lunes, 16 de octubre de 2017

Un cuántico aleteo en la boca-Maximiano Revilla

*Esta crítica apareció en el blog de pensamiento poético Verde Luna:

https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/10/16/tourette-en-los-no-lugares-o-el-poeta-que-desayuna-versos/


Tourette en los no-lugares o el poeta que desayuna versos

Maximiano Revilla es uno de los poetas más sorprendentes que he conocido. Y una de sus principales virtudes radica en que el asombro de su poesía aumenta con cada libro que publica. En Un cuántico aleteo en la boca despliega, de nuevo, esos poemas que son como retazos de vida, jirones de existencia, momentos congelados de lirismo. Escenas cotidianas que pueden presenciarse en las calles de la ciudad, en el transporte público, en la televisión, todas ellas poetizadas: esa sería la idea subyacente del poemario.
La poesía de Maximiano Revilla ha tomado una interesante deriva hacia lo social. Es como si hubiera encontrado un traje cómodo para sus versos cuando se remangan y se ponen a trabajar denunciando la tristeza habitual que nos atonta. De esta forma, nace en el poeta una necesidad casi obsesiva de nombrar aquellos elementos que vertebran la cotidianeidad venenosa, dejando en sus composiciones un rosario de marcas comerciales, de lugares que son no-lugares, por donde transita nuestra maldita rutina.
El filósofo francés Marc Auge puso en marcha la teoría de los no-lugares, para designar esos sitios en donde estamos de paso y que acrecientan la incomunicación. No-lugares son los aeropuertos o las habitaciones de hotel, y en cierto modo alguno de los lugares favoritos de Maximiano Revilla a la hora de poetizar: los vagones de metro, el autobús, y las marquesinas de las paradas en donde mientras esperamos podemos ver el interminable desfile de la vida amortajada.
Cotidianidad, no-lugares y trasporte público, junto con un afán incontrolable por nombrar, hacen de este poemario un ejercicio de poesía-tourette tan fascinante como incisivo, porque perfora y tritura el corazón, y deja un sabor amargo al final de la lectura.
El primer verso del primer poema, ya hace que se tambalee el mundo del lector ante lo que podemos inferir detrás de este tremebundo ataque: “Contra la corrupción: esto es la vida”. Y, lógicamente, lo que es la vida para el poeta es la poesía. Y las escenas que van a desfilar por sus poemas son el armamento para combatir esa corrupción que es la podredumbre del dia a día que nos carcome, preñado de lugares comunes, figuras de repetición, aburrimientos y obviedades. El libro se desgrana en fractales de tiempo. Comienza a la una, y dentro de ese poema aparecen otros poemas titulados A la una, como fragmentos que conforman un todo. Después, llega A la una y uno, compuesto de otras pequeñas partes, y así, hasta el último poema del libro: A la una y veintinueve.
Estamos ante una poesía de fractales, una poesía cuántica concebida como una forma de capturar en esos instantes que transcurren ante nosotros, en el vagón de metro o la parada del bus, los diferentes mundos paralelos que conviven juntos a modo de palimpsesto. Y en este poema fundacional ya se aprecia el rastro de lo social en:
Efímero igual que las hojas de los diarios escritos
con la historia de una esquina emigrante”.
Para después, terminar el poema con el primer ejemplo de esa intrusión de la vida cotidiana tecnológica, que se nos apodera del día a día: “Selfies a la mañana”. Desde aquí, en la siguiente porción de poema, aparece ya el despertador y la oficina. Es el momento de fijarnos en algunas de las isotopías del texto y determinar que palabras lo articulan. Encontramos referencias al mundo laboral —además del despertador y la oficina, las lámparas lead, los trajes, las corbatas, los táper donde se lleva el almuerzo—, a las transiciones de lo cotidiano —maquillaje, conversaciones, anuncios, las bolsas de plástico de los supermercados, tampones, preservativos—, a la situación social —el hambre, los emigrantes, un tren de refugiados, el reciclaje, la compra-venta —, y a la vida en los no-lugares como el supermercado, el autobús, el metro, las paradas de los autobuses las calles, los pasos de cebra frente a los semáforos, las butacas de los cines…
Todo ello, junto a una preocupante interpretación del tiempo, un tiempo que es inasible, que se escurre por entre los versos, dado que el poemario alberga una profunda intención de retorno a la infancia. El poeta ha encontrado una estructura cuántica que le permite cohabitar en diferentes mundos a la vez; lamentablemente, son los mundos del ahora. Versifica todo aquello que le sucede a su alrededor, simultáneamente, pero sin posibilidad de acceso al pasado o al futuro, por mucho que la poesía pueda aproximar algún recuerdo que, simplemente, es un mero y decepcionante sucedáneo de la vida.
Por ello, tiene que ser nombrando las cosas, la forma en que puede convocar los recuerdos. Maximiano entabla un descomunal combate que tiene mucho de quijotesco (no en vano ya me referí en la crítica de otro libro suyo, aparecida aquí en Verde Luna, al aspecto quijotesco de su poesía), y en donde los poemas golpean al pasado con la terrible actualidad:

 Contra todo pronóstico, entre tantas ofertas
nos amamos en un hostal del centro,
huyendo de la lluvia y de tus padres.
Cuarenta años después de criar a nuestros hijos,
te presento a las nuevas rebeliones:
pan sin corteza en su bolsa de plástico”.

