lunes, 16 de abril de 2018

Sylvia Plath-Antología poética (3)



*Esta crítica apareció en el blog de pensamiento poético Verde Luna:
https://verdeluna2012.wordpress.com/2018/04/16/navona-nos-trae-la-antologia-poetica-de-sylvia-plath-versos-en-la-siberia-del-corazon/

Navona nos trae la Antología poética de Sylvia Plath: versos en la Siberia del corazón

Título: Antología poética
Autor: Sylvia Plath
Editorial: Navona
Calificación: *** (Libro de referencia)
La recuperación de la obra de la poeta norteamericana Sylvia Plath es una extraordinaria noticia para la literatura. Un paso más, un avance en esta tarea, es el más que notable trabajo editorial de Navona, que ha presentado la Antología poética que llevó a cabo el marido de Plath, el también poeta Ted Hughes, de forma póstuma y al poco tiempo de haberse suicidado su esposa. Navona, dentro de su colección de Ineludibles, corona esta labor de reivindicación de la autora presentando una nueva y vigorosa traducción de mano de la también poeta Raquel Lanseros.
Hay que reconocer la dificultad del trabajo de Raquel Lanseros afrontando unos poemas tan complicados como estos que son, además, la expresión de una voz única y personalísima. Es todo un reto, y en el prólogo conciso y directo la traductora reconoce la zozobra y la responsabilidad que significan afrontar semejante desafío, que ha resuelto sobresalientemente.
Hughes ordena las piezas por fecha de composición, con lo que construye una Antología poética que también es un recorrido por la compleja evolución, o tal vez descomposición, de la personalidad de la poeta.
La trayectoria literaria vital de Sylvia Plath, en lo relativo a sus publicaciones es muy escasa. De poesía tan solo publicó un libro: El coloso en 1960. Y una narración ya al final de su vida: La campana de cristal de 1963, que se considera una novela juvenil dado que rememora algunos momentos de la adolescencia de Sylvia, pero que al estar escrita al borde del abismo contiene un inquietante mundo que coquetea con el suicidio, la depresión, la locura y la muerte, acusando una especie de barroquismo desasosegante de novela gótica victoriana.
El primer poema seleccionado por Ted Hughes para la Antología poética ya es toda una declaración del estado de ánimo que se irá apoderando de la escritora a lo largo de su vida, lidiando siempre con los instintos suicidas, el desencanto depresivo y la angustiosa presencia de la muerte.
Se trata de La señorita Drake se dispone a cenar, escrito en 1956, y en donde ya aparece el desequilibrio mental de una paciente de un psiquiátrico. Es la primera gran imagen de la locura que antecede a la muerte y que tanto se repetirá en los poemas siguientes. Por eso, el segundo poema, Solterona, nos permite ver el mundo interior de Sylvia Plath: un mundo yermo y helado, en donde no son capaces de arraigar los sentimientos. En un juego climático, la voz protagonista del poema se resiste a la llegada de su primavera interior. Uno de los principales problemas de la autora, su permanencia continuada en una Siberia del corazón.
Una sensación, la de encontrarse congelada, aplastada, sumergida en el agua, que es una fijación en su vida y en su obra. En A cinco brazas de profundidad nos lo advierte con un verso final desolador; “preferiría respirar agua”. La poeta se ubica en toda una tradición de poetas suicidas que se ahogaron, con referencia especial a Virginia Woolf, de quien admiraba tanto su obra como su muerte.
Por todo esto, el suicidio es un motivo continuado. El poema Suicidio en Egg Rock vuelve a trabajar y percutir sobre los mismos mimbres y nos permite intuir el futuro que le aguardaba a Sylvia. La decadente punta de Egg Rock en Massachusetts se había convertido en el lugar favorito y perfecto de los suicidas. Tenía un magnetismo especial para la autora, que no puede evitar rendirle un poema. En La campana de cristal ya señala esta ubicación como el sitio en el que tal vez podría afrontar su suicidio.
Este Suicidio en Egg Rock es una de las obras maestras de la escritora, y lo es, en parte, por el poderío de sus imágenes, perturbadoras, que traen la presencia de la muerte de una manera descarnada y directa: “las moscas se filtraban por la cuenca del ojo de una raya muerta” o “las palabras de su libro abandonaron las palabras como gusanos”, mientras pasa un “chucho corriendo al galope”, como alertado por la presencia de la desgracia en el lugar.
Aunque aparece en la Antología poética como un poema único, Las piedras es la séptima parte de Poema para un cumpleaños. Se trata de un recuerdo de la terapia de electro choque a la que la autora se sometió después de su primera tentativa de suicidio, buscando una cura a esos impulsos. Los rastros que la electricidad deja en la poeta la llevan a equipararse al monstruo de Frankenstein, algo de lo que, en ciertos aspectos, ya habla también en la novela La campana de cristal.
Será en El balneario calcinado en donde podamos comprobar en todo su relieve el mundo visual de las composiciones de Sylvia. Son las ruinas del antiguo balneario de Saratoga Springs como un osario blanqueado al sol, también los restos románticos y decadentes de un naufragio. Es el intento de esta poesía la búsqueda de una forma en la que pueda enseñarnos la enfermedad de los cuerpos. La anatomía entendida como un vehículo para la muerte, una vasija en la que viaja la descomposición, la putrefacción, como unas flores colocadas en un jarrón. Pronto se marchitarán.
Por eso, el cuerpo humano es vida y promesa de muerte en la poesía de Sylvia, y de ese desgarro que provoca tal dualidad nacen algunos de sus poemas más hermosos, pero también más torturados. La naturaleza encierra ese ciclo de vida y descomposición, por tanto es un excelente motivo poético al que referirse para explicitar esta contradicción: OlmoTulipanes y Amapolas de julio son composiciones que giran sobre este concepto.
Esta comprensión de la existencia lleva, casi de forma inevitable, a un angustioso devenir que se transforma en insomnio; de ahí que el poema Insomne sume, a la exasperación de una vida insoportable, la destrucción que provoca el no poder conciliar el sueño por las noches. Una situación que, quienes la conocemos muy bien, lleva a entender el amanecer de un nuevo día como la llegada de “la enfermedad blanca” que todo lo inunda con una luz de amargura.
Será Espejo un poema que aúne los principales motivos de la escritora de forma contundente. Cierta mitología romántica, el concepto de locura asociado a personajes míticos como la Ofelia de Shakespeare y, como no, la idea del doble, también muy del Romanticismo alemán en su figura de Doppelgänger o “gemelo maligno”. El tema del doble es un referente en Sylvia Plath. Tanto, que a él dedicó su tesis doctoral.
El término “espejo”, generalmente asociado a la figura reflejada en él, es decir, a un doble, es una de las palabras más recurrentes de la poeta en su obra. Ese desdoblamiento extraño —tratado en extensión en La campana de cristal— y que produce cierta incomodidad o rechazo, confraterniza en este caso con las leyendas de las mujeres del agua como por ejemplo Ondina, de Friedich de la Motte Fouqué. De esta manera, el poema Espejo es un compendio de motivos literarios que abarcan desde Shakespeare hasta el Romanticismo alemán.
Toda la brutalidad visceral, la ira de la voz de la poeta, se concreta en uno de sus poemas más célebres, Papá. El ajuste de cuentas con su padre es salvaje e inmisericorde. Los paralelismos que Sylvia establece entre su padre y el nazismo, con mención de los Campos de Exterminio por su fatídico nombre, así como la imagen desmesurada de un ogro que se asemeja, otra vez, a Frankenstein o Drácula, hacen de esta composición una de las más celebres y estudiadas por la crítica.
La violencia verbal, el odio completo, cristaliza en ese “cabrón”, final. Es un arreglo de cuentas psicológico con la figura paterna en donde sale a relucir todo el aborrecimiento, los problemas mentales a los que la poeta se vio sometida y los complejos que revientan en el poema. Como en la Carta al padre de Kafka, la sinceridad de la autora es un alambre de espinas para la memoria del padre.
La Antología poética aporta algunos de los poemas más celebres de la voz de la autora, como ArielMuerte y Cía. y Los maniquíes de Múnich. Se trata de una poesía dañina y suicida, hermosamente herida. Al ir leyendo las composiciones sabemos que, irremediablemente, nos acercamos al fatal desenlace concretado en Filo, escrito en 1963, el último poema de la autora.
Hasta aquí hemos llegado, se acabó”, nos avisa en uno de los versos de Filo. Nosotros sabemos que ahora, con cada lectura, volvemos a conseguir que la poderosa y única voz de Sylvia Plath resuene en nuestro interior y que consiga lo que, curiosamente, no lograron los poemas en ella, encender un fuego de infierno que derrite nuestra propia Siberia interior.

