lunes, 15 de enero de 2018

Calle Este-Oeste-Philippe Sands (2)



*Esta reseña apareció en Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/1/3/el-libro-del-mes-calle-este-oeste-de-philippe-sands/

Título: Calle Este-Oeste
Autor: Philippe Sands
Editorial: Anagrama
Número de páginas: 601
Año: 2017
Deslumbramiento y congoja

El primer libro que recomendamos en Mi Nueva Edad para el año 2018 es una de esas obras maestras que no suelen ser fáciles de encontrar. Calle Ese-Oeste ha sido elegido como el libro del año 2017 por el sitio Achtungmag.com. Aunque al final de este artículo os dejo un enlace a la crítica de ese medio, para que en mayor profundidad podáis consultar los motivos que hacen importante el texto, ahora voy a dedicar unas líneas especiales para vosotros, lectores de Mi Nueva Edad, comentando las virtudes que lo convierten en una lectura crucial y en la mejor forma de comenzar el año leyendo.

Philippe Sands es profesor de Derecho Internacional y abogado. Por ese motivo, y por la importancia que los temas tratados en Calle Este-Oeste han tenido directamente sobre su familia, elige precisamente hablarnos de las vidas de tres personas: son tres abogados, pero de carácter bien diferente. Asistimos a las biografías de Hersch Lauterpacht, Rafael Lemkin y Hans Frank. ¿Quiénes son? ¿En qué radica su importancia?

Hersch Lauterpacht, nacido en lo que ahora es Ucrania, fue el introductor de la figura jurídica de Crímenes contra la Humanidad, mientras Rafael Lemkin, a quién podríamos considerar polaco, acuñó el término de Genocidio. Sobra mencionar la descomunal importancia que ambos términos han tenido en la segunda mitad del siglo XX, gracias a los cuales se ha podido condenar a numerosos estadistas, políticos y funcionarios. Se puede afirmar que, después de estos conceptos, los Estados ya no pueden disponer impunemente de sus ciudadanos.

Por su parte, el alemán Hans Frank fue jurista y ministro de Hitler, con el peor de los cargos: Gobernador General de la Polonia ocupada. Es decir, su cometido era poner las leyes a disposición de la maquinaria que permitió Auschwitz, el Holocausto, las ejecuciones sumarias y la limpieza étnica.

Sands presenta la vida estos tres personajes, aderezada, además, con una indagación sobre el destino de su propia familia, víctima de las leyes y de la administración de Hans Frank, en 601 páginas repletas de sinceridad y fascinación. Nos lleva de la mano hasta los Juicios de Núremberg, en donde Frank fue condenado a la horca y el término de Crimen contra la Humanidad tuvo un papel determinante en la resolución del proceso. Sin embargo, Lemkin no consiguió que el Genocidio fuera incluido en aquellos cargos de una forma definitiva. Aun así, la ONU sí que lo reconoció poco después.

Calle Este-Oeste es un brillante trabajo biográfico, pero también es un libro que mediante la investigación y la indagación busca encontrar la verdad. Y encontrando esa verdad consigue dar voz a los millones de víctimas del régimen nazi, honrarlas y recordarlas. El grosor del volumen podría provocar, en principio, un más que justificado reparo, pero desde la primera línea del libro el asunto se presenta tan bien llevado, narrado de una manera tan sencilla y atractiva, que se hace corto y resulta asequible para cualquier paladar lector.

Sin ningún lugar a dudas, nos encontramos ante uno de esos trabajos llamados a marcar un momento determinante en nuestras lecturas, que debe ocupar un lugar destacado en nuestra biblioteca. Es posible que algunos hubiéramos oído hablar de Hans Frank, pero seamos sinceros: ¿quién, sin ser un experto, conocía las figuras de Lauterpacht y Lemkin? Así, el libro destapa una riada de información sobre algunos acontecimientos que han configurado nuestro tiempo, en especial el Juicio de Núremberg, ante los que no podemos volver la cabeza o continuar ignorándolos. Porque, nos guste o no, somos hijos de todo aquello.

Calle Este-Oeste deja un fogonazo deslumbrante tras su lectura, pero también aprisiona el corazón con una garra. Deslumbramiento y congoja, las dos sensaciones características de aquellas obras, de esos libros, que están llamados a marcar un tiempo. Y hemos tenido la suerte de que Calle Este-Oeste ha aparecido en nuestro tiempo. Léanlo.

Aquí, os dejo el enlace a la crítica del libro del año de Achtungmag:


domingo, 14 de enero de 2018

Historias sicilianas-Giovanni Verga



*Esta crítica apareció en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/historias-sicilianas-giovanni-verga-espiritu-la-tierra/


Historias sicilianas: Giovanni Verga y el espíritu de la tierra

Hace algunos años elegí como complemento a mis estudios de Literatura Comparada un par de asignaturas sobre literatura italiana. Aquellos cursos me impactaron profundamente y cambiaron en diferentes aspectos mi forma de entender la escritura. En primer lugar, gracias a una refrescante relectura de Boccaccio, de Petrarca y, como no, de Dante. Después, por toda la lírica de Leopardi, por el barroquismo de D´annuzio, por Lampedusa y por la delicadeza de Basani. Y quedaba lo mejor: la explosión narrativa de Manzoni y la prosa de Giovanni Verga; una prosa certera como una pedrada en la cabeza, aromática como un terrón de tierra húmeda, sabrosa de pan y de sal y de aceite de oliva. Una forma de escribir que abrió una brecha de sangre en mi percepción de escritor. Ahora, tiempo después, ediciones La Línea del Horizonte recupera los relatos de Verga en el volumen Historias sicilianas. Es vuestra oportunidad, achtungers!, de leer a una de las grandes prosas italianas de todos los tiempos.

Las páginas dictadas por Giovanni Verga huelen a cebollas y a sudor. Al sudor de las mujeres que cocinan en los primitivos fogones de las casuchas de los pueblecitos sicilianos, al sudor de los hombres que se pelean con los campos; también huelen al aceite y al miedo. Al aceite de oliva prensado a mano y rezumante en las pieles saladas de los cuerpos, al miedo de los trabajadores bajo la amenazadora sombra de la malaria.

Los relatos de Verga, en estas Historias sicilianas, conforman un díptico: en un lado, Vida en los campos, en el otro, Relatos rústicos. En el centro: el espíritu de la ostra, esa sensación de comunidad que es capaz de superarlo todo, de aferrarse a lo que sea con tal de salir adelante, de alcanzar el siguiente día, por difíciles que sean las situaciones, por miserable que resulte la existencia, por imposible que sea vivir.

 Ese espíritu de la ostra alimentó una de sus grandes novelas, Los Malavoglia (Cátedra), en donde los marineros arreglan sus redes con la mirada puesta en la próxima jornada en el mar, con el respeto por todos aquellos que no regresaron de la que fuera su última singladura; un texto que hiela el alma, calienta la cabeza y sobresalta el corazón… Similares reacciones fisiológicas se reproducen en este volumen de cuentos.