Maximiano Revilla traza una poética urbana en este poemario, donde las barras de los cafés, los madrugones para acudir al trabajo, los gimnasios y las perfumerías, las farmacias y los estancos, forman parte del esqueleto de la ciudad que nos alberga, por la que nos movemos como zombis y en donde no somos ya capaces de percibir lo que nos rodea. La ciudad, como el mayor de los no-lugares posibles. La ciudad es una isla. El lugar de mayúsculo aislamiento en donde serpentea el Gran Commuter, el poeta de los transportes públicos, las tristezas colectivas y los versos de desayuno con churros o pincho de tortilla. Y todo ello posee un lirismo desbocado en los ojos, y en el corazón, de Maximiano Revilla.
Ciertos retales del pasado, de una era pre-tecnológica, parecen asociarse al espíritu puro de la poesía: “Adiós tienda del barrio, constelación del poeta”, se nos dice en un verso amargo que lamenta esta pérdida de la capacidad de sorpresa, aniquilada por tuits, selfies, comida basura y anuncios que prometen la felicidad. En medio de todo esto, vivimos en una soledad profunda y tediosa.
Todo se retransmite en diferido para poder cortar si fuese necesario”, es este verso el cogollo central del poemario. El alfa y el omega de todos los problemas: programados, supervisados en el día a día, dominados por biempensantes y buenistas que dictan lo políticamente correcto, disponen con absurda autoridad aquello de lo que debemos hablar a voces y aquello de lo que tenemos que cuchichear a escondidas, y que marcan las lindes de unas vidas cotidianas que, obligatoriamente, deben discurrir ocupadas por mujer, perro y niño
Ser poeta significa realizar la elección más políticamente incorrecta que se pueda hacer. Porque ser poeta, obligatoriamente, lleva a preguntarse acerca de las cosas, a no admitirlas como son o como ellos quieren que sean, y eso resulta incómodo para el pensamiento único que pretende regirnos dentro del buenismo-light y la corrección de pastel.
Quizás, por todo ello, el poema A la una y veintinueve, que cierra el libro, presenta una conversación del poeta con una dama que muy bien pudiera ser la Vida, en una especie de entrevista de trabajo, ese mal que gobierna estos tiempos, y de la que solo queda un regusto amargo porque, la Vida, no parece estar dispuesta a contratarnos.
De esta forma, Maximiano Revilla ha intentado resolver un misterio: el cuántico aleteo en la boca es el movimiento de la lengua y de los labios al articular un nombre —recordamos el principio de la Lolita de Nabokov…, no podía ser de otra manera—. ¿Pero cuál es este nombre que pronunciamos como un ensalmo y que nos guarece de los insultos de esa vida que no nos quiere? Se trata del nombre de la persona amada, del nombre de un libro, de un escritor, del nombre de cualquier cosa que pueda hacernos la existencia más llevadera; nombres que pronunciamos como corazas, que nos blindan ante la hostilidad cotidiana y nos protegen del horror de los telediarios, del espanto de la cola de la panadería, de la soledad de las butacas del cine, de la agresión del café de máquina en la agria pausa de la media mañana.
Personas amadas, libros, sueños, ideales…, al final, todos estamos articulando el mismo nombre con el mismo aleteo cuántico: es la poesía. Nuestra poesía de batalla, personal, intransferible, esa que consigue que nos sobrepongamos, la que nos proporciona fuerzas para afrontar el día a día y poder escapar de la pavorosa soledad de los no-lugares.

O de un único y descomunal no-lugar: nuestra propia vida.

lunes, 9 de octubre de 2017

Limónov-Emmanuel Carrère


*Esta reseña apareció en mi columna literaria de los viernes de achtungmag:

http://www.achtungmag.com/emmanuel-carrere-limonov-la-poliedrica-personalidad-rusia/


Emmanuel Carrère: Limónov o la poliédrica personalidad de Rusia

No acostumbro a reseñar ningún libro que no me hayan enviado las editoriales, pero con Limónov (Anagrama) voy a hacer una excepción hoy en esta columna de los viernes de El Odradek. Y lo excepcional de esta obra viene dado por dos aspectos: en primer lugar, porque una mañana algo torcida apareció en mi casa en forma de paquete, mandado de forma desinteresada por una de esas personas que hacen que Instagram merezca la pena. Al menos, el Instagram que yo conozco y que es el Instagram literario. El segundo aspecto, nos remite meramente a su contenido excepcional. Limónov es, en su género, una obra maestra. ¿Pero cuál es su género?

Hacía mucho tiempo que llevaba oyendo hablar de Limónov. Algunos amigos de fino paladar lector ya me lo habían recomendado con ganas. La obra apareció en España en 2013 y, desde entonces, sentía que era un asunto pendiente. Ahora, gracias al mecenazgo cibernético, he podido saldar esa deuda.

Emmanuel Carrère elabora una biografía novelada, un producto literario acorde con esta post-posmodernidad en la que nos encontramos, donde los recipientes que albergan la literatura han difuminado sus límites hasta convertirse en vehículos de diversidad narrativa. Quiero decir con eso que, Limónov, es consecuencia de estos tiempos nuestros, y como tal se presenta… Un libro que es difícil de definir, una biografía que a ratos parece novela, que en otros es un tratado sobre ciertos aspectos y conflictos de la Europa más cercana y, para culminar, se convierte en una magnifica autoficción.

Pero…, un momento, ¿estoy hablando del libro o del propio personaje? ¿Acaso Eduard Limónov no es un hombre complejo, poliédrico, enrevesado, indefinido, imposible de definir, al estilo del país de donde procede? Cuando uno lee este tremebundo compendio de las miserias continentales del cambio de siglo, se da cuenta de que Rusia es una amalgama de personalidades, como Limónov y, ¡oh, sorpresa!, como el propio libro.

Eduard Limónov representa todo aquello que ha sido, que es, y que necesita ser Rusia: bohemio, desdichado, cruel, tirano, sumiso, violento, genial, voluble, arisco, pavoroso. Con la lectura de la construcción geométrica que de este personaje lleva a cabo Carrère, —una especie de cubo de Rubik imposible de cuadrar por muchas maniobras que se intenten—, al mismo tiempo, se está conformando la arquitectura, vertebra a vértebra, de aquella infamia que fue la Unión Soviética, de esa especie de Chicago Años 30 que resultó ser la Federación Rusa, y del laberinto brutal que ahora es la tierra de Vladímir Putin.

No cabe duda, al leer este lúcido retrato, que sólo podría haber sido un ruso, por entonces soviético, Alekséi Pazhitnóv, el creador de un juego como el Tetris, en donde hay que encajar desesperadamente las piezas de un puzle hasta el infinito… Y un puzle es también este Limónov, en lo personal, en lo literario, e incluso en lo geopolítico, ya que de su mano recorremos algunos instantes determinantes de nuestra (in)consciencia europea, como la guerra de los Balcanes, la liquidación de los comunismos o el repunte de los nacionalismos de corte ultraderechista.

Literariamente hablando, Limónov es una construcción encadenada en un momento de estado de gracia de su autor. La inclusión del propio Carrère en el texto lo dota de las gotas justas de autoficción para convertir a la biografía en un ejercicio de nervio moderno y claridad explicativas. Destacables, muy destacables, son algunas de las páginas dedicadas a la URSS, la Rumania comunista o a la ex Yugoslavia.

El libro ya merecería la pena por lo que se encuentra entre sus páginas 197 y 202, donde Carrère realiza una de las disecciones más contundentes y concluyentes de la historia estalinista de la URSS. Nadie podrá afirmar que desconoce los hechos, o que no comprende lo que sucedió allí, después de leer esos párrafos demoledores. La URSS, Rusia y Eduard Limónov son poliedros de infinitas caras, cuyas aristas no solo pinchan: destrozan.