sábado, 14 de abril de 2018

Gilda en los Andes-Fernando Marañón (2)



Esta crítica apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/una-reivindicacion-literaria-gilda-en-los-andes-de-fernando-maranon/

Una reivindicación literaria: Gilda en los Andes de Fernando Marañón

Hoy vengo a saldar un compromiso en esta columna de El Odradek de los viernes. Desde hace tiempo sé que tengo pendiente reseñar para Achtung! un libro que, por circunstancias, no había tenido tiempo. Estoy hablando de Gilda en los Andes (Berenice), la novela de Fernando Marañón. Y quiero hacerlo por varios motivos: en primer lugar porque el libro, aparecido en el pasado 2017, está muy cercano a su posible desaparición comercial víctima de las estúpidas leyes editoriales, que nos obligaran a remover cielo y tierra si queremos encontrarlo. En segundo lugar, porque creo que es una novela que merece mucho la pena, en especial en estos días de infamia que corren, cuando una instagramer o influencer —el colmo de la mamarrachada, que también podemos calificarla así— acaba de publicar un libro de prosa poética que no es ni de prosa ni de poesía, sino de lugares comunes adobados con ego; esto me ha llevado a recordar la novela de Fernando Marañón, una buena forma de hablar de literatura de verdad, de la que esconde oficio y ganas, evitando darle publicidad con una crítica negativa a la famosita de turno emborrachada de su presunta genialidad. No se merece ni espacio ni tiempo, ni que hablemos más de ella ni de sus miserias.

Por tanto, sí que merece la pena que os hable hoy, en El Odradek, de Gilda en los Andes, de Fernando Marañón, una novela negra cinematográfica —porque habla mucho y bien de cine, no porque su escritura recuerde al cine—. En su momento, ya seleccioné esta Gilda en los Andes como la novela del mes de junio para el sitio Mi Nueva Edad. Puedes leer mi recomendación aquí:
En efecto, es así, una novela negra cinematográfica. Generalmente, adjuntarle el adjetivo cinematográfico a un texto es un componente negativo. Significa que la novela está, o puede estar escrita, con velocidad y descuido, primando la acción sobre la descripción y la atención a los detalles. En esto, la novela de Fernando Marañón es distinta. Es cinematográfica porque en ella se habla de cine, se respira cine, porque la trama gira en torno al cine, incluso sobre unas latas de una misteriosa película que guarda un secreto capaz de desestabilizar hasta a una monarquía.

Evidentemente, todo ello es producto del amor por el cine que tiene su autor, un amor que ha transformado en maestría, con unos conocimientos que hace ya mucho tiempo que lo convirtieron en un crítico especializado y reputado —lean su libro Tiene delito en la editorial Nowtilus, un guía de cine y un repaso interesantísimo a los elementos que conforman una de sus mayores pasiones—; y eso se nota en la novela Gilda en los Andes. Vaya que se nota.

Fernando Marañón pertenece al grupito de escritores que hoy y ahora denomino, por vez primera, como Generación Austral, esa que nos aglutinó en derredor de las aulas de la EGB del madrileño colegio otrora llamado, algo ampulosamente, Neil Armstrong, que ahora es el Altair.
He pensado mucho sobre este asunto: una clase en donde Fernando MarañónBruno Galindo, Regino Quirós y yo mismo, hemos escrito y publicado bastantes libros, ensayos, poemarios, novelas, y en donde además otros compañeros han terminado haciendo de las letras, bien como profesores de literatura o como bibliotecarios, su forma de vida. Un grupo que, aunque separado por el tiempo, siempre ha seguido manteniendo contacto, y cuyos miembros nos caracterizamos por algunas coincidencias llamativas.
Para ninguno de nosotros la literatura es nuestra forma de vida económica, simplemente porque no nos da para comer, pero sin embargo es una de nuestras más fuertes vocaciones. Además, ejercemos como críticos, ya sea cinematográficos, musicales, literarios…, pero unimos al piojo de la creación la garrapata de la crítica, lo que irrita a más de uno que no tiene costumbre de rascarse. Amamos la literatura de calidad, nos produce alergia el Best seller, y sabemos que en el interior de un buen libro se esconde una verdad literaria que puede cambiarnos la vida.
Sobre este misterioso fenómeno literario que se alumbró en las clases del Neil Armstrong, de los libros que hemos escrito sus componentes, ya he hablado en este artículo:

