse atrincherado en la habitación.
Ante lo insostenible de la situación, Samsa se afana en abrir la puerta con sus mandíbulas de insecto e inicia, así, su contragolpe sobre las posiciones enemigas que ocupan los familiares; en esto, había ido clareando, y en la acera opuesta se recortaba nítido un trozo del edificio negruzco de enfrente; era un hospital -el humo de las bombas es barrido por el viento y sobre los campos bombardeados se deja ver un edificio ruinoso que, curiosamente, es un hospital-. Completa la escena, en una pared, el colofón al cuadro bélico, frente a Gregorio, un retrato del padre enfundado en su uniforme de teniente.
Gregorio logra abrir la puerta e inicia por el pasillo su contragolpe arrastrándose como la infantería, se balanceaba a ras de tierra. Pero el padre repele el ataque, armado de un periódico en una mano y un bastón en la otra hace retroceder a Gregorio hasta el interior de su cuarto, en una retirada no exenta de complicaciones ya que, como les sucede a los ejércitos, recular e iniciar una retirada meramente ordenada es costosísimo ya que carecía aún de práctica en la marcha hacia atrás (…) e inició una vuelta lo más rápidamente que pudo, es decir, con extraordinaria lentitud. Samsa recula hasta su posición inicial en el parapeto de su habitación mientras escucha tras de si la voz autoritaria de su padre que parecía imposible fuese la de un padre... ¡porque realmente es la voz de un sargento!
Así finaliza esta primera batalla, no sin dejarnos unas claras secuelas en el cuerpo de Gregorio que recuerdan bien a las claras a todas esas imágenes de los tullidos que regresaban mutilados del Frente, consecuencia última de la batalla: Andaba cojeando, alternativamente y simétricamente, sobre cada una de sus dos filas de patas. Por otra parte, una de estas últimas, herida (…) arrastrábase sin vida. Así mismo, la escudilla llena de leche azucarada, en la cual nadaban trocitos de pan blanco que el protagonista encuentra ubicada a la puerta de la habitación evoca con claridad a esos ranchos que se consumían en el Frente. El hombre, ahora ya insecto, sólo encuentra cobijo debajo del sofá, estrujado y en donde ni podía levantar la cabeza, improvisado refugio como aquellos parapetos y oquedades excavadas en la roca en donde se refugiaban de los ataques los hombres, apretujados, en el interior de las trincheras. Siguiendo con los hábitos alimenticios, la hermana, al ver que Gregorio no había tocado la escudilla con leche, le trae un compendio de alimentos estropeados que muy bien podrían reflejar la dieta de las tropas durante los primeros meses de asentamiento en los estancados frentes de Ypres y del Marne: allí había legumbres atrasadas, medio podridas ya, huesos de la cena de la víspera, rodeados de salsa blanca cuajada; pasas y almendras; un pedazo de queso, que dos días antes Gregorio había declarado incomible; un panecillo duro; otro untado con mantequilla, y otro con mantequilla y sal, toda una representación de lo que entonces muy bien podría denominarse como el menú del Frente.
Otro elemento muy importante y a tener en consideración en la tropa era la conocida como radio macuto, es decir, la rumorología que corría por entre los siempre mal informados y expectantes soldados que integraban los batallones. Esta situación también se refleja en La Transformación cuando Kafka describe como aun cuando Gregorio no podía saber directamente ninguna noticia, prestó atención a lo que sucedía en las habitaciones contiguas y se pegaba a la puerta para tratar de escuchar cuchicheos. Eso mismo le sucedía a la tropa, privada de informaciones y siempre intentando enterarse de su destino, porque sin duda los capitanes y generales hablaban de la tropa, del destino de la tropa cuando planeaban un asalto o un ataque para tal o cual día u hora. A Samsa le ocurre igual puesto que en los retazos de las conversaciones que descifra todas las conversaciones se referían a él (…). Durante dos días, en todas las comidas hubo deliberaciones acerca de la conducta que cumplía observar más adelante. Más también fuera de las comidas hablábase de lo mismo tal que un Estado Mayor deliberara acerca de las tropas estacionadas y de qué acciones se realizarían en las siguientes jornadas.
La propia familia de Gregorio Samsa, ante la magnitud de la desgracia, adopta una clara economía de guerra que se hace patente en el régimen de comidas, que se vuelve más frugal y en donde el padre incluso renuncia a la cerveza. Se sacrifican, pero no ignoran que, tarde o temprano, habrá que rendir al monstruoso hijo.