En el capítulo de otras personalidades históricas que pasan por el tamiz biográfico de Carrére hay que destacar los retratos que hace de Gorbachov, Yeltsin y, por supuesto, Vladímir Putin. Sus componendas, sus triquiñuelas bastas y baratas en el poder, para afianzarse o conseguirlo, y sus crímenes de Estado: la guerra de Chechenia para disimular la enorme corrupción en el Ejército, los atentados en edificios de diferentes ciudades rusas que acabaron con la vida de 300 personas y que se achacaron al terrorismo islámico, la masacre con gas en la desgraciada gestión de la crisis de los rehenes del Teatro Dubrovka de Moscú, los tejemanejes económicos que entregaron las grandes compañías de gas y petróleo a multimillonarios…

En ese aspecto, en el del crimen, Carrére no se anda con tibiezas, y culpa directamente al Estado del asesinato del general Lebéd —en un sospechoso accidente de helicóptero—, y de las muertes de los periodistas Artyom Borovik —en accidente de aviación—, Paul Klébnikov —ejecutado de cuatro disparos en plena calle, primo de Carrére— y Anna Politkóvskaya —en el ascensor de su casa—, así como de la liquidación del ex agente del KGB Alexander Litvinienko —envenenado con polonio-210—.

Pero, por encima de todo este horror, uno de los regalos que Carrère nos hace en este libro es el proporcionarnos noticia de otras obras que son realmente impactantes. Personalmente, yo desconocía a Limónov como escritor. Tenía una remota idea de que era un personajillo, politicastro de un partido extremista, y también ignoraba que una de sus novelas se publicó en España en 2014. Se trata de Soy yo, Edichka (Marbot ediciones), primer texto que escribió, de marcado carácter autobiográfico, del cual se nutre esta autoficción biográfica novelesca de Carrère, y que generalmente se considera como una obra maestra. Y mi sorpresa ha ido en aumento al descubrir que la sorprendente Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, editó en 1991, Historia de un servidor y, en 1993, Historia de un granuja.

Además, el francés nos menciona en su libro una obrita determinante para conocer el carácter de la sociedad de la era de Brezhnev, un texto macerado en alcohol titulado Moscú-Petushkí de Venedik Eroféiev, que también está editado por Marbot y además por Alfaguara. Y la obra de Zajar Prilepin, militar en Chechenia e ideólogo del Partido Nacional Bochevique fundado por Limónov, y publicada por la editorial Sajalín: Patologías.

Y me gustaría que algún día se publicara algo de la curiosísima Natasha Medviédieva, ex esposa de Limónov y que, aparte de ser la portada de aquel primer disco de The Cars en 1978, fue cantante de rock del grupo Tribunal, poeta y narradora, cuya obra permanece inédita en español.

No puedo evitar recomendar una lectura transversal que cuadra perfectamente con esta lectura de Limónov, por algo soy comparatista, y durante mi inmersión en las páginas de Carrére no me he quitado de la cabeza la obra El Imperio del polaco Ryszard Kapuscinski, como un complemento ideal a esta visión de la descomposición del Imperio Soviético, su peregrinación como Federación Rusa y el inmenso caos que representa en su actual piel de Madre Rusia.

Tres etapas políticas que son las tres edades que conforman la personalidad poliédrica de Eduard Limónov, un reflejo de lo que Svetlana Aleksiévich denomina como Homo Sovieticus.
Homo Limónov, me atrevería a decir.


sábado, 7 de octubre de 2017

La transformación-Franz Kafka (2)



*Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/10/4/el-libro-del-mes-la-trasformacion-de-franz-kafka/

El Gran Clásico que siempre vuelve

Parece que fue Mark Twain quién acuñó esta definición sobre lo que es un clásico literario: “un libro del que todo el mundo habla pero que no ha leído”. Puede que tenga razón y, por eso, Mi Nueva Edad trae como recomendación uno de esos clásicos entre los clásicos para que si todavía hay quién no lo ha leído (aunque hable de él), pueda solucionar el asunto con una edición nueva de La transformación, de Franz Kafka.
¡Eh, un momento! ¿La transformación? Jamás hemos oído que Kafka escribiera semejante cosa… En efecto, la primera de las novedades que presenta esta edición que acaba de llevar a cabo la editorial Navona, es haberle dado el título que desde hace mucho tiempo los kafkianos reclamábamos. Como muy bien afirma Xandru Fernández, el traductor y autor de un pequeño prólogo, si Kafka hubiera querido llamarlo La metamorfosis, pues lo hubiera titulado así, Die Metamorphose, pero lo que hizo fue llamarlo Die Verwandlung, es decir: La transformación. No podemos olvidar que cuando Gregorio Samsa despierta, después de un sueño intranquilo, ya se ha convertido en un insecto. Una metamorfosis tendría mucho de proceso en marcha, y tal vez asistiríamos al cambio progresivo de Gregorio desde su estado humano hasta alcanzar la forma del bicho en cuestión… Sin embargo, la narración comienza in media res, esto es, cuando ya se ha transformado y sin que podamos entender cómo.
O quizás sí que podemos comprenderlo…, si dejamos de leer el texto inmortal de Kafka como una simple historieta de ciencia ficción. Es cierto que todas las obras admiten diferentes lecturas, en mayor o en menor profundidad, pero es imposible abstraerse al tremendo carácter simbólico de La transformación. Toda la historia es una metáfora de la incomunicación del individuo, del sentimiento de aplastamiento y angustia, terribles circunstancias que van más allá de si Gregorio es un escarabajo o una cucaracha. Esto ya lo he explicado en mi cuenta de Instagram, @literatura_instantanea, y podéis echarle un vistazo si os interesa.
De esta manera, entendiendo el relato de Kafka como algo simbólico, podemos darle todo el sentido que necesita la historia. Si después, nos apetece pensar que, en efecto, Samsa ha mutado misteriosa y terriblemente en una cucaracha, somos libres de hacerlo, siempre que primero entendamos que la transformación nauseabunda se ha producido, realmente, en el interior del hombre, y que ese hombre es un protagonista, además, colectivo: nos representa a todos nosotros. Si os interesa una interpretación más profunda de las muchas lecturas que se pueden hacer del texto, aquí os dejo un enlace a un trabajo mío:
Es un momento perfecto para adentrarse en este relato que lleva ciento dos años provocando pesadillas, misterios y rechazos en los lectores. La editorial Navona lo ha publicado dentro de su colección Ineludibles, que presenta los clásicos rejuvenecidos en nuevas traducciones y con una edición sobria y agradable; sin duda, una mirada fresca sobre el Gran Clásico del escritor atormentado, que continúa impactando como al principio, cuando heló el espinazo a los pocos que pudieron leerla por entonces.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Matadero Cinco-Kurt Vonnegut