Así que había pensado en bautizar a este grupo como Generación Armstrong, pero eso sonaba a dopaje, o tal vez como Generación Prieto (por nuestro profesor de literatura), pero eso resultaba algo “extraño”, por no decir otra cosa; tal vez Generación Apolo, por lo del cohete que llevo a Neil hasta la Luna, pero qué quieren que les diga, tampoco terminaba de convencerme, además de que me imaginaba unidos bajo ese nombre a un grupo de escritores vestidos con toga griega y sandalias, con lo que aborrezco yo las sandalias.
Incluso podría habernos llamado Generación Millás, o Generación Papel Mojado, dado que en un pasado muy remoto se nos proporcionó a unos cuantos niños un ejemplar de aquel aborto de novela titulada así, Papel Mojado, para que la leyéramos y después nos reuniéramos con su autor, Juan José Millás. Esa reunión con el escritor —era su cuarta novela y por entonces todavía era un proto escritor— nos marcó mucho a algunos.
Años después, con motivo de la publicación de mi primera novela, le escribí una carta muy cariñosa recordándole aquello, pero Millás tendría otras cosas que hacer y su respuesta fue el silencio odioso de los escritorcitos instalados en el empachoso Olimpo de su egocentrismo. Por eso he descartado darle a nuestra Generación cualquier nombre asociado a este tipo: sería demasiado honor para quien, además, ha hecho del aburrimiento la principal enseña de su novelística. Y sí, ya sé que he contado esta historia antes, que me repito, pero es necesario que se me entienda: todavía me duele, con ese daño que hacen las cosas ocurridas en la más tierna infancia, y cuando uno piensa que alguien no puede resultar un borde y, ¡zas!, resulta que lo es.
Finalmente, esta Generación alumbrada entre las tizas y las pizarras del colegio ubicado en la madrileña calle de Joaquín Bau, es la Generación Austral. ¿Por qué? Por varios motivos: todos orbitan (como el cohete de Neil Armstrong) alrededor de la colección Austral, prestigiosa como pocas, editada por Espasa Calpe —de cuando esta editorial se dedicaba a publicar Literatura de verdad, aunque sus hojas se desencolaban con facilidad, en esos hipnóticos volúmenes por colores en función de la materia: ensayo, novela, poesía, historia…, porque Espasa, antes de prestar su atención a penosos instagramersde prosa zafia y peores modales, creía en Juan Ramón Jiménez, Descartes, o en la picaresca…, y ya digo, todo eso antes de venderse al capitalismo literario más urticante—.
En casa de Fernando Marañón había una estantería con muchísimos volúmenes de la colección Austral(además de la primera época, de la original, que era un compendio del saber y de las humanidades, una miscelánea de obras fundamentales y variopintas, desde Baroja hasta Moliere, pasando por PeredaCervantesAzorínLarraPlutarcoTácitoDarío, incluso biografías de Velázquez o Colón en un arcoíris de títulos fascinante).

Recuerdo sentarme en un sillón que Fernando tenía justo enfrente de esa estantería y perder la vista, ensimismado, con la lectura de los títulos escritos en los lomos de aquellos volúmenes. Además, en los años de la EGB, en el colegio, la incipiente biblioteca que se estaba formando en el despacho del director se conformaba en buena parte con libros de Austral que nos permitía (a unos pocos privilegiados) tomar para llevar a casa (y confieso que tengo todavía alguno que no devolví).
Esos libros cimentaron nuestro amor por las letras en aquellos momentos y todos guardamos el recuerdo de haber leído el volumen negro del Viaje a la Alcarria de Cela, el gris de Descartes o el amarillo de Santa Teresa de Jesús.



Por eso, Gilda en los Andes es producto del espíritu de esta Generación Austral, que ha desarrollado su amor por las artes —Fernando Marañón es un excelente dibujante— y las letras, entendidas como una forma de crecimiento personal, de alimento del alma, de progreso y humanismo, de Gran Literatura, al fin y al cabo.
La novela de Fernando Marañón es una novela negra, que se mueve por los caminos de ese género, pero presentando algunas formulaciones diferentes. En primer lugar, la originalísima plantilla de personajes protagonistas y secundarios que, aquejados de ese mal del perdedor que estigmatiza al héroe del género negro, aportan su españolismo, es decir, los comportamientos propios de esta tierra nuestra tan peculiar.
Uno de los cuadernos del Colegio Internacional Neil Armstrong en donde Fernando Marañón, y yo también, empezamos a escribir nuestras primeras novelas.

Todos aquellos que desfilan por las páginas de la novela son antihéroes baqueteados por la vida y cada uno busca el consuelo en algún lugar: en la pasión por el cine, en quimeras de imposible salvación o en la barra del bar. Así somos los españoles.
Fernando Marañón ama la literatura y quiere mucho a sus lectores. Eso se nota en la novela. Primero, porque no tiene problema a la hora de levantar una ficción de largo recorrido (más de 400 páginas), de esas que las editoriales rechazan argumentando que son demasiado extensas cuando después publican mamotretos de cientos de páginas de los consagradillos de turno y que no albergan ni una sola línea de literatura en su interior.