Porque Verga es un escritor realista que alcanza más allá: es verista. Y por eso nos presenta los jirones más amargos e incómodos de la realidad. Los más tremendos. Porque también tiene mucho de tremendista. Verga es un Galdós bueno, un Galdós de soportales virados en sombra mientras afuera el sol de agosto calcina los campos, un Galdós de empedrados, no de garbanzos; y también es un Cela de Pascuales Duartes, de violencia insensata, de grandes pasiones y pulsiones.

También es un Blasco Ibáñez de Arroz y tartana o de La barraca (ambos en Alianza Editorial), con unas anguilas aceitosas para comer bajo el imponente sol de Sicilia, luminoso y doloroso como un cuadro de Sorolla, agostador como el fuego de todos los infiernos juntos. Unos lugares, los de Verga, en donde los hombres y la naturaleza se enzarzan en una lucha tan desigual que termina por resquebrajarse en furibundos ataques de pasiones desaforadas. No queda otro remedio.

Por ello, no podía ser de otra forma, Mascagni compuso una ópera inmortal desde su relato Caballería Rusticana, pero podría haberlo conseguido con cualquier otro cuento. En ellos, los principales elementos de un libreto operístico que se precie, brotan como de un eterno manantial de sensaciones: amores extremos, sufrimientos profundos, celos enquistados, rabia, locura animal, sensualidad peligrosa, violencia, ira, todo ello en un escenario propicio para desencadenar los dramas: el inclemente cronotopo siciliano, reseco de sed, ahíto de mares, refulgente de soles, plagado de tumbas.

Será esta naturaleza leopardiana, en su más amplio, pero también en el estricto sentido de implacabilidad, la que azota al individuo desde la cuna hasta la tumba, sin ofrecerle el menor descanso, la verdadera protagonista de los Relatos rústicos. Unos campos que se resisten a ser sembrados, que cuando parece que han claudicado y ofrecen la promesa de la cosecha se echan a perder con súbitas neblinas, una tierra quebrada de sed en donde habita la malaria.

Tal vez sea Malaria uno de los relatos fundamentales del libro. Si en la primera parte del díptico, en Vida en los campos, se refleja cómo la dureza de la batalla contra el territorio por arrancarle unos granos de comida acaba desencadenando la furia entre unos y otros, como un vehemente vehículo de amor, locura y muerte, al estilo de los relatos de la jungla del uruguayo Horacio Quiroga, en la segunda mitad nos encontramos un combate demencial contra la propia naturaleza, por la mera subsistencia en un entorno crítico. Una batalla que se compone de una mezcla de amor y de odio, porque el terruño es la patria, pero también es la condena a morir sin dinero, sin tener nada que comer, enfebrecidos por la enfermedad.

En efecto, he recordado a Quiroga, porque Malaria entronca con esos relatos de sangres y fiebres de los pantanales de Misiones. La naturaleza se muestra como una madre vengativa y celosa de sus frutos, que no permite, salvo a grandes costes, extraer de su seno las riquezas. Los hombres, enloquecidos de cansancio y trabajo, desatan sus pasiones, y bregan con sus vidas tal y como se afanan en las insatisfactorias tareas, ya sea en las junglas o en el campo.

Por lo tanto, la Sicilia de Malaria es una Sicilia de tercianas y mantas empapadas en sudores fríos, de pañuelos atados alrededor de las mandíbulas para contener el castañeteo de los dientes, de rostros amarillentos y cenicientos, de sulfatos y medicinas, pero sobre todo, es una Sicilia de crueldad, miseria y muerte en donde impera una ley natural primitiva y salvaje.

Si empezamos por la primera tabla del díptico de estas Historias sicilianas, esa Vida en los campos, observamos como los sacrificios del trabajo sobre la tierra, a pesar de estar presentes como un negro nubarrón sobre las cabezas de los protagonistas, se ven relegados a un segundo lugar, o tan sólo como si cumplieran la misión de ser conformadores de la personalidad furiosa, celosa, flamígera y furibunda de quienes se asoman por esas páginas. Por eso, Caballería Rusticana es una muestra tremendista de pasiones desatadas: el amor, los celos y la venganza, cuya combinación, siempre, acaba en muerte.

Después, el relato La loba, abunda en una sexualidad desatada e incontrolada, como una prolongación de los trabajos con la prensa del aceite o las vaharadas del carbón y el fuego de la fragua. Aceite, carbón, sarmientos, elementos naturales que se cargan de pasión y deseo voraz para conformar una personalidad, la de La loba, obsesiva y hambrienta; diríase que la mujer se ha transmutado en una de las criaturas que habitan la isla, que triscan por el monte y que se esconden en alguno de los agujeros.

Ante semejante principio, de comportamientos que van más allá de lo irracional, desencadenados en odios y amoríos, en egoísmos bajo el sol de plomo, Giovanni Verga se siente en la obligación de serenar, momentáneamente, su escritura, y aclararle al lector los motivos por los cuales ha colocado estos descarnados cuadros frente a sus ojos, esos retratos de personas obstinadas en sobrevivir en dónde lo más sencillo sería dejarse morir: cuando lo más fácil es odiar, ellos eligen amar con una amor posesivo, egoísta y sepulcral.

En la pieza Capricho, el autor trata de exponer el espíritu, entre realista y naturalista, que se desprende de estos cuentos:

Para poder comprender semejante testarudez, que en algunos aspectos es heroica, tenemos que empequeñecer nosotros también, acotar el horizonte entre dos pedazos de tierra, y mirar con el microscopio los pequeños motivos que hacen latir los pequeños corazones ¿Quieres mirar también tú a través de esta lente? ¿Tú que ves la vida desde el otro lado del catalejo? El espectáculo te parecerá extraño y tal vez por eso te divertirá”.

Pues aquí lo tenemos, el objetivo principal de Verga, ese catalejo que es como el del Magistral don Fermín de Pas al principio de La Regenta (Cátedra), cuando desde lo alto de la catedral de Vetusta contempla a la gente de la localidad como si fuera un entomólogo asomado a su microscopio, estudiando el comportamiento de unos insectos. Precisamente eso, como De Pas en el arranque de la novela de Clarín, es el escritor realista: un biólogo de la naturaleza huma, que nos la presenta en cortes ampliados a nosotros, sus lectores.

Así, Verga nos ofrece una serie de personajes cuya existencia cotidiana es analizada, para descubrir, tras el velo de lo normal, las grandes tragedias que conforman estas vidas. Al desfile de costumbres se nos une Jeli el Pastor o Pelirrojo Mal Pelo, condenado a la miseria de la mina, en donde su padre murió sepultado, y eso parece significar un destino sellado para el hijo. Multitud de personajes se van sumando a los relatos de ambas partes, bien sea batallando contra sus pasiones y pulsiones, bien sea enconándose con la naturaleza.