Pero si de aspectos bélicos se trata, el culmen aparece en el bombardeo de las manzanas: Gregorio, tras una serie de malentendidos con su madre y su hermana, ha salido imprudentemente de la habitación y se topa con su padre embutido en un uniforme de ordenanza de un banco que tiene mucho de militar, severo uniforme azul con botones dorados. Es el momento bélico por antonomasia del libro puesto que el padre había resuelto bombardearle. Se había llenado los bolsillos con el contenido del frutero que estaba sobre el aparador, y arrojaba una manzana tras otra, aunque sin lograr por el momento dar en el blanco. Finalmente, una manzana –un obús- alcanza el esponjoso caparazón de Gregorio -siendo herido en la refriega con una herida que permanecerá enquistada y que lo convierte en un tullido- mientras se retira, de nuevo, al cobijo de su habitación.
Pero el incidente deja al padre en permanente estado de alerta. Eso se refleja en que negábase obstinadamente a desprenderse, ni aun en casa, de su uniforme de ordenanza (…). Dormitaba perfectamente uniformado, cual si quisiese hallarse siempre dispuesto a prestar servicio. Una especie de ley marcial se acababa de imponer en el domicilio de los Samsa de cuyo buen cumplimiento debía preocuparse el padre embutido en su uniforme casi militar. Y Gregorio, sumido en la oscuridad de su cuarto se consolaba pasando revista a sus recuerdos y aferrándose a los otrora tiempos felices vividos con las personas queridas al estilo de los soldados, cuando redactaban interminables cartas a sus madres y esposas.
El final de Gregorio Samsa, su exoesqueleto desecado, plano, casi reducido a polvo, como uno de tantos cadáveres encontrados entre las trincheras o bajo la nieve, en el Marne o en Verdún, no hace sino adelantar unas imágenes que serían muy habituales durante el resto del siglo XX y extender una línea directa entre esos muertos de Verdún y los muertos de Stalingrado o Normandía.
Cine y Expresionismo
Como ya dije al principio, el cine había llegado, irrumpía con su magia en la vida de los ciudadanos europeos y las proyecciones recorrían París, Berlín, Viena, Praga, Budapest, dejando atónitos a los espectadores. Kafka no fue, evidentemente, ajeno a esto, y junto a la influencia del cine le llegó, de su mano, uno de los movimientos artísticos más importantes: el expresionismo.
Es indudable que las películas mudas de expresionistas como Lang, Murnau, Leni y Wegeren tuvieron su calado en el escritor, pero otras muchas influyeron en Kafka. Algunas de ellas fueron: La Esclava Blanca, (Dinamarca, 1910); El Doctor Generoso, (Francia, 1911); El Soldado Galante, (Francia, 1908); Insectos Raros, (Alemania, 1912); Thodor Körner, (Alemania, 1912); Una Intriga en la Corte de Enrique VII, rey de Inglaterra, (Francia, 1913)… Kafka solía acudir al Grand Theatre Bio Elite, situado al lado del Instituto de Seguros en el que trabajaba y la conmoción que la nueva visión cinematográfica le aporta es tanta que así lo refleja en sus diarios: “Los neumáticos chirrían sobre el asfalto como un proyector de cine”, escribe en una anotación de un viaje que realizó en un taxi por Múnich.
El mismo inicio cinematográfico de La Transformación, de gran impacto expresionista –que justifica que el libro se traduzca así y no como Metamorfosis ya que el protagonista ya se ha transformado y no asistimos al proceso sino que nos encontramos con el hecho consumado- viene a demostrar que cuando Kafka escribe su mente esta puesta en algunas imágenes cinematográficas de gran valor expresionista. Esto se refleja en abundantes pasajes de la obra. A continuación veremos unos ejemplos:
El ya citado arranque del libro no podría ser más cinematográfico y expresionista con ese primer párrafo que ha pasado ya a la historia de la literatura universal: Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas sí podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia. Es un párrafo repleto de imágenes, en donde incluso hace una referencia al sueño intranquilo de Gregorio Samsa, entendiéndose sueño, a lo largo de la obra, como una prolongación de los mundos oníricos del cine. De hecho, en la siguiente línea continúa abundando en ese aspecto de emplear los sueños: No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, es como si el escritor hubiera reinterpretado el lenguaje del cine y lo asimilara al de los sueños, como si lo proyectado en una pantalla, de puro irreal, fuera onírico y como si Samsa, al despertar, asistiera a la propia proyección de sus sueños como si fueran una película.