Fernando Marañón, autor de Gida en los Andes.
Gilda en los Andes pone en pie una arquitectura literaria muy bien trabajada. Mucho más que entretenida: es divertida: Divertida, sí, pero con un poso amargo que hace que la novela adquiera un relieve muy particular. El autor ha entendido muy bien cómo debe tratar los códigos de la novela negra, de la novela de espías y asesinos, llevándosela, después, a su terreno.
Su terreno es el cine y son los soñadores que todavía creen en el arte que se alberga en el corazón de una buena película, aunque la industria comercial de Hollywood se haya encargado de vaciar de calidad cualquier intento artístico y la factoría española lo haya revestido de mal gusto, humor grueso, banalidades y reivindicaciones buenistas.
Hay un lugar en donde el cine existe, todavía, y en Gilda en los Andes tiene uno de sus hábitats. Y si en la novela hay un personaje que encarna ese toque de fascinación y amargura que posee el celuloide (cierto, como un gin tonic) es el protagonista Antonio Requena. Personaje híbrido, porque es una mezcla de looser cinematográfico y de un perdedor literario, que atrae sobre sí la acción más notable y los desengaños más gordos, pero que continúa adelante con la creencia de poder salvar su sueño: la Filmoteca de Cádiz.
Fernando Marañón nos tiene acostumbrados a trabajar con maestría ese tono neblinoso que se mueve entre lo agridulce, que no lo tragicómico. Me explico: por dura que sea la situación para sus personajes, siempre brilla en el fondo un comentario mordaz, una reflexión inteligente que proporciona esperanza. Y al revés: por feliz u optimista que sea el momento, siempre aparecerá una sombra de tristeza, casi existencial, inherente a quienes están hechos más de celuloide que de piel y huesos, o en este caso de papel y tinta.
De forma que los textos de Fernando Marañón y los personajes que aparecen en ellos saben que no toda felicidad es posible, pero que no toda desgracia ahoga. Y por ello, se amarran a un comportamiento preventivo en donde siempre están dispuestos a toparse con lo peor, pero aguardando ese milagro final que aparece en muchas películas y que posibilita un happy end.
En su obra anterior, Circo de fieras (Aache ediciones), un libro sorprendente que reflexiona sobre el mundo del circo (es decir, sobre la vida) en clave de relatos de un humor muchas veces surrealista y descarnado, ya nos mostraba esta capacidad que recorre y caracteriza a Gilda en los Andes. Y que la convierte en la novela que es: la proyección de la película interior de los anhelos que muchos llevamos dentro y que, de repente, se interrumpe, quemado ese fotograma de ilusiones, destrozando la imagen en la pantalla de nuestras quimeras.

Novela de amargura, desde luego, pero sustentada con una trama de asesinos y espías, trasladada con gran fuerza y acierto desde Andalucía a Tromsø, en el Ártico, donde todos van persiguiendo unas misteriosas latas de película, incluso un director de cine danés que no es Lars Von Trier, aunque todo el mundo esperaría que lo fuera (quizás incluso él mismo lo desea), y que proporciona cierto contrapunto no ya cómico, sino grotesco, y una reflexión sobre todas esas cosas que de tanto tomarse en serio acaban resultando casi ridículas.
Novela de personajes, porque algunos de los que aparecen aquí se merecen volver a hacerlo en una próxima novela, novela de lugares (el cine, los bares, el Ártico) y novela de guiños para cinéfilos: de Buñuel Dogma 95, pasando por Gilda y 55 días en Pekín, por ejemplo y entre otros muchos.
Pero, sin duda, la fortaleza de esta novela radica en su estructura y a mí eso es lo que me gusta. Creo que un buen novelista debe confeccionar tapices, elevar edificios, incluso laberintos con fichas de dominó y pagodas de naipes, dado que la misión fundamental del escritor es crear mundos. Fernando Marañónse muestra muy sólido en este asunto, con una obra en donde sus piezas encajan, no se resienten, y además se aviva con un ritmo en ocasiones casi vertiginoso.
No es algo sencillo lo que comento. Cuando se rodó El sueño eterno, el escritor William Faulkner se encargó de adaptar al guion la novela de Raymond Chandler. Pero en un momento determinado ni Faulkner ni el director Howard Hawks sabían, por lo enrevesado de la trama, quién era el asesino del chofer Owen Taylor. Le preguntaron directamente a Chandler, y ni él mismo era capaz de aclararlo. Se les había extraviado un muerto y un asesino.

En Gilda en los Andes cada cosa está en su sitio. Los muertos donde deben, los asesinos también, y los vivos persiguiendo y traspapelando algunos de sus sueños, pero aferrándose a otros como si la vida fuera una sesión continua de cine de barrio, esa que encadenaba películas, una tras otra, con la seguridad que proporcionaba la oscuridad y la certeza de que solo existía un futuro si en él se tenían puestas las ilusiones.
Por todo ello, esta novela de Fernando Marañón fue una de las noticias literarias notables de aquel 2017. Un texto importante que todavía estamos a tiempo de encontrar en las librerías, o de pedirlo, antes de que sea demasiado tarde y caiga sobre él ese injusto The End que imponen las librerías prisioneras de las mesas de novedades y rehenes del estúpido capitalismo literario.
¡Larga vida a la Generación Austral!

lunes, 2 de abril de 2018

El meteorólogo-Olivier Rolin (2)



*Esta crítica apareció en Mi Nueva Edad:
https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/4/1/el-libro-del-mes-el-meteorologo/

Título: El meteorólogo
Autor: Olivier Rolin
Editorial: Libros del Asteroide
Número de páginas: 186
Año: 2017