Esta es otra de las características de los relatos de Verga, que sus personajes atraviesan diferentes cuentos, dotándolos de una unidad y una estructura de continuidad que hace que tomen un gran relieve. Personajes que, incluso, como ocurre en Historia del asno de San José, son animales, como una forma de mostrar, desde su perspectiva de contrapunto, el comportamiento humano.

En efecto, son estas Historias sicilianas de Giovanni Verga un estudio del comportamiento humano, de su resistencia. Porque el objetivo del autor en estos cuentos, tal y como le relata a su colega el escritor Salvatore Farina en una carta que encabeza uno de los relatos, es “el estudio del gran libro del corazón”.


Porque para Verga la existencia humana es un misterio, un gran enigma las pasiones que la conforman. Y a estas alturas nosotros ya lo sabemos: la buena literatura se alimenta de pasiones y enigmas, porque solo así, cuando los muestra y los revela, es capaz de tocarnos el corazón.

martes, 9 de enero de 2018

Ampliación del campo de batalla-Michel Houellebecq


*Esta columna apareció en achtungmag.com

http://www.achtungmag.com/ampliacion-del-campo-batalla-extranjero/


Ampliación del campo de batalla o de cómo ser extranjero de sí mismo

Michel Houellebecq y Frédéric Beigbeder son dos escritores franceses que, además de ser amigos, han tenido una trayectoria vital parecida que se refleja en dos de sus novelas. Ambos, denuncian un mundo repleto de estupidez e hipocresía en donde el factor humano ha quedado apartado en beneficio del mercado y de la sociedad anclada en la cultura del éxito que fomenta unos valores tan absurdos como crueles.

Esta mañana, después de haber sostenido una deliciosa entrevista con Álvaro Espinosa, el cantante y guitarrista de Pink Tones —y que en breve aparecerá en nuestra Galería de Cronopios de Achtung!—, me he visto obligado a comer en un céntrico restaurante de la capital. Se trataba de uno de esos lugares destinados al consumo del oficinista de cierto fuste, con un menú del día caro, pero de calidad, y una potente carta.

Mientras saboreaba una excelente menestra, me veía rodeado por agresivos corporativistas, por profesionales curtidos y convencidos del lugar que ocupan en este mundo, y por peones del absurdo mundo laboral. No quiero dar una imagen punk ni parecer un antisistema, pero escuchando sus conversaciones y contemplando sus actitudes, me he sentido como los personajes protagonistas de Ampliación del campo de batalla y de 13, 99 Euros (ambas en Anagrama), novelas de los franceses Houellebecq Beigbeder.

Ampliación del campo de batalla es la novela con la que Michel Houellebecq debutó, allá por 1994, en el mundo de la literatura. En principio, lo hizo sin hacer ruido y en una pequeña editorial, pero con el paso del tiempo el éxito literario creció hasta consagrar a su autor como uno de los escritores más importantes de su país.

En Ampliación del campo de batalla, el protagonista es un informático que, harto de su trabajo, se revela contra el mundo de convenciones laborales y comportamientos ridículos. En cierto modo, se trata de un antihéroe que se plantea el tema de la existencia, más cerca de El Extranjero (Alianza) de Camus de lo que pueda parecer, para realizar un desolador retrato de nuestra sociedad de consumo: un campo de batalla en donde luchamos cada día, o tal vez agonizamos, para no ser vencidos.

Este protagonista es un trasunto del propio Houellebecq que también fue informático y naufraga en la depresión que le provoca la decadencia del sistema en el que vive. Todos, adopten el papel que adopten, son perdedores en este ecosistema de la estupidez, la mentira, la prostitución de los valores, el consumismo instantáneo y el hedonismo salvaje. Ante eso no se puede oponer nada más que cierto tipo de nihilismo hastiado, que sirve más de protección que de solución.

El problema de la alienación por culpa de la cultura del éxito, por el mercado laboral increíblemente deformado, es que genera extranjeros internos, hombres extraños de sí mismos (de nuevo la referencia con Camus), y extiende una densa capa de insensibilidad sobre las personas y sus actos. El hastío ante semejante situación provoca un rechazo automático por parte del clan, que ya no nos considera como uno de sus iguales.

Los personajes de Houellebecq, y no solo en esta novela, exhiben un poderoso agotamiento vital. Así me sentía yo, agotado, mientras comía mi menú en el restaurante y en la mesa de al lado se glosaban las virtudes y las diferencias entre llevar a cabo un viaje de negocios en primera clase de una aerolínea, o en la clase ejecutiva de otra, en donde los estigmas del éxito radicaban en las diferencias de las bandejitas de comida preparada y recalentada que servían al viajero, siempre en función de la butaca que ocupase; y en el consumo de alcohol, por supuesto.

Un par de lugares más allá, se representaba una de esas pantomimas diarias que discurren con tanta normalidad como impersonalidad, una comida de negocios perpetrada por comerciales de una firma junto al cliente a quién pretendían embaucar. Términos del mundo del marketing, expresiones impersonales y bobaliconas, trufaban mi entrecot como una guarnición perniciosa: allí se hablaba sin ningún sonrojo de clientes VIP, de cómo había que “ir a bloque con el producto”, y se masajeaban unos a otros con una fraseología tan vacía de contenido como repleta de intención.

Desde la mesa se desprendía que, ellos, pertenecían al mundo del éxito, de los que hacen algo útil y tremendamente importante, aunque hayan entregado sus vidas a una batalla gomosa y absurda, braceando en medio de un mar que no engarza dos orillas —como afirma Houellebecq en Ampliación del campo de batalla—, y de la que yo, a día de hoy, no formo parte. Soy un apestado, alejado del mercado laboral desde hace años, y sumido, de nuevo en palabras de Houellebecq, en una “sensación de vacuidad universal”.

En efecto, y como a mí le ha sucedido a otros muchos, parece que hemos tratado, sin éxito, de vivir según las normas y las convenciones, tal y como le sucede al protagonista de Ampliación del campo de batalla, pero no lo hemos conseguido, hemos fracasado. De esta forma hemos transformado la cruel pradera de la existencia en un campo de batalla sangriento y aniquilador, en donde los sentimientos y todo aquello que nos hace humanos ha terminado por mutar en imbecilidad.

En mi caso, fueron casi doce años de un absurdo y amargo trabajo en donde pude asistir a lo peor que pueden entregar las personas: envidias, traiciones, chismorreos, un repertorio de la peor bilis posible. Con jefes incapacitados para llevar a cabo hasta la más nimia tarea y compañeros obsesionados en aniquilarte a golpe de insulto fácil y puñalada por la espalda.