*Esta reseña apareció en el sitio Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2017/9/6/el-libro-del-mes-matadero-cinco-de-kurt-vonnegut/


Título: Matadero Cinco
Autor: Kurt Vonnegut
Editorial: Alfaguara
Número de páginas: 192
Año: 2006


Historia de un peregrino del tiempo

            Es Matadero Cinco, del estadounidense Kurt Vonnegut, lo que podría denominarse como una novela total. En ella, se combinan diferentes técnicas narrativas y tácticas compositivas para atrapar al lector de una forma profunda y conmovedora.
            La historia, o tal vez la Historia —con mayúsculas— de Billy Pilgrim, y ese nombre ya dice mucho, puesto que Pilgrim significa “peregrino”, es la de un viajero en el tiempo, la de un preso americano en manos alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, la de un recluso en el zoo de un planeta extraterrestre que exhibe a ejemplares humanos, la de un superviviente de un accidente de aviación…, todo ello a la vez.
            El protagonista vive sus vidas, o su única vida descompuesta en diferentes planos temporales, a golpe de salto cuántico, mientras la verdadera historia que se quiere contar, tan tremenda y cruel, se mantiene al fondo, agazapada como un depredador que nos dejará sangrando por efecto de sus garras.
La historia que de verdad se cuenta en Matadero Cinco –es decir, la Historia, con las mayúsculas de la vergüenza— es la del bombardeo y destrucción de la ciudad de Dresde por parte de los aliados. Esta matanza, tan terrible como Hiroshima o Nagasaki, por citar otros dos bombardeos tristemente célebres, permaneció oculta durante un tiempo en el bando vencedor como algo de lo que era indeseable hablar. La ciudad fue reducida a escombros y murieron cerca de 135.000 personas, y Kurt Vonnegut, como prisionero de guerra, se encontraba allí, encerrado en el barracón número cinco de un matadero reconvertido en refugio.
            El problema que semejante barbarie presenta al escritor radica en saber encontrar una forma de aproximarse a la matanza sin que la novela resulte asfixiante, deprimente o insoportable. Así, el autor concibe un plan magistral y nos entrega un alegato antibelicista, sin vencedores ni vencidos, mediante una visión fragmentada, muchas veces disparatada y con visos de esperpento. Solo de esa forma puede conseguir una visión completa y compleja del horror, a la par que reflexiona, muy profundamente, sobre la condición humana.
            La novela pertenece a lo que desde hace tiempo vengo calificando como novela cuántica —tal vez una de las más importantes en este género—, una forma de abordar la realidad más allá de lo meramente convencional, porque lo que vemos y percibimos no es lo único que existe. Recurriendo a técnicas y recursos narrativos tomados de la mecánica cuántica, el autor quiebra las convenciones y obtiene una visión mucho más real de lo que allí ocurrió y que llega mucho más lejos de las formas en las que hemos intentado interpretarlo, entenderlo o asimilarlo.
            El tiempo y el espacio no obedecen al tiempo y el espacio que conocemos. De esa forma, todo ocurre al mismo tiempo en un pasapresenturo fragmentado, donde los personajes viven una bilocación en diferentes planos y en diferentes vidas, creándose la novela ante nuestros ojos de lectores perplejos y divertidos.

            Matadero Cinco es una obra maestra, y Vonnegut un escritor sensacional, pero más allá de la obra cuántica y de la facilidad con que podemos leerla, e incluso encontrarnos con la sonrisa optimista en algunos de sus párrafos, nos topamos, a su término, con el paisaje desolado y triste de la ruinas de la ciudad de Dresde; unas ruinas muy semejantes al alma humana. Un alma que solo puede redimirse mediante composiciones artísticas tan bellas y originales como esta novela, que con humor y cierto optimismo nos permiten volver a respirar de nuevo.

lunes, 21 de agosto de 2017

Una playa de septiembre-Sofía González Gómez


*Esta reseña apareció, originalmente, en achtungmag.com:
http://www.achtungmag.com/cliches-sonrisas-una-playa-septiembre-sofia-gonzalez-manual-neo-tristeza-virtual/

Clichés y sonrisas: Una playa de septiembre, de Sofía González, manual de neo-tristeza virtual.


La editorial La Isla de Siltolá acaba de publicar un intenso libro de relatos breves titulado Una playa de septiembre, de Sofía González Gómez. El dolor y la soledad de lo cotidiano en este mundo moderno, algo que podría definir como el mal del siglo XXI — jugueteando con aquel mal du siècle modernista—, llenan las páginas de unas historias incómodas para el lector, cargadas de tristeza.

Decía Julio Cortazar, en sus recomendaciones sobre las virtudes que debía poseer un relato, que la historia debía lanzarte un puñetazo directo al mentón. Lo que te golpea en las narraciones de Sofía González no es un puñetazo, se parece más a una patada en el estómago, y ocurre al final del texto. Una y otra vez se cierran los relatos con un certero impacto de amargura que genera un inmediato malestar en el lector. De esta manera, la autora conforma un universo erizado con el que impregna todo el libro.

Fue el antropólogo francés, Marc Augé, quien acuñó el término de no-lugar para referirse a sitios por los cuales pasamos de forma transitoria o circunstancial; en donde se suman los anonimatos de cada individuo para crear una cierta identidad compartida durante el tiempo en que uno se encuentra inmerso en ellos. Son no-lugares los aeropuertos, los hoteles, los trenes…, y un no-lugar que tiene una relevancia especial en la narración de Sofía González, es el metro.

Porque será el metro, como material narrativo para la autora, un ejemplo mayúsculo de no-lugar en donde el individuo desarrolle toda la parafernalia de la incomunicación mediante la adopción de una falsa identidad compartida con el resto de los viajeros. Así, la presencia de este escenario resulta determinante para mostrar el mal de soledad que aqueja al individuo del siglo XXI.

El metro como esclusa, que vomita al personaje desamparado en medio de la ciudad, o el metro como inclusa, que absorbe a la persona para integrarla en su marasmo momentáneo. Lo que sucede en esos vagones, con el ir y venir de la gente, es un riquísimo botín para un novelista, que no puede resistirse a imaginar y elucubrar sobre las vidas de los viajeros. Eso hace la autora en el relato Todos los novios de mi vida, entablando una conversación literaria con el cuento titulado La novela del tranvía, del mexicano Manuel Gutierrez Nájera. Tal y como se afirma en el cuento Estatua de sal, “el metro es un vagón de sorpresas”.