La vergüenza de la genuflexión


Hace un par de años tuve la oportunidad de viajar a Moscú. Si algo llamaba mi atención de aquella ciudad tan excesiva como fascinante era el mausoleo de Lenin. Esa momia, con el extraño juego de luces sobre el rostro acartonado, ejercía una incontrolable atracción sobre mí. No voy a describir ahora muchos detalles de la visita a ese funesto lugar, no es el motivo de esta reseña, cuyo objeto es recomendar a los lectores de Mi Nueva Edad el libro del mes: El meteorólogo, magníficamente publicado por Libros del Asteroide, del autor francés Olivier Rolin.
Pero una cosa me llamó la atención en el mausoleo: la gran cantidad de personas que hacían una reverencia en señal de respeto a la momia (y si, reconozco que yo me cuadré y la hice también, pero solo por tratar de permanecer algo más de tiempo allí dentro, absorbiendo todos los matices de la locura y de la muerte, dado que los ariscos guardianes no permiten que nadie se detenga para una contemplación pasiva). Un grupo de asiáticos, tal vez chinos o coreanos, se arrodillaron frente al cadáver que los contemplaba desde el catafalco, quietecito en su urna.
Lo inquietante se encontraba a la salida del túmulo: de bruces, uno se topa con el busto que señala la tumba de Stalin. Un Stalin que, momificado, compartió lugar junto a Lenin hasta que el XX Congreso del Partido Comunista denunció el culto a la personalidad y comenzó con la “desestalinización”, retirando su momia de allí. Inquietante, desde luego, porque el grupo asiático reverenció sin miramientos —y se prodigó en genuflexiones y saludos, rodilla en tierra incluida— la tumba del mayor criminal del siglo XX. ¿O es que acaso no eran conscientes de ello?
Por ello, es tan necesaria la historia que nos presenta Olivier Rolin. Una historia dura y cruel sobre la implacable e injusta condena que recaerá sobre Alekséi, un inocente meteorólogo de la URSS. A través de ella podemos contemplar con pavor cómo Stalin sumergió a Rusia en una pileta de sangre, cómo masacró sin contemplaciones y según sus caprichos a millones de personas, incluso cómo tergiversó los ideales de ese Lenin momificado transformándolos en el veneno de la dictadura y el terror estatalizado.
Denunciado por un artículo publicado en una revista meteorológica, Alekséi será deportado a un campo de trabajo en el Mar Blanco y, finalmente, cruelmente ejecutado. Durante todo ese tiempo, desde su detención hasta poco antes de su tremenda muerte, guardará una extraña fidelidad al sistema, al comunismo y al propio Stalin. Simplemente, su fe en el Partido y en la utopía era tan poderosa que la única explicación a su desgracia radicaba en que todo fuera un monumental error y que, en el mismo instante en que Stalin lo supiera, le pondría remedio. Lo cierto era que la condena a muerte de Alekséi estaba firmada por el propio Stalin, como las de otros millones de personas. En el bosque de Sandarmoj, en donde fue ejecutado Alekséi, se hallaron diez mil cuerpos en fosas comunes.
El relato de Olivier Rolin se apoya en las cartas que el meteorólogo envió desde el campo de trabajo a su familia, y más en concreto a su hija de cuatro años —a la que no volvería a ver—. A través de esas cartas asistimos al paulatino desmoronamiento de Alekséi, paralelo al colapso del sistema de fraternidad universal de esa Unión Soviética que terminó por traicionarlos a todos. Su final, realmente insoportable en la narración del autor francés, convierte al libro en un documento de primera magnitud, de una importancia determinante a la hora de reparar la memoria y la injusticia cometida con las víctimas. Y arroja luz sobre aquellos que, cegados, todavía le hacen reverencias a la estatua o a la tumba de Stalin.
Es el libro de Rolin uno de los libros más emocionantes que haya leído últimamente, un gran reportaje sobre la represión y el sistema mortal de los criminales que actuaban camuflados en nombre de los ideales de un Partido, comportándose como unos carniceros que, con cada disparo en la nuca, no solo ejecutaban a un semejante, sino que también ajusticiaban los valores de esa Revolución que aseguraban proteger con sus actos infames.
Libros del Asteroide nos ha traído una lectura tan conmovedora como luminosa, por lo que aporta de luz sobre aquel régimen de asesinos. Una lectura perfecta para todos esos que todavía se someten a la vergüenza de la genuflexión y que, quizás, tras leer El meteorólogo ya no se arrodillarán ante Stalin o, al menos, serán conscientes de que al hacerlo comparten sus crímenes. Después, pueden seguir caminando, cámara en mano y como turistas, fotografiando las murallas del Kremlin, pero dejando tras de sí un reguero de sangre.

martes, 27 de marzo de 2018

El meteorólogo-Olivier Rolin


*Esta crítica apareció en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/el-meteorologo-olivier-rolin-y-el-definitivo-extravio-de-la-fe/

El meteorólogo: Olivier Rolin y el definitivo extravío de la fe

Libros del Asteroide ha construido, con El meteorólogo de Olivier Rolin, un díptico. Un díptico estremecedor sobre la vida cotidiana bajo el estalinismo más extremo, que se completa con la publicación, hace ya unos meses, de La acusación de Bandi. Ambos textos presentan la impotencia del ser humano inmerso en el horror de un régimen como el de Stalin o como el de Corea del Norte. Un régimen que destroza cualquier atisbo de libertad, de humanidad, de esperanza. Tal vez, en este sentido, aun sea El meteorólogo más demoledora que La acusación: por lo que posee de sentencia sobre el régimen de Stalin, apoyada en todo el peso realista del reportaje periodístico. Por su parte, Bandi presenta sus cuentos de Corea del Norte como un compendio de indignidades tras unos relatos de ficción —no por ello menos verdaderos—, como las pruebas de lo que está ocurriendo allí. Si el asiático acusa al sistema, el trabajo de Olivier Rolin lo condena aportando evidencias demoledoras.

La historia de El meteorólogo es una historia real, no necesita de ninguna clase de ficción para mostrarnos lo peor y lo más cruel del gobierno que puso en pie Stalin. Un método asentado en la fraternidad ideal del comunismo que, sin embargo, subvertía, cuando no pervertía, la mayor regla del derecho: la presunción de inocencia. Con el estalinismo todo el mundo era culpable hasta que se pudiera demostrar lo contrario. Generalmente, nunca se demostraba esa remota inocencia porque el principio del entramado político-judicial gansteril era el de culpabilidad absoluta de todos. Incluso, en muchas ocasiones, hasta de los propios acusadores:
En tiempos de Stalin todo ciudadano de la URSS era culpable en potencia, se trataba tan solo de descubrir de qué y esa era la tarea de los órganos”.

Si se investigaba lo suficiente, todo el mundo era un criminal, todo el mundo se había conducido en contra del comunismo, del socialismo, de Stalin, o de Dios sabe qué —y no pongo a Stalin y a Dios en la misma frase por casualidad, al fin y al cabo en el superlativo ateísmo soviético Stalin era un Dios con mayúsculas, incluso un pantocrátor—.
Esta presunción de culpabilidad abrió las puertas a las escuchas, a las investigaciones, a las purgas, a las condenas y a las ejecuciones en masa. Millones de inocentes fueron arrastrados a la trituradora soviética del GULAG o a la maquinaria del tiro en la nuca. El autor define a este sistema de la siguiente manera:
Lo propio del terror que Stalin empezaba a hacer reinar era que nadie se libraba de él, por encumbrado que estuviese, por fiel que fuera en su tarea de verdugo. Nadie dejaba de ser un muerto viviente”.
Un muerto viviente. Muertos en vida. Tales eran quienes vivían bajo los regímenes comunistas, hasta el punto de que el escritor albanés Ismaíl Kadaré los define con un adjetivo bien significativo: funervivos. Pero bajo la losa congelada de esta palabra no sólo se engloban las víctimas, también lo son los encargados de administrar la partidista y miserable justicia bastarda y mentirosa, los servidores del régimen, todos aquellos que flotan panza arriba en la pecera de aguas fecales del sistema, que se han dejado pillar los dedos, las manos y los brazos con las bisagras de la sangre y con el mecanismo del entramado del Partido.