De forma que, como Houellebecq, pero sobre todo como Beigbeder, un buen día decidí dejar ese mundo y convertirme en un apestado social. Y eso nos lleva a la novela 13,99 euros: su protagonista, en la cumbre de la mentira de ese mundo laboral erigido a golpe de frases contundentes, de reuniones y comidas de negocios, abandona la convención para intentar recuperarse como ser humano, aunque para ello, primero, tenga que realizar ese preceptivo descenso a los Infiernos.

Por este motivo, Ampliación del campo de batalla 13, 99 euros son dos novelas complementarias, dado que en ellas se refleja la renuncia de sus protagonistas al mundo de las convenciones, su rechazo a lo establecido (¿establecido por quién?, y sobre todo, ¿con qué autoridad sobre nosotros?), y la conversión, automática y definitiva, en detritos sociales.  

Como un leproso que lleva más de tres años al margen del mundo laboral, de ese mundo que tan orgullosamente desmigaban en la mesa de al lado con frases grandilocuentes de mercadotecnia, agoté un pequeño bizcochito de postre. Los integrantes de la comida de negocios se arrojaban si ningún tipo de rubor mentiras a la cara, que encajaban y regurgitaban envueltas en otras mentiras que volvían a ser repartidas, tal que si aquello fuera un partido de tenis de la infamia en donde todos estaban encantados de conocerse así mismos, es decir, eran tan cool que si se detenían a pensarlo con detenimiento podrían romperse de triunfo, como aquél licenciado que se creía todo él hecho de vidrio y no permitía que nadie lo tocara.

Estos personajes, abandonados de la vida, emitían mensajes tales como lo caro que a uno de ellos le resultaba llenar el depósito de su cayenne, que le salía más a cuenta tomar un avión para visitar a sus hijos durante el fin de semana que fijaba la custodia compartida. Asentados en el reflejo pálido de sus vidas, ubicado en la cresta de la ola del éxito del mercado laboral, no podían percatarse de que realmente se estaban moviendo a horcajadas de la cresta de un gallo de corral que solo cacarea cuando sale el sol.

Tal vez, para ser conscientes de ello, necesitarían leer a Houellebecq o a Beigbeder, en lugar de los mensajes insultantemente soft de Paulo Cohelo o Jorge Bucay, o las novelitas de Federico Moccia, compradas en arrebatos consumistas que sustituyen todos esos orgasmos pendientes.

En esas mesas, en ese restaurante, todos han aprendido a mentir y a mentirse sobre ellos mismos para no percibir el vertedero del campo de batalla, ampliado hasta abarcar el cosmos entero, en donde han construido sus nidos.

Termino mi comida. Pienso que nunca me fue tan útil como ahora la lectura del libro de Adam SoboczynskiEl arte de no decir la verdad (Anagrama), porque es el único motivo que me impide, sociópata de mí, no llevar a cabo allí mismo una declaración a voces de lo que opino de todos ellos. El campo de batalla se ha ampliado hasta los mantelillos y las mesitas del menú del día… Pero me contengo. Al fin y al cabo soy un apestado y conozco mis limitaciones.

Me marcho sin dejar propina.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Calle Este-Oeste-Philippe Sands


*Esta reseña apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/calle-este-oeste-philippe-sands-libro-del-ano-2017-achtung/


Calle Este-Oeste de Philippe Sands: Libro del año 2017 para Achtung!

No es una novela. Ni está escrita por un autor de renombre que haya firmado grandes obras. Realmente, no presenta una estructura original ni es un dechado de recursos narrativos. Sin embargo, gracias a todo esto, muestra algo que es muy necesario en la escritura: una verdad literaria, que no necesariamente debe ser una verdad real y tangible, aunque en este caso también lo sea. Porque se trata de una historia tremenda. Una historia terrible, elaborada desde la inocencia y la sencillez. Y por todo eso, es el libro del año para Achtung!

En mi anterior columna de El Odradek, la perteneciente al día 22 de diciembre, aproveché para dar un repaso a las lecturas del 2017, y terminé anunciando que, el libro del año, lo dejaba para este último Odradek y así cerrar haciéndole los honores que se merece. Puedes consultarla en este enlace:


El libro del que voy a hablar me llegó de sorpresa. Un poco como suelen llegar todos aquellos libros llamados a perforarnos el alma y hacerse con un huequecito en nuestro interior. Me lo envió, para celebrar mi 50 cumpleaños, una de esas grandes amistades del Instagram literario. Yo apenas había oído hablar de él, acaba de salir. Pero algo me dijo que ese texto de 600 páginas sería el encuentro con una historia de las que no se olvidan. Un libro de los que no me han servido las editoriales, de esos que no han tenido la amabilidad de enviarme para que ejerza mi crítica que, como bien sabéis, siempre es independiente y libre aquí en Achtung!

Y aun así, y dado que no suelo atender a libros que no vengan desde la editorial, porque considero que el enorme esfuerzo que significa mi tarea de leer, comparar, enlazar y analizar, al menos se merece la molestia de que alguien meta un libro en un sobre y se acerque hasta correos a cambio del inmenso favor que le estamos haciendo —qué menos—, pues pese a todo eso, es el libro del año. Sin duda.

Y también lo es en homenaje a la persona que me lo regaló, que desde el primer momento ya supo que este libro estaba escrito para mí, que era más mio que de cualquiera.

Vayamos con el autor: Philippe Sands, londinense. No es un escritor de novelas. Ni de ningún tipo de obra de ficción. De hecho, es profesor de Derecho Internacional y abogado. Es autor de ensayos jurídicos y legales y ejerce de columnista en algunos medios. Y ha participado en algunos documentales.

Con motivo de una conferencia que tuvo que dar en la ciudad de Lviv —quizás más conocida por nosotros los españoles como Lvov—, se activaron los resortes del recuerdo, de la indagación personal, de la investigación familiar y del retrato biográfico. Con eso, le fue suficiente para escribir un relato de vidas y sucesos encadenados al horror del siglo XX, aferrados al nazismo, al Holocausto y al exterminio.

Calle Este-Oeste, editado por Anagrama, es el mejor libro que se ha publicado en España durante el año 2017. Así lo consideramos en Achtung!, y en parte se debe a la forma en que se plantea, se escribe y se resuelve un empeño ya de por sí mastodóntico: retratar biográficamente a dos personalidades como las de Hersch Lauterpacht y Rafael Lemkin, cuyo aporte legal ha sido primordial para conceptualizar jurídicamente los términos crímenes contra la humanidad y genocidio.

Sin embargo, el empeño no queda ahí. Había que desafiar a la historia con su contrapunto tenebroso, y allí emerge la tremenda y terrible figura de Hans Frank, el Gobernador General de la Polonia ocupada por los nazis y encargado de convertir toda aquella zona en un monumental vertedero de razas destinadas al exterminio. El problema en Frank, además, radicaba en su condición de abogado, con lo que puso al servicio de la ley una complicada ilegalidad que debía hacerse legítima.