El relato continúa repleto de imágenes expresionistas y cinematográficas. He aquí otras: Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana; el tiempo nublado (sentíase repiquetear en el cinc del alféizar las gotas de lluvia) infundióle una gran melancolía, o bien, reconociendo que el sueño cinematográfico al que asiste bien podría ser eso, mera ficción: Bueno –pensó-; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías?, e imágenes de potencia arrebatadora como: Volvió los ojos al despertador, que hacía su tictac encima del baúl. Como sucede al salir del cine, una vez comprobado que el gran espectáculo es eso, espectáculo y ficción, Gregorio también se muestra ansioso por que llegue el instante en que termine la película que está protagonizando: Y tenía curiosidad por ver cómo habrían de desvanecerse paulatinamente sus imaginaciones de hoy.
En su preparación de la edición de La Transformación en noviembre de 1915 Kafka le remite una preocupada carta a su editor Kurt Wolff expresando su alarma por el hecho de que el ilustrador de la tapa, Ottomar Starke, hubiera elegido representar a Gregor Samsa como un insecto: “¡Eso no! ¡Por favor, eso no!” Kafka insistió mucho en que “el insecto mismo no puede ser representado. Ni siquiera se le puede ver de lejos”. Kafka sugería que la ilustración podía mostrar a los padres y al jefe de la oficina frente a la puerta cerrada, “o mejor aún, los padres y la hermana en el cuarto iluminado, con la puerta abierta sobre el cuarto adyacente que permanece en la oscuridad”. Al final, la tapa de Starke se acercó más a esta última imagen, al mostrar a un hombre con las manos apretadas contra su cara, delante de la puerta abierta, en una especie de culmen de portada expresionista. En ese sentido, la significación de la puerta abierta aparece en el propio relato como una metáfora a la par de fuerza expresionista y cinematográfica: Debieron de dejar la puerta abierta, como suele suceder en las casas en donde ha ocurrido una desgracia.
Así, como una herencia más del cine expresionista, la expresión del Principal, el retrato de la madre y la reacción del padre, al toparse con Gregorio convertido en insecto, recuerda a esos primeros planos tan recurrentes en las películas de Murnau o Lang: sintió un “¡Oh!” del Principal, que sonó como suena el mugido del viento, y vio a este señor, el más inmediato a la puerta, taparse la boca con la mano y retroceder lentamente, como impulsado mecánicamente por una fuerza invisible. La madre –que, a pesar de la presencia del Principal, estaba allí despeinada, con el pelo enredado en lo alto del cráneo- miró primero a Gregorio, juntando las manos, avanzó luego dos pasos hacia él, y se desplomo por fin, en medio de sus faldas esparcidas en torno suyo, con el rostro oculto en las profundidades del pecho. El padre amenazó con el puño, con expresión hostil, cual si quisiera empujar a Gregorio hacia el interior de la habitación; volvióse luego, saliendo con paso inseguro al recibimiento, y cubriéndose los ojos con las manos, rompió a llorar de tal modo, que el llanto sacudía su robusto pecho. Una escena repleta de matices, gestos cinematográficos y expresiones que muy bien podría firmar el director de Nosfertau o el de M: El Vampiro de Dusseldorf. Con ese apego a las imágenes impactantes a su lado el café chorreaba de la cafetera volcada, derramándose por la alfombra. Y con esa misma inquietud en la imagen que expresa todo el horror entre el aire de la calle y el de la escalera estableciose una corriente de aire fortísima; las cortinas de la ventana se ahuecaron; sobre la mesa los periódicos agitáronse, y algunas hojas sueltas volaron por el suelo, o bien el reflejo del tranvía eléctrico ponía franjas de luz en el techo de la habitación y la parte superior de los muebles; pero abajo, donde estaba Gregorio, reinaba la oscuridad, en un juego de claroscuros cuanto menos inquietante.
La influencia del cine expresionista no es sólo aplicable a La Transformación, ya que, como dice Sebald: “La atmósfera peculiar, por no decir siniestra, que evocan esas líneas (refiriéndose al Castillo) traen a la memoria la llegada de Jonathan Harper, el joven viajero, al castillo de Nosferatu, en la conocida película de Murnau. Como a Kafka le gustaba mucho ir al cine, cabe suponer que vio, fuera en Praga o fuera en Berlín, esa extravagante obra de arte que en 1922, es decir en la época de elaboración de El Castillo, legó a los cines”. Aprovecho las palabras de Sebald para establecer definitivamente la conexión entre la obra de Kafka y el fenómeno cinematográfico.