En los cuentos de Bandi que conforman La acusación los personajes deambulan sintiéndose permanentemente culpables de algo que les resulta insondable. Es la máxima expresión del sometimiento de masas, a tal punto se ha llegado a anular la voluntad de las personas. En el régimen de Corea del Norte los ciudadanos creen que son profunda y poderosamente culpables de algo y deben dar las gracias por que el Estado les permita continuar con su insignificante vida de insecto, siempre temerosos a que de un golpe los aplasten.
Puedes leer mi reseña de los cuentos de Bandi para Achtung! en este enlace:
El caso del libro de Olivier Rolin es bien diferente. En la URSS estalinista era el Estado quien creía que todos eran culpables, pero las personas se sabían inocentes hasta que ocurría el error o la desviación. Por eso, muchos de los condenados por mano del propio Stalin albergaban esperanzas de que si el Jefe de la Nación se enteraba de lo injusto de sus situaciones actuaría en consecuencia, deponiendo a los funcionarios que se extralimitaron en su celo, y reponiendo la justicia.
De ahí que muchos condenados a muerte, instantes previos a su ejecución, todavía encontraban las fuerzas para vitorear a un Stalin que, estaban seguros, desconocía las barbaridades que llevaban a cabo sus subordinados. Sin embargo, la rúbrica de la condena, en el papel oficial, era del mismo Stalin al que los desgraciados todavía imploraban. Olivier Rolin ofrece una explicación a este comportamiento:
Hay que tener en cuenta el desplome moral que entraña verse tildado de repente de enemigo del pueblo, cuando se está acostumbrado a concebir la totalidad del mundo como un enfrentamiento maniqueo, del que nada se libra, entre el pueblo y sus enemigos, hay que tener en cuenta la fe en el Partido que se mantiene contra viento y manera a la desesperada, la confianza irracional en sus dirigentes y en el más grande, más clarividente, más humano de ellos… Suponemos eso, esas razones y en el fondo nada sabemos al respecto, Quien no ha pasado por semejantes abismos no puede hacer ese viaje con la imaginación”.
De acuerdo, pero estas suposiciones nos resultarán muy válidas para comprender el inquebrantable comportamiento del meteorólogo durante su cautiverio. Su tabla de salvavidas es la incuestionable creencia en el Partido y en la infalibilidad de Stalin —y de nuevo un término religioso junto al Gran Ateo: infalibilidad, como aquella que se le supone al Papa—.
Por eso, resulta todavía más tremenda y moralmente indigesta la firme historia narrada por el francés Olivier Rolin sobre la caída en desgracia de uno de los meteorólogos principales de la Unión Soviética. Alekséi Feodósievich Vangengheim será víctima de un comentario sibilino pronunciado por uno de sus colaboradores, referente a un artículo publicado en una revista.
Alekséi había publicado una serie de trabajos sobre nuevas teorías climatológicas que uno de sus subordinados decidió atacar descarnadamente. Se había olvidado de citar a Lenin y a Stalin, ¡ellos sí que tenían ideas nuevas! Alekséi ni los mencionaba en sus ensayos… Ni siquiera recomendaba las obras de Stalin. Estaba perdido. De nuevo, el autor se muestra preciso, cirujano a la hora de interpretar la desgracia:
Olvido de Lenin y Stalin, propaganda de clase extranjera, corriente menchevique: son palabras terribles en la URSS de entonces y sobre todo en la que estaba naciendo, palabras que matan”.
Esa será la llave que abrirá la puerta de su desgracia. En 1934 lo acusan de traición a la Unión Soviéticay lo envían al complejo del GULAG en las islas Solovkí, en el Mar Blanco. Allí, seguirá siendo fiel a los ideales del comunismo, en la creencia de que Stalin no sabe ni una palabra de la injusticia que se está cometiendo con él —y por eso le dirige ocho cartas que no obtienen respuesta—. Creencia en Stalincomo se cree en un viejo icono ennegrecido por el humo de los velones, a quién se le dirigen cartas que son como plegarias pronunciadas frente al iconostasio.
Es el tiempo de los asesinos cómodamente arrellanados en sus despachos, al calor de la estufita, al amor del borboteo del samovar, entre la humareda reconfortante de la pipa de maíz y las numerosas condenas a muerte firmadas y extendidas sobre el escritorio; un vasito de vodka para disimular el mal sabor de boca, como metálico, que deja la sangre en la garganta, mientras los inocentes mueren de congelación y de hambre, también de ignorancia, sustentando sus escasas dosis de supervivencia en la creencia de un sistema que los ha condenado con una crueldad insoportable.
Stalin trabajando en su despacho. Durante un día de trabajo podía llegar a firmar cientos de sentencias a muerte.
Así que el meteorólogo escribe cartas a Stalin y a otros miembros del buró con la esperanza de que se enteren de su situación, pero por fortuna no sólo les escribe a ellos. También lo hace a su hija de cuatro años, a la que nunca volverá a ver. Porque así actúan los resortes del Régimen, la mujer del meteorólogo lo esperaba una noche a la puerta de la ópera, pero nunca acudió a la cita. Detenido esa tarde, fue conducido a la Lubianka y ya nunca regresó, porque de la Lubianka ya no volvía nadie:
Es que, si hay un lugar que simboliza ese asesinato en masa del ideal, esa monstruosa substitución del entusiasmo por el terror, de los camaradas por policías, es la Lubianka. Allí se encuentra el centro de esa alquimia al revés que transformó el oro en vil plomo”.
Rolin vuelve a ser exasperantemente exacto, tan exacto que duele. Porque en los sótanos de ese edificio maldito se ejecutaron a miles de hombres de un disparo en la nuca sobre un suelo sencillo de baldear, porque la culebrilla del manguerazo borraba el líquido del crimen, el aceite de la muerte y limpiaba responsabilidades. Sin embargo, Rolin es tristemente certero porque, por encima de los ajusticiados, lo que se ejecutaba era todo un ideal. La idea comunista transformada en excrementos, sesos y salpicaduras.
Monumento en la Plaza de la Lubianka que recuerda a las víctimas del GULAG y que esta construido con una piedra del campo de las islas Solovkí.