Frank debía justificar, lo necesitaba, con sus peregrinos fundamentos de derecho, toda la operación destinada a admitir el reasentamiento de millones de judíos en sus territorios, en donde, además, se erigían los peores campos de exterminio.

De este modo, nos topamos con un binomio narrativo de un magnetismo irresistible: dos abogados que batallan, cada uno por su lado, para tipificar los crímenes de guerra, y un criminal de guerra que lucha por declararse inocente en los Juicios de Núremberg. Todo ello, aderezado con la fascinante indagación del autor en los orígenes de su propia familia, víctimas a su vez de los nazis, de Frank y del Holocausto.

En el libro de Sands todo posee su reverso, su opuesto, su negativo. Es como si creyera en un equilibrio cósmico en donde las fuerzas del mal y del bien se acaban nivelando. Así, a las figuras luminosas de Lauterpacht y Lemkin se les opone Hans Frank. Al abuelo del autor, Leon, se le confronta el amante de Rita, su mujer, y a este amante se le contrapone el propio amor homosexual de Leon por su mejor amigo, Max.

Este equilibrio de fuerzas encontradas, alcanza la sublimación en dos figuras antagónicas: Niklas, el hijo de Hans Frank, que aborrece a su padre y lo considera un asesino, y Horst, el hijo de Otto von Wätcher, que fue gobernador nazi del distrito de Galizia. Horst, sin embargo, cree que su padre actuó con rectitud y diligencia, que su padre era un ser maravilloso. Así se contraponen las fuerzas en el libro.

Entonces, descubrimos con pasmo que todo el siglo XX, por no retroceder más atrás dado que eso sería un ejercicio tan pasmoso como enloquecedor, ha estado en permanente lucha, en continuo equilibrio milimétrico entre luz y oscuridad, bien y mal, salvación y horror, crimen y redención.

Es decir: entre nazismo y Walter Benjamin, Holocausto y Primo Levi, fosas comunes y Stefan Zweig, espanto y pensamiento, tortura y Jean Améry, muerte y testimonio, verdugos y testigos, Reinhard Heydrich y Elie Wiesel, la conferencia de Wansee y los Juicios de Núremberg, Auschwitz y todos nosotros, lectores.

El sistema elegido por Sands para poner en marcha su relato es bien simple. Nos cuenta la historia de Lauterpacht desde sus ascendientes, hasta el inicio del Juicio de Núremberg, de una forma completamente biográfica. Después, repite el esquema con Lemkin, y también lo hace con Frank. Entre cada capítulo biográfico de estos personajes inserta otros apartados en donde nos muestra sus propias indagaciones familiares, movidas con cierto sentido del género negro, realizando las pesquisas pertinentes y explicándonos los métodos de investigación seguidos.

Así, el libro alcanza un punto determinante. Prácticamente resueltos los enigmas familiares, ahora toca juntar a los tres protagonistas históricos en Núremberg y ver como Lauterpacht, Lemkin y Frank se desenvolvieron durante el juicio, el momento crucial en sus vidas. Realmente, el texto se ha encargado de cuatro biografías (si incluimos la historia familiar de Sands como una biografía) y de la historia de un juicio tratado con cierta asepsia.

¿Qué quiero decir con esto? Que realmente Calle Este-Oeste no es una novela, desde luego es a lo que menos se parece. Podría ser un relato biográfico con ciertos toques de autobiografía o autoficción, dado que el autor se incluye como personaje en la narración. Nos encontramos ante un libro que no es nada de lo anterior, y por tanto, es todo ello: esta es su principal virtud, el cruce de géneros, sin perder de vista el potente componente del biografismo histórico. Y así, es como Sands ha sido capaz de alcanzar esa cualidad tan valiosa: aproximarnos a la verdad literaria.

¿De qué verdad literaria estoy hablando? ¿A qué me refiero? Me refiero al motivo por el cual este libro es el libro del año. Toda obra literaria, si no es bastarda, interesada, o meramente falsaria, encierra en su interior una Verdad con mayúsculas, una Verdad tan grande, incuestionable y demoledora, que la convierte en una obra de arte. En esa Verdad aparece la voz del autor, la forma en que ha elegido la manera de contar su historia, y en función a la sinceridad, quizás a la honestidad que se encierra en aquella Verdad, la obra adquiere un relieve que la hace trascender en sí misma y que nos trasciende a nosotros. Entonces, se consigue el milagro.

Eso ocurre con Calle Este-Oeste, que logra trascender, primero como obra de arte literaria, después como vehículo que encierra una Verdad tan enorme y abrumadora, tan aplastante, que nos transforma una vez que la hemos leído. Y ningún libro de los publicados durante el 2017 consigue eso. Es una característica privativa y personal de Philippe Sands y de su trabajo, un hallazgo conseguido en el momento en que decide elegir formas simples de aproximarse al dolor, al sufrimiento, a la realidad, al mal del siglo XX, sin grandes efectos, únicamente contando las cosas como son, con cierto orden cronológico, destapando, mostrando, enseñando.

Cualquier otra estructura hubiera marchitado la Verdad que se contiene en Calle Este-Oeste. La historia es la historia de sus protagonistas, en donde el autor se relega a ser un mero narrador-compilador de los hechos, que expuestos de forma comprensible son suficientes para apoderarse de todo el protagonismo y hacernos entender. Y detrás de este discurso simple y sencillo se encuentra, se escucha, la voz de las víctimas, pero también (en uno de esos contrapuntos espeluznantes que caracterizan el libro) el bramido de los verdugos.

La historia de Sands es, fundamentalmente, la historia de las víctimas. De ahí la enorme importancia del libro, y el acierto a la hora de elegir una estructura que no ahoga esas voces y que, todo lo contrario, las individualiza y amplifica, y nos las hace llegar claras y nítidas. Y así, leyendo las 600 páginas redactadas por Sands, cumplimos con la idea de Elie Wiesel: quién escucha a un testigo, o lo lee, se vuelve en un testigo también. Eso es lo verdaderamente importante.

Lo mismo sirve para la presentación y reflexión acerca del mal que se caracteriza en Hans Frank o en algunos comparsas que aparecen en el texto. Todo ha sido tratado de una conveniente forma natural para que los mensajes sean recibidos con velocidad, con una presteza que puede parecer imposible si se almacena en 600 páginas de escritura abigarrada de muertes y horrores.

Este libro es un trans-género literario que aglutina memorias, autoficción, biografía, autobiografía, relato, narración, investigación, misterio, Historia, crónica de tribunales, informes jurídicos, testimonio, crónica de sucesos…, pero en absoluto novela; por ello, es Gran Literatura. Porque la Verdad salta a la vista en cada uno de los elementos que configuran el libro. La realidad, tan dolorosa e insoportable, aparece en relieve, palpita angustiosa, para instalarse en nuestro interior y cambiarnos la vida.


