domingo, 26 de junio de 2011

El Pentateuco de Isaac -Ángel Wagenstein-.




EL HUMOR OS HARÁ LIBRES

-reseña editada en la revista digital Frontera D-

El Trabajo os hará Libres, semejante frase recibía a los deportados en los campos de concentración nazis, lo que ya hacía pensar acerca de las características del lugar en el que ingresaban: mediante el trabajo se liberarían de la reclusión, y se liberarían porque el trabajo estaba diseñado para la consunción y, a través de ella, llegaba la muerte, la auténtica liberadora del preso.
A Cada Cual según Corresponda, se podía leer en el acceso a otro campo de concentración que frecuentará el protagonista de la novela El Pentateuco de Isaac, Isaac Jacob Blumenfeld, personaje de ficción que en su devenir novelesco conocerá en sus carnes lo más sórdido de los campos nazis y de la era soviética. Sin embargo, esa dualidad de preso, de prisionero de Hitler y de Stalin, dista mucho de tratarse de una mera invención porque, desgraciadamente, miles fueron los deportados que pasaron por los campos nazis para luego recalar en los soviéticos. Como ejemplo, ahí está la odisea de Margarete Buber-Neumann, media vida transcurrida a caballo de ambos universos concentracionarios, como relata con pulso firme y prosa fría en su libro de hace ya algunos años. Como ella, otros muchos autores se han decidido a denunciar semejante barbarie, y el búlgaro Ángel Wagenstein no ha querido ser ajeno a esa denuncia. Así lo hace en su obra El Pentateuco de Isaac, toda una reivindicación del inhumano siglo XX, ese siglo que, para otro escritor búlgaro, Ivan Vazov, era un siglo brutal y de las bestias. Aunque murió en 1921, Vazov ya presentía todo el terror que se ejercería sobre la humanidad a lo largo de ese periodo.
En esa senda se inserta el relato de Wagenstein, en donde el protagonista aparece zarandeado por los acontecimientos, intentando comprender y comprendiendo –tal y como así lo reconoce- la mayoría de las veces muy poco. Porque muy poco es su seso, nos confiesa que anda corto de entendederas, y sólo de esa manera se entiende que de tan buen grado asuma los vaivenes, crueles vaivenes, que la Historia ejecuta con su persona. El principal juguete de la Historia con el protagonista, con Isaac Blumenfeld, es el concepto de nacionalidad. Hasta cinco nacionalidades diferentes llega a tener el personaje, en un claro paralelismo con el Pentateuco, los cinco libros sagrados que componen la Torá para los judíos –no hay que olvidar que Blumenfeld, como no podía ser de otra manera, es judío-. Pero los números no se detienen ahí, y saben ser crueles con él porque, además de tener cinco patrias, vive dos guerras mundiales y es internado en tres campos de concentración. Así que Blumenfeld, que inicia la historia como sastre del Imperio Austrohúngaro, pronto se ve convertido en ciudadano polaco, después en soviético, más tarde en un ser infrahumano en el Tercer Reich, para terminar como apátrida antes de recuperar la nacionalidad soviética.
Sin ninguna duda, el libro es un monumental ejercicio de denuncia política literaria, pero Wagenstein no estructura una gran novela de denuncia del sistema al estilo de los Koestler, Manea, Kadaré o Solzhenitsyn, escritores que han denunciado el estalinismo y el nazismo desde una perspectiva muy diferente: carentes de humor, sin apenas ironía. Porque es el humor, la ironía, lo que protege a Isaac Blumenfeld de los criminales caprichos de la Historia. Dos veces es llamado a filas y por dos ocasiones se queda a punto de entrar en combate. Se suceden aquí unas escenas que recuerdan a un libro que sin duda ha tenido mucha influencia en el autor a la hora de pergeñar a su protagonista y que son Las Aventuras del Valeroso Soldado Schwejk, del checo Jaroslav Hasek. Existe una larga línea de conexión entre el Blumenfeld de Wagenstein y el Schwejk de Hasek. Tanto Blumenfeld como Schwejk son pícaros, pero pícaros no al estilo del Lazarillo de Tormes sino que más bien, dado su comportamiento en el ambiente militar, recuerdan al avezado Estebanillo González, que se las ingenia con los Tercios de Flandes durante la Guerra de los Treinta Años.
Si bien Blumenfeld no llega a entrar en combate, soporta muchos meses de acuertelamiento, con toda su parafernalia, y en esa vida cuartelaria se abre la vía más directa con el Schwejk de Hasek. Muchas de las historias y anécdotas que refleja recuerdan o evocan pasajes del Schwejk. Y, por supuesto, también en la manera de interpretar la realidad, desde un punto de vista ciertamente ingenuo o bobalicón. En ese sentido cabe destacar las continuas referencias en la novela de Wagenstein al saber popular, cuajada de refranes, repleta de frases hechas y salpicada de chistes sobre judíos que encierran reflexiones de gran retranca, la mayoría de las veces protagonizadas por un judío prototípico, Mendel, que hace las veces de tonto del pueblo. El recurso de aludir a ese judío Mendel siempre aparece a mano cuando se trata de ilustrar alguna historia particularmente escabrosa o de rubricar una reflexión especialmente densa.
Es este recurso a la humorada, tan del soldado Schwejk, del humor desaforado, irónico y ácido, incluso a destiempo en mitad de las mayores penurias y brutalidades, lo que salva al personaje de sucumbir a sus tristes destinos –igual que Schwejk con su socarronería evita ser devorado por la vorágine de la Gran Guerra-. Se hace difícil de creer que un deportado, un interno de un campo de Hitler, un condenado a la Kolimá estalinista, pueda afrontar su destino con humor e ironía pero ese será el elemento fundamental que le haga la vivencia más llevadera, así como el elemento diferenciador de otros libros que tratan estos temas –a excepción, quizás, de la algo sobrevalorada película La Vida es Bella, del oscarizado Roberto Benigni-. El humor no ha tenido nunca cabida al hablar de Auschwitz y, si en el caso de Benigni aparece, no lo hace de una manera muy certera al confundirse con la sensiblería. Ahora bien, Wagenstein consigue lo nunca visto hasta ahora y, ya sea entre los crematorios nazis o frente a los eternos campos nevados de Stalin, la visión humorística ayuda, no sólo a hacerse con una visión nueva y enriquecida de la situación, sino a que su protagonista pueda afrontar y solucionar el mal trago manteniéndose con vida.
Por eso, más que nunca en este Pentateuco de Isaac, se podría cambiar la fatídica frase de El Trabajo os hará Libres por la de El Humor os hará Libres o, más concretamente, por la sentencia El Humor os Salvará.
Tal vez, lo que realmente quiera decir Ángel Wagenstein, es que el humor salvará al hombre de las garras de la Historia.

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