Olivier Rolin sabe que será en esas cartas dirigidas a su hija en donde se articule la verdadera historia del meteorólogo, en donde tomará relieves la cicatriz del dolor, cuando más nítida aparece la miseria humana en toda la amplitud de sus dimensiones. La Revolución fue partidista y arbitraria, tan solo de unos pocos, por lo tanto no fue Revolución sino injusticia. Las cartas muestran a un hombre ciego en la fe de sus ideales que lo llevan a sobrevivir en las peores circunstancias, aunque paulatinamente va perdiendo la solidez de sus creencias, hasta el desenlace humillante y terrible de su ejecución.
Alekséi es un pingajo triturado en la maquinaria del Estado, como todos esos personajes de Ismaíl Kadaré arrollados por el tren de mercancías albanés de Enver Hoxha, con 40 años de vagones repletos de cadáveres y el hedor a la muerte apestándolo todo. Alekséi es una víctima de una acusación trivial que recuerda a esa otra novela de Milan KúnderaLa broma (Tusquets), en donde el protagonista cae en desgracia por culpa de un comentario satírico sobre Trotski que ha enviado en una postal a su novia, que lo denuncia ante el Partido comunista checoslovaco.
Enver Hoxha

Los paralelismos literarios de El meteorólogo son muchísimos, no solo con novelas, sino también con muchos libros de Historia. En primer lugar, el estilo de Gran Reportaje que articula Rolin hace inevitable tener en la cabeza la obra de otro francés, el Limónov (Anagrama) de Carrére. Y el Archipiélago GULAG (Tusquets) de Aleksandr Solzhenitsyn o los Relatos de Kolimá de Varlam Shalamóv (Minúscula). E incluso otra obra del Premio Nobel, Un dia en la vida de Iván Denísovich(Tusquets). Y Prisionera de Stalin y Hitler (Galaxia Gutenberg) de Margarete Buber-NeumannStalin y los verdugos (Taurus) de Donald Rayfield o el impecable Koba el temible (Anagrama) de Martin Amis. Y claro, La acusación de Bandi —ya lo saben, también en Libros del Asteroide—.
Rolin es consciente de que está escribiendo con este enorme bagaje a sus espaldas, y así lo reconoce cuando afirma que:
Emociona ver materializarse cosas que proceden de la doble inmaterialidad del pasado y las lecturas: esos son los restos concretos, aquí y ahora, de lo que ocurrió hace mucho tiempo y que solo conozco por los libros”.
Con todos esos libros, con todos esos textos y autores, Olivier Rolin entabla un diálogo en El meteorólogo. Con las novelas de Kadaré, con El cero y el infinito (Destino) de Arthur Koestler y por supuesto con 1984 (Destino) de Orwell… Por ello, esta indagación histórica es tan rica, tan completa y tan profundamente acongojante. La correspondencia de Alekséi con el camarada Rubashov de la novela de Koestler es pavorosa. Tal y como le sucede al protagonista de El cero y el infinito le ocurre al meteorólogo durante los interrogatorios:
El pánico intelectual que le infunde pensar que cuanto más se presta al juego de la mentira, más creíble resulta, cuando la verdad lo es cada vez menos, el pánico moral que experimenta al sentir que declararse es lo que puede valerle una muy relativa indulgencia, mientras que afirmar su inocencia lo pierde”.
Se trata de la descomposición, la putrefacción cadavérica del sistema. No en vano, Alekséi acabará como Rubashov: el tiro en la nuca como indiscutible máxima de un Partido amenazado por la insignificancia de ambos personajes. Insignificancia asumida en primera persona en cuanto Alekséi baraja cualquier posibilidad como motivo de condena porque ya todo
es muy posible en el siniestro mundo alucinante del estalinismo: en un congreso internacional que presidía, había pronunciado, al parecer, un discurso de introducción en francés y no en ruso, sin respetar las instrucciones recibidas de sus superiores”.
Un discurso en francés o una broma garabateada en una postal. Ambos son motivos de condena para el desquiciado y paranoico Golem comunista que menean como un pelele Iósif Stalin o el sátrapa checoslovaco de turno, ya fuera Klement Gottwald o Antonín Novotnỳ, todos ellos espectros cebados por el mismo potaje asesino.
Stalin con Enver Hoxha (arriba) y con Klement Gottwald (abajo):