Es el milagro de la literatura. Es el milagro de Calle Este-Oeste.

viernes, 22 de diciembre de 2017

La acusación. Cuentos Prohibidos de Corea del Norte-Bandi



Esta crítica apareció en el sitio achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/la-acusacion-cuentos-prohibidos-corea-del-norte-la-escritura-pavor-cotidiano/


La acusación, cuentos prohibidos de Corea del Norte o la lupa de la escritura sobre el pavor cotidiano


Nuevamente aparecen esas imágenes en el telediario de la tarde: Corea del Norte acaba de lanzar otro misil como prueba de su poderío balístico. En una plaza, formado frente a una descomunal pantalla de televisión, el pueblo asiste al evento y ovaciona a su Líder. Toda la escena recuerda a los Dos Minutos de Odio orwellianos de la novela 1984 (Destino). Porque es necesario preguntárselo: ¿Toda esta gente sabe que existe otra realidad posible, otra vida posible? Por fuerza, en el seno de esa masa controlada y, evidentemente, atemorizada, deben existir voces —y cabezas pensantes— que no puedan aceptar tanta ignominia. Así es: Bandi, un escritor que ha sido publicado por Impedimenta, me lo ha demostrado con su conjunto de relatos titulado La acusación.

1. La literatura como resistencia

Corría el año 1936 cuando en los astilleros Blohm und Voss de Hamburgo se botó el buque de la marina alemana Horst Wessel, con la presencia de Adolf Hitler. La multitud, presa del furor colectivo, celebró el nuevo éxito de la ingeniería naval con el saludo nazi. Y una fotografía captó el acontecimiento. Un mar de manos, de brazos en alto…, pero un momento, allí, arriba a la derecha de la imagen, un hombre cruza, temerariamente, sus brazos. Es August Landmesser, reconocido por casualidad por una de sus hijas en el año 1991. Es August Landmesser, que se opone a Hitler, que va contra el pensamiento único, contra la masa; tiene muy claro que él piensa resistir. Es un Bandi contra el nazismo.

No tiene nombre. No sabemos cómo se llama esa persona que un 5 de junio de 1989 detuvo el tiempo y también nuestra respiración al colocarse enfrente de una columna de tanques en la Plaza de Tiananmén. Simplemente, hizo lo que creía que era su derecho: reclamar un espacio para la humanidad en aquella Avenida de la Paz Eterna. Era un Bandi chino.

Estos ejemplos demuestran que por muy extremo que sea un régimen totalitario, siempre existen posibilidades de oponerse a él. Desde luego, los riesgos son enormes, y hay que tener la inmensa valentía de hacerlo porque la muerte suele ser la respuesta del sistema represivo. Seguramente, Bandi llevará una vida de terror en Corea del Norte, incluso puede que se congregue delante del pantallón para aplaudir los misiles priápicos del Líder. Nunca se expondrá frente a los tanques, ni dejará de hacer un saludo, pero habrá elegido otra forma de resistirse. Y es igual de heroica: la literatura.

Poco nos importa la forma en que estos textos hayan alcanzado nuestro mundo, este lado del mundo; sobre las peripecias del manuscrito hay suficiente información en los apéndices del libro. Lo que realmente me resulta admirable es la elección de la literatura como una forma de resistencia.

He dedicado algunos de mis trabajos a investigar la producción de la literatura como oposición al crimen totalitario. En Biografías del Terror: Laureano Albán y el deber del llanto, atiendo a esta función reparadora de la literatura que, mediante la convocación de los sucesos, consigue un desagravio de las víctimas. Sobre este asunto he reflexionado también al hilo de mi estudio crítico del último libro del escritor albanés Bashkim Shehu, Angelus Novus (Siruela), y que se puede consultar en este enlace:


Sin embargo, fue en La novela como resistencia al totalitarismo. Tres ejemplos: Norman Manea, Ivan Klíma e Ismaíl Kadaré, en donde abundé en la capacidad de la literatura como elemento desestabilizador de un régimen dictatorial, así como una manera de subsistencia por parte de aquellos que tienen algo que decir, que necesitan algo que afirmar, y sólo encuentran alivio en las palabras.

Evidentemente, en el seno del terror de semejantes sistemas políticos, esa práctica entraña un riesgo mortal. A lo largo de los numerosos regímenes criminales, diferentes escritores nunca han cejado en su empeño de escribir como una forma de alimentar su individualidad en el seno de un mundo que trataba de aplastarlos. La literatura se mostró, así, como un vehículo para alcanzar lo que el Estado totalitario negaba sistemáticamente a sus ciudadanos. No en vano, el albanés Ismaíl Kadaré ha manifestado en diferentes ocasiones que él no llegó a la literatura desde la libertad, sino al contrario, a la libertad desde la literatura. Tal es el poder de la escritura.

Pero, ¿cómo se han conducido estas personas que sentían que tenían algo que decir, rebelarse, actuar en contra de las situaciones de injusticia? Sus reacciones son similares: escriben, en efecto. Pero también son bien diferentes, aunque en sus textos persigan el mismo objetivo (atacar al Régimen, demostrar lo descarnado de su existencia), porque son muy distintos en sus métodos literarios para conseguir el objetivo final.

Por ejemplo, para el rumano Norman Manea, se tratará de un complejo entramado literario que jugará con la autoficción; para el checo Ivan Klíma, una especie de sinfonía lírica; para el húngaro Kertész, unas memorias desgarradas en busca de una identidad desgajada…

Por su parte, el albanés Ismaíl Kadaré, unas veces pondrá en pie una novela presuntamente histórica que bajo su disfraz esconderá el germen de Franz Kafka, de Robert Musil y de Jorge Luis Borges,  y otras veces se camuflará en una narración de la vida cotidiana de los ciudadanos; también recreará un mito clásico, adoptando la denuncia en destellos, en reflejos literarios del totalitarismo que se ocultan bajo caparazones y disfraces que puedan engañar, burlar, al censor y vigilante Régimen de Enver Hoxha, o tal vez abrazando la meta cuántica, con un tratamiento del tiempo y del espacio de una forma delirante, con la estructura laberíntica y de fractales, imbricando sus tramas con la novela negra.

En otras ocasiones, fueron las copias manuscritas de las novelas, esa cripto literatura de samizdat, como en el caso de El maestro y margarita (Debolsillo) de Bulgakov o El doctor Zhivago (Anagrama) de Pasternak, para burlar al estalinismo, o el más reciente caso de Los versos satánicos (Mondadori) de Salman Rushdie, distribuido en copias escritas a mano en el Irán de la fatwa.