La Ciencia Ficción y el Horror
A fines del siglo XIX, las provincias austriacas de Boehmia y Moravia, incluyendo la ciudad de Praga, estaban sufriendo rápidos cambios sociales y políticos. Las tensiones causadas por ese ambiente en dinámica evolución solían expresarse en violencia física. Bohemia se había convertido en la fuerza motriz de la región, y los trabajadores industriales comenzaban a formar sindicatos y a constituir un sólido proletariado industrial. Se produjo un resurgimiento del nacionalismo pangermano, y también de su rival, el nacionalismo checo. Eran frecuentes los choques entre facciones contrarias, y las tropas austríacas eran habitualmente convocadas para restablecer el orden. Durante algunos períodos de la juventud de Kafka, Praga estuvo bajo el dominio directo de Viena. En algunos movimientos, como sucedía en el Joven Partido Checo, se desarrolló un desagradable antisemitismo como parte del programa nacionalista, exacerbado por el hecho de que los trabajadores eran invariablemente checos, mientras que sus patrones era invariablemente judíos. El alemán era el idioma del comercio, la administración pública y la educación y todo esto dotaba a la Praga de Kafka y a la propia región de Bohemia de un ambiente agónico y opresivo que tenía la necesidad de estallar por algún lado. Una de la espitas que se abrieron fueron las literaturas llamadas de Ciencia Ficción, que bebían de los mitos y los arquetipos –El Golem por ejemplo-, de las creencias y superchería populares y que fijaron su objetivo en el Más Allá, el espiritismo, las ciencias ocultas y la astrología con el auge que experimentaron todas esas disciplinas a raíz de la visita del cometa Halley.
Los periódicos de Praga ofrecieron a partir del otoño de 1909 información permanente acerca de la aproximación del cometa Halley que en la noche del 18 al 19 de mayo de 1910 Kafka observó desde el Laurenziberg. En sus diarios, el escritor establece una comparación que rubrica con la frase ”como ahora se dirige el telescopio hacia el cometa” en una clara alusión a la expectación que el fenómeno había desencadenado. De la mano del bólido llegaron los tradicionales miedos al fin del mundo –se decía que un veneno gaseoso y poderosísimo viajaba en su cola- y la Ciencia Ficción encontró en las mentes de los ciudadanos de la Europa de entonces un terreno extraordinariamente fértil y bien abonado.
La influencia del género fantástico en La Transformación es enorme, aunque no siempre se quiera ver como un relato semejante y se busque más un enfoque de novela psicológica o de otros ámbitos. Es cierto que también lo es, pero el texto le debe mucho a la Ciencia Ficción que, en este caso, se desliza hacia el subgénero de la literatura del Horror. Como opina Jordi Llovet “la dimensión fantástica en la literatura de Kafka se encuentra, por así decir, en el origen y el final de cada uno de sus textos. Una iluminación, que parece incluso ajena al escritor, los despierta”.
Sin embargo, parece que la idea de transformar a Samsa en un repulsivo insecto no es del todo patrimonio exclusivo de Kafka. Según Reiner Stach, en 1909, la obra Kondignog, del danés Johannes V. Jensen, fue leída por Kafka, y esa lectura influye o deposita una idea larvaria en el cerebro del escritor, ya que Jensen transforma en la novela a una persona en un animal “horrendo y prehistórico, pero al final devolvía a su héroe a la comunidad humana con la redención a través de una chica… exactamente aquello en lo que Kafka ya no podía creer”. Y prosigue Stach: “El primer impacto que alcanza al lector desprevenido de La Transformación es universal: es el horror (…) un recurso trivial de lo fantástico. En el entorno de Kafka, Alfred Kubin con su novela El otro lado, de 1908, jugó con efectos similares”. En ese sentido, El Fantasma de la Ópera de Leroux fue escrita dos años antes de la de Kafka y ya Borges, en una conferencia sobre el narrador americano Hawthorne, defendía que su relato corto Wakefield, de 1835, preludiaba la narración de Kafka. La doctora Marta Fernández Bueno, adscrita a la Complutense y que actualmente imparte clases de Introducción a la Literatura Alemana, establece un posible origen de La Transformación en un relato de un autor chino de principios del siglo XX que muy bien pudo no ser ajeno a Kafka y que, a su vez, se basaba en leyendas milenarias.