Así, en el campo de las islas Solovkí se encuentran, junto al meteorólogo, criminales de la talla del profesor Ochman de Bakú, un médico cuyo delito era:
haber roto, en un descuido, un busto de Stalin”.
O el animalista Mijail Burkov que:
 “lanzó una torta de tripas contra el enorme coche negro de un pez gordo del Partido que acababa de aplastar a un perrito”.
También hay filólogos, escritores, científicos, intelectuales, historiadores, traductores, inventores, hasta clérigos y archimandritas e, incluso, el último príncipe de la dinastía polaca de los Jagellón, un anciano que falleció tras una indigestión por haber conseguido tres raciones extras de pan.
El libro nos muestra los escalones que conducen a la desgracia del protagonista, que pasa de tenerlo todo (o todo aquello que se podía poseer en la URSS) a no tener nada —en eso también coincide con la ficción de Rubashov, porque nunca un personaje de ficción se disfrazó con tantos ropajes de realidad como este desgraciado que compuso Koestler—.
El meteorólogo se transforma por la acción punitiva: de disfrutar de un trabajo reputado y una posición sólida, junto a una familia, ahora será un número de condena en la cadena del horror, posteriormente borrado y olvidado del mundo. Esa cualidad de eliminar hasta la raíz es una característica de estos hombres sanguinarios. Tal y como sentencia el autor:
La formidable máquina de matar es también una máquina de borrar la muerte, lo que la vuelve aún más temible”.
Por ello es de una importancia crucial este libro y los libros que he mencionado antes, porque reparan la memoria que quebrantaron los asesinos y nos acercan hasta el presente a las víctimas olvidadas en los bosques de la Historia. Este es un empeño común de muchos escritores que se aproximan a los grandes genocidios y holocaustos.
Desde Franz Werfel y su reivindicación de la masacre armenia en Los cuarenta días del Musa Dagh (Losada), pasando por el recitado de las víctimas de la guerra del Líbano compiladas en listines en la obra de teatro Litoral (KRK Ediciones) de Wadji Mouawad, la poesía reivindicativa de la memoria de Zurita o Gelman, o el imponente trabajo de recuperación poética de las víctimas de las matanzas en UruguayChile Argentina llevado a cabo por el costarricense Laureano Albán en su indispensable Biografías del Terror (editorial Costa Rica), hasta ese final de la novela de Ismaíl Kadaré titulada Vida, representación y muerte de Lul Mazreku (Alianza Editorial), en donde enumera los nombres de las personas que perecieron con Grecia en los ojos y la sal en los pulmones en un intento de escaparse de la Albania de Hoxha por el estrecho del canal de Otranto.
No podemos engañarnos. Aunque la función sanadora y recuperadora de El meteorólogo es evidente, el libro de Olivier Rolin es muy duro, casi cruel, porque en él asistimos a la injusticia como suceso habitual y a la muerte como asunto común. En uno de los muchos aciertos del autor, se decide por parafrasear las cartas de Alekséi, introduciendo sus propios comentarios y conclusiones en ello.
Si Rolin se hubiera decantado por copiar las cartas una a una, el libro carecería de la impresión que nos causa al llegarnos de esta manera aquello que el autor selecciona de entre los escritos del meteorólogo, cargados con su visión que, además, es la nuestra, como lectores y personas que vivimos en el siglo XXI.
Este aspecto es determinante. El francés no se limita a ofrecer o exponer la realidad, sino que nos la muestra en tres dimensiones al encontrar esta forma de presentarla y contarla. La voz de Alekséi tamizada en la voz de Rolin es mucho más insoportable, mucho más cruda, porque el filtrado al que la somete el gatekeeper (permítaseme esta palabra de mis tiempos de estudiante de periodismo) la convierte en una especie de relato que se nos está contando de forma oral. Y desde la Grecia clásica todos hemos concluido que en la oralidad se albergan los trazos del drama, los orígenes de la tragedia. Es la forma en que aquello que llega nos golpea el corazón hasta lo insoportable.
Además, este hallazgo narrativo le permite a Olivier Rolin exponer la ejecución del protagonista de una forma tan terrible como desnuda, tan inhumana como desbordante de compasión. No estamos ante un informe de ejecución. Ni ante los documentos fríos, emitidos por los burócratas del Hades y cargados de un lenguaje seco, con palabras como raspas de sardina. Rolin lo sabe, y por ello, antes de mostrarnos el espanto en el fondo de los ojos de Alekséi, que es el espanto en los ojos del francés y que, en una mise en abyme asfixiante, es nuestro propio espanto en nuestros ojos, nos arroja un pedazo del papel oficial de la condena:
Tras haber examinado el caso número ciento veinte, Vangengheim Alekséi Feodósievich, ruso, ciudadano soviético, nacido en 1881 en el pueblo de Krapivno, región de Chernígov de la RSS de Ucrania, hijo de noble y propietario de tierras, con título de enseñanza superior, profesor, último lugar de trabajo: Servicio Hidrometeorológico de la URSS, ex miembro del Partido Comunista bolchevique, exoficial del ejército zarista, condenado a diez años de campo de reeducación mediante el trabajo por decisión del Consejo de la OGPU de fecha de veinte de marzo de 1934, ORDENA: fusilarlo (Rasstreliat’)”.
Frente al vomitivo lenguaje oficial llega la exposición de los hechos de la ejecución, narrados de forma escrupulosamente limpia, pero en donde se deslizan algunos pensamientos de Rolin que remachan el libro y que son una serpiente en nuestros oídos.
Rolin imagina ese instante de Alekséi desnudo y atado de pies y manos, arrojado a la fosa en mitad de un helador y caliente infierno de porrazos y empellones, un segundo antes de que reciba el disparo en la nuca, y no puede evitar pensar en la desolación tan descomunal del meteorólogo. Una desolación por no volver a ver a su mujer y a su querida hijita, sí, una desolación por no saber los motivos de su condena a muerte, también, pero sobre todo una desolación inaguantable cuando el buen comunista —el fervoroso estalinista que incluso enviaba a su familia desde el campo de las Solovkí manualidades con el retrato deStalin hecho con piedrecitas— descubre que su fe en el sistema al que ha dedicado su vida (y también su muerte) no significa absolutamente nada. Es la mentira del crimen.
Aquí es donde nos desplomamos. Al pensar en ese hombre entre cadáveres, esperando la detonación detrás de las orejas, sintiendo como de su corazón y de su pecho se esfuma la fraternidad comunista, que las vacías consignas de Stalin se las lleva el viento helado de los muertos y que la Revolución de Leninyace, desde hace años, bajo la piedra podrida de la losa de un cementerio, o tal vez a su lado, en esa misma fosa en donde lo han arrojado con el vapor de la vida todavía coleando.
Rolin no necesita recubrir de virtudes especiales al hombre desnudo al que van a ejecutar; ni de una relevante valentía, ni siquiera con algo que nos haga percibir que su comportamiento en el vestíbulo del exterminio lo dignifica. Sería tan banal como innecesario porque ya conocemos su gigantesca virtud:
Por haber sido condenado injustamente (…) se le exige de todo, debería tener todas las virtudes. Es inocente, lo que ya es mucho”.
Y ese es el final. El final del libro, pero no del volumen que con mimo nos trae Libros del Asteroide. Como una puñalada más, tal vez como un estacazo, en un apéndice se nos ofrecen las coloristas postales repletas de los cuidados dibujos que Alekséi envió a su hija. Son como las esquelas de un escalofriante arco iris dibujado por los insomnes, por todos esos durmientes del bosque de Sandarmoj, “el bosque de los asesinados”, en número de 10 mil cuerpos que ahora se han levantado de los siglos de hojas y barro para gritar en la voz de otros: ¿Habéis visto lo que hicieron con nosotros?
Dos de los dibujos en las cartas que Alekseí enviaba a su hija y que reproduce el volumen de Libros del Asteroide:


Olivier Rolin lo ha visto. Y nosotros con él. Hasta el detalle más mínimo, infame, cruel, sucio y miserable. Con esta lectura, igual que el propio meteorólogo, hemos perdido la fe en los hombres, en el ser humano. Si es que aún nos quedaba una pizca prendida en algún lugar entre las costillas, el corazón y el alma.

Monolito conmemorativo erigido en la entrada del bosque de Sandarmoj con la leyenda:”Hombres, no masacraros entre vosotros”.