Son todas ellas aproximaciones válidas a un mismo tema: la denuncia del Estado totalitario, realizadas por testigos que han decidido convertir al hombre, bajo esa desgracia, en su objeto de estudio, a menudo lidiando con la censura, con la represión y las represalias, bajo el peligro de la condena, poniendo en riesgo su integridad —con amenazas de cárcel o incluso de muerte— en el empeño de conseguir escribir unas páginas.

Porque, tal y como afirma el checo Ivan Klíma

Una verdadera obra literaria nace como el grito de protesta de su creador contra el olvido que lo acecha, a él, a sus predecesores y a sus contemporáneos, a su época y a la lengua que habla. Una obra literaria es algo que desafía a la muerte”.

Un desafío que se sublima si se lleva a cabo en el seno del régimen totalitario, dado que se produce una gran paradoja: la actividad de la escritura, que les insufla de vida a los autores, es un acto de imprudencia descabellada que puede conducirlos a la muerte. Ya nos lo advierte Bandi en su libro:

Nunca se es lo suficientemente precavido, y esa es la regla para sobrevivir en Pyongyang”.

2. Bandi o los horrores cotidianos

En efecto, le ha llegado el turno a Bandi. Bajo ese seudónimo de Luciérnaga —el autor brilla con la luz de la verdad literaria para alumbrar las tinieblas totalitarias—, escribe en el seno de uno de los peores regímenes totalitarios de la historia, una ignominia para el mundo. Y sus relatos, bajo el título común de La acusación, muestran una doble cara. En primer lugar, en los cuentos hay una condena que recae sobre alguna persona, incluso sobre familias enteras. Condena que ha sido el producto de una acusación. Sin embargo, en retruécano cruel, la acusación a la que se refiere el título es la denuncia que ese conjunto de relatos hacen del propio Régimen norcoreano.

Aquí radica el asunto, Bandi acusa al Régimen con sus cuentos, y lo hace glosando escenas de la vida común de sus paisanos. Atendiendo al día a día del régimen, ampliando el foco, la lupa sobre lo cotidiano del horror. Se trata de la mejor manera de exponer la forma en la que los mecanismos represivos tratan de aniquilar al individuo.

Un ejemplo descomunal de esta práctica lo podemos encontrar en la novela del albanés Kadaré, El gran invierno (VOSA), que en alguna ocasión he denominado como una especie de Capilla Sixtina del comunismo, precisamente por esa atención a los minúsculos detalles cotidianos. Puedes consultar un estudio más en profundidad de esta novela aquí:


Los recursos como narrador de Bandi pueden parecer algo limitados, pero son tremendamente efectivos. Repite una estructura similar en los siete relatos, ubicándose en un momento determinado de la acción y realizando un largo flash back que desembocará de nuevo en el presente para, desde allí, desencadenar el final.

Al abrigo de la reiteración de esta estructura se nos cuenta la insensibilidad del sistema, que impide a un hombre el viaje hasta su aldea para asistir a su madre que agoniza, o la historia de un niño que se asusta y llora cuando ve un cuadro de Marx o del Líder, porque piensa que se tratan de las imágenes de un demonio.

Bandi presta atención a los horrores cotidianos. A la hambruna crónica, al trabajo a destajo, a la deshumanización absoluta. Entre los relatos destaca La capital del Infierno, en donde una mujer del pueblo coincide con el Gran Líder Kim Il-sung, incluso viaja en su coche oficial, y es tratada con una extraña e inquietante humanidad que pone al descubierto toda la hipocresía descarnada del Régimen.

Un Régimen que no duda en ejecutar como un traidor a quién arruina una mínima parte de una cosecha de arroz porque no consigue que arraigue, o porque ha manchado de excrementos unas manzanas destinadas a la URSS. Un Régimen que prolonga las abominaciones cometidas por los abuelos —nimiedades aumentadas millones de veces por el implacable espíritu crítico de la ideología Juche— culpando a los padres y a los hijos de estos.

El castigo del Régimen se prolonga generación tras generación, para alimentar de pavor a una sociedad apelmazada por el miedo porque, en la concepción eugenésica del enemigo que ha puesto en pie el Estado, igual que la constitución física, también se transmiten las ideas por la genética. Pertenecer a una familia de traidores también es algo que se hereda. Porque para sobrevivir en Pyongyang, afirma Bandi en uno de los párrafos, uno debe aprender a sentir miedo cuanto antes.

Nos encontramos ante un lugar en donde no merece la pena vivir, o al menos traer una vida nueva a este mundo de pesadilla presenta un dilema ético, tal y como se lo plantea uno de los personajes del libro:

Cuando una madre trae una vida al mundo lo hace con la esperanza de que su hijo sea feliz. Pero qué madre puede dar a luz si sabe que el niño no podrá hacer nada excepto avanzar a través de un campo de zarzas. ¡Una madre que quisiese dar a luz en tales circunstancias será la criminal más cruel de entre todos los criminales!

Al Líder de Corea del Norte, ya fuera en su momento  Kim Il-sung o Kim Jong-il, que abarcan la época a la que hacen referencia los textos de La acusación, o al actual Kim Jong-un, no debe de hacerle mucha gracia que sea la literatura uno de los elementos utilizados para denunciar al Régimen. Y esto es porque los tiranos siempre han tenido una especial propensión a escribir grandes mamotretos que alberguen sus obras completas, perorando sobre lo divino y lo humano: un tirano, si algo ambiciona por encima de todo, es ser escritor.

Ahí están los ejemplos de las obras monumentales, repletas de tomos, de Stalin (aproximadamente 15 volúmenes) o de Ceauşescu (unos 14 volúmenes). Pero claro, también en esto, se lleva la palma Kim Jon-il, que parecía ser capaz, no solo de opinar sobre literatura o teatro, haciendo extensiva su obra a regular y decidir cómo deberían ser, desde su perspectiva de la doctrina Juche, actividades tan dispares como la agricultura, la arquitectura o el cine. Dejó, aproximadamente, 50 volúmenes. Junto a ellos, parece mucho más modesto el legado literario de Benito Mussolini y, ya no digamos, el único libro de Hitler.

Por supuesto, esta exhibición de verborrea literaria no brotó de la pluma del tirano norcoreano. Todo un sequito de escritores (¿o más bien debería calificarlos como escribanos o amanuenses?) se dedicó en cuerpo y alma a producir las obras del Líder. Estamos ante un caso parecido al del dictador albanés Enver Hoxha, cuya obra se calcula en unas 48.000 páginas, y sus llamadas “obras escogidas” constan de 76 volúmenes, que afortunadamente quedaron incompletas, cuando ya se había alcanzado la recolección de todos los escritos hasta 1979. El historiador francés Gabriel Jandot plantea la posibilidad, más que certera, de que un grupo de diez personas escribieran una gran parte de esta ingente obra en nombre de Hoxha, una obra que en los desfiles del Primero de Mayo aparecía expuesta sobre un carromato ambulante.