La percepción aguda de la narradora va interpretando algunos de los signos que puede leer en las caras de los viajeros, aquello que denotan sus gestos, lo que puede inferirse de las lecturas que llevan bajo el brazo. Pero todo se encuentra virado en el color sepia de la tristeza, los viajeros se mueven de forma automática, empantanados en sus rutinas diarias. Son, como dijo Roberto Arlt en su novela Los siete locos: “cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre”.

En efecto, de los relatos de Sofía González se desprende ese mal del siglo XXI que nos azota. El mal de la tristeza, porque la literatura de nuestra época es una literatura de la tristeza, o mejor dicho, una narrativa de la neo-tristeza. Después de la Segunda Guerra Mundial, la literatura intentó responder a la cuestión de la identidad del hombre por encima de otros asuntos. Los conflictos, la barbarie, habían acabado por provocar un profundo desarraigo en la condición humana. La llegada de la post-modernidad sublimó este concepto de la identidad, focalizándolo en el “yo”. Ahora no se trataba de buscar la respuesta identitaria sobre el hombre en general, sino centrándola en la individualidad de cada uno. Pero tras la post post-modernidad, esto ha cambiado.

La literatura del siglo XXI ya ha encontrado esa identidad del “yo” desarraigado. Se trata del hombre triste, poseído por un sentimiento de tristeza universal que ya no tiene solución. Dentro de esa tristeza, se produce un intento de enmascaramiento, que lleva a que los individuos adopten diferentes identidades en función del no-lugar en el que se encuentren. Eso conduce a lo que denomino neo-tristeza, porque se ampara en las nuevas tecnologías que, casi siempre, contribuyen a multiplicar el sentimiento de soledad.

Una playa de septiembre trata, fundamentalmente, de esto. Y lo refleja con una nitidez descarnada. Diríase que es un desolador álbum de miserias humanas, en donde la impostura y las máscaras tratan de disimular toda la angustiosa soledad que nos gobierna. No en vano, el libro se inicia con un relato titulado Compra-venta de identidad. No podía ser de otra forma. Es toda una declaración de intenciones de la autora, una advertencia del catálogo humano que va a desfilar por las páginas, amparadas en lo que tildo como costumbrismo tecnológico.

Las redes sociales han contribuido a que se puedan deformar las identidades y que una persona se haga pasar por diferentes roles en función del escenario tecnológico en el que actúe. La ficción y la realidad se trasvasan de un lado a otro, y ya no somos capaces de saber con quién estamos tratando. El sentimiento de distanciamiento e inhumanidad se amplifica. Una muestra de esta impostura de las relaciones humanas lo ejemplifica el uso del correo electrónico en el relato que da título al libro, Una playa de septiembre. Los comportamientos cibernéticos obedecen a los mismos resortes que se repiten una y otra vez, y las relaciones por email, por ordenador, que aparecen el libro, son una disección de las costumbres de nuestra era.

Por ello, la autora se aproxima mucho a dos corrientes literarias: el costumbrismo galdosiano y el realismo clarinesco —y Galdós, por cierto, también tiene una Novela en el tranvía—. El compendio de relatos se esfuerza en mostrarnos el comportamiento rutinario y ritual de los tristes tecnológicos, unido a la disección y amplificación de la ciber vida cotidiana. No es casualidad que nos encontremos con una referencia a la película Her, uno de los filmes más fríos e incomodos que he visto en mi vida, en donde la falsa realidad de la tecnología se convierte en algo desesperante y agotador.

Muchas veces creemos que ya conocemos a alguien gracias a la relación que hemos establecido por Internet, también por la imagen rápida que ha querido que consumamos, y no le damos demasiado tiempo a que ratifique esas impresiones, o a que las desmonte, tras un atribulado primer encuentro en persona. Acertadamente, la autora formula esta frase que parece una sentencia de nuestros tiempos: “el azar no le dejó tiempo suficiente para construir lo real”. Pero, ¿qué es lo real en un entorno en donde, para conocer a alguien, una de las protagonistas de los relatos asegura que tiene que “desvirtualizarlo”?

Además del vagón de metro, otros no-lugares cotidianos aparecen como escenario de estos encuentros desnaturalizados. Uno especialmente notable, cargado de meta referencias, es la sala de cine. El relato Fila 8, asiento 4, abunda en este sentido, pero pone también el foco en otro aspecto enfermizo de nuestra sociedad hiper modernizada: la sobre culturización, el exceso de estímulos que nos bombardean, obligándonos a vivir en un caldo de consumo inmediato que no permite tomar un instante de reflexión. El arte, la cultura, se consumen y se arrojan a un lado, para abalanzarnos sobre la siguiente propuesta. Las predicciones de Walter Benjamin al respecto de la pérdida de aura de la obra de arte reproducida se han cumplido plenamente.

Especialmente sensible a esto es el relato Vértigo, ambientado en una exposición sobre Alfred Hitchcock. Las exposiciones, las salas de los museos, nuevos espacios que incorporar a los no-lugares que, además, provocan comportamientos impostados de algunos asistentes que buscan ofrecer una imagen bastarda. El acelerado consumo cultural e intelectual obliga a crear toda una red de mentiras. En este sentido, algunas partes de Una playa de septiembre, incluso en su estructura y forma de mostrar los fragmentos de realidad, entroncan con la más que interesante obra del polaco Adam Soboczynski, El arte de no decir la verdad (Anagrama).

De esta manera, en este libro la cultura aparece como un campo de batalla en donde librar las relaciones humanas, y se aporta un nuevo no-lugar: el congreso de literatura. Un sitio de intercambio en donde cada uno va a lo suyo, en el que se bombardea con sobre cultura a los asistentes, y en donde las relaciones humanas que florecen son vacías y de compromiso. Algo parecido a lo que ocurre en otro no-lugar sorprendente que aparece en el texto y que, de no ser por el tratamiento que le da la autora, jamás se me habría ocurrido catalogarlo como tal: el piso de estudiantes compartido. Un espacio en donde la mentira y la ficción vital alcanzan sus cotas máximas. Como se afirma en el relato Estatua de sal, flotamos en un mundo que se reduce a “clichés y sonrisas”.

Además, el texto de Sofía González propone una interesante reflexión meta literaria. Ante los pasajeros del vagón de metro, o la lectura de un email de una persona que todavía no conoce, la narradora del libro elabora continuos retratos en su cabeza, imagina acontecimientos, sucesos y comportamientos de la vida cotidiana de esos seres. Lamentablemente, las expectativas se desmoronan una y otra vez, porque la ficción siempre se impone a la realidad en cuanto al atractivo. “Ya estaba construyendo historias que probablemente no ocurrirían jamás”, apostilla; es la máxima de la creación literaria.

En cierto sentido, la sociedad moderna obliga a que los individuos se creen una vida paralela ficticia, es decir, literaturizan su existencia bajo una especie de síndrome de Petrarca de perfil bajo. No es que busquen convertir sus vidas en literatura de una forma consciente, pero sí que las ficcionalizan hasta cotas insoportables. Todo acabará, así, por ser un libro que estamos escribiendo… ¿Encontraremos lector? Si te interesa saber más sobre este síndrome, puedes consultarlo aquí:


Sofía González nos muestra el mundo como constructo, como representación. Es ese Gran Teatro del Mundo calderoniano, donde todo es un sucedáneo, incluso la muerte. Para hacer desaparecer a alguien de nuestras vidas tan sólo necesitamos “bloquearlo en nuestra aplicación de redes sociales. Esta es la muerte nueva y remozada, moderna y cibernética, tan acorde con la neo-tristeza del mundo en el que creemos vivir y en donde precisamente eso, la tristeza —junto con el dolor profundo—, parecen ser los únicos sentimientos veraces.


Demasiado horror moderno para nuestros corazones, ya sean como “una playa de septiembre”, tal y como reza un verso de Miguel D´Ors, o un cazador solitario, en palabras de Carson McCullers. Son los dos últimos relatos del libro, el tristísimo 2 de noviembre de 2016, y el tremendo Vida de provincias, con un desenlace que oprime al lector como si se le hubiera colocado un yunque sobre el pecho, la rúbrica desesperanzada a un trabajo narrativo que es un compendio de todas esas afrentas modernas para las que ni la literatura podrá servirnos de defensa. Al fin y al cabo, la literatura se corporeiza en libros, en textos tangibles que exigen de su tiempo para ser leídos: lo más anacrónico e innecesario en estos tiempos de angustias fugaces y dolores profundos.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Poesía en obras-Emilio J. Ocampos



*Esta crítica apareció, originalmente, en el blog de pensamiento poético Verde Luna:

https://verdeluna2012.wordpress.com/2017/08/11/lazaro-poeta-se-sube-al-andamio-poesia-en-obras-de-emilio-j-ocampos/

Título: Poesía en obras.
            Autor: Emilio J. Ocampos.
            Editorial: Lastura


Lázaro poeta se sube al andamio: Poesía en Obras, de Emilio J. Ocampos


Son la seis en punto de la mañana y el poeta se despierta para acudir a su trabajo en la obra. Así arranca el libro Poesía en obras, de Emilio J. Ocampos, que nos trae la editorial Lastura. A estas alturas de quiebra de lo poético, donde resulta tan complejo encontrarse algo que realmente sorprenda y abandone el corsé de los lugares comunes, ya solo me emociono con aquellos poemarios que de verdad puedan mostrarse originales y combativos, capaces de cautivarme, de acaramelar mi paladar acorchado de sumiller de poesía en tiempos de encefalograma plano.
Parece que en Lastura se han dado cuenta de esto de inmediato, y tras dejarme boquiabierto con el trabajo de Heberto de Sysmo, ese La flor de la vida que también fue reseñado aquí, en Verde Luna, me encontré en el buzón de casa con la alegría de Poesía en obras. Cada vez es más complicado toparse con un poemario que te sujete de las solapas y te agite, te abofetee y te despierte de nuevo para el mundo lírico. Ocampos lo ha conseguido.
Es Poesía en obras una queja, una batalla entre dos mundos que parecen, hoy por hoy, imposibles de conciliar: la sociedad de consumo con todas sus obligaciones, exigencias y convenciones, y el mundo poético, con su ensoñación; y aquí radica el conflicto, la incapacidad por parte de ese mundo poético de mostrarse rentable ante una situación, la actual, que tan solo valora aquello que proporciona una riqueza material, nunca espiritual. Ser poeta, en estos tiempos, es ser idiota.
El poeta en la sociedad de consumo, en el seno del mundo moderno, insertado en la competitividad de la cultura del éxito, es un mamarracho embebido en su universo de lunático. Un tipo poco práctico, por no decir que un insensato. Un irresponsable, vamos. Incluso, un egoísta que no se preocupa nada más que de sus versos. Porque con esos versos nunca te concederán una hipoteca en el banco, ni podrás realizar la compra en un supermercado, ni abonar los recibos del gas y de la luz.
El poeta necesita de un trabajo alimenticio para saciar sus tripas, mientras el alma ya la tiene bien nutrida de versos. Eso significa una tensión imposible de soportar para todos aquellos que hemos luchado por compaginar el impulso de la creación artística con la jornada laboral. Y fruto de ello aparece un continuado malestar, una amargura que se nos derrama por la cabeza, que nos baja por los hombros como un manto de nausea. Emilio J. Ocampos plasma en sus poemas el resultado de esa tirantez entre dos mundos que colisionan, la perversidad que significa ponerse el mono de trabajo sobre el vestido de poeta. Además del dolor de la percepción lírica de una realidad venenosa —el dia a día en el trabajo— que bajo el prisma del creador aparece doblemente hiriente.
Empecé diciendo que el libro comienza con el poeta que se despierta a las seis de la mañana para afrontar una nueva jornada de trabajo en la obra. De inmediato, se desencadena el conflicto de intereses entre dos voces: una en cursiva, que pertenece al poeta y que defenderá su visión del mundo, frente a la voz en letra redonda, que representa a la sociedad, a las convenciones, a ese hacer lo correcto. A veces, ambas voces pueden compaginarse en la cabeza del poeta, pero en otras ocasiones representan a personas tales como el jefe de la obra. En cualquier caso, entablan un dialogo enconado, de tintes teatrales, en donde funciona el agón para plasmar la tensión interior del yo poético protagonista.
En un curso que impartió hace unos años Fermín Cabal, dramaturgo, sostuvo la teoría de que el agón era el principio y final de toda obra teatral, que sin el agón no habría teatro. El agón —palabra griega— es la contienda, el desafío, la disputa, el conflicto. Y todas las obras de teatro se estructuran en relaciones de agones entre sus personajes. Este recurso del agón resalta la lucha de las dos voces y teatraliza el poemario, dándole un relieve que lo lleva más lejos de lo que alcanzaría un simple compendio de versos lastimeros que plasmaran las quejas de un poeta. El agón es el motor primordial de la obra y el deus ex machina de esta Poesía en obras.
De esta manera, puedo dividir los poemas del libro en dos grupos: los que contienen el agón y los que no. Obviamente, en aquellos que no se produce el diálogo entre el poeta (lo que querría hacer o lo que debería ser) y la voz de lo que tiene que hacer y lo que debe ser, todo el texto aparece en cursiva. Así, a los recursos poéticos y líricos, se le han añadido unas marcas de imprenta que también proporcionan información con echarle un simple vistazo a las composiciones. Todo ello supeditado a una circularidad cuántica, dado que este primer poema, 06:00, se engarza con otro idéntico al final, lo que reactiva el poemario, devolviéndolo de nuevo al inicio. Es, en lugar de una cortazariana Continuidad de los parques, una continuidad poética, que se funde en un movimiento continuo, un perpetuum mobile de eterno retorno.
Pero la lectura de este inicio encadenado a su final, permite otras interpretaciones, y aquí se empieza a descubrir la riqueza y toda la complejidad de este trabajo. La voz en letra redonda, ya en su primera intervención, pronuncia una frase imperativa: “¡Levántate y anda!”. Es sencillo asociar esta frase al momento de la resurrección de Lázaro, y ello crea un horizonte de expectativas en el lector de las poesías (¿hemos leído alguna vez un poemario que nos genere un horizonte de expectativas o, simplemente, atendemos a la concatenación, más o menos acertada, de poemas contemplados como pinceladas individuales?). En efecto, un horizonte de expectativas casi narrativo, algo sorpresivo dentro de un poemario, porque si el yo del poético está resucitando, eso significa que ha muerto. Y si ha muerto para volver a levantarse cada mañana, es obvio que vamos a asistir a su lenta destrucción a través de las horas que conforman la jornada laboral.
De ese modo, el último poema, similar al primero, y viceversa, completan el ciclo de resurrección-deterioro-muerte-resurrección que articula el poemario. Vivir todas esas horas significa ir muriendo en todas esas horas, hasta agotar el día y agotarnos con él. Y si la poesía es una defensa contra las ofensas de la vida, la vida —pautada, laboral, sumisa— es una ofensa contra la poesía. Así, empieza todo.
Y todo, es lo que viene a continuación: los poemas se encabezan con la marca horaria en la que se desarrolla el conflicto, pueden saltar de quince en quince minutos, de media hora en media hora, o en horas completas, en una concepción, de nuevo, cuántica del tiempo. Las acciones más sencillas y rituales de la monótona jornada laboral, como desayunar, asearse o tomar café, después almorzar a medio día, y volver a casa al caer la tarde, provocan un dolor intenso a causa de la visión del yo poético, que percibe estas actividades con un relieve particularmente hiriente debido a su peculiar percepción artística, tal y como afirma en las 06:15: “Dentro de la cabeza tengo un yunque”. 
Y la cama que ha debido abandonar la percibe con un acusado componente fúnebre. En efecto, la cama ha sido dadora de vida, lugar de sexo y alumbramiento, pero desde la visión de ese despertarse cada mañana, es el abandono del ataúd del resucitado, al que regresará como un cadáver al finalizar el día.  Este es el primer poema sin agón, circunstancia que obedece a la toma de conciencia de la voz protagonista de que, en cierto modo, es un muerto en vida, una especie de zombi lírico.
A las 06:30 es el momento de tomar el café. Siempre he pensado que el café es la derrota inicial de la mañana. Hay una canción de los Who sobre esta puñalada que significa aceptar la taza de café como la primera claudicación matinal aparejada a la condena de un día sacrificado a la jornada laboral. La canción, titulada Cut My Hair, pertenece al álbum Quadrophenia, y no en vano, esta ópera rock indaga en el inconformismo juvenil a la hora de tener que aceptar las convenciones de la sociedad biempensante: hay que empezar por cortarse el pelo para poder tener un trabajo. Una vez que se tiene, lo demás viene junto, incluido ese desayuno (en este caso inglés) que es el primer amoniaco que tragar en una larga jornada de acíbares: “My fried egg makes me sick, first thing in the morning”, canta la desgarrada voz de Roger Daltrey.
De esa forma, el café es un símbolo de la sociedad capitalista, la bebida que despeja la cabeza lo justo para afrontar los desprecios cotidianos, y a la vez, permite reunir las fuerzas suficientes para ser sumiso: “El café es para los que no quieren soñar”, nos advierte el poema. El ensueño, es algo que no tiene cabida en un mundo pautado para nuestra desgracia. Es como ese personaje de Platonov, por cierto un autor de marcada denuncia distópica, que fue expulsado de la fábrica por “pensar demasiado”.
No es de extrañar, por tanto, que el yo protagonista elija tomarse un zumo de naranja en el desayuno, algo que, debido a su carácter natural, puede sacudirle el “olor a alquitrán (…) este olor a ceniza, este olor a ciudad”. Estos aromas con los que despierta pegados al cuerpo, y de los que quizás se desprenda con ese zumo, aunque volverá a impregnarse de ellos en la obra, son también como la mirra y otros aceites con los que se amortajaba a un cadáver en la época de Lázaro. Quizás, al resucitar, Lázaro lo primero que percibió fueron los efluvios de su propia mortaja, como en el poema se huele el alquitrán y la ceniza. El muerto que vuelve a la vida laboral, un día más, se sacude de sus ungüentos.
A las 6:45 empiezan a aparecer las referencias al agua, que después se concretaran en un ansia de mar en el poema 06:50. El mar juega un papel importante de redención en el poeta. Lo interpreta como la sublimación del anhelo de libertad. El agua corre libremente y sin esfuerzo, el mar es un lugar asociado al sueño. El poeta sueña con mares porque desearía encontrarse en otro lugar, y puede escaparse, momentáneamente, gracias a la visión poética de la realidad. En 07:15, se nos aclara el poder del agua:

he visto como el río no se parte
los huesos al bajar
cada cascada
                        cada roca
                                      cada…”.

El agua es, más que nunca, un agua de vida. Un referente en el poemario, algo inalcanzable cuando se convierte en mar, alejado de la ciudad, que sin embargo se puede recrear poéticamente. En 12:00, el poeta afirma “que en lo alto de la grúa hay dos gaviotas”, y que

algunas veces,
y si estás en silencio
a partir de las doce
pasa un cangrejo”.

Y el mar es la propia poesía. Esa poesía que insufla esperanzas, tal y como refleja en los versos de 19:00:

la tristeza que deja la montaña
tiene vistas al mar”.

Esta asimilación del mar, no solo ya como la poesía, sino como el impulso poético en donde se pueda encontrar una tregua, se manifiesta en 20:00:

A donde vaya el mar
irá la música”.

A las 07:00 estalla el meollo del conflicto. Este es el poema central del texto. Ante la pregunta de los motivos que han llevado al poeta hasta el andamio, la obra o el tajo, no se puede proporcionar una respuesta convencional. Resultaría demoledor si contestara con un he venido a trabajar. Significaría aceptar la doma. Por tanto, es necesario reinventar el imperativo desde un punto de vista poético. Acude al trabajo:

porque el ladrillo no tendrá la vida,
porque el marfil e todas nuestras torres
hizo que se olvidara al elefante,
porque de noche a punta de bolígrafo
nos dieron a elegir
entre la poesía
                        o la vida”.

La acumulación de riquezas y el encastillamiento egoísta de la sociedad, han llevado a una pérdida de la memoria de lo que nos hace humano. Eso significan el mármol, el elefante y las torres mencionadas, y el poeta acude al trabajo casi como si se tratara de un acto altruista, para devolver la memoria de la humanidad al mundo. Evidentemente, su mensaje será en vano. Y puestos a elegir entre la poesía o la vida, se ha elegido la vida.
Sin embargo, abstraerse a la forma poética durante la jornada no es sencillo: “Hay tanto ruido que no encuentro el ritmo”, nos confiesa al inicio de 07:30. Se trata del ritmo para poetizar, que compite con los sonidos de la obra. En 08:00, el jefe le reprende con un “Aquí se viene a trabajar, ¿te enteras?”, aunque también podría ser la voz de su propia conciencia advirtiéndole de que tiene que dejar el alma de poeta fuera del trabajo. En 09:00 el poeta sentencia, a modo de consuelo o respuesta a este conflicto: “al menos yo recuerdo cómo huele el jazmín”, es decir, por mucho que se intente anular el espíritu poético, siempre prevalecerá sobre la jornada laboral.
A las 11:00 se produce una de las grandes revelaciones del libro, quizás el origen de todos los problemas, y no la lleva a cabo la voz poética, sino que en letra redonda se formula la máxima: “Hoy en día la gente//prefiere el cartón piedra a la escayola”. Esta reflexión pone de manifiesto toda una quiebra de valores, la crisis completa de un sistema; aparentar una posición, conseguir la satisfacción inmediata, el consumismo, ese lo quiero ahora y lo quiero ya, la incultura de la cultura del éxito, representada en el cartón piedra y contrapuesta a la escayola: ese conjunto de humanidades que ya sólo son un pálido ornamento al que nadie presta atención. Un estilo de vida que se extingue para dejar paso a una estructura mentirosa. Y producto de ello es la ceguera de los sentidos —“yo no veo nada”, afirma la voz en letra redonda—, el eclipse de todo el sistema, incapaz de percibir los delicados aspectos de la vida que están ahí pero de los que solo se percata el poeta: “se puede ver la arena entre los dedos”, en 12:00. Esa arena es el hallazgo lírico. La propia poesía.
Una poesía que, a causa de la ceguera espiritual, el sistema moderno no comprende, y además la ve inútil. La voz en letra redonda lo deja bien claro: “A mí la poesía no me gusta porque es que no la entiendo”, en 13:00. Y en 14:00, la hora de comer, cuando “el mundo se detiene en un mantel”, es el momento de la toma de conciencia de la necesidad de sostener un trabajo para subsistir ante la improductividad de la poesía:

Y yo,
            Yo que creía
que los buenos poetas
se alimentaban
de alpiste”.

Después de comer llega el inevitable retorno al trabajo. Esa vuelta al tajo es una especie de deconstrucción del cuento de La Cenicienta, puesto que el poeta afirma en 15:00:

no he perdido un zapato de cristal
y tengo
que volver al trabajo”.

Ya se intuye el final de la jornada laboral, con la perspectiva del desenlace funesto:

Los que estamos muriendo
sabemos que vivir
es cuestión de unas horas”.

De esta forma, llegamos a 17:00. Mediante una pregunta acerca de la suposición de que el mundo estaba bien hecho, el poeta responde con que no lo entiende. Al imaginario poético que enumera: “la mirada de un perro”, “pasear por el parque porque hace frío”, “el mar cuando se está durmiendo”, se le contrapone una serie de elementos que resultan incomprensibles desde la visión de la poesía: “el cemento”, la “obra”, los nacionalismos, el maltrato animal… Colisionan aquí dos compresiones muy distintas del mundo. El mundo en general se enfrenta al mundo poético. Y no sólo percuten uno contra el otro: ambos son incapaces de entenderse.
Quizás, semejante incomunicación, la imposibilidad de que ambos mundos puedan conectarse de alguna manera, por mínima que sea, queda reflejada en 18:00. La voz de la conciencia, tal vez por boca del jefe, manifiesta su previsión pensando en un futuro asegurado para el poeta, al que se le sugiere que el día que sepa bien el oficio podrá ponerse por su cuenta. Esta seguridad, la inversión en seguridad para los tiempos venideros, es algo incomprensible para quien hace poesía. Porque la poesía es un dolor interno que necesita ser alimentado, que no entiende de pasados ni de futuros. Solo del presente, cuando demanda su tributo:

Tengo un dolor
que espantaría de la plaza a las palomas,
Tengo un dolor que huele,
que duele
si no se riega.

Tengo un dolor,
un dolor que se muere
de ganas de vivir”.

Ese dolor es la poesía. Algo por lo que nadie “estaría dispuesto a pagar”.
El poeta retorna a casa tras la jornada laboral. Se ha teñido de negro, el negro fúnebre, que derrota al azul de la poesía. Azul, evidentemente, como un color aparejado a los poetas desde la época modernista de Darío:

“—La pena que nos mancha
No la limpiará el verde.
No la limpió el azul
Cuando éramos poetas”.
(En 21:00).

El poeta ha retornado cadáver a casa. Le resta cenar y volver a meterse en su ataúd. Es el zombi lírico; todo su impulso lírico revuelto contra él, algo que reflejan los colores, alegres, unidos a los adjetivos que producen el dolor. Los colores, ahora, hieren: “El naranja ahoga”, “el verde enferma”, “el añil pudre”…
Poeta albañil, retorna a tu cama. Ha terminado la jornada. Y, en efecto, en la cama se acuesta un poeta aniquilado, pero poeta, al fin y al cabo. Con todo el esqueleto dolorido por el día en el andamio, en la obra, los huesos le duelen a rabiar. Sin embargo, esos huesos son “los huesos de poeta” (en 22:00). Por mucho que le hayan aniquilado durante el día, el impulso lírico se sigue guardando en lo más profundo, en el mismo tuétano: la esencia de poeta.

El reloj corre por la noche, se suceden las horas… y se vuelve a despertar en 06:00, con el mismo poema que al inicio del libro. Se concreta, así, el cierre circular, la resurrección, y el nuevo comienzo. Asistimos a cómo el Lázaro poeta se sube al andamio. Otra vez.