El boom de la literatura de Ciencia Ficción llevará, en el periodo que cubre desde la aparición de La Transformación hasta el 1920, a un auténtico vergel de obras sobre esa temática. Caben destacarse aquí escritores checos como Leo Perutz, con títulos como El Marques de Bolivar, El Maestro del Juicio Final, Karel Capek con RUR, La Fábrica de Absoluto y el austriaco Gustav Meyrink –afincado en Praga- con su inmortal Golem, entre otros muchos.
El origen de la naturaleza del horror y la ficción en la obra de Kafka estarían, para Sebald, en que “Kafka sentía un vago horror ante las incipientes mutaciones de la humanidad al comenzar la era de la reproducción técnica, en las que sin duda veía el fin del individuo autónomo formado por la cultura burguesa” y prosigue, en otro ensayo, desentrañando ese panorama angustioso: “Las novelas de Kafka están impregnadas de la oscuridad de un mundo en el que la fuerza inconmensurable de los personajes matriarcales mata a la especie de los hombres, desorientados con respecto a su propio papel”. De ese modo “la fealdad y deformidad aparecen en la obra de Kafka provocadas por la presencia de un poder irracional que nada justifica”. Con estos ingredientes Kafka elabora una obra de Ciencia Ficción que se desliza hacia el horror. Tomemos como ejemplo algunos pasajes del texto.
Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. ¿Con semejante inicio puede alguien albergar dudas de que nos encontramos ante un relato que pretende, en primer lugar, causarnos espanto? ¿Era posible seguir durmiendo impertérrito, a pesar de aquel sonido que conmovía hasta a los mismos muebles?; Tenía ahora innumerables patas en constante agitación; Es una voz de animal… por la viscosidad de sus patas… pues un líquido oscuro le salió de la boca, resbalando por la llave y goteando hasta el suelo, son todas ellas frases que buscan generar en el lector el horror, la angustia, la repulsión, el rechazo de lo que es inhumano, de lo que se encuentra más allá.
Sirva como anécdota el dato de que la primera traducción de una obra de Kafka a otro idioma fue La Transformación, vertida al castellano en junio de 1925, apenas un año después de la muerte de Kafka, y casi tres años antes de que apareciera en francés. El texto apareció en una traducción anónima en los números 24 y 25 de Revista de Occidente bajo el título de La Metamorfosis. Desde entonces, se divulgaría con ese desacertado título por todo el orbe de habla hispana –se especula con dos buenos conocedores de la lengua alemana como posibles autores: el director de la Revista, Ortega y Gasset o el secretario de redacción Fernando Vela.
Este, tan sólo fue el primer paso de la historia de una narración que para Reiner Stach es “probablemente la narración más famosa del siglo XX” porque, en palabras de Elias Canetti, Kafka es el escritor que más puramente ha expresado el siglo XX y al que hay que considerar como su manifestación más esencial. Para Jordi Llovet “la obra de Kafka se revela como un documento precioso para entender los enigmas más indescifrables del episodio de la historia contemporánea que denominamos modernidad”, porque Kafka, vertiendo en La Transformación elementos sociales del momento –influido, como he demostrado, por el ambiente bélico de principios del siglo-, con unas grandes gotas de expresionismo y Ciencia Ficción, amén de un horror como nunca antes fue escrito, condujo a la novela del siglo XX a lo que es hoy en la actualidad la novela moderna.
Para terminar, le daremos a Kafka la palabra, para que nos defina cómo debería ser o que elementos debería tener, esa llamada novela moderna:
“Creo que debemos leer solo la clase de libros que nos hieren, que nos apuñalan. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta con un golpe en la cabeza, ¿para qué leemos?... Necesitaríamos libros que nos afecten como un cataclismo, que nos acongojen profundamente, como la muerte de alguien a quién hemos amado más que a nosotros mismos, como si nos hubieran desterrado a una selva, lejos de todos, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha para el mar congelado que tenemos dentro de nosotros”.
Con la Transformación consigue todo eso.

2 comentarios:

  1. Veo que ya hay imágenes en el blog, así es más atractivo.

    Gracias por la reflexión. Menos mal que explicas lo del título, porque me había descolocado. Lo del expresionismo y la ciencia-ficción es fácil verlo en la obra, no así la interpretación bélica. Hace tiempo pergeñé este microrrelato, al que debería, por tanto, cambiar de título:

    METAMORFOSIS INVERSA

    Cuando la cucaracha despertó una mañana, viose convertida en un horrible y diminuto ser humano.

    Saludos.

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  2. Jaja:¡Muy buen microrrelato! ¡Gracias!

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