Todo esto, además, se agrava porque en las obras de los tiranos no aparecen más que memeces y tonterías, mientras la fuente de la cultura y la literatura se agosta en sus países, bien sea bajo el dictado de las reglas del realismo socialista o por culpa de las novelas de la sangre y de la tierra arias (novelas Blut und Boden nazis). Por eso, el caso de Bandi, portavoz de un país de 25 millones de personas, resulta más llamativo. El gran instrumento aleccionador del aparataje comunista, la escritura, ahora se ha vuelto en contra de los sátrapas.

3. Bandi y la literatura antisolar

Y la literatura puede decir muchas cosas, incluso sin decirlas aparentemente. Encuentro en los relatos de Bandi un rastro de algo que he bautizado como literatura antisolar, a raíz de mi estudio de la denuncia del régimen totalitario de Enver Hoxha en la obra de Ismaíl Kadaré. El albanés presenta un tipo de resistencia climática en donde las narraciones aparecen trufadas de frío, nieve y viento, para mostrar un clima de helada que se corresponde con la congelación interna que experimentan los ciudadanos. Y además, se contrapone al inmenso esfuerzo del Estado por ofrecer una imagen de personas sonrientes hasta el paroxismo bajo el luminoso sol comunista.

Al igual que hace Kadaré, la prosa de Bandi nos habla de clima frío y tempestades de nieve, de lluvias torrenciales y tiritonas. Es la literatura antisolar de Kadaré trasvasada al régimen de Corea del Norte, en donde:

Hace frío. Una tempestad de nieve llena el mundo con sus copos”.

El pavor de los hombres sumidos en el sistema represivo se nos revela en una interesante frase antisolar:

No es la oficina la que da calor a los hombres, sino los hombres los que calientan la oficina”.

Evidentemente, nos encontramos ante una máxima demoledora. El Estado se proyecta en esa oficina. Por tanto, la caldera del Sistema criminal se alimenta del esfuerzo de sus súbditos, en ningún caso es el Estado quien vela por arroparlos. Toda la parafernalia calorífica del Partido, las máximas de bienestar, han quedado subvertidas con la frase climatológica de Bandi, que continúa:

Con la puesta del sol, el frío, en una especie de competición consigo mismo, se intensifica”.

El frío atmosférico compite con el frío político, sumándose así helada sobre helada, la escarcha natural sobre la escarcha en el pecho y en los corazones de los norcoreanos. Será la escarcha la gran imagen antisolar de denuncia, en un párrafo cargado de significados:

Pero no es solo el suelo lo que está frío. La pared que hay tras los únicos muebles de la habitación, un armario y un gran televisor de un modelo mu antiguo, está cubierta por una capa de escarcha”.

Bandi nos habla de una casa que, por trasposición, puede ser todo el país. Una casa helada por la escarcha, un país congelado por el crimen. El frío es el mal. Un hallazgo que empleó en su día Kadaré en su novela El ocaso de los dioses de la estepa (Alianza) cuando aseguraba que en la Unión Soviética hacía frío:

Hace frío en Rusia, hermano. Hace infamia”.

El clima desolado que refleja Bandi, por tanto, se refiere a algo más, a mucho más: los nublados, las nieves y los fríos, permanecerán en el interior, en las tripas de sus personajes. Se trata del binomio, trabajado por Kadaré, del frío-totalitarismo: el frío como símbolo de una existencia que se mueve en el umbral de lo ultraterreno, entre la muerte y el pequeño hálito de vida. De una vida miserable y casi medieval en donde está prohibida la tristeza, es decir, y en palabras del título de un libro de relatos del rumano Norman Manea, se vive bajo una Felicidad obligatoria (Tusquets).

En el relato Tan cerca, tan lejos, Bandi nos lo explica:

En este país incluso llorar está considerado un acto de sedición y podría suponer una condena a muerte. La ley exige que la gente sonría pese a sus sufrimientos y cada uno debe tragarse solo su amargura”.

La malignidad del sistema político es capaz de obrar extrañas alquimias con los sentimientos colectivos de la gente:

Solo una fuerza mágica y cruel podía convertir los alaridos del tormento en aquella sonrisa de la felicidad (…) Toda la población de aquel país, que se hallaba bajo el hechizo del brujo, vivía en una ficción ajena a la realidad”.

Una felicidad obligatoria que tan sólo se tornará en tristeza por decreto a la hora de llorar la muerte del Amado Líder. Entonces, mucho cuidado con no mostrar el suficiente dolor desgarrador porque los agentes de la policía secreta y la seguridad del Estado están vigilantes.

4. La decepción como deus ex machina

Muchos de los personajes de Bandi experimentan una profunda decepción al descubrir que el sistema por el cual lo han dado todo es, en realidad, un Régimen inhumano. En ese momento, en el del desengaño, se desencadena la acción. Es como si, educados desde pequeños en el juchismo, necesitaran de una epifanía desmoralizadora, una toma de conciencia de la realidad, para que se activen los resortes internos de resistencia ante el régimen opresor:

Nada en el mundo es comparable a la decepción y al remordimiento que supone tomar conciencia de que todas las esperanzas y convicciones (…) no son nada más que un espejismo”.

Son vidas que se han desarrollado en el engaño, y en un momento determinado han despertado. En cierto modo, tamaños desencantos me recuerdan a la obra del escritor eslovaco Ladislav Mnacko, aunque en su Invierno en Praga (Noguer) me resulta algo más insincero con su desilusión al respecto del comunismo, que se queda en una mera autocrítica. Puedes consultar una reseña que hice de este libro hace tiempo:


En cualquier caso, estas decepciones que movilizan las historias de Bandi, no dejan de ser una especie de autocrítica pero a lo bestia. La autocrítica, la desgastada palabra que sustenta cualquier régimen comunista, hasta empastarlo en la mentira. “Un clamor de autocrítica”, llega a denominar Bandi la gran decepción que experimenta uno de sus personajes.

Está repleto de símbolos anti totalitarios este libro de Cuentos prohibidos de Corea del Norte, tal y como reza el subtítulo que le ha colocado la editorial. Desde un olmo que representa la creencia en la política del Partido, pasando por unas setas venenosas cuyo color rojizo se asemeja con el edificio de las oficinas del Partido, o entendiendo los engranajes del Estado como una bestia que cuando te atrapa te descuartiza.

Son imágenes, todas ellas, de la naturaleza, como si el Régimen de Corea del Norte, para Bandi, tuviera un componente venenoso y feroz que solo puede darse en las fieras salvajes. Y de hecho, los ciudadanos viven domados y en jaulas, como una forma de completar esta analogía.

Sumisos, aguantándose las ganas de llorar, sólo les queda esbozar una sonrisa desmayada y continuar mirando hacia adelante. Bueno, no es la única solución. También, como ha hecho Bandi, uno puede elegir ser un héroe y empezar a resistir con su